Svetlana Stalin

MESITA DE NOCHE | Ella: Svetlana

A pesar de todo, Svetlana nunca se rindió en su afán de reinventarse, de poder desprenderse de su propia sombra, así lo demuestran sus decenas de cambios de casa, incluso en su vejez hacía mudanzas entre un asilo y otro. La tragedia es que las mismas sombras y los mismos fantasmas, se anticipaban en el viaje al nuevo hogar y le daban la bienvenida.

Zacatecas, 27 de mayo (MaremotoM).- Svetlana Allilúieva y Lana Peters son la misma persona: la hija de Stalin (La hija de Stalin, de Rosemary Sullivan, Debate, 2017). Conocer su vida me conmovió profundamente porque son personajes al margen que no fueron protagónicos, ni tuvieron participación en los hechos, su filiación es más bien circunstancial  y sin embargo, su vida está atravesada por su relación con los protagonistas. Es el caso de ella, Sevetlana. Podríamos considerar que fue huérfana, no porque no haya tenido un padre y una madre, los tuvo, su madre se suicidó cuando ella tenía seis años y su padre murió muchos años después, pero siempre sería una presencia intermitente, abrumadora. Alguien a quien amaba y necesitaba a su lado pero al mismo tiempo, con quien no podía convivir por períodos largos, antes de sentirse agobiada y tener la necesidad de salir huyendo.

Las dos incógnitas de Svetlana fueron por qué su madre tomó la decisión de renunciar a la vida sabiendo que estaban ella y su hermano de por medio y por qué su padre hizo las cosas que hizo, incluso juzgar a su propia familia y dejar morir a su primogénito prisionero de los alemanes. ¿Qué era capaz de conmoverlo? Y presa de toda esta brutalidad, Svetlana se esforzó por ser opuesta a él y por tratar de enmendar todo ese camino de dolor. Pero aún cambiando de apellido, desertando de la Unión Soviética, siendo ciudadana estadounidense, acogiendo un nuevo nombre, a los ojos del mundo nunca dejó de ser la hija de Stalin.

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Svetlana Stalin
Pero aún cambiando de apellido, desertando de la Unión Soviética, siendo ciudadana estadounidense, acogiendo un nuevo nombre, a los ojos del mundo nunca dejó de ser la hija de Stalin. Foto: Cortesía

Tuvo otras etiquetas también, las de princesa caprichosa, la de mala madre, la de problemática, la de desequilibrada y la de malagradecida. Svetlana luchó contra cada una de ellas, nunca se dio por vencida y me atrevo a decir que no logró victorias, ni siquiera una tregua de paz al final de sus días. Su vida fue una sucesión de manipulaciones que comenzaron con su padre y que simplemente se magnificaron a lo que hoy conocemos como relaciones internacionales. En la vida privada tampoco fue distinto, y fue despojada de su dinero una y otra vez, hasta quedar en la ruina. Incluso pasó algunos años en Londres, viviendo en casas de asistencia para personas mayores sin un hogar, decía que prefería vivir de la caridad, antes que aceptar dinero de la CIA.

A pesar de todo, Svetlana nunca se rindió en su afán de reinventarse, de poder desprenderse de su propia sombra, así lo demuestran sus decenas de cambios de casa, incluso en su vejez hacía mudanzas entre un asilo y otro. La tragedia es que las mismas sombras y los mismos fantasmas, se anticipaban en el viaje al nuevo hogar y le daban la bienvenida.

Hay cientos de imágenes que ilustran la vida de Svetlana, la que más me capturó fue un retrato que le hicieron siendo ya una anciana, de cabello corto y descolorido, aparece con un suéter negro que resalta aún más su rostro, los brazos apoyados, una mano descansa sobre la otra en un gesto afable, relajado, mira a la cámara de la misma manera y lo que vemos es un rostro cálido y transparente, al que la tragedia no pudo desfigurar.

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