Mesita de noche

MESITA DE NOCHE | Padres e hijos

Sus pasos son seguros, su energía renovada, nos contagian y subimos juntos el cerro. Observan el horizonte sin miedo, nosotros, azorados, envidiamos esa mirada.

Ciudad de México, 1 de febrero (MaremotoM).-  Último día del año, espero ansiosa, después de un par de años veré a mi hijastra. Decido quedarme en casa para afinar los últimos detalles, cambio las sábanas de la cama, dejo una toalla limpia y un libro dedicado “a las niñas de las vacaciones”. Escucho un concierto vocal de fin de año, mientras preparo un agua de Jamaica y una botana. Su demora me da tiempo de ver el último atardecer sobre el lago, el perfil de las montañas, los rosas y violetas coronando el cielo. Me siento nerviosa, ha pasado tanto. Finalmente cruza la puerta, nada extraordinario sucede, un saludo escueto, casi cotidiano, la devuelve a mi lado.

Mesita de noche
Pienso en excusarme y en el último momento decido hornear un pastel e invitarlo a casa. Foto: Cortesía

Es el cumpleaños de papá y no sé que hacer. A diferencia de toda nuestra vida familiar, no están mis hermanos, solo yo. Pienso en excusarme y en el último momento decido hornear un pastel e invitarlo a casa. No hemos hablado desde aquel suceso, ninguno de los dos pretende hacerlo. Recubrimos el momento con noticias del COVID y dejamos que transcurra la tarde. Nos despedimos cordialmente y tratamos de evitar a toda la costa la sensación de extrañeza, pero es en vano, no sé cuando lo vuelva a ver.

Te puede interesar:  A cuatro años de la Ley General sobre desaparición, aún presenta desafíos significativos

Nunca lo llamó padre, ni yo suegro, lo llamamos solo por su nombre, José. Murió una mañana de domingo, dio su último aliento cuando su hijo al otro lado del teléfono lo llamaba al fin “Papá, papá, papá…”. Su presencia fue siempre suave, no quiso imponerse de ninguna manera y su despedida fue tersa también. Se unió a la tierra en mitad de un jardín y de un cielo tenue pero despejado. Su nieto confundía la ocasión con un día de campo “Que triste que murió” y enseguida una avalancha de movimientos que destilaban alegría en un día de sol. Nadie se atrevía a reprimirlo, por el contrario, sonreían cómplices.

Desde lo alto la ciudad permanece igual, jugamos a ver, a pretender que sabemos, que al menos tenemos eso cierto, aquí la iglesia, la plaza, la escuela, el tren…su silbato es lo que más añoro en el bosque, eso y las campanadas, me concentro en ese sonido. Mientras tanto los niños trepan, corren y caminan por delante en la vereda. Sus pasos son seguros, su energía renovada, nos contagian y subimos juntos el cerro. Observan el horizonte sin miedo, nosotros, azorados, envidiamos esa mirada.

Comments are closed.