México se escribe con J

MéXICO SE ESCRIBE CON J |“¡Deseamos llegar a los lectores que quieren informarse!”: Michael K. Schuessler

“La publicación de este libro es digna de celebrarse con entusiasmo, no sólo por parte de quienes colaboramos en él, sino también por el público lector: México se escribe con J viene a llenar el gran vacío que existía en torno a la cultura gay en nuestro país”: Luis Zapata, autor de El vampiro de la colonia Roma.

Ciudad de México, 2 de agosto (MaremotoM).- En esta nueva edición, corregida y aumentada, México se escribe con J (DeBolsillo) reafirma su condición como la obra canónica de los estudios de la cultura gay en México con una selección de ensayos consagrados a dar cuenta de las innegables aportaciones de este colectivo, comúnmente marginado, a veces incluso silenciado en forma brutal, a la cultura universal.

De las primeras representaciones del “hombre afeminado” del siglo XIX, hasta las últimas manifestaciones artísticas contemporáneas de lo gay; de la literatura a la música pop y de la vida nocturna a la arena política, este libro pionero nos invita a descubrir y celebrar los hitos y personajes imprescindibles de la “homocultura mexicana”.

Con textos de: Carlos Monsiváis · Enrique Serna· Teresa del Conde · José Ricardo Chaves · Víctor Federico Torres · Ernesto Reséndiz Oikión · César Cañedo . Víctor Jaramillo · Tareke Ortiz con Nayar Rivera . Pável Granados · Juan Hernández · Juan Carlos Bautista · Luis Armando Lamadrid · Xabier Lizarraga · Alejandro Varderi · Alonso Hernández · Juan Jacobo Hernández· Salvador Irys Gómez · Alexandra Rodríguez de Ruíz · Michael K. Schuessler · Miguel Capistrán.

Para sumergirnos en este libro que parece al principio un mamotreto, pero que leyendo todos los ensayos nos mete en un universo cercano y al mismo tiempo desconocido, nos reunimos con Michael K. Schuessler, uno de los autores y coordinadores. Había también algunos ensayistas, quienes explicaron que el libro nació en 2008, con Michael y con Miguel Capistrán, “quien había sido el secretario particular de Salvador Novo”.

“Empezamos a hablar de la cultura gay por medio de la puerta del famoso 41. Novo le encargó a Miguel una investigación sobre los 41, que se publicaría en la revista Contenido. Novo había conocido a uno de los asistentes, esto es tan interesante, hay tan pocos libros en México, no existía un libro que abarcara de manera enciclopédica la cultura en México”, dice Schuessler.

“¡Queremos llegar a los lectores equis, no a los académicos, sino a los que querían informarse!”, agrega.

“La cultura gay se ha comercializado muchísimo últimamente. La primera vez que fui a la marcha no estaba llena de carros alegóricos, con marcas importantes, de cervezas, de licores. Añoro paradójicamente aquel tiempo en el que fuera más secreta, donde uno se reunía y había algo especial. Ahora vas a la Zona Rosa y está por todos lados. También sé que al decir eso, mucho de la cultura se ha abierto”, opina Michael.

México se escribe con J
México se escribe con J. Foto: Cortesía

–La marcha gay se hace, pero faltan los retrovirales. Hay una gran contradicción. ¿Cómo ves eso?

–( Michael K. Schuessler ) Creo que eso de los medicamentos fue una pifia más de esta nueva administración. No lo veo como algo que se haya ideado en contra de la población gay, sino de algo que llevó la corriente en esto que se llama austeridad.

–(Ernesto Reséndiz Oikión) No es una política homofóbica no dar los retrovirales, vulnerar a las comunidades que viven con VIH. Dado que la Secretaría de Hacienda está haciendo recortes indiscriminados a todo el presupuesto, estos políticos de hacienda que hay políticas públicas que son muy sensibles y que están en juego la salud y la vida de personas. Es un discurso contradictorio, en todas las redes sociales y en todas las incursiones durante el mes de junio han lanzado el mensaje de que son pro-gays, y por el otro lado hay una política muy sensible que es darle retrovirales a todos los que viven con VIH, que no se está cumpliendo. Ya ha habido protestas para que el Secretario de Salud salga a atender. Por otro lado, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México ha tenido estrategias interesantes pero erráticas, el sistema de teatros ha hecho este festival que se llamó Entre lenchas, vestidas y musculocas, pero ha faltado seriedad y no ha habido estrategias de comunicación para enterar a toda la población.

–¿Piensas que los grupos queer están separados?

–(ERO) Yo no veo mal la desunión. Entiendo que hay lesbianas, feministas, separatistas, radicales y grupos feministas queer que ven la bandera gay como imagen del imperio gringo, pero resulta molesta la asociación y que no quieren vincularse. Cada persona es absolutamente libre de adscribirse o no a una identidad y de participar o no en algo. En lo personal, trato de ser incluyente y de dar espacio para las compañeros. Hicimos un homenaje a Rosamaría Roffiel, autora de la primera novela lésbica, Amora, en la organización tuvimos algunas complicaciones, pero dialogamos y lo pudimos resolver. Hay algunas personas que no están dispuestas a ese diálogo y también las respetamos.

–¿Cómo está el movimiento gay en México?

–(MS) Hay una balcanización, creo.

–(ERO) Hay dos comités organizadores para la marcha. Habrá dos templetes. Habrá pronunciamientos distintos. Es una imagen representativa de esta balcanización de grupos, con intereses políticos, económicos y otros activistas que tratan de atender necesidades específicas de la gente.

–(Nayar Rivera) Respecto a la balcanización, desde el punto de vista teórico la tendencia es más bien hacia lo contrario. Hablar de cómo todos contenemos multitudes, independientemente de si hay posturas encontradas entre el feminismo trans y el feminismo feminismo, por llamarlo de alguna manera. Lo que traté de hacer en el libro es hablar de la música como experiencia de libertad. Tratando de que las ideas y las palabras de Tareke Ortiz fueran expresadas con claridad, para que llegara a la mayor cantidad de personas posibles. Fue una colaboración entre ambos, la formulación de esas ideas de Tareke y yo tengo más experiencia como escritor.

–¿Tú escribiste sobre la experiencia trans?

–( Alexandra Rodríguez de Ruíz )Para mí fue una gran oportunidad participar en este trabajo, más que nada porque no se ha escrito mucho. La historia trans en la ciudad de México. Necesitamos muchas más voces. Mi enfoque fue narrar la historia de la manera en que yo la observé, narrando también mi experiencia propia. Mi ensayo es titulado Jotas vestidas, locas, cuinas y mariposas. Eran todos los apelativos, los nombres, que utilizábamos entre nosotras. La sociedad también nos llamaba peyorativamente así, aunque nosotras lo usábamos como un arma de poder.

–En la Ciudad de México hubo muchas medidas en los últimos años para las personas trans, ¿coincides con eso?

–(ARR)Podemos decir que sí, ha habido avances en torno a los derechos humanos de las personas trans, ha habido incluso muchos avances en torno a todas las personas LGBT, pero aún así y en mi ensayo lo hablo hay mucho trabajo por hacer. Hay que educar a la sociedad, a los medios, porque aún hay mucho estigma, muchos estereotipos, sobre lo que son las identidades trans. No podemos negar el hecho de que las personas trans, somos las más visibles dentro de la comunidad LGBT, somos las que más sufrimos ataques violentos. Las que más perecemos en la lucha.

–¿Cómo está la estadística de personas muertas en la comunidad trans?

–(ARR) Sigue ascendiendo, desafortunadamente. México es el segundo país en el mundo, después de Brasil, en el cual personas trans, homosexuales, lesbianas, seguimos siendo asesinadas. Vuelvo a lo mismo, no pasa una semana sin leer que una persona ha sido asesinada, afuera de un bar, afueras de la ciudad, tirada en un barranco y es una situación que sólo ocurre en Latinoamérica, también pasa en los Estados Unidos de Norteamérica. Las mujeres transgéneros latinas son las que están siendo asesinadas y también las que nos animamos a transgredir la norma. Es una ofensa para la sociedad, la parte en la que no está educada.

–(Nayar Rivera) Es cierto que sufren más violencia, pero en San Francisco, donde vivo yo, fueron las trans afroamericanas y las latinas las que primero se levantaron.

–¿Tú escribiste sobre la narrativa?

–(Ernesto Reséndiz Oikión) Escribí sobre relatos y personajes gay en la narrativa mexicana. Traté de hacer una revisión histórica, menciono “El hombre que parecía un caballo”, de Rafael Arévalo Martínez, basado en la vida de Porfirio Barba Jacob, en su encuentro en Guatemala con Rafael y de allí exploro otros cuentos. Empiezo a hacer una revisión histórica, incluí tantos a autores hombres como mujeres. En el caso de los cuentos, es en la década de los ’80 donde hay mayor exploración formal y temática de representaciones. Michael K. Schuessler me pidió que hiciera un top five para los lectores. Y en ese top five elegí al que considero el mejor cuento, “Doña Erlinda y su hijo”, de Jorge López Páez, que después Jaime Humberto Hermosillo hizo un guión y una película.

–¿Cómo ves al libro, crees que ha sido importante?

–(Nayar Rivera) Mi perspectiva es que me parece por supuesto digno de ser celebrado y fundamental que se vuelva a editar este libro. No es nada más un interés comercial, ni sujeto a las veleidades del mercado, sino que responde a una necesidad permanente de la historia que compartimos. Es un libro accesible, necesario, es lo fundamental.

–¿Escribiste sobre las personas trans, no te da deseo de escribir un libro sobre ese tema?

–( Alexandra Rodríguez de Ruíz ) Por supuesto que estoy escribiendo un libro. Es un libro de memorias donde narro mi experiencia, como aquí de niña era tratada por la sociedad, como tuve que salir huyendo a los Estados Unidos por la persecución que había para las personas trans. De hecho cambié de niño a niña, a los 13 años, a los 15 años era una señorita, una quinceañera. Desafortunadamente en la sociedad, la policía era la que me detenía, por expresar mi identidad de género. Me fui como indocumentada a los Estados Unidos, allá llegué y descubrí otras interseccionalidades que tuve que adaptar y adoptar. Allí crecí básicamente, allí estudié, en mi libro relato todas estas historias y todos estos encuentros con personas maravillosas. El libro va a ser interesante, porque no sólo relato lo que es ser una persona trans, hablo también de las identidades trans, hablo de las migraciones, el binacionalismo, el biculturismo, la experiencia de cómo me readapto a la sociedad mexicana luego de vivir más de 30 años en los Estados Unidos. El libro se llamará Crucé la frontera en tacones.

México se escribe con J
Alexandra Rodríguez de Ruíz , Michael K. Schuessler, Nayar Rivera y Ernesto Reséndiz Oikión. Foto: MaremotoM

–Es muy importante para todas las personas trans de la nueva era. Hace poco escuché que la autora de Pendeja, Carolina Unrein, fue a hacerse la operación acompañada por sus padres…

–(ARR) Es cierto. Darle una voz a muchas de las personas que no han podido tener una voz y darle voz a todas las nuevas generaciones, a los padres y madres sobre lo que es el apoyo, el amor, que es parte de la diversidad sexual. En mi casa fui afortunadamente aceptada y tuve mucho amor, por eso no tomé la decisión equivocada. Fui más cautelosa, cuando estaba en la calle, tratando de sobrevivir. Todos nuestros derechos fueron negadas, no soy parte de las estadísticas por el amor que he recibido de mi familia.

–¿Qué piensas de las niñas y niños trans?

–Es muy importante. Una persona trans ya sabe desde que tiene uso de razón. De los cinco años en adelante yo decía que era niña, los profesores me decían que era niño, pero en mi casa me celebraban, me decía que no llorara. Siento que es maravilloso que haya niños que se identifican como trans, que tienen el apoyo de los padres y los profesionales. Crezcamos como unos adultos sanos y que seamos felices, como las personas que queremos ser.

–¿Cómo ves este libro?

–(Ernesto Reséndiz Oikión) Me gusta que sea un libro colectivo, pensando en el panorama en lengua española. En España, por ejemplo, tenemos el libro Sodoma Chueca, de Alberto Mira, que es una historia cultural centrada allí. En Chile, tenemos el libro Raro, de Óscar Contardo, una historia de la homosexualidad. En Argentina, La historia de la homosexualidad, de Osvaldo Bazán, todos estos libros son la mirada de una persona que rastrea en un esfuerzo titánico de contar las historias en estos países. En el caso mexicano, funciona que sea un trabajo en equipo.

–¿Y tú, Michael?

–(Michael K. Schuessler) Como buen editor yo le veo todas las costuras, las cosas que le hagan faltas, quisiera que hubiera un libro con ilustraciones, que haya trabajos con Artes Plásticas, la historia de activismo, estoy muy contento con mis colaboradores, con el producto final. Ha sido una ayuda enorme que el libro esté en Penguin Random House, porque está en todos lados. Cuando se acabe esta edición, tendremos la oportunidad de incluir otros temas.

Fragmento de México se escribe con J, de Michael K. Schuessler y Miguel Capistrán, con autorización de DeBolsillo.

Prólogo

Highlights de mi vida como gay

LUIS ZAPATA

I

Celebremos, señores, con gusto, cantaba Pedro Infante. Pues sí, es tiempo de celebrar: nunca nos había ido tan bien a los gays como ahora: ya nos podemos casar, los que queramos, al menos en el D F;1 ya podemos andar de la mano con otro hombre y besarlo en la calle, aunque sólo en algunas calles de la Ciudad de México; ya podemos ampararnos bajo las leyes contra la discriminación; cada vez tenemos más presencia en el cine y en las series de televisión, ahora mediante personajes menos esquemáticos; ya nos protegen las comisiones de derechos humanos; los activistas gays son (siempre han sido) empeñosos, combativos, perseverantes; cada vez hay más libros que tienen a gays como protagonistas y más estudios que los analizan.

Pero ¿de veras todo es celebración?

La mayoría de las conquistas obtenidas en el D F no han llegado a la provincia, lo cual significa que sólo benefician a una parte del país: salvo contadas excepciones, en todos lados se sigue mirando con desdén a los gays, y los actos de homofobia y los crímenes de odio están lejos de haber desaparecido. Es innegable, también, que continúa habiendo mucha, muchísima hipocresía y que la mayoría de las familias mexicanas aún son rígidamente tradicionalistas: muchos jóvenes viven con culpa y pesar el descubrimiento de su orientación sexual.

Bueno, entonces celebremos a medias; celebremos las batallas ganadas, pero sin bajar la guardia ante lo que aún debe conquistarse.

II

En un principio, todo era feo, más que feo. Pero quizá no podía haber sido de otra manera en ese momento. Y como este apartado no es precisamente un highlight, podría saltármelo sin más ni más.

No obstante, cabría alguna observación, para contextualizar mejor los verdaderos highlights.

Es posible que mi homofobia internalizada me haya llevado a rechazar todas las manifestaciones de la homosexualidad que veía, aunque, en honor a la verdad, tampoco había mucho de dónde escoger; es más, no había nada de dónde escoger: lo único que nos presentaban las revistas, el cine y el teatro era la imagen estereotipada del homosexual frívolo y amanerado, el lilo que sólo parecía interesarse por jotear. Por lo demás, se diría que esa imagen era un reflejo fiel de la realidad, pues no había en ésta, o no llegaban hasta nosotros, representaciones al mismo tiempo naturales y complejas de hombres que gustaran de otros hombres. Si uno quería identificarse con algún arquetipo lejos del macho pendenciero y mujeriego, tenía que escoger sus modelos entre las figuras femeninas, y ahí sí había infinitas posibilidades.

III

La primera novela con personajes abiertamente gays que conocí fue The Lord Won’t Mind, de Gordon Merrick. La leí con avidez, y me identifiqué por completo con sus protagonistas, jóvenes como yo, o aún más jóvenes que yo. No recuerdo bien la trama (han de haber pasado muchas cosas, pues el libro era bastante gordo, como casi todos los bestsellers gringos); tampoco recuerdo si el libro tenía algunos logros estilísticos, aunque sí que me resultaron estimulantes las descripciones de las escenas sexuales. Se desprendía, sin embargo, un leve tufillo de culpa, pero la conclusión me pareció liberadora: si había amor de por medio, a Dios no le importaba lo que hiciéramos de nuestra vida sexual; pero ¿y si no había amor? Sólo unos años después, cuando leí a Jean Genet y a Tony Duvert, descubrí que el uso de la temática homosexual no estaba reñido con la calidad literaria: fue un aliviane en todos sentidos. Pasarían más años antes de que, gracias a José Joaquín Blanco, conociera los libros de Christopher Isherwood y algunos relatos de Paul Bowles y E. M. Forster, autores todos que se movían como peces en el agua de un amor que no parecía turbio y una literatura del más alto nivel. Guardo, también, un excelente recuerdo de Valentín, de Juan Gil-Albert. No olvido, por supuesto, el Satiricón ni algunos relatos de Las mil y una noches que conocí en una antología de Posada, a cuyo título habían añadido el adjetivo “eróticas”.

No me gustaron, en cambio, otras novelas que había leído antes: Fabrizio Lupo y El diario de José Toledo; tampoco disfruté mucho de Después de todo. No niego las virtudes literarias de estos libros, principalmente en el caso de la novela de Ceballos Maldonado, pero no me dieron lo que recibí de los libros arriba mencionados en materia de figuras atractivas de homosexuales.

En el terreno de la teoría, leí y releí El homosexual y su liberación, de George Weinberg: en esa época no abundaban los títulos que abordaran de una manera objetiva la cuestión homosexual, o, como siempre, yo estaba pésimamente informado de lo que se publicaba. Por casualidad, di con el Coridón, de Gide, un libro menos convencional en su estructura y nada convencional en sus propuestas.

Pero se me estaba olvidando, qué barbaridad, el Divino Marqués, a quien había leído en los últimos años de mi adolescencia. Varios de sus libros inflamaron mi sexualidad juvenil con sus explícitas descripciones de encuentros homosexuales, aunque recuerdo especialmente Justine o los infortunios de la virtud, en la que los personajes masculinos se daban vuelo acariciándose y cogiendo ante nuestros atónitos ojos y los de la inocente protagonista.

El Marqués de Sade, si la memoria no me engaña, legitimaba la homosexualidad como algo natural: al igual que otras manifestaciones sexuales, formaba parte de la existencia humana: sus personajes sí que eran unos verdaderos perversos polimorfos avant la lettre. También di la bienvenida a sus contundentes argumentos en contra de la religión. Otras lecturas me ayudaron, igualmente, a irme despojando en ese sentido de lo que se había convertido en un lastre que ya me pesaba mucho.

Y, claro, estaban las espléndidas novelas de Manuel Puig: si bien sólo uno de sus personajes era declaradamente homosexual (Molina, en El beso de la mujer araña), se adivinaba en los demás una sensibilidad gay: pienso, sobre todo, en el niño protagonista de La traición de Rita Hayworth.

Aunque la conocí ya en la década de 1980, no quisiera dejar de mencionar Bom-Crioulo, la novela de Adolfo Caminha que presentaba a dos personajes gays nada estereotipados en una época tan temprana como el siglo XIX. Tampoco me olvido de The City and the Pillar (1948), de Gore Vidal, ni de Giovanni’s Room (1956), de James Baldwin; ni paso por alto Ernesto (escrita en 1953, pero sólo publicada después de que murió su autor), de Umberto Saba, que leí hace poco. Ni olvido dos excelentes novelas de José Joaquín Blanco que incluyen como protagonistas a personajes gays: Las púberes canéforas y Mátame y verás, la primera publicada en la década de 1980, y la segunda, en la de 1990. Otro gran amigo, Olivier Debroise, escribió al menos dos novelas en las que utilizó con fortuna personajes gays: En todas partes, ninguna y Lo peor sucede al atardecer. Y mi también amigo Luis González de Alba publicó, a principios de la década de 1980, El vino de los bravos, en el que, además de un texto en que me hacía un divertido guiño de ojo, incluía otros cuentos con personajes gays; pienso especialmente en “Hoy te he recordado”. Luis publicaría, años después, varias novelas con personajes gays. Pero en este terreno hay mucha tela de dónde cortar, y este textito no pretende ser exhaustivo.

IV

Puede afirmarse, en justicia, que los primeros personajes gays (en el sentido que le damos ahora a esta palabra) que hubo en el cine fueron Encolpio, Ascilto y Gitón, protagonistas del Satiricón de Fellini. La película narra los avatares de los tres jóvenes, de una manera divertida, como en el libro en que “se inspira libremente”, según Fellini, y con una propuesta visual deslumbrante, como acostumbraba hacerlo. No hay ningún tipo de censura hacia sus personajes, que se mueven por el ancho mundo latino y hasta más allá con una gran libertad, aunque esto último es un decir, pues, en un momento dado, Encolpio y Ascilto son hechos esclavos. Es curioso que haya sido un cineasta heterosexual el primero que lograra, acaso sin proponérselo, mostrar una visión desprejuiciada de los hombres capaces de enamorarse de otros hombres, lo que sólo probaría que, en materia de arte, cualquier etiqueta y cualquier orientación sexual salen sobrando. (Confieso un pecado menor, del que me redimí muchos años después, ya en la era del DVD: cuando vi por primera vez el Satiricón, era yo tan pedante que no supe apreciarla y dije que estaba ya harto de Fellini. Ahora la película me parece una joya: cada escena está ejecutada con una gran delicadeza y es absolutamente disfrutable; la fotografía y la dirección artística son de las mejores que he visto en mi vida, y cada toma es una obra maestra de la composición.)

Seguramente antes del Satiricón yo había visto Teorema, que planteaba dos situaciones homosexuales: cuando el huésped seduce al padre y al hijo de la familia que visita —esta segunda es la que más atractiva me resultó y la que más recuerdo—. Pero no podría hablarse de personajes “gays” en el caso de la película de Pasolini, pues la experiencia se vuelve catastrófica tanto para el padre como para el hijo.

Aunque Von Aschenbach, el protagonista de La muerte en Venecia (escritor, en la novela de Mann; músico, en la película de Visconti), no es homosexual, sí lo es la última pasión que vive. En dos sentidos podría calificarse de platónico el sentimiento que experimenta por el muy joven Tadzio: en el sentido que se le da comúnmente al término, de los amores que no tienen consumación carnal, y en el sentido de que Tadzio representa la idea de la belleza.

La película tenía indudables virtudes estéticas, pero el protagonista, espléndidamente interpretado por Dirk Bogarde, estaba lejos de poder satisfacer la necesidad de modelos homosexuales que tenía el chavo que era yo en aquella época. Además, el contexto de la peste en que se desarrollaba la historia tampoco resultaba muy estimulante.

Mucho más cercanos me resultaron los personajes que interpretaban Michael York y Helmut Griem en Cabaret, que tenían sus queveres a espaldas de Sally Bowles (y, por lo demás, de la cámara) sin sentir la menor culpa.

Los gays fueron teniendo una presencia cada vez más sólida en el cine: de ocasionales apariciones en personajes secundarios evolucionaron hasta alcanzar papeles protagónicos, muchas veces con visos trágicos, y muchas veces, también, en los personajes cómicos, superficialmente simpáticos (aunque no faltaba uno que otro muy pesado, claro), pero al menos ya lejos de los patéticos estereotipos del cine de la década de 1960 y de antes. La lista de las películas en que aparecen personajes homosexuales sería interminable, y las hay para todos los gustos. A mí, en este terreno, como en general, me gusta más el cine francés, y, aunque no siempre vi estas películas en su momento, me quedo con L’homme blessé, de Patrice Chéreau; Les roseaux sauvages y J’embrasse pas, de André Téchiné, y Presque rien, de Sébastien Lifshitz, sin que por eso desprecie algunas películas inglesas que también disfruté mucho: Sebastiane, de Derek Jarman; My Beautiful Laundrette, de Stephen Frears, y Maurice, de James Ivory, y varias más de otras nacionalidades.

De nuestros directores, Jaime Humberto Hermosillo es el que más consistentemente ha presentado personajes homosexuales en sus películas, desde el inicio de su carrera en la industria cinematográfica: ya en La verdadera vocación de Magdalena aparece una lesbiana que trata de ligarse a otra chava (no recuerdo si a la protagonista) en un reventón, y en la relación (no del todo filial, no del todo paternal) que se da entre los personajes que interpretan Héctor Bonilla y Jorge Martínez de Hoyos en El cumpleaños del perro hay una corriente erótica insoslayable, o eso quise ver. Asimismo, mucho se ha hablado de que la amistad de los protagonistas de Matiné no es del todo inocente, por decirlo de alguna manera. En Naufragio ya aparece, en un papel pequeño, un muy guapo Ernesto Bañuelos como un aeromozo que coquetea (creo) con otro hombre en el aeropuerto de la Ciudad de México. Pero es en Las apariencias engañan donde vemos por primera vez un personaje homosexual más desarrollado (lo interpreta Manuel Ojeda) y un hermafrodita (que hace Isela Vega) con una marcada predilección por los señores; ni Gonzalo Vega sale bien librado de los lazos de esta seductora cogelona. Las apariencias engañan también cuenta con una participación especial del otrora famosísimo travesti Xóchitl, en cuya historia se inspiró, a su vez, Margo Su para escribir su novela Posesión.

Jaime Humberto filmaría después varias películas más con protagonistas gays, como Doña Herlinda y su hijo, que se basaba en un relato de Jorge López Páez y que tendría éxito en varios países, y la audaz en varios sentidos eXXxorcismos, con la que empezaría a experimentar con el cine digital, en el que ha perseverado. Lamentablemente, estos nuevos formatos del cine independiente aún no cuentan con una distribución que les asegure una exhibición masiva, y no he visto las nuevas películas de Hermosillo, pero sé que en algunas de ellas los protagonistas son gays. Mención aparte merece El lugar sin límites, la excelente película de Arturo Ripstein basada en la novela de José Donoso. Si bien el protagonista es “el joto del pueblo”, la película sirve de vehículo para desenmascarar al personaje que interpreta Gonzalo Vega, un macho de doble moral que se ve amenazado en su virilidad. El lugar sin límites se ha vuelto, con el tiempo, una película de culto, y Roberto Cobo recibió merecidísimos elogios por su papel de La Manuela.

Vi, como puede suponerse, una gran cantidad de películas en que había gays en papeles de mayor o menor importancia, en películas de mayor o menor (y hasta nula) calidad. Pero sólo hace unos cuantos años conocí Victim, la película inglesa dirigida por Basil Dearden y estelarizada por Dirk Bogarde, a la que podría atribuírsele el mérito de ser una de las primeras (si no la primera) que tuvo a un personaje homosexual en el papel protagónico. Victim es de 1961 y quizá no es una película del todo lograda, aunque las objeciones que podrían hacérsele son las mismas que se le podrían hacer a cualquier película de la época: una marcada tendencia hacia el melodrama, poca sobriedad en el estilo y en las actuaciones, y un desagradable tufillo moralizante, si mal no recuerdo. Pero tiene igualmente sus virtudes, y entre ellas se cuenta una trama cuyo interés no decae.

V

Aunque también me gustaban mucho, vi menos obras de teatro que películas en la década de 1970. Lo más importante que sucedió en muchos años fue la puesta en escena de Los chicos de la banda. Su directora, Nancy Cárdenas, era, además de activista gay, una hábil publicista, pero aun si no lo hubiera sido, el tema de Los chicos de la banda habría llamado la atención y, más que eso, escandalizado a la sociedad mojigata de esa época (y de épocas anteriores y, sobra decirlo, posteriores): un grupo de homosexuales que se reúne para una fiesta en casa de uno de ellos. Estos chicos dieron mucho de qué hablar: desde antes del estreno, aparecieron abundantes notas en los periódicos y comentarios y entrevistas en televisión con los que participaban en el montaje. Los chicos se estrenó y estuvo en temporada en el teatro Insurgentes, uno de los más grandes de México, y supongo que tuvo mucho éxito, pues el reparto estaba constituido por actores de sólido prestigio. No sé por qué Nancy Cárdenas (¿tal vez a petición de los actores?) hizo el comentario de que ninguno de los que participaban en la obra era homosexual: ¿o quizá fue para destacar las habilidades histriónicas de los integrantes del elenco, que podían jotear y ser joteados sin que se les tildara de lo que no eran? (Aunque de todos es sabido que para esto de jotear también se pintan solos los bugas.)

En lo personal, la obra y el montaje me decepcionaron: al libreto no le encontré mucho chiste: todo sucedía, si recuerdo bien, durante una fiesta de homosexuales (deliberadamente evito el término gay); la mayor parte del tiempo los personajes se la pasaban joteando, y todos eran bastante estereotipados: no me parecieron muy diferentes de los jotos que salían en las películas de Mauricio Garcés. Para colmo de males, alguno de ellos terminaba con graves crisis de conciencia y quizás a alguno le provocaba enormes conflictos un forzado coming out.

Vi también Los ojos del hombre, una obra canadiense que tenía uno o dos personajes homosexuales. Creo que la obra, ubicada en una prisión, atrajo al público gay principalmente por el desnudo del muy guapo Luis Torner, pero las propuestas y las situaciones del texto eran bastante convencionales.

Más afines con mis gustos literarios eran las delirantes y divertidísimas obras de Copi, que conocí dos o tres años después. A petición de Carlos Téllez, tradujimos Olivier Debroise y yo Eva Perón, que luego llevó a escena nuestro amigo Carlos. José Antonio Alcaraz hizo la música. En esta puesta en escena, vi por primera vez a Tito Vasconcelos: su talento y su simpatía me sedujeron. Supe que había hecho hacía poco tiempo el papel de La Manuela en una puesta en escena de El lugar sin límites, pero me lo había perdido. (Por suerte, nunca dejé de estar en contacto con los textos de Copi: traduje, para Tito, Loretta Strong, aunque no llegó a ponerla; leí varias obras más del argentino radicado en Francia y su novela Le bal des folles, que durante mucho tiempo quise traducir, pero no encontré un editor que se interesara, y, por último, ya en la primera década del siglo XXI, traduje para Ediciones El Milagro El refri y Loretta Strong, que se publicaron, junto con otras dos de sus obras, en un volumen para el que escribí una introducción. La piradez y el ingenio de Copi siempre me resultaron muy sugerentes.) De Carlos Téllez, acabábamos de ver una espléndida obra en la Casa del Lago: Sólo conciencia de besar. Creo recordar que había en ésta algún personaje, algún comentario gay, pero no podría asegurarlo. Algún tiempo después, Carlos y yo tradujimos P.D. Tu gato ha muerto, el texto dramático de James Kirkwood —también novela del mismo autor— en el que un hombre y el ladrón que entra a robarlo a su casa se enamoran; la obra ha tenido muchas puestas en escena, aunque sólo vi la primera, con Manuel Ojeda y Humberto Zurita, que me gustó. Carlos Téllez, por su parte, pondría en 1986 Una canción apasionada, la versión en español de Torch Song Trilogy, otra vez con Tito Vasconcelos: tengo un excelente recuerdo de esta producción.

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Destaco, también, la puesta en escena mexicana de El show de terror de Rocky, que produjo en 1976 Julissa; también participó en ella como actriz. Esta comedia musical resultó lo más refrescante que había visto yo hasta el momento en cuestiones sexuales, pues aquí sí los personajes le entraban a todo, todos contra todos y siempre de manera festiva y liberadora; no exagero si digo que esa puesta de Julissa, con una muy afortunada traducción de ella misma, me gustó más que la película, que vi algún tiempo después. El show de terror de Rocky hizo una temporada en un espacio del Hotel del Prado, donde podía uno tomar la copa y (desde luego) fumar. Había mesas pequeñas dispuestas en torno al escenario y a una pasarela por la que se contoneaba Gonzalo Vega en su número “Dulce travestista”. Creo que la vi dos veces ahí, y luego en un teatro en el que también hizo temporada la obra.

Y sin embargo se mueven, la puesta en escena de José Antonio Alcaraz, fue otro momento culminante del teatro en México, y por varias razones. Sobresale el hecho de que, si no me equivoco, era la primera vez que se montaba un texto mexicano original con personajes gays. Todavía recuerdo la noche del estreno, al que seguramente asistí invitado por mi amiga Billy, notoria figura del ambiente gay, que actuaría después en Doña Herlinda y su hijo y en otras películas, y sería la protagonista de mi novela Los postulados del buen golpista. Fue la Billy quien me presentó ahí a Cuauhtémoc Zúñiga, quien dirigía, si mal no recuerdo, el departamento de teatro de la UNAM y que se aventó el boleto de patrocinar ese montaje en el Teatro de la Universidad: tanto el director como los actores (pero no las actrices: Delia Casanova y Carlota Villagrán) eran abiertamente gays: el ya mencionado Alcaraz, Tito Vasconcelos, Gustavo Torres Cuesta, Homero Wimer y Fernando López Arriaga. El espectáculo era toda una celebración, en ese momento en que parecía haber mucho que celebrar y a dos o tres años de que el sida hiciera su aparición: abundaban los números musicales y los momentos jocosos, pero no por eso faltaban las escenas serias o intimistas. No es necesario decir (pero lo digo) que Y sin embargo se mueven tuvo un gran éxito, y cuando terminó la temporada en ese teatro, Tito Vasconcelos la llevó a otro más grande, donde me invitó a develar la placa de las 200 representaciones.

Tito Vasconcelos ha trabajado muchísimo: puso después, como actor y director, Maricosas, Plastic Surgery (la obra de teatro que escribí con Mario de la Garza, cuyas protagonistas tienen relaciones lésbicas) y Afectuosamente, su comadre (la espléndida obra de José Dimayuga, que José Joaquín Blanco incluyó en sus top ten del teatro mexicano del siglo XX), y ha participado como actor en innumerables obras teatrales, películas y espectáculos de cabaret, no siempre, aunque muchas veces, interpretando personajes gays.

Dudo: ¿incluiré aquí al ya mencionado José Dimayuga? Quizá debí hacerlo al hablar de la literatura en general, puesto que tiene una excelente novela, ¿Y qué fue de Bonita Malacón?, en la que hay varios personajes gays y no faltan las escenas lésbicas. Sin embargo, la mayor parte de sus textos pertenece al género dramático. Dimayuga nos ha dado en sus obras teatrales una amplia galería de personajes homosexuales: jóvenes, maduros, viejos, poetas, lesbianas, travestis, declamadores, mayates, etcétera, todos retratados con la habilidad y el ingenio característicos de Dimayuga. Todos nos han hecho reír o nos han conmovido de otras maneras, y cada texto que escribe José es una fiesta del talento y la alegría.

VI

Los personajes gays tardaron mucho tiempo en llegar a la televisión. No sé cuándo habrá aparecido alguno por primera vez. Sólo recuerdo que pudo haber sido en la década de 1980, pero también en la de 1990 en una serie norteamericana sobre James Dean, en la que el protagonista iba a un bar gay.

Nunca fui muy afecto a la televisión, o, mejor dicho, a los programas televisivos, porque con las películas de la tele sí me di y me sigo dando vuelo. Sé que ha habido personajes homosexuales en varias telenovelas mexicanas, aunque ignoro qué características hayan tenido. El único que vi en alguna ocasión y no me simpatizó fue el que hizo Sergio Mayer en La fea más bella: me pareció la caricatura de una caricatura.

Por el contrario, en series y programas extranjeros los personajes gays sí han salido mejor parados, y han proliferado y llegado a ocupar lugares protagónicos. Los que se me hacen más simpáticos son los de Will & Grace, y me gustó Queer As Folk, pero la versión original inglesa: las manas y las lesbianas de la serie gringa (de la que sólo vi la primera temporada) me aburrieron con su obsesión por las discos y los gimnasios, así como con su preocupación por formar matrimonios sólidos y adoptar o tener niños. Me gustaron también, independientemente de que tengan personajes y situaciones homosexuales, Six Feet Under y OZ: se me ocurrió que las series estadounidenses eran ahora mucho mejores que la mayoría de las películas de la industria.

VII

¿Cómo hablábamos los gays en la década de 1970?

En general, como todo el mundo: nuestro lenguaje tenía más que ver con el medio en que nos desenvolvíamos que con nuestras preferencias sexuales.

Sin embargo, había unas cuantas palabras que usábamos entre nosotros. Decíamos “de ambiente” y “de onda” para referirnos a nosotros mismos y a lugares. Utilizábamos las palabras chichifo, buga y guagüis. Tal vez unos cuantos empleaban el término gay, ahora tan extendido (a mí me parecía que podía adoptarse, en su lugar, su exacto equivalente en español, gayo, y así lo usé en El vampiro de la colonia Roma): incluso los niños alivianados dicen “gay” para referirse a un homosexual. Unas amigas mías lesbianas decían la palabra bichiña, con el mismo sentido, pero supongo que era un calco del portugués, pues se juntaban mucho con unas brasileñas. Recuerdo que decíamos “travestí” y no “travesti”, quizá por contagio del francés. Y cuando un gay quería decir que adoptaba en la cama tanto el rol activo como el pasivo, aseguraba: “Soy internacional” (ahora, en las redes sociales de internet, se emplea el término versátil, je). Se usaba, y se sigue usando mucho, “loca”, que ha ido perdiendo su intención peyorativa; con la palabra joto ha pasado lo mismo, sobre todo si se emplea el diminutivo: “¿Es jotito?” Como han hecho los angloparlantes con queer, nos hemos ido apoderando de estos términos, así como de maricón y, en menor medida, de puto: al fin y al cabo, la lengua es de quien la trabaja.

VIII

Nunca me gustaron mucho las discotecas, ni los bares. Como yo no bailaba, no me parecía divertido ir a un lugar a escuchar música; tampoco bebía mucho (preferí siempre las sustancias químicas: en aquella época, los benzodiacepinas). Y para ligar, estaban las fiestas privadas, la calle y otros espacios públicos. De un ligue emeritense surgió una de las relaciones más importantes que tuve. También gracias a otro ligue escribí El vampiro de la colonia Roma.

Conocí a Osiris Pérez en 1975, en la Cineteca: él era cinéfilo y yo también. Cuando me dijo que era “vividor” (creo que ésa fue la palabra que usó), no le creí del todo, no sé por qué: a fin de cuentas, Osiris era muy guapo y tenía un cuerpo musculoso, de proporciones armoniosas; era también muy simpático y buen conversador, por lo que no tenía nada de extraño que aprovechara esos atributos para ganarse el sustento.

Osiris me contaba anécdotas muy divertidas sobre su profesión, y un día le dije que debería escribir su vida. “¿Por qué no lo haces tú, que a eso te dedicas?”, dijo, y quizás es lo que yo estaba esperando escuchar. Nos vimos cinco o seis veces para ese fin. Llegaba yo con mi grabadorcita de casetes y grabábamos una hora por sesión.

Al principio, mi intención era escribir una novela-testimonio (creo que fue Miguel Barnet quien acuñó la expresión), algo parecido a La canción de Rachel y la Biografía de un cimarrón, o, aquí en México, Hasta no verte, Jesús mío. (También había leído yo con gran interés Los hijos de Sánchez y Una muerte en la familia Sánchez, aunque estos dos títulos estaban más asociados con la antropología que con la literatura.) Pero cuando empecé a trabajar en la novela, descubrí que la vida de Osiris (a quien llamé Adonis en el libro) tenía mucha similitud con la de los pícaros de la literatura española: compartían los temas de la orfandad, la necesidad temprana de ganarse el pan cotidiano, la astucia como un medio para sobrevivir, el sentido del humor, la pertenencia sucesiva a varios amos, etcétera. Decidí inscribir la novela, a la que desde el principio encontré título, dentro de esa tradición, y pensé que habría que modificar algunas cosas de la realidad para ajustarlas a mi proyecto. Poco a poco, el deseo de inventar fue imponiéndose a mi inicial propósito de ser fiel a la historia de Osiris. Incorporé, también, anécdotas que me contaron algunos amigos (Olivier Debroise, por ejemplo, me platicó en el trayecto a Pátzcuaro —creo recordar que en el tren, aunque no estoy seguro de que hubiera trenes a Pátzcuaro— sobre la fiesta que aparece casi al final del libro y que, debido a la lluvia, termina convertida en un lodazal), características de otros amigos (Zabaleta se inspiraba en mi amigo pintor y le puse su apellido), algunas vivencias y hasta sueños personales. También trabajé el lenguaje.

Cuando aún no avanzaba mucho en la escritura de El vampiro de la colonia Roma, le enseñé a Osiris algunas páginas del inicio. Pensé que le iba a gustar. Me dijo, con un tono medio seco: “Esto no es mi vida” (aún ahora no sé qué lo llevó a hacer ese comentario, pues, según yo, en lo que le había mostrado, sí me había ceñido más a lo que me narró), y me sugirió que cambiara algunas cosas. No le hice caso. Nunca volvimos a encontrarnos en la calle, ni tuvimos ningún otro tipo de contacto. No sé si le habrá gustado la novela terminada, pero sí estoy seguro de que, como biografía, la habría desautorizado.

IX

Cuando estaba terminando de escribir El vampiro de la colonia Roma, me enteré de que un también joven escritor acababa de publicar una novela que tenía por protagonista a un chichifo. Se titulaba El desconocido, y su autor era Raúl Rodríguez Cetina. Tuve miedo de algo imposible: de que ambos hubiéramos escrito el mismo libro. En aquel momento, no pensé que el tema de un libro no constituía su esencia, ni que la idea de escribir sobre esos pícaros modernos estaba, por así decirlo, flotando en el aire: ya John Rechy había publicado 14 años antes La ciudad de la noche, pero sólo la leí algunos años después, y James Leo Herlihy narraba en Midnight Cowboy las dichas y desdichas de un hustler que se acostaba tanto con hombres como con mujeres (cito el libro porque no sólo vi la película de John Schlesinger). Cuando algún tiempo después leí El desconocido, me dio gusto comprobar que el libro de Rodríguez Cetina y el mío eran distintos: aunque los hermanaba la profesión del protagonista, la acción de El desconocido tenía lugar en Mérida, y el tono, las anécdotas y el estilo eran por completo diferentes.

X

Recuerdo 1979 como el año en que muchas figuras destacadas de la literatura y el teatro mexicanos salieron del clóset. No digo que antes nadie hubiera declarado su homosexualidad en público, pero si así fue, no me llegué a enterar.

En marzo de 1979, dos días antes de cumplir 28 años, José Joaquín Blanco publicó en Sábado, el suplemento de unomásuno, su hermoso y valiente ensayo “Ojos que da pánico soñar”: me imagino que en esos días habrá recibido más felicitaciones por su artículo, que con el tiempo se volvería un texto fundacional (como se dice ahora, quién sabe con cuánta fortuna gramatical), que por su cumpleaños. Seguramente el texto de Blanco irritó y escandalizó a algunos, pero para una inmensa mayoría, no sólo constituida por gays, resultó emocionante e inspirador. En “Ojos que da pánico soñar”, José Joaquín Blanco hablaba por primera vez desde un yo y un nosotros que ya no se ocultaban tras ninguna ficción narrativa: José Joaquín hablaba de él, de nosotros, de nuestra realidad, de nuestros escenarios, en una forma inteligentísima y lúdica, como en todos sus textos.

José Antonio Alcaraz, José Ramón Enríquez y Tito Vasconcelos fueron otros personajes de la cultura que manifestaron sin tapujos sus preferencias sexuales. Probablemente muchos más hicieron pública su orientación sexual durante ese año y los siguientes, tanto en México como en el resto del mundo, pero sólo recuerdo en este momento casos más recientes.

XI

Mucho tiempo ha pasado desde aquellos míticos años, no siempre dignos de nostalgia. Muchas cosas han sucedido. La aparición del sida enturbió, por un momento, el paisaje de los logros conquistados. Pero también la solidez de los grupos que han luchado contra esa amenaza nos dieron motivos para seguir siendo optimistas, y, como dije al principio, los enormes logros en el terreno social son esperanzadores. La palabra libertad está adquiriendo nuevas tonalidades: los colores del arcoíris.

XII

Viéndolo bien, sí, celebremos con gusto, amiguitos, amiguitas y amigaytors: brindemos por (como dice José Dimayuga) los jotos y las lenchas que nos dieron patria. Y festejemos con bombo y platillos la aparición de México se escribe con J, un proyecto de cuyos nacimiento y posterior desarrollo fui un entusiasta testigo. Brindemos también por Michael Schuessler y por Miguel Capistrán, que lo llevaron a cabo: ¡salud!

1 Como se sabe, anteriormente se conocía a la Ciudad de México como Distrito Federal. Por lo tanto hemos decidido conservar el nombre original empleado por el autor, y respetar así el contexto en el cual se concibió este prólogo.

Una macana de dos filos

–MICHAEL K. SCHUESSLER

Como lo demuestra la historia cultural de todas las comunidades marginadas —ya sea por motivos religiosos, sociales o raciales—, las innegables contribuciones que ha aportado la homosexualidad a la cultura universal expresada en las artes plásticas, literarias, dramáticas, cinematográficas y populares han sido siempre relegadas por la mayoría heterosexual a constituir un discurso subterráneo, clandestino o, en el mejor de los casos, testimonial. Aunque las manifestaciones y representaciones de la experiencia homosexual occidental han sido parcialmente documentadas y analizadas, en México por desgracia todavía existe una enorme laguna en cuanto al estudio y la revisión de esta realidad, tal vez debido a las imposiciones tanto sociales como morales y religiosas propias de la cultura nacional. Pues, por un lado, la sociedad mexicana parece tolerar ciertas muestras superficiales de afecto entre hombres en apariencia heterosexuales —es decir, bugas—, cuando se abrazan libremente en la calle y en contextos hipermasculinos como la cantina, donde hasta se pellizcan las nalgas y juran su eterna devoción; por otro lado, esta misma sociedad castiga de manera habitual y arbitraria una relación entre dos hombres que vaya más allá de una estrecha amistad, lo cual es, al menos en parte, producto del catolicismo introducido por la Conquista al unirse con las actitudes homofóbicas presentes en la mayoría de las culturas mesoamericanas, según lo consignaron cronistas y misioneros como Bernal Díaz del Castillo y Bernardino de Sahagún, al hablar de los “sométicos” que pululaban en las costas y en “tierra caliente” de lo que hoy es México. Si bien es cierto que estas peculiaridades han sido objeto de estudio en forma limitada ya desde los años cincuenta, por ejemplo los todavía tímidos comentarios de Octavio Paz (1914-1998) respecto del hombre “pasivo” y el hombre “activo” que emplea en su ensayo sobre la psique nacional El laberinto de la soledad (1950) y no obstante la existencia en todas las épocas de numerosas obras de todas las disciplinas creativas hechas por (y para) homosexuales, nunca se ha presentado una visión global de este fenómeno cultural tal y como se manifiesta en México.

Ahora bien, a despecho de esa carencia de una visión globalizadora de un asunto que siempre ha merecido el rechazo, y para sorpresa de muchos mexicanos y extranjeros, en el campo político actual, a más de 10 años de haber propuesto la primera iniciativa sobre el tema, el 9 de noviembre de 2006, el pleno de la Asamblea Legislativa del entonces Distrito Federal aprobó la Ley de Sociedades de Convivencia, que permite la unión jurídica entre personas de diferente o del mismo sexo para establecer un hogar común, disposición que atañe tanto a parejas homosexuales como a parientes o amigos en dupla, ya que los legisladores sentían excesivo legalizar a grupos “familiares”, pues pensaban que eso legitimaría la poligamia. Con la aprobación de esta ley sólo para parejas, las agrupaciones de religiosas y religiosos, así como agrupaciones de familiares y amistades, no tienen una protección legal familiar. Otro detalle: hasta hace muy poco, esta ley no contaba con los mismos derechos de los que siempre ha gozado un matrimonio “tradicional”, pues constituía solamente la unión legal de dos personas y como tal no permitía derechos fundamentales de la vida en pareja, como la adopción de niños, la inscripción en los sistemas de seguridad social o la suma de puntos para la obtención de un bien inmueble. En un artículo publicado en La Jornada por Rafael Álvarez Díaz, el 11 de noviembre de 2006, se presenta de manera elocuente el significado de este decreto, uno que “hace avanzar a toda la sociedad en la lucha contra la inequidad, la discriminación y la estigmatización motivadas por visiones autoritarias, homófobas, independientemente de sus estilos de vida, elecciones y decisiones personales acerca de su intimidad”. El 11 de enero de 2007, al seguir la pauta de la legislación aprobada en el entonces Distrito Federal, el gobierno de Coahuila aprobó por mayoría la Ley de Pacto Civil de Solidaridad, que de igual modo establece un compromiso patrimonial entre parejas de cualquier sexo. A pesar de esta aparente evolución social y política a nivel nacional referente a la protección jurídica de la comunidad queer, según la revista Proceso (11 de mayo de 2015), en los últimos 19 años se han registrado mil 218 homicidios por homofobia en el país, aunque se estima que por cada caso reportado hay tres o cuatro más que no se denuncian, de acuerdo con el más reciente informe de la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia (CCCOH) […] El informe asegura que con estas cifras México ocupa el segundo lugar a escala mundial en crímenes por homofobia, sólo después de Brasil.

A pesar de que la Iglesia católica, entre otros organismos anacrónicos —o retrógradas, en una palabra—, se opusiera de manera categórica, el 5 de agosto de 2010 quedó avalada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) la reforma al artículo 146 del Código Civil del Distrito Federal, con ocho votos a favor y dos en contra, que legaliza el matrimonio de parejas conformadas por personas del mismo sexo —con todos sus efectos, incluida la adopción de niños—, con base en los principios fundamentales de igualdad y no discriminación. Hay que señalar que ante los candados en contra del matrimonio y la adopción que legislaturas de otros estados han interpuesto, ha sido la SCJN la que ha declarado estas prácticas como anticonstitucionales; ha fallado a favor de los amparos que las parejas han interpuesto en otros estados. Además de ello la SCJN ha solicitado que los estados legislen a favor, proceso que va lento y que es impulsado por varios activistas. Otro rubro importante y que no debemos soslayar es el avance en los derechos de las personas trans y su reconocimiento jurídico y social. En 2008, el Código Civil del Distrito Federal agregó el levantamiento de una nueva acta de nacimiento por reasignación de concordancia sexo-genérica. No obstante, el problema es que los requisitos existentes hacían que el proceso fuera largo, caro, y que además estas personas fueran evaluadas por expertos sexólogos y psiquiatras, que lo hacía oneroso en distintos sentidos, hasta que en noviembre de 2014 dicho código se modificó una vez más para hacer este trámite menos burocrático, algo específico para las personas trans que viven en la Ciudad de México y que aún no se consigue en los demás estados de la República. Sin embargo, la reunión que varios activistas tuvieron el 17 de mayo de 2016 con el primer mandatario, provocó una serie de intenciones que en mayor o menor medida se han concretado; por lo menos la Secretaría de Relaciones Exteriores ha mantenido un perfil amistoso con la diversidad, al extender pasaportes a las personas trans, así como al otorgar asilo político a quienes, por su orientación sexual o expresión de género, lo solicitan. No está de más decir que en la Ciudad de México, la Clínica Especializada Condesa da servicio no sólo a extranjeros avecindados en el país, sino a personas migrantes de cualquier nacionalidad, para brindarles el derecho a la salud.

Curiosamente, no ha sido en México, sino en Estados Unidos, donde más atención se ha dedicado a la cultura gay mexicana y donde ya existe una creciente bibliografía integrada por libros y ensayos —aunque casi siempre dirigidos al sector académico— que exploran, analizan e interpretan sus múltiples manifestaciones. Dicho fenómeno también se expresa en las páginas de este libro, pues a pesar de ser expertos en esta rama de los “estudios culturales”, no todos los colaboradores de dicha investigación somos de México, incluido yo mismo, pues me formé en el ámbito académico estadounidense. Ahora bien, de manera casi inexplicable, hasta donde llega mi información, en México no se ha publicado un estudio que abarque esta circunstancia de manera integral y que satisfaga por lo tanto esta inquietud de un lector común tanto como la de un lector especializado, cualquiera que sea su orientación sexual. Dada esta carencia con la que me he tropezado a lo largo de mis estudios sobre la realidad mexicana, me aboqué a tratar de subsanar este vacío en la medida de lo posible.

Con la publicación de la segunda edición —corregida y aumentada— de México se escribe con J se pretende atender este aún enorme —e inadmisible— vacío, aunque sea de manera tentativa, por medio de la recopilación de ensayos consagrados a diversas manifestaciones de la cultura homosexual en México. Éstas son vistas desde la perspectiva que nos ofrecen las expresiones provenientes, en su mayor parte, de la zona metropolitana de la Ciudad de México, lo cual no deja de ser una evidente limitación que obedece más a patrones históricos —y políticos— de la cultura nacional que a las preferencias o a los prejuicios de nuestros autores. Si bien estas colaboraciones se pueden leer de forma independiente, se han organizado de tal manera que facilite, e incluso impulse, su lectura corrida, pues los textos aquí reunidos, organizados por temática dentro de sus respectivos apartados, también siguen un orden cronológico y de ese modo tienden puentes entre sí para componer, igualmente, una serie de “vasos comunicantes”. Asimismo, hemos incluido al final del libro un anexo en el cual se recopilan dos textos emblemáticos de la cultura gay en México: “Diez y va un siglo” (1997), de Carlos Monsiváis, y “Primer desfile de locas” (1979), de Enrique Serna.

La a primera vista censurable exclusión del universo femenino homosexual de este volumen no se debe interpretar como producto de la ignorancia, ni mucho menos del desprecio, respecto de las aportaciones a la cultura gay mexicana brindadas por parte de la comunidad lésbica nacional. Mejor dicho, esta excepción obedece al reconocimiento de que la suya es una historia que, por la singularidad de este tema también universal, debe ser escrita —de modo testimonial— por los miembros de su propia comunidad. Ojalá que este libro constituya una sincera invitación al conglomerado homosexual femenino mexicano —activistas, escritoras, artistas— a realizar un volumen que complemente el nuestro, porque sólo así se puede tener una visión más exhaustiva —si no completa— de la comunidad queer nacional. Más aún, aquí deseamos reconocer públicamente la valentía de un reducido pero activo grupo de organizaciones lésbicas intelectuales, académicas, sociales y artísticas que son o han sido, al menos en parte, las responsables de que en el México de hoy se haya avanzado, si bien de manera paulatina, con respecto a la creación de una cultura y una identidad gay, elemento imprescindible para la formación de una sociedad diversa, dinámica, integrada y, sobre todo, tolerante. Cabe también mencionar a otros grupos de la comunidad queer más silenciados —y agraviados— incluso que los gays y las lesbianas, como las emergentes comunidades de individuos transgénero, transexuales, travestis y bisexuales, para nombrar sólo algunas, cuya experiencia vital y aportación cultural merecería ser apropiadamente registrada, analizada, difundida y apoyada. Por fortuna, en esta nueva edición contamos con el extraordinario testimonio de Alexandra Rodríguez de Ruíz, mujer trans-migrante que, a lo largo de su texto, nos cuenta la historia de su vida personal que es también el reflejo de una realidad colectiva que comparten los miembros de esta comunidad en México.

Este proyecto de colaboración que es, en realidad, México se escribe con J, cuyo resultado ha sido la elaboración de un libro heterogéneo, al igual que los colaboradores que nos hemos dedicado a este proyecto durante casi 10 años de trabajo continuo, abarca desde las primeras representaciones literarias del “hombre afeminado” del siglo XIX hasta lo último en la danza gay. El libro lo integran ensayos escritos por conocedores de algunos de los múltiples aspectos que exploran e interpretan este riquísimo y por lo tanto casi inabarcable tema, en los cuales se presentan y analizan las características de representaciones culturales mexicanas a menudo desatendidas, o incluso silenciadas, a veces en forma brutal. Sólo al reconocer la trascendencia de esta faceta de la cultura nacional se podrá llegar a una comprensión más profunda de la larga y compleja historia de la experiencia y de la expresión cultural gay en México. De modo que, mediante una publicación de esta índole, se presentan al lector general y también al especialista los aspectos más sobresalientes de la “homocultura mexicana”.

Aparte de ser nuestros amigos y colegas, los colaboradores de este proyecto destacan por sus conocimientos de las múltiples facetas de este segmento imprescindible de la cultura nacional y con sus contribuciones se ha armado un volumen que creemos original e innovador dedicado a esta experiencia humana tan desatendida y amonestada. Un solo ejemplo basta, creo, para ilustrar la gravedad de la situación actual de las actitudes generales respecto de la homosexualidad en México: si bien es verdad que en las clases educadas de América y Europa ya no se acepta la discriminación con base en raza, color, ni religión, por ser ésta una actitud de explícita e insostenible ignorancia, en muchos círculos “educados” —digamos que la mayoría— mexicanos y extranjeros es aún admisible, por no decir alentado, burlarse de los “putos”, “maricones” y “jotos” de la manera más natural y sin reparo alguno: “El que se raja es puto”, “No seas joto”, “Ay, tú, como dijo el puto”, “¿Eeeehhhhhhhh, putito?”, etcétera.

De lo anterior se deriva el título de nuestro libro, ocurrencia ésta de Juan Carlos Bautista, también colaborador en el presente volumen, cuya meta es “invertir” el empleo peyorativo de uno de los más comunes de estos epítetos y, en consecuencia, apropiarlo, reivindicarlo, encomiarlo. Al mismo tiempo, el título responde a un debate histórico de arranque ortográfico a la vez que cuestiona y critica algunos conceptos trasnochados de nacionalismo y xenofobia. Como es evidente, el título también juega con una de las designaciones peyorativas aplicadas al gay mexicano: “joto” o “jota”, sustantivo —ahora transformado también en adjetivo y verbo— aparentemente nacido en la crujía “J” del Palacio Negro de Lecumberri, pues era allí donde encerraban a los homosexuales, los invertidos, las lilas y los fifíes, y de acuerdo con un lenguaje más actualizado, a las vestidas, las locas, las cuinas, las adelitas y, por supuesto, las jotas. No obstante la persistencia de esta leyenda popular que trata de explicar el nacimiento del término despectivo joto, aquí, y por primera vez, quisiéramos advertir que esa palabra ya se había acuñado por lo menos cinco años antes de la inauguración de Lecumberri en 1900, pues ya se encuentra en las páginas de …

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