Pedro Ángel Palou

México ha sido siempre este país que se ha hecho de otros: Pedro Palou

Nos parecemos más que a ningún otro país a Perú. Los dos tienen una forma de convivencia entre la nueva realidad mezclada y la previa, que se da de una manera muy orgánica. Este es un mundo inevitablemente mestizo y esa es la nueva realidad. En lugar de verse como perdedores, somos herederos de esa nueva realidad. Eso si lo pensamos en el lado mexica, pero si pensamos como lo viene haciendo Federico Navarrete en sus libros, donde cuenta la historia de los tlaxcaltecas, que son ganadores.

Ciudad de México, 22 de julio (MaremotoM).- Quizás, cansado de tantas postales, hechas a veces por extranjeros que “saben” lo que es México, Pedro Ángel Palou, uno de nuestros grandes escritores, se decidió a marcar con un reloj histórico la épica de esta gran ciudad que a todos nos cobija y nos descobija.

“Capital de imperios, ciudad de palacios, metrópoli cosmopolita, pero también víctima de los embates de la naturaleza. Sus tragedias no tienen fin. Aunque tampoco sus grandes momentos que han visto coronar emperadores, vitorear ejércitos y levantar portentosos edificios”, es la motivación con la que el autor de una trilogía histórica sobre Zapata, Morelos y Cuauhtémoc y sus novelas sobre Porfirio Díaz, Pobre Patria mía, Pancho Villa, No me dejen morir así y Lázaro Cárdenas, Tierra Roja, que forman ya parte sustancial del renacimiento de la novela histórica mexicana.

Lo ha hecho a través de cuatro familias lo han visto y padecido todo, cada una con su larga genealogía de mentiras, sueños y penas. Ellos revelan los secretos de la Ciudad de México y sus protagonistas: la conspiración de los hijos de Cortés que empezó como un juego, el motín del Hambre en el Parián, los autos de fe en el Volador, los escarceos de Humboldt, la traición de los ricos niños polkos, los excesos de Juárez y los megalómanos posrevolucionarios.

ENTREVISTA EN VIDEO A PEDRO ÁNGEL PALOU

–Una de las cosas primeras que quiero preguntarte si no estás cansado de México como una postal donde todo se sabe de ella

–En buena medida México como postal, como viñeta, el lugar donde antes eran los toros y las chinampas de Xochimilco y ahora la violencia. Cada cual vive un México distinto, aunque cada extranjero tiene un México con una cierta perspectiva que nos ha enriquecido. Pienso en DHLawrence y pienso en Katherine Anne Porter, que ha escrito un ensayo que para mí debería darse de obligación en la escuela. “La trinidad mexicana”, donde dice que el gran problema de México es la iglesia, el petróleo y los políticos corruptos. Eso no ha cambiado. Alexander von Humboldt, a quien nombro en la novela, también vio un México distinto, abrirlo a ciertas perspectivas sexuales frente a una ciudad pacata. México ha sido siempre un lugar de recepción, de acogida, de migraciones externas e internas. México ha sido siempre este país que se ha hecho de otros y que no rechaza el mestizaje.

–El libro se me hace muy parecido al que acaba de sacar Oswaldo Zavala, La guerra en las palabras, en el sentido de que trata de abarcar una parte completa de México…

–Totalmente. Quiero mucho a Oswaldo, tenemos una buena relación y lo he leído siempre con gran admiración, donde busca una contranarrativa contra esta posición maniquea del Estado. Recuerdo haber platicado hace tiempo con Daniel Sada y él decía que a la gente del DF no entiende es la cultura cotidiana de la gente que vive en zonas del narcotráfico. La música, la cultura popular, la manera de vestirse y en el caso concreto de mi novela, lo que busco, es curar la fractura narrativa con que se nos ha contado la historia narrativa de México. Por un lado, la narrativa derrotista, donde siempre somos los perdedores, hay una especie de regodeo en la victimización, eso de que los culpables son los otros. Por el otro lado no encontrarnos en la construcción de la modernidad. Por eso le dedico un apartado completo al siglo XIX, que me parece el siglo más incomprendido y menos tratado de nuestro país. Lo platicaba con José Emilio Pacheco, que si no entendemos el XIX no entendemos esta lucha entre liberales y conservadores, no entendemos que el mismo presidente Santa Anna haya sido a veces liberalista, a veces conservador, no entendemos que todos estén asustados de la gente nueva a la ciudad. Hay un XIX que va más allá de las dos intervenciones y del largo porfirismo que no logramos entender. En la novela me encuentro con la ley de terrenos baldíos y de las leyes de reforma juaristas, liberales, lo que producen son lo contrario de lo que proponen. Los que hacen las carreteras, los que manejan las aduanas, el país, con los conservadores, son los mismos que lo hacen los liberales. La corrupción no nos viene del neoliberalismo, ni del alemanismo, la corrupción nos viene del siglo XIX.

Pedro Ángel Palou
Editó Planeta. Foto: Cortesía

­–¿La corrupción es como somos los latinoamericanos?

–Eso explica que de alguna manera un puñado de españoles pudiera gobernar una ciudad indígena. Si a este gobernador indígena le doy esta parcialidad, puede controlar a la gente y darnos un dividendo. La arqueóloga Barbara E. Mundy, en el libro editado por Grano de Sal, La muerte de Tenochtitlan, la vida de México, dice que realmente no hubo caída de Tenochtitlan, sino que hubo una continuidad con políticos corruptos. En la novela hablo de la continuidad histórica, como en el caso de los nobles indígenas conviven con las casas de los nobles españoles. Hasta la inundación de 1621 que cambian muchas cosas, yo pongo a la familia de mineros, los Santoveña, que le dan la casa a la Inquisición. Hoy es el Museo de la Inquisición.

–Coincides un poco con Rafael Dumett, el autor de El espía del inca, cuando él dice que todo Perú ha sido vista como hijo del perdedor Atahualpa

–Nos parecemos más que a ningún otro país a Perú. Los dos tienen una forma de convivencia entre la nueva realidad mezclada y la previa, que se da de una manera muy orgánica. Este es un mundo inevitablemente mestizo y esa es la nueva realidad. En lugar de verse como perdedores, somos herederos de esa nueva realidad. Eso si lo pensamos en el lado mexica, pero si pensamos como lo viene haciendo Federico Navarrete en sus libros, donde cuenta la historia de los tlaxcaltecas, que son ganadores.

–Hablas de los desastres naturales que han cambiado la historia, la geografía…

–E incluso el país entero, como fue el terremoto de 1985 que cambia para siempre la relación de los ciudadanos con el poder, de lo que trabajó tanto en su época Carlos Monsiváis. Lo volvimos a vivir en 2017, algo que es natural en el chilango, que viene la tragedia y saca a mostrar lo mejor de sí. El otro tema que se nos olvida el tema acuífero, la ciudad de México es una bomba siempre. Lo que quería contar cómo se nos va olvidando el tema acuífero y como los nombres de calles como Churubusco pertenecen a ríos reales, por los que se transitaba a principios del siglo XX. Donde todavía había comercios por embarcación. Creo que es importante caminar a la ciudad de México imaginándosela lacustre, con los ríos abiertos. La antropología muestra a las casas con una entrada por tierra y otra entrada por agua.

–En esta descripción que haces de México, intentas también el sentido de apocalipsis reinante

–Lo que quería es mostrar a esta ciudad llena de estímulos y de oportunidades. Si hablas con un chilango te va a decir que tienen cuatro generaciones atrás que son defeñas. Esta es la ciudad de la quinta oportunidad. Buena parte de los escritores de la ciudad es gente que llegó de afuera. Se nos olvida que Carlos Fuentes no nació en la ciudad de México ni pasó su infancia allí. La región más transparente es de la sorpresa de un recién llegado a la ciudad, asombrado con la vida en Plaza Garibaldi…por eso en la novela hago un homenaje a la zona rosa de México, donde lo gay antes del SIDA, antes que la Movida Madrileña, hizo una movida en México. Es el gran destape de una sexualidad otra, que tiene sus bares, sus restaurantes, no puedes contar la ciudad de México sin esa explosión, que lo vemos en la literatura de la onda.

Pedro Ángel Palou
En un Sanborn’s, con su obra. Foto: Cortesía Facebook

–¿Por qué escribir un libro sobre Ciudad de México?

–Porque me pasa lo que les pasa a estos escritores de los que estuvimos hablando. Yo tenía a toda mi familia materna en Puebla y mi familia paterna vivía todo en el DF. Yo pasaba casi todas mis vacaciones en la ciudad, caminaba por las calles, antes de que estuvieran los ejes viales, entre la Narvarte, División del Norte, por avenida Universidad, para mí era el gran descubrimiento la Ciudad de México, pero también fue el descubrimiento literario, mi relación con escritores mexicanos fue siempre sustanciosa. Gran parte de mi educación sentimental se la debo al DF. Antes del terremoto de 1985, Puebla era muy pequeña, era provinciana, muy conservadora y el DF era todo contrario. La ciudad se vacía en Semana Santa y es el mejor momento para estar allí.

–Esta no es una novela erudita, se lee muy fácilmente

–Es intencional. En esta novela he puesto al servicio de la historia todo lo que he ido aprendiendo de parte de la novela histórica. Es un aprendizaje técnico de como dramatizar la historia.

Fragmento de México, de Pedro Ángel Palou, con autorización de Planeta

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1526

¿Es esta su ciudad? ¿Es acaso este su nombre?

La ciudad se llamaba Tenochtitlan, y el nombre de él era Opochtli, el de la mano izquierda, porque siempre dibujaba con esa mano, a pesar de la oposición de su padre, Tenampi Cuautle. No conserva su nombre, ha perdido su altépetl.

Todo su mundo ha sido sepultado en las ruinas de la ciudad. Su padre prefirió quitarse la vida antes de perecer por la mano de los españoles, dejándolo en la orfandad a él y a su hermana. Como los cadáveres amontonados en las calzadas, hediendo y pudriéndose así sus recuerdos de esos días finales. Han pasado ya más de cinco años y ahora este lugar se llama Ciudad de México, capital de la Nueva España y a él le han cambiado también el nombre: ha pasado a llamarse Diego. Así lo han bautizado. A él, como a otros pocos grandes, les han dejado conservar el apellido; a los demás también eso les han quitado. Diego Cuautle habla mexicano y castilla y ahora también el latín de los frailes. Ellos dirían que corre el año del Señor de 1526.

Pero sigue siendo en su lengua materna que se pregunta si esta es su ciudad aún, si debajo de los recuerdos y los cadáveres y las casas destruidas ha quedado algo de él, de los suyos.

Hubiese estudiado, como su padre, en el calmécac. En cambio, los frailes se lo han llevado a su casa cerca del Templo Mayor, donde están edificando un convento grande que llamarán San José de los Naturales. Él los acompaña muy seguido a ver las obras. Quieren que siga estudiando y luego se ordene, como ellos, de sacerdote.

Le ha tomado cariño uno de los frailes que llegó apenas hace dos años, fray Toribio. A los frailes los recibieron Cortés, Pedro de Alvarado y Cuauhtémoc entre fiestas que duraron varios días. A fray Toribio no solo le interesa que dibuje o le lea antiguos libros de figuras, sino que le cuente de su vida personal antes de la destrucción de la ciudad. Que le refiera todo acerca de su fundación, de la llegada de su pueblo al valle, de los esplendores de Tenochtitlan.

Esta mañana de septiembre apenas clarea y se despeja el cielo de una incipiente llovizna. Fray Toribio lo invita a salir del convento, a que lo acompañe a comprar unas cosas junto al Portal de Mercade- res, que estaba en obra. Todo el lugar era un lodazal y se inundaba mucho. Caminan un largo tiempo hasta ahí, al lado del edificio del Primer Cabildo, en esta que ya no es su ciudad, sino la que ellos, los teules, llaman Ciudad de México.

Lejanos parecían los días de la limpieza del altépetl, cuando Hernán Cortés se fue a vivir a Coyohuacan mientras mandaba sepultar los miles de cadáveres que hacían imposible el tránsito. La fetidez aún no la abandona, y sabe que así será mientras camina por las calles recientes de la nueva traza de la ciudad que el capitán Malinche, como le llamaban a Cortés, mandó a hacer a Alonso García Bravo. A ese soldado, a quien los españoles llamaban buen geométrico, se le pidió que hiciera la nueva delineación allí donde antes estaban el Templo Mayor y las casas del tlatoani Moctezuma y de sus principales. Ahora ni siquiera se puede caminar por los tantos indios —así les llaman los teules a los mexicas porque equivocadamente un marino, Cristóbal Colón, creyó que en estas tierras se hallaban las Indias, según le han explicado los frailes en Tlaltelolco. Indios y españoles van y vienen en un frenesí de construcción. Todos quieren tener una casa, o mejor un pequeño fuerte, en el solar que les ha sido asignado por ganar la guerra y destruir a los suyos. El propio Cuauhtémoc, quien vivía ahora en Tlaltelolco, en un palacio que llaman el Tecpan, fue puesto al frente de quienes limpiaban la ciudad y él tenía que pedirles a sus antiguos súbditos que destruyeran las casas y los templos para edificar la ciudad nueva. ¡De dónde iban a sacar las piedras para tanta y tanta casa solariega! Los predios repartidos a estaca y cordel. Si el español fue conquistador tiene derecho a propiedad de dos solares, pero deberá construir en ellos o podría perderlos.

—Mala costumbre de esta tierra —le dice fray Toribio a Diego—, porque los indios hacen las obras y a su costa buscan los materiales y pagan a los pedreros y carpinteros. He visto que si no traen de comer ayunan para seguir trabajando.

—No es costumbre, Motolinía, es por obligación. Les pegan o los maltratan. No sabe cuántos ya han muerto por andar acarreando piedras de un lado para otro. No es vida para ellos, pero no tienen elección.

—¿Por qué me dices Motolinía, hijo? —A Diego le molestaba aún que fray Toribio le llamara así, como si su padre verdadero no hubiese muerto por culpa de ellos, de los teules.

—¿No le han dicho? Por pobre, pero también por lástima. Repito lo que oigo. Todos le llamamos así porque nos causa compasión la pobreza de su ropa rota y vieja.

—Fue el viaje desde Veracruz hasta aquí, o quizá la misma travesía, la que nos destruyó los hábitos. Pero me gusta el nombre. Creo que cambiaré el mío. Dejaré de llamarme Benavente. ¿Me dirías Toribio Motolinía? Es la primera palabra que aprendo de tu idioma. Es como si tú también, hijo mío, me hubieses bautizado. Será más fácil además para vosotros llamarme así.

Caminan por la plaza Mayor rumbo al predio que será el nuevo convento. Hernán Cortés ha edificado un hospital en el lugar donde él y el tlatoani Moctezuma se encontraron por vez primera. Se con- templa desde unas calles antes el Hospital de Jesús, a donde también Motolinía va algunos días a oficiar misa. A Diego le ha impresiona- do el artesonado del techo y la hermosura del edificio. Ahora lo ha acompañado a socorrer enfermos y bautizar niños recién nacidos. Bautizar es una obsesión para Motolinía, piensa que solo así estas gentes como él dejarán de ser bestias para ser salvados por su Dios. Es viernes y el carcelero mayor tiene permiso de salir a pedir limosna por las calles. Se lo topan de frente y le pide monedas al fraile. No tiene ni dónde caerse muerto. Menos aún Diego Cuautle, tlacuilo devenido en informante y lazarillo de caminantes. El carcelero convertido en mendigo se da de bruces contra un grupo de indios que arrastran en carreta enormes piedras. Una mula cansada les sir- ve de ayuda. Hace tiempo que hay que cuidar a los animales. Una ordenanza prohibió que anduviesen sueltos por las calles, so pena de

confiscarlos a sus dueños. Ahora están guardados en los solares, muchas veces amarrados.

Esta es la ciudad del barullo, de la construcción y de las ordenanzas. Todo quiere tasarse, medirse, regularse. Mientras esto ocurre, la antigua Tenochtitlan se ha convertido en la Ciudad del Caos. La plaza de Armas repleta de comerciantes ha obligado al cabildo a exi- girles a los dueños de las mansiones que construyan unos soportales para socorrer a los mercaderes y protegerlos así de las inclemencias del tiempo. El Portal de Mercaderes está en pleno levantamiento, otra obra más.

—Esta es una ciudad con prisa —le dice fray Toribio—, todo el mundo está preso de urgencia ante las multas y las nuevas reglas. Un marco de oro, hijo, debe pagar quien no haya limitado aún su pro- piedad y puesto puertas hacia la calle. Pero no todo soldado es Hernán Cortés, cuyo palacio (porque eso no es una casa, míralo) ha requerido seiscientas vigas de cedro. Nadie puede salir tampoco a sus pueblos de encomienda, so pena de perderla, porque hay tan pocos españoles que se teme un levantamiento de indios. Hace dos años les dieron plazo para cercar sus solares o podrían perderlos.

Diego Cuautle piensa, a pesar del cariño que le tiene a Motolinía, que eso estaría bien. Diezmada la ciudad de conquistadores no sería difícil tomarla por asalto, reducirlos a nada. Pero guarda silencio. Fray Toribio le señala la calzada de Tacuba, antes Tlacopan, y le comenta que se han repartido ya varias huertas a lo largo a nuevos vecinos. Seguirán llegando españoles como murciélagos, ciegos y rapaces, a ocupar cada vara de la ciudad.

Van hacia lo que será el convento de San Francisco, el fraile quiere supervisar la obra de la casa y de la iglesia. Cuarenta indios trabajaron asombrados con la bóveda de la iglesia, maravillados de que no se viniese abajo cuando se descimbró. Ahora están decorando los retablos y dando los toques finales. En un par de meses se trasladarán todos aquí. Se lo comenta a Diego. Uno de los albañiles, Lopillo, siempre se acerca a fray Toribio e intenta besarle las manos. El fraile lo ataja y le da un abrazo. Se ha vuelto un tallador de madera y esta vez le muestra a Motolinía una escultura de san José que está terminando. Justo hoy también Diego ha dado por concluido su libro de figuras sobre la consagración del Templo Mayor. Cuando van de regreso a casa pasan por allí, después de cruzar la plaza. No se han atrevido aún a destruirlo, pero Diego sabe que no tardan en desmantelarlo piedra por piedra hasta no dejar nada. Se acuerda de cómo Pedro de Alvarado destruyó las piedras de sacrificio y la imagen de Huitzilopochtli, el Colibrí Hechicero. Zurdo como él. Dios de la Guerra y el Sol. Los cien escalones del Templo Mayor se yerguen, empecinados, ante la extraña pareja.

—Vi tu libro de figuras hoy, hijo. Es hermoso y me ayuda tan- to a entenderos. El año 8-caña es en realidad el año del Señor de 1487, cuando consagrasteis vuestra diabólica mezquita. —Diego no se acostumbra a que se refiera así a la antigua religión que no desea desaparecer, así como así, pero como con tantas otras cosas guarda un silencio manso—. Ahuízotl sucedió a Tízoc y a él se le debe el punto final de la obra.

—Espinoso de agua.

—¿Cómo?

—Ahuízotl, «espinoso de agua». Tízoc quiere decir «pierna enferma». Este último fue quien realmente inició el templo. Muchos años tardó su construcción, padre.

Cada vez que le llama así se detiene de súbito, recuerda el otro significado del vocablo y siente rabia. Recuerda su orfandad. No tie- ne nada, le han quitado todo. Ni siquiera su antigua ropa. Ahora viste ese tosco hábito de los frailes, que lo acalora. Se siente extraño en su propia tierra. ¿O es que ya no es suya del todo?

—¡Tantas cosas ignoro, hijo!

Llegaron a casa y fray Toribio le pidió que lo acompañara a su celda a leer juntos el libro de figuras, pero se encontraron con fray Pedro de Gante y mejor sacaron unas modestas sillas de palo al pa- tio; los tres estaban viendo los dibujos de Diego Cuautle y escuchan- do sus explicaciones. La primera lámina era más bien un mapa. El la- go de Texcoco ocupaba buena parte de la superficie del plano. Con el dedo él les indica cómo desde Iztapalapan se sigue hacia el nor- te al pie de los cerros del Tepeyácac, al oriente hacia Chapoltepec. Más allá, al sur, Xochimilco, otro lago unido por un canal con mucha corriente. Y les señala el islote mexica donde se hallan ahora, unido apenas por las calzadas que los españoles dejaron intactas, como las que conducen a Tacuba o Tlaltelolco. Les muestra los barrios profa-

 

nos: Moyotlan, lugar de los moscos; Teopan, en el templo del barrio; Atzacualco, donde queda la compuerta de agua; Cuepopan, sobre la calzada.

En medio de ese mapa, hecho de agua y de pequeñas parcelas de tierra, el Templo Mayor y sus setenta y ocho edificios.

—¿Y este otro templo? —pregunta fray Pedro.

—El templo de Tezcatlipoca, el Espejo Humeante. Señor de la Noche.

Los frailes se santiguan. Hablan en latín entre ellos. Siempre lo hacen así, pero él ya ha ido aprendiendo y siente que pronto enten- derá todo.

En su dibujo se alternan casas y chinampas, hortalizas y huertos alrededor del templo de tres puertas, una para cada calzada princi- pal. Los canales con sus canoas y el recinto de las fieras y de las aves de Moctezuma, donde ahora se edifica el convento. Es un detalle po- nerlo allí, solo como referencia. Ni siquiera lo notan los frailes. No le preguntan nada sobre el lugar. Moctezuma tenía aves de todos los confines, cientos de ellas, para contemplarlas, para escucharlas can- tar, pero también por la hermosura de sus plumas que adornaban los penachos y los escudos de sus guerreros.

—Has dibujado bien el lugar de los sacrificios endiablados —di- ce Motolinía y señala la piedra encima del templo, entre las dos co- lumnas. La sangre brota del guerrero.

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—Téchcatl es el nombre de la piedra. No solo son prisioneros de guerra, también enanos, albinos, niños, sacerdotes, músicos, prosti- tutas, esclavos. Todo dependía de la ceremonia.

Después de comer con los frailes en el humilde refectorio un caldo de guajolote —que llamaban gallina de la tierra— y pan, va a la biblioteca a escribir y dibujar. No le gusta el pan, prefiere la tortilla. Pero a los frailes les encanta, van todos los días al molino y traen su masa y hornean hogazas duras y sin sabor que mastican con las den- taduras viejas. Diego tiene que mojar el pan si quiere encontrarle al- guna gracia.

En la biblioteca, que no es otra cosa que un cuarto con mesas tos- cas y taburetes y una estantería que guarda unos pocos volúmenes, él se refugia. Le han enseñado a leer y a escribir en castellano y empie- za con fray Pedro clases de latín. Prefiere no leer los gruesos libros

 

de los hermanos. Se guarda en sus libros de figuras, en las listas de vocablos que le piden que ponga en dos idiomas. En algunas ocasio- nes acompaña a otros frailes al mercado de San Juan, el mercado de indios, por plantas medicinales. Le han enseñado a dibujar las plan- tas como a ellos les gusta y él debajo pone el nombre en mexicano y en castellano. Al menos treinta dibujos ya les ha hecho. Motolinía le pide explicaciones y anota en un pergamino las que llama relaciones, aunque Diego solo les diga historias viejas, las que escuchó en casa y que seguramente su padre y el padre de su padre oyeron antes de sus mayores. Si no fuera por él, piensa, cómo se enterarían los frailes de la naturaleza verdadera de las cosas de la que llaman Nueva España.

Para ellos esta ciudad tiene cinco años.

Para él, en cambio, cientos. Es Mexi-co, el lugar del ombligo de la luna.

Es su lago y sus canales, es su tierra y sus chinampas. Aunque la antigua casa de piedra de su padre haya sido destruida. Aun- que sus padres hayan muerto. Aunque se empeñen en edificar otra encima.

Se va haciendo tarde en el minúsculo claustro y lo envían a dor- mir con los suyos. Otros cuatro jovencitos como él, todos tlacuiloque. No les gusta a los frailes que hablen en mexicano entre ellos, por- que no saben aún suficientes palabras como para entenderlos, pe- ro a ellos no les importa. Tan pronto como se quedan solos cambian de lengua. Ellos mismos tampoco entienden todas las palabras de los frailes, y mientras unos y otros se quedan dormidos solo se escu- chan los rezos de los españoles y las palabras inconexas, los insultos de los jóvenes mexicas allí recluidos, evangelizados, bautizados, en- cerrados.

Diego Cuautle piensa en su hermana. Desde hace días no se pue- de quitar de la cabeza a Ixtlilpactzin, Carita Alegre. Le ha pedido a fray Toribio que consiga que se puedan ver. Necesita saber cómo es- tá, qué ha sido de ella. Sabe que la han casado con un soldado de Cortés, pero a él no le permitieron asistir a la boda. Pocas, como ella, tuvieron esa suerte. Si a tal destino se le puede llamar de tal forma. Pipiltin, hijas de nobles. Algunos de los caciques han podido incluso conservar sus casas en la que llaman calle de la Acequia. Muy pocos, los más cercanos a Moctezuma. A su hermana la llamaron Leonor

 

en el bautismo: doña Leonor Cuautle. Le agregaron doña después del casamiento, no tendrá más de quince o dieciséis años. Antonio Marmolejo es su esposo y tiene casa y un buen solar. Hace un año de la boda. ¿Habrán tenido un hijo, una hija? Sabe que viven en la cal- zada de Iztapalapan y que su casa tiene frente hacia la calle y al aca- lote, uno de los canales principales que lleva al lago. Calle llena de puentes de piedra, como la de la Acequia, por donde transitan a pie o en canoa miles de personas todos los días. ¡Qué son ellos dos, mise- rables piedrecitas en medio de la tierra y el lodo y la muerte!

Se duerme pensando en el rostro hermoso y alegre de su her- mana. Lanza entonces una maldición en su lengua: esta será la ciu- dad de los desastres y arrasará con todos, sepultándolos. Será la ciudad de las inundaciones y de los terremotos. Como le ha dicho Motolinía: las siete plagas de Egipto volverán a Tenochtitlan.

Esa será su venganza.

 

 

 

 

 

 

2

1529

 

 

 

Leonor Cuautle de Marmolejo sale de su casa acompañada de dos indias y de un esclavo. Hace años que los esclavos no pueden ir ar- mados, por miedo a que se amotinen, así que su esposo la hace acompañar también de un español recién llegado, un primo que vive con ellos. Ha habido muchos robos y asaltos a plena luz del día. La ciudad ha seguido creciendo en casas y palacios, y más y más ca- lles con vecinos venidos del otro lado del océano. No se habla de otra cosa que del juicio de residencia ordenado contra Hernán Cortés por el rey. El capitán general no está en la Nueva España, así que se le enjuicia en ausencia. Los testigos, a decir de su esposo, son a modo, enemigos todos dispuestos a destruirlo. Muchos antiguos soldados de Cortés se han hecho ricos y han traído esposas de Cas- tilla, deshaciéndose de sus esposas indias, con la complacencia de la Iglesia y de las autoridades. A ella esa mala suerte no la ha tocado aún. Ella ha hecho lo posible por adaptarse a los gustos de su mari- do y se pone todo lo que él quiere, se viste como una señora españo- la y en su casa se come como en la mejor de Granada, donde vive el emperador, según él mismo presume a sus amigos.

Desearía no acordarse del tiempo no tan lejano cuando ella

era Ixtlilpactzin y caminaba sonriente por las calzadas, o iba en la piragua con su hermano. Preferiría olvidar y que el olvido fue- ra una especie de sueño en el que hubiese despertado no solo con un nombre distinto, sino también con un cuerpo diferente. Los sirvientes la llaman doña Leonor, y su esposo —al que tampoco eli- gió— le ordena o le manda con un simple: ¡Mujer!, como si hubiese

 

dejado de tener siquiera nombre. Esa mujer le ha dado ya dos hijos al capitán Antonio Marmolejo y la casa ha seguido creciendo como su familia, volviéndose para ella cada vez más enorme e inhóspita. Hace ya cinco años que dejó de ver a su hermano Diego. A él, como a todo lo demás, también se lo arrebataron cuando lo mandaron a estudiar a Tlaltelolco. Una vez lo vio en misa. Una sola ocasión. A lo lejos, Opochtli era el mismo debajo del hábito negro. Le son- rió cuando sus ojos grises y tristes se encontraron. Todo este tiempo le ha pedido a su marido que propicie el encuentro, pero Antonio se ha negado. Piensa quizá que aislándola del pasado este se bo- rrará. Que ella será como él. ¡Quién sabe qué es lo que piense An- tonio!, hace tiempo que dejó de preguntárselo. Su señor capitán, otro teule, un misterio. Su padre había dibujado un último amox- tli y Diego lo guardó. Después de haberse visto en misa se lo mandó con un criado junto con una vasija con forma de águila. Le dijo cla- ramente que lo cuidase, que lo enterrase. Le escribió en castellano un pequeño recado: «Los teules están destruyendo todos los docu- mentos, toda nuestra memoria. Mételo en esta vasija, ponlo donde nadie nunca lo vea. Es el último recuerdo de nuestro padre. Y des- truye este mensaje. Opochtli».

Además de impenetrable, su esposo era también irascible, presto

a ataques de ira por cualquier pequeñez. Después de lo ocurrido en casa del capitán Cortés en Coyohuacan hace unos años con su mu- jer Catalina, a la que llamaban la Marcaida, Leonor teme el enojo de los teules. Antonio y ella, con muchos otros capitanes y sus esposas, habían ido a cenar esa noche aciaga a la casa de Cortés. Una hija del mismo Moctezuma Xocoyotzin vivía allí, y Malintzin, a quien ellos lla- man Marina, y a quien Cortés desechó en el viaje a las Hibueras. Allí la casó con Juan Jaramillo. «El capitán y sus esposas», bromeaba siem- pre Antonio. «¡Y yo no puedo con una!».

Aquella ocasión la riña había empezado por una cuestión de órde- nes a esclavos. Doña Catalina estaba muy molesta con el capitán Solís:

—Veo con enojo que nuevamente se ha tomado la libertad de mandar sobre mis hombres. Se lo he dicho antes: solo yo mando en esta casa y en su gente.

—Lo siento, señora —contestó Solís apenado—, pero no soy yo, sino su marido don Hernán quien los ocupa.

 

Catalina entonces le amenazó:

—Nunca más nadie se meterá con mis cosas, ¿ha oído?

—¿Con lo vuestro, señora? ¡Yo no quiero nada de lo vuestro!

—contestó Cortés riendo.

Eso fue todo. Suficiente para enfurecerla. Don Hernando la re- convino de mala manera, burlándose además de ella.

Doña Catalina salió del salón enojadísima y se encerró en su recá- mara. La cena continuó como si nada. A Cortés le gustaban las fiestas. En sus aposentos la Marcaida lloraba, y solo su camarera, Ana Rodrí- guez, la consolaba. Pero todos saben que, en la noche, con el pretexto de confortarla, Cortés en realidad fue a matarla. Una esclava india en la madrugada avisó a doña Ana que algo pasaba en las habitaciones de la pareja. Las dos entraron abriendo la pesada puerta de un golpe. Cortés sostenía en sus brazos a la pobre Catalina Xuárez. Dicen que tenía grandes marcas en el cuello. Las cuentas de oro del hermoso collar que tanto le habían ponderado en la cena estaban desparrama- das en la cama deshecha. Ana se atrevió a preguntar:

—¿A qué se deben estos verdugones? —dijo señalándolos—, po- bre de mi ama.

—Catalina se desvaneció súbitamente y tuve que agarrarla del collar para que no cayera.

Pretextos. Las sospechas de que el propio Hernán Cortés había asesinado a su esposa corrieron por las calles como una tormenta. Al ser acusado de ello el capitán acusó la insolencia de quien lo consi- deraba sospechoso:

—¡Quien lo dice vaya por bellaco! ¡Que yo no tengo que dar cuentas a nadie!

El propio Antonio se lo contó a fray Toribio a la semana siguiente. Solo de eso se hablaba entonces. Así que Leonor prefiere hacer co- mo que no escucha y nunca le responde a su marido. Mejor que crea que él lo controla todo, aunque no sea cierto. En las cosas de la casa, manda ella. En sus hijos ella es quien ordena lo que debe hacerse. Parece, oh funesto destino, que todos han olvidado.

Ella se ha entregado, como una náufraga, a sus dos hijos, Feli- pe y Catalina. Tienen cuatro y dos años. No ha podido tener más descendencia. Han muerto dentro de ella dos niños más y le da mucho miedo volver a quedarse preñada. Estuvo muy cerca de la muerte,

 

según le dijo la partera. A veces piensa que hubiese sido mejor dejar este mundo. Los vivos matan, los muertos viven. En el Mictlan. Anto- nio no la ha tocado desde entonces, menos mal.

Ahora, se dice, sale a la calle, acompañada, protegida. Le gusta- ría poder ir a ver a su tío, al que los españoles llaman el gobernador de los indios. Su tío es quien ha logrado que no haya más sangre. Al me- nos así lo piensa Antonio, quien lo respeta por ello. No todos pien- san igual. Ha oído decir de él que se ha enriquecido, que es muy descortés con su propia gente. Ella no lo cree. Pobre, lo tiene tan difícil. Nunca quedará bien con nadie, ni con los teules ni con los suyos. Pero él sigue en pie. Y ella sabe que mientras viva tendrá su defensa, su protección. Se siente menos huérfana. Es el hermano de su madre y desde que ella murió, antes de que llegaran los españoles, la ha tenido bajo su manto. Desde niña le cantaba:

 

México-Tenochtitlan Altitic entre los juncos y las cañas,

donde se alza el cacto entre las rocas, donde el águila se detiene a descansar y la serpiente pita y silba,

donde el águila se relaja, se regocija y cena hasta el hastío,

donde la serpiente sisea y los peces brillan,

donde las verdiazules y amarillas aguas se mezclan y hierven

en el centro del lago donde el agua entra,

donde los juncos y las cañas susurran,

donde moran los sapos y las serpientes de agua, donde el blanco ciprés

y el frondoso sauce se erigen se ha declarado

que ahí se conocerán el sudor y el esfuerzo.

 

Y de sudor y de esfuerzo, pero también de derrota, se han hecho sus vidas en el querido altépetl, hoy llamado ciudad. Su tío, don An-

 

drés de Tapia Motelchiuhtzin, fue nombrado gobernador por Cortés en 1526, no siendo huey tlatoani, sino solo cuauhtlatoa. Un tipo de noble, pero no un tlatoani, por lo que muchos no lo querían. Ade- más, sin Cortés en la Nueva España el caos se apoderó del gobierno de los españoles, tan dispuestos a la pelea. La llamada Real Audien- cia, a cargo de Nuño de Guzmán, fue más cruel que el propio Pedro de Alvarado. Ahora Nuño de Guzmán está lejos de la ciudad, quizá haciendo daño en la llamada Nueva Galicia. Pero se llevó a su tío, Motelchiuhtzin, a la guerra. Ahora Leonor va a ver a su tía y a su sobrino, Hernando —a cuántos, qué desastre, han bautizado con el mismo nombre de Cortés—, quienes lloran también la ausencia del gobernador.

 

* * *

 

Don Antonio Marmolejo es muy amigo de quien ha trazado la nue- va ciudad española encima del altépetl. Lo convida en casa a menu- do. Alonso García Bravo, dice el marido de Leonor, trazó con mano maestra «esta ciudad de Dios». Así la llama. Él decidió, nombrado por Cortés como cartógrafo, dónde iría la llamada Catedral, y man- dó limpiar varios solares y puso medidas a la plaza de Armas. En su mapa, que seguía trayendo como un talismán, estaba dibujado el presente, pero también el futuro. Las casas del cabildo, el palacio de los Virreyes. Don Alonso midió personalmente, con ayuda de dos hombres, la longitud y la anchura de las calles y calzadas. Han empe- zado a hacer puentes entre las calles y los canales. Una tarde Leonor los vio, sobre la mesa, con varios instrumentos, recordar las razones de la traza:

—Aquí el decumanus maximus, de oriente a poniente. Aquí el car- do maximus. Este es el centro desde el que levanté mis planos.

—Ay, don Alonso, no solo eso. Quizá la ciudad más hermosa del orbe. Entre las sierpes cristalinas de tantas y tantas acequias, cuán lar- gas y anchas, qué planas y rectas las calles. Es usted un gran geomé- trico.

—El terreno lo ha dictado todo. Desde este punto —volvió a decir, señalando en su dibujo el lugar que ella, Leonor, identifica- ba más bien como el Templo Mayor. De igual forma ellos hablan

 

de las calles con los nombres que les han puesto, pero ella piensa en los que la han guiado, Tlacopan, Iztapalapan. Ahora las llaman calle del Rastro, calle de las Ataranzas, de Plateros, de Tlapaleros, de Curtidores, de Chiquihuitecas. Les ponen a las calles el nom- bre de los oficios de las gentes que allí moran y tienen sus estable- cimientos.

Don Alonso había combatido en muchas batallas y se halla- ba enfermo y cansado, pero el rostro se le iluminaba al hablar con Antonio. Le traían una copa de vino y un poco de pan, lo que lo re- gocijaba como a un niño. En muchas de esas ocasiones había música en casa, lo que la hacía feliz a ella. Era su mayor placer, escuchar esas flautas, esas notas, como si una parvada de pájaros estuviera dentro del patio de su casa. Esa casa que, pese a su soledad, tanto quiere, con su huerta y su vasto jardín hacia adentro.

—Vuestra morada, don Antonio, más que casa, parece fortaleza

—le comentaba don Alonso, porque se había erigido cada vez más alta en preocupación de los tantos sucesos de armas y de robos y ra- piña que en los últimos años habían asolado a la ciudad.

¿Y su calle? La ahora llamada calle de la Acequia, donde también vivían otras familias de nobles mexicas. A la izquierda la calle de las Canoas, con casas que, en cambio, los españoles pensaban bien ma- cizas, sin gracia, sin artificio, con tupidas rejas en las ventanas y altos balcones. Así los escuchaba conversar. Luego doña Leonor se volvía a abstraer en el encanto de la música.

Acabará pronto la reunión, porque casi ya es la hora de la que- da, las campanas de la Catedral tocarán a medianoche. Hay luna llena. Los españoles viven espantados con los que llaman aullidos de un alma en pena. Escuchan a una mujer penando y dicen que no ha podido irse al otro mundo. Se santiguan haciendo la señal de la cruz y corren a sus casas presas de espanto. Algunos aseguran haber visto a esa mujer, vestida con un traje blanquísimo y con un velo tan espeso que le cubre el rostro. Otros más dicen haber contemplado su figura, de lejos, o desde sus ventanas al correr las pesadas corti- nas, mientras camina noche tras noche por la plaza Mayor. Afirman que el recién nombrado barrendero de la ciudad, Blasco Hernán- dez, quien tiene la encomienda de mantener las calles limpias, se ha atrevido a seguirla, pero no ha conseguido otra cosa que verla desaparecer en el lago, sumergiéndose en sus aguas. Los españoles la llaman la Llorona.

Esa mujer, piensa Leonor recordando las historias que le conta- ba su padre, no es otra que la diosa Cihuacóatl, que se les aparece a los teules. No se atreve a decirlo, la acusarían de idólatra o de here- je, la podrían quemar en la hoguera, su marido la despreciaría, pero ella lo sabe. Es Cihuacóatl, mitad mujer y mitad serpiente. Diosa de la Tierra, madre de la fertilidad y de todas las cosas. Ella la llama también Quilatzi, Coatlicue, Coyolxauhqui, Malinalxóchitl, Huitzilincuá- tec, Yaocíhuatl, con cada uno de sus tantos nombres. Ella abandonó a su hijo Mixcóatl en aquella desierta encrucijada. Por eso regresa y llora, pero no lo encuentra. Solo halla un romo cuchillo de sacrificios. Brama al aire, vocifera y regresa al lago. No hay que temerle.

«¡Oh, hijos míos, que ya ha llegado vuestra destrucción!, ¿dónde os llevaré para que no acabéis de perder?», afirman los españoles que la oyen decir. Pero no puede ser cierto, porque Quilatzi no puede hablar castilla, y en su lengua no la entenderían. Ellos no entienden. Se persignan, corren a sus casas y solo gritan que ahí viene la Llorona si creen haberla escuchado.

* * *

Los payani traían las noticias a las casas de los nobles antes de la llegada de los españoles. Muchas veces eran noticias funestas. Aho- ra las cartas que vienen desde España alegran o entristecen a quienes las reciben con tantos meses de distancia frente a los sucedidos. Hoy Antonio Marmolejo ha recibido carta y está feliz.

—¡Albricias, mujer! —le grita a doña Leonor—. Se han cumplido mis deseos y mi hermana, doña Isabel, ha decidido acompañar- nos en la Nueva España. Llegará en el próximo barco. Será de gran ayuda en la casa, con la educación de nuestros hijos, para que crezcan como los hidalgos que son y un día puedan vivir en España como si allí hubiesen nacido.

Al principio no se atreve, pero luego interrumpe apenas la perorata del marido:

—¿Existe, don Antonio, algún problema con la educación que yo les brindo, con el cuidado que les pongo?

Su marido estalla en carcajadas.

—¡Ay, mujer, qué cosas dices! No sabes nada de religión, ni de geometría ni de teología, ¿cómo piensas que puedes instruir correctamente a tus hijos?

—Los cuido y los crío como me lo ha pedido, señor. No creo que haya falta alguna en mí como madre de esos dos, que son dos pedazos de esmeralda de mi corazón. ¡No me los arrebate, por lo que más quiera!

Su imploración es recibida con la misma risa estruendosa, con la condescendencia de quien se sabe amo y señor. Aun así, ataja:

—¡Descuida, mujer, que nadie piensa arrebatároslos! Será mejor para ellos que aprendan bien su lengua, que no se les escapen todo el tiempo las palabras en mexicano que tanto te gustan. Tú ya ha- blas bien castilla, como le dices. Entenderás todo lo que mi hermana diga. Podrás, incluso, si lo deseas, acompañarla y así aprender con ellos, ¡mira que te hace tanta falta!

Doña Leonor sabe cuando ha perdido una batalla. Aun así no puede contener las lágrimas. Pide licencia para retirarse a sus aposentos. Ya verá qué estratagemas necesitará para conservar el cariño de sus hijos. El capitán Cortés le quitó a Malintzin a su hijo Martín, de apenas dos años, y luego se lo llevó para siempre a Espa- ña. Esa sí sería su ruina, que la dejaran aquí, en este lugar que ya no es suyo, sola.

No tiene nada, lo ha perdido todo, a no ser por Felipe y Catalina. A partir de ese día doña Leonor Marmolejo Cuautle, Ixtlilpactzin, no volverá a dormir tranquila. Le queda una última defensa. No se había atrevido a leer el amoxtli de su padre. Lo dibujó antes de morir y Diego se lo confió como un tesoro. Ahora lo leerá y lo sellará con miel dentro de la vasija que también le entregó su hermano, luego lo ocultará donde Antonio Marmolejo no pueda dar con él. Apenas tiene fuerza, pero lee y sabe que se trata de 1519, el año 1-caña, como dibujó Tenampi, el recordado.

 

 

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