Mesita de noche

MESITA DE NOCHE | Retorno maléfico

Zacatecas. 13 de junio (MaremotoM).- El edén subvertido existe a 40 minutos de la ciudad, la desviación se anuncia a escasos metros así que es poco el margen de maniobra para salir de la carretera e incorporarse, yo tuve que dar reversa para tomar el camino. Sus habitantes no quieren ser encontrados ni que su nombre sea pronunciado y quienes se aventuran son vistos con recelo pero con la certeza de que serán una molestia pasajera. Sobra decir que no son hospitalarios, no hay en aquel sitio ni siquiera un establo para los peregrinos. Han frenado iniciativas de proyectos turísticos, no lo requieren, viven de las remesas de Estados Unidos y pueden darse el lujo de mantener al pueblo con la mayoría de las fincas vacías. Las casas no se rentan, sus dueños viven en el otro lado y es posible que algún día vuelvan, así que los lugares deben estar listos y aguardar el momento, tampoco se venden y mucho menos a fuereños. Hay un solo restaurante pero permanece gran parte del año cerrado. En el recorrido a lo más que se puede aspirar es a encontrar alguna tienda para comprar agua embotellada, tienes que irte al pueblo vecino si aspiras a comer algo más.

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Entre nuestras cavilaciones creímos que seríamos bien recibidos, tocamos de puerta en puerta preguntado por referencias de casas vacías y los habitantes se divertían fingiendo no saber y enviándonos de un lado a otro. Recorrimos todo el día sin obtener información precisa, al final nos sentíamos hambrientos y comenzó a llover, cuando llegamos al carro para cubrirnos ya estábamos empapados. La gente nos veía curiosa. El único que habló con nosotros fue el borracho del pueblo y nos dijo claramente que había que desistir, “a la gente de aquí no le interesan sus motivos”. No valió nuestro argumento de estar hartos de la ciudad y de ser gente de bien. Cayó la tarde y el restaurante tampoco abriría ese día. Las calles vacías igual que nuestro estómago, estoy segura de que más de uno nos espiaba desde la ventana.

Recorrimos los ocho kilómetros que nos separaban del siguiente pueblo y comimos una pizza, lo hicimos en silencio y malhumorados por el frustrado retorno al edén.

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