Mesita de noche | Un par de libreros con una historia

Zacatecas, 16 de marzo (MaremotoM).- Pienso en las mesas de noche que he tenido y caigo en cuenta de que siempre han estado llenas de libros. Me pregunto que tendrán las mesas de los otros, si su piyama esta cuidadosamente doblada expectante de la noche, si hay una jarra de agua y un antiácido o galletas que se paladean en sueños.

Por mi parte siempre he pensado que ese espacio debería servir para tener a la mano objetos que utilizo día con día, mis arracadas jerezanas, por ejemplo, cartera, celular, pero lejos de eso siempre están atiborradas de libros que defienden su territorio, de esa manera mis objetos cotidianos terminan en el baño, en la mesa del comedor, sobre la cama. La selección de libros que duermen a mi lado, no es concienzuda sino azarosa, hay libros de todas las épocas, temáticas y bibliotecas, hubo un tiempo que convivimos con cinco distintas, herencia de padres y amigos, tuve que hacer un esfuerzo extraordinario para seleccionar y reducir la cantidad de títulos, lamentablemente nunca he dominado el método Kondo. Cómo es que los libros terminan rotando, es algo en lo que pocas veces pienso, supongo que tiene que ver con alguna inquietud que me surge de recordar algún pasaje, conocer un nuevo autor o hacer una selección temática. En este momento hay varios catálogos de fotografía, arquitectura y artes plásticas, son digamos, la especie predominante de los últimos meses. En la mesita de noche se practica una lectura libre que disfruto y me relaja. Tengo también obsequios de viejos y nuevos amigos, La última entrevista a Roberto Bolaño y otras charlas con grandes escritores de Mónica Maristain o Cuando el cielo se pinta de anaranjado de Irma Gallo, me gusta tenerlos cerca e irlos leyendo de a poco. Hay otros que simplemente ocupan un lugar y otros que no tengo cerca, de pronto me pasa que recuerdo un título y tengo que hacer memoria para saber dónde puedo encontrarlo. En casa hay solo una pequeña representación de mi biblioteca, el resto están en la oficina, en un par de cajas de mudanza y un ramillete desperdigado en cada casa familiar. No es raro que en el librero de mis hermanos vea un libro y diga este es mío, a lo que mi hermana responderá con una mueca de duda, es inútil recuperarlo.

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Los libros me han acompañado siempre y esto ha representado un verdadero trastorno a la hora que surge un cambio de plan, por eso he optado por dejarlos en un lugar fijo que en es la sala de la casa donde crecí y donde adapté la oficina. Vivo aferrada a un edificio de departamentos que construyó mi abuelo en la década de los sesenta, ahora es zona centro, antes no había nada, tener vecinos era todo un acontecimiento para mi mamá y sus hermanos. Cada vez más deteriorado, el edificio envejece junto con sus inquilinos y yo sigo aquí como testigo de esa decadencia. Aunque me he ido vuelvo siempre a los viejos sitios… y sí, aquí amé a través de los libros, no hubo nunca una excelsa biblioteca ni padres lectores, solo un pequeño librero desvencijado con los libros olvidados de un tío que se fue a Estados Unidos. Y se hizo la luz para mí.

Por qué vivo en este lugar además encallado en el centro de una ciudad colonial que sirve más como escenario de turistas y bodas regiomontanas, es algo que me pregunto y no hay una respuesta lógica y racional para ello, un amigo me decía que volvía siempre a su casa porque ahí estaba enterrado su ombligo. Aquí no esta el mío, pero si mi corazón, un par de libreros con una historia de lectura que se convirtió en mi propia historia de vida.

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