Lionel Messi

Messi star me up

El paso del tiempo incomoda como una tiza rozando un pizarrón. El reggaetón suena a tango. Lionel Messi, con una bufanda en el cuello en pleno verano, se subía al micro de salida del estadio. Solicitaba un micrófono cual coordinador de viaje de egresados. Imitaba a sus compañeros. Que estallaban. Casi una década más tarde, el ahora entrenador de Corinthians le mandaba un wp, con la foto y la explicación de cómo dos lágrimas en el mismo lugar pueden significar cosas distintas. Pensó que no le iba a responder. “Qué buena. Claro, ahora lo entiendo todo”, contestó. Pero no. Cómo lo va a comprender el único tipo en el mundo que desafía las leyes de la magia.

Guadalajara, 5 de diciembre (MaremotoM).- Balón I (2009) Un abrazo. Que eran dos. El brasileño Sylvinho hundía sus lágrimas sobre su hombro. En el Olímpico de Roma, bailaban papelitos dorados. El lateral izquierdo cargaba 35 almanaques. El 10, veinte. “Era consciente de que sería de esas personas con las me costaría seguir en contacto y me iba a doler no tenerlo a mi lado. Pensaba en que se me estaba acabando”. El paso del tiempo incomoda como una tiza rozando un pizarrón. El reggaetón suena a tango. Lionel Messi, con una bufanda en el cuello en pleno verano, se subía al micro de salida del estadio. Solicitaba un micrófono cual coordinador de viaje de egresados. Imitaba a sus compañeros. Que estallaban. Casi una década más tarde, el ahora entrenador de Corinthians le mandaba un wp, con la foto y la explicación de cómo dos lágrimas en el mismo lugar pueden significar cosas distintas. Pensó que no le iba a responder. “Qué buena. Claro, ahora lo entiendo todo”, contestó. Pero no. Cómo lo va a comprender el único tipo en el mundo que desafía las leyes de la magia.

Pere Guardiola, hermano y agente, laburaba en Nike. En una actividad cruzó a los dos magos. Fue la primera vez. Tito Vilanova, su futuro ayudante, le había mencionado que había un crack. “Se notaba que sabía. En la pretemporada, nos marcó muchos ejercicios de base que durante el año ni repetimos”, reflexionó Messi, sobre aquellos primeros días. El 2 de mayo de 2009, contra el Real Madrid, vencieron 6-2 y Pep dispuso al astro de falso nueve. Por primera vez. En la final de la Champions League, contra Manchester United, el 10 se alineó de extremo por derecha. El francés Patrice Evra hizo temblar a los culés. Corrió solo. Sin marca. Era un mensaje de Alex Ferguson: arriesgaría aunque a la espalda les quedara el mejor de todos. A los quince minutos, mandaron a Samuel Eto’o a la banda.

“Pienso que ese fue el gol más importante de mi carrera. Porque fue para ganar la primera Champions”, todavía explica el 10. La imagen es imponente. 70 minutos. Xavi Hernández observa lo que nadie. Tira un centro. Hay 24 centímetros entre Messi y Rio Ferdinand. El inglés ni salta. Demasiado alto. Para qué. Ni él, ni las leyes de la física, ni la de la magia podrán pararlo. Flota en el aire. Tanto se eleva su espíritu que se le sale el botín. Edwin van der Sar reacciona tarde. Queda pagando. En otros tiempos, en un evento de una marca, se negó a responder una consulta sobre ese gol. 2-0. Barcelona campeón.

Balón II (2010)

El silencio también lo usaba para llorar. Era 13 de enero. Guardiola se había relajado por las fiestas. La ida de la Copa del Rey, frente al Sevilla, en el Camp Nou, había sido derrota por 2-1. El 1-0 de la vuelta, con grito de Xavi, no resultó suficiente. Gabriel Milito le agarraba la cabeza para consolarlo. El vestuario temía por su dolor. Sus 21 años se podrían justificar con sus lágrimas. Pero, con más de 30, con tres hijos, Messi todavía sale del césped escupiendo, se atraganta la pera y se encierra a sufrir.

El waterpolista Manel Estiarte conquistó la medalla dorada en Atlanta 1996 y el título mundial en Perth 1998. Todavía es considerado el mejor de la historia. Guardiola lo mantuvo como su secretario privado hasta 2016 cuando lo nombró parte del cuerpo técnico del Manchester City. Se transformó en una fuente de consulta para cómo tratar a un genio. Michael Jordan planteaba que, pasara lo que pasara, prefería apropiarse de la última bola para definir el partido. Esa noche, el 10 estaba convencido de su culpa.

Barcelona andaba en transición. La contratación de Zlatan Ibrahimović había sacudido las aguas. El sueco se tironeaba con Xavi y con Iniesta. Messi había regresado al extremo derecho. Hay veces que demasiado talento junto hace enchastre. Más si delante acontece el Inter de Mourinho. Un equipo tan provocador como brillante. Los Detroits de los Chicago Bulls. Vencedores en la semifinal de la Champions League. Tan pesados que empañaron los 99 puntos que los catalanes consiguieron para quedarse con La Liga.

El adjetivo extraordinario se volvió mersa con Messi rápidamente. Ese año convirtió 60 goles. Hubo un día diferente. Fueron los cuartos de aquella Champions. Barcelona había empatado 2-2 contra Arsenal en Londres. En el Camp Nou, la historia había comenzado dolorosa con un gol de Bendtner. Hasta que se encendió. Tanto que su cuarto grito para darlo vuelta incluyó sacarse de encima uno, dos, quiebre de cintura, tres, remate, el arquero da rebote y lo define entre las piernas de Almunia.

Esa jugada fue nominada al Premio Puskas. En la misma gala en la que le entregaron su segundo Balón de Oro.

Lionel Messi
Lionel Messi, el mejor jugador del mundo. Foto: Cortesía Facebook

Balón III (2011)

“Quiero compartir este Balón de Oro con mi amigo Xavi. Es la cuarta vez que estamos en esta gala juntos. Vos también te lo merecés”. Al mediocentro le temblaban las patas. En la edición anterior, la prensa española se había indignado porque el premio no había sido para Andrés Iniesta, tras fascinar en el Mundial de 2010 en Sudáfrica. El 10 había marcado 59 gritos en aquel 2011, pero resultaba imposible no compartir los galardones con sus colegas del mejor equipo de toda la historia.

Cuenta la leyenda que, en 2008, Diego Maradona llamó a Messi tras recibir un rumor. Estaba deprimido por no haber ganado el premio: “Dejate de joder, de ahora en adelante todos van a competir por el segundo puesto”. Los genios no fallan. En 2011, Leo brillaba como falso nueve. El acertijo era insoportable para los defensores. Había dos planes. “Si los defensas lo venían a buscar, les iba a la espalda. Si no salían, se acercaba para generar juego. Parece fácil pero no es sencillo comprender qué requiere cada día”, le explicó Pedro, puntero izquierdo, al periodista Guillem Balagué.

Ese equipo lo pudo todo. En la primera vuelta del campeonato, aplastó 5-0 al Real Madrid de Mourinho en la Liga. La locura ocurrió entre abril y mayo. Hubo cuatro clásicos. Los merengues les sacaban ocho puntos de diferencia a los de Guardiola, igualaron 1-1 y soñaron que ese empate les serviría para sostenerse. Sarasa. Perdieron el título local. Para continuar con la ilusión de que los de la capital se quedarían con todo, dieron un golpe fuerte: en el suplementario, Cristiano Ronaldo metió un golazo para quedarse con la final de la Copa del Rey.

El ring de la Champions League fue una sangría. Una ola de blas blas entre Guardiola y Mourinho. En la ida, Barcelona venció 2-0, con dos gritos de Messi. La vuelta concluyó 1-1 y el GPS del 10 superó los ocho kilómetros, una cifra un tanto obrera para tanto artista.

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El sello de la temporada fue la final contra el Manchester United. El comienzo pareció sencillo. Pedro marcó y parecía que no se escapaba. Wayne Rooney hizo un jugadón y lo igualó. La música era culé. Sonaba todo, pero no concretaba. A los 54, se reencontró con su víctima. Iniesta le cedió la bocha con un pase como el del Negro Enrique a Maradona frente a los ingleses. Siete rivales y el arquero estaban delante. Controló, avanzó, la acomodó y se la clavó a Van der Saar desde afuera del área. Una vez más, la gloria tenía forma de Messi.

El triple Balón de Oro lo ponía a la altura de Van Basten y de Johan Cruyff. Recién estaba sirviendo la entrada.

Balón IV (2012)

Medio estadio corrió Fernando Torres para hacer trizas a la sociedad de la belleza. La noche se moría, Barcelona necesitaba cruzar la red una vez más para arribar a la final. Chelsea defendió dos centros seguidos. Un contragolpe impiadoso, el desparramo de Víctor Valdés en el suelo y el silencio en el vestuario. A la mañana siguiente, Guardiola citó al presidente catalán para anoticiarle que se marchaba. Se lo anunció al plantel dos días más tarde. Antes, Messi percibió algo. Siempre percibe todo. Le escribió al entrenador para convencerlo. Pep atesora aquellas letras virtuales como uno de sus Balones de Oro.

La cuarta temporada estresó. Tanto que llevó a Guardiola a renunciar en la tercera en el Bayern Munich. Messi seguía siendo imparable. En la Masía, había cosechado una enorme amistad con Cesc Fàbregas. Los culés lo trajeron desde Arsenal. Potenció nuevas experiencias tácticas. Desarmó el 4-3-3, probó con 4-5-1, intentó el 3-4-3, hasta el 4-3-1-2. Acontecieron cosas hermosas. El óxido y algunos malos resultados desencadenaron el final. De obtener el triplete en la primera temporada de Pep, culminaron solo con la Copa del Rey.

No es un detalle. Las cuatro temporadas que Guardiola lo dirigió, Messi obtuvo el Balón de Oro. El recambio también lo llenó de goles. Tito Vilanova, su entrenador de la Masía, potenció un amor letal con la red. Ese 2012 el astro culminó con 91 gritos. Su mayor marca.

Vestido con un saco de lunares se subió al escenario a recibir el premio con unos nervios particulares. Dedicó el galardón a Vilanova. Que por aquellos días se encontraba en Nueva York intentando recuperarse de un cáncer. “Es importantísimo un técnico. Vos te podrás conocer, jugar de memoria, pero lo necesitás por un montón de detalles, para preparar el partido. Nosotros desde que no está Tito lo notamos mucho”, le admitió a Martín Souto en una entrevista. A veces, ni tantos goles pueden tapar un dolor.

Balón V (2015)

MSN. Cuando Barcelona fue galáctico. Suele decir el 10 que sus dos mejores sociedades las construyó con Xavi y con Neymar. El brasileño aterrizó en el extremo izquierdo como un socio tan extraordinario que le modificó el estilo futbolístico. El bautismo de Luis Enrique en el club, en el segundo semestre de 2014, padecía un riesgo. Messi, por las noches, se sentaba en su cama y puteaba por la final perdida contra Alemania.

Neymar y Suárez le curaron las heridas. Los catalanes funcionaban tan picantes en el ataque que los pases comenzaron a extraviarse. La construcción no tenía menos elaboración. El 10, recostado a la derecha, mezcla de extremo y de interior, le lanzaba bochazos al brasileño y al uruguayo que controlaban siempre bien. Hay que admitirlo: ese equipo hizo cosas imposibles.

Como si los dolores no abundaran, Messi y la Selección argentina sufrieron otro gran dolor. Cayeron en la final de la Copa América contra Chile. Una segunda tristeza demasiado cerca. Un palazo luego de que ese corazón se hubiera reconstruido tras la tarde del Maracaná.

El triplete obtenido por aquel equipo de Luis Enrique justificaba el premio. Messi seguía siendo el amo del Barcelona. Inauguraba una nueva faceta en su carrera. Menos explosivo, más armador, más pasador. Una transformación fundamental para el gran concepto que acarrea el hecho de haber ganado tantos Balones de Oro: no hay futbolista en la historia que haya durado tantos años siendo el mejor del mundo.

Balón VI (2016)

“Esto se disfruta mucho porque se va acercando la retirada”. Las palabras de Messi sonaron al momento en que una banda aclara que el recital se va a ir terminando. Tenía 32 años, tres hijos, había disputado cuatro mundiales y arribaría a cinco años sin conquistar la Champions League. Aunque durante toda su carrera había ninguneado los trofeos individuales, éste tenía un valor agregado: acurrucaba su sexto Balón de Oro, superando a Cristiano Ronaldo.

El Barcelona de Ernesto Valverde desfiló por la Liga. En el último semestre de 2018, había marcado el camino. La Champions League significó un mazazo total. El segundo consecutivo. La semifinal frente a Liverpool parecía encaminar a los catalanes a una nueva copa. En el Camp Nou, se impusieron 3-0 a la máquina de Jurgen Klopp. El tercer grito -el segundo del 10 en el encuentro- es una obra monumental. Casi inentendible cómo pudo clavársela a Alisson desde tan lejos. El festejo también fue conmocionante. Se sentó en el pasto, con los brazos abiertos, como abrazando a un estadio que rugía de emoción por él. La vuelta, sin embargo, fue un desastre. Cayeron 4-0.

Messi dejó atrás en la votación del Balón de Oro a Virgil Van Dijk. Es difícil que un defensor le pueda ganar una pulseada a un delantero. Había sido impresionante la temporada del holandés, pero no bastaba para conmover. De eso, en definitiva, se trata.

Balón VII (2021)

Hay algo en el riff de Start me up. Es un instante. Keith Richards toca y pum. Menos de un segundo de ver en vivo a los Rolling Stones alcanzan para comprender por qué ser feliz es eso. Pueden pasar las bandas, florecer nuevos géneros, poesías más efectivas y canciones más reproducidas. Emocionarse es otra cosa. Ocho toques con la izquierda en ocho franjas de pasto. Manchester City agobia al PSG. Los de Guardiola son mejores. Ocho toques. Messi explica en una jugada que la esencia de este deporte no es hacer más goles que el rival. Es conmover.

Ni le hace falta convertir en la final contra Brasil. No necesita un partido descollante. Cómo no va a ser el mejor del mundo un tipo que logra que los rivales hinchen por él. Si hay cinco continentes de este planeta -y si hay vida en otros mundos, también- que lloran porque el 10 gane: cómo no va a ser el mejor.

Puede Robert Lewandowski marcar mil goles. O Haaland batir récords. O Timo Werner tirar diagonales perfectas para que Chelsea se endulce con la Champions League. Honestamente, qué importa. Si Rodrigo de Paul o el Huevo Acuña, apenas suena el silbato, encaran hacia el cuerpo del 10 para quedarse con ese abrazo.

No lo intenten. Miles de horas de videos. Tesis sobre cómo un lateral puede robarle espacios a un extremo. Interiores que salen y entran perfectos para recibir. Estrategias brillantes. Pilas de planes de marketing para construir un show. Hasta el día en que deje de jugar -y después también-, Messi seguirá emocionando. If you start me up, I’ll never stop.

Las lágrimas no se inventan.

Fuente: Cenital / Original aquí.

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