Raúl García

MESITA DE NOCHE | Poética de la empatía

Zacatecas, 1 de diciembre (MaremotoM).- Yamilet Fajardo, David Castañeda y Verónica G. Arredondo han sido poetas nacidos o afincados en Zacatecas que han obtenido el premio nacional de poesía Ramón López Velarde, este año lo obtuvo otro zacatecano, Raúl García, por su poemario Mochila de princesas.

En 2018 obtuvo el premio de poesía “Gilberto Owen” por su libro Hemeroteca (UAEM, 2018), por cierto, reseñado en esta Mesita de noche. Raúl y yo coincidimos como reporteros en El sol de Zacatecas, oficio que a la fecha sigue ejerciendo en el mismo medio y que sin duda, ha permeado en su poesía, esta es una de las características que más me llaman la atención de su trabajo, ya que lejos de acartonarla, vemos el colmillo periodístico de Raúl transformado en metáfora. Por ejemplo, a través de un epigrafe extraído de la prensa internacional y que resulta un verso limpio en el contexto del poema, o de un suceso en la nota roja que Raúl vuelve a contar en el poema y es como si tendiera luz sobre él, ciertos gestos y detalles que terminan por darle humanidad al suceso. Abunda en su poesía la finitud del cuerpo, pero también hay texturas y sensaciones, como el papel de estrasa que envuelve el pescado fresco sobre la mesa.

Mochila de princesas, aparecerá en 2020 en el marco del festival de poesía Ramón López Velarde, y hay que mencionar su primer libro, De cuerpo presente (Policromía, 2015), que tuvimos la fortuna de editar y que transmuta en cada página de tinta violeta, el libro, desde su materialidad, es un cuerpo presente. Con el pretexto del premio es que comparto la siguiente entrevista.

Raúl García
Mochila de princesas, aparecerá en 2020 en el marco del festival de poesía Ramón López Velarde. Foto: Cortesía Yol Alonso

Recuerdo que cuando trabajaba como reportera sentí que el oficio de alguna forma había contaminado mi manera de escribir, sin embargo, tú lo incorporas a tu escritura. Puedes hablarme un poco de cómo fue ese proceso.

–Fue difícil al inicio. Suele haber monotonía en el oficio del periodista que dedica la mayor parte de la semana a escribir notas informativas que por igual responden al qué, cómo, cuándo, dónde, porqué. En el taller de poesía, por varios años se me criticó lo “explicativo” de mis textos, seguramente incurrí en ello porque sentía que cada verso debía estar perfectamente digerido para no dejar lugar a dudas, para que el lector no batallara. Tal vez, sin reflexionar en ello, tenía en mente a un lector perezoso habituado a noticias inmediatas que se consumen y se olvidan, pero aprendí a confiar más en el lector, dejando que ponga de su parte, que contribuya con su interpretación, que ponga la pieza faltante.

Tanto en tu libro De cuerpo presente como en Hemeroteca, el cuerpo y la finitud del mismo, son un hilo que va desarrollándose en el transcurrir de los poemas. Cómo surgió esa fijación.

–Hablar de la finitud es hablar de la muerte, el mayor de los misterios, ello independientemente imaginamos que la muerte es el salto a otro estado de existencia o que la muerte sólo es la grandiosa nada. Aunque tenemos nuestro dos de noviembre con calaveras de azúcar, los mexicanos y, en general, la cultura occidental no acepta la muerte, la evadimos. Tapamos el cadáver con la sábana más próxima lo antes posible.  Es importante que el poeta trabaje para evitar tal negación. No puedo imaginar una forma más vital de la poesía que aquella que habla de ese destino inevitable.

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En cuanto a la escritura, cómo fue que desarrollaste tu taller personal. Compártenos un poco acerca de tu proceso creativo.

–En un taller literario que sigue una dinámica tradicional, el participante se expone a la opinión de los demás, y las críticas sinceras son más valiosas que los elogios. Hablando del taller personal, entendido como el espacio interior de creación, me jacto de tener una cualidad valiosa: soy mi propio crítico despiadado. Puedo revisar mis versos con los ojos de un sujeto al que no le simpatizo. Puedo dar por terminado un poema en unos cuantos minutos de escritura, entonces lo dejo archivado en la computadora o en la libreta por varios días o incluso semanas.  Procuro no molestarlo hasta que casi olvido de qué se trata.  Así, cuando vuelvo a leerlo, discierno con más claridad lo que sobra y lo que falta.  Casi siempre es más lo que sale sobrando, entonces borro, borro y corrijo. El proceso puede repetirse por meses hasta que ese crítico despiadado de mi taller personal se encoge de hombros y dice que ya, que deberíamos pasar a otra cosa.

Llevas ya dos premios nacionales.  ¿Qué representa para ti, especialmente el premio nacional de poesía Ramón López Velarde?

–Es un gran honor, primero porque el premio lleva el nombre del máximo poeta de nuestra tierra;  luego, porque lo entrega la Universidad Autónoma de Zacatecas,  la casa de estudios de la que tuvo lugar gran parte de mi formación y en donde he conocido a personas que admiro.  Además varios amigos míos, poetas que también admiro y a los que he visto crecer, ganaron el mismo premio en años recientes. Independientemente de estas razones muy personales o anecdóticas, el premio López Velarde es uno de los más importantes de México y eso se puede ver en el número de poetas que cada año participa.

¿De qué trata tu libro ganador, qué vamos a encontrar en él como lectores?

–Mochila de princesas es un poemario en verso libre que aborda temas de discriminación, la mayoría por motivos de preferencias sexuales.  No es un poemario de denuncia,  pero sí es una obra que pretende poner al lector en los zapatos del prójimo. Le apuesto a una poética de la empatía.

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