Mi oficio es hacer pinches muertos: El complot mongol

Ciudad de México, 18 de abril (MaremotoM).-  Hace un poco más de un año caminaba por las calles de Independencia, Artículo 123, Victoria y Ayuntamiento, en el Centro Histórico, en el barrio chino —para ser precisos— y en esas andanzas me encontré con unas camionetas blancas tipo van que tenían unos carteles muy discretos con la leyenda: “El complot mongol, Staff”. Me entusiasmé por dos razones: la primera es que es un libro que me parece muy divertido (y la película traerá nuevos lectores que se interesen por el texto) y dos, pensé en lo importante de aquellas calles donde se gestan historias como la que inspiró a Rafael Bernal (México, 1915-1972) a escribir sobre el barrio chino, refiriéndose a él como “Un barrio de una sola calle de casas viejas, con un pobre callejón ansioso de misterios. […] Más que un barrio chino, da el aspecto de una calle vieja donde se han anclado algunos chinos, huérfanos de dragones imperiales, de recetas milenarias y de misterios”.

Después de aquel fortuito encuentro salieron una serie de fotografías donde se ve a Xavier López “Chabelo” vestido de militar, otras de Eugenio Derbez, Roberto Sosa, Bárbara Mori y Damián Alcázar como el elenco que protagoniza esta ¡pinche intriga internacional! (2019), dirigida por Sebastián del Amo. Es preciso apuntar que en 1977 se hizo una película de El complot mongol, protagonizada por Pedro Armendáriz Jr., Ernesto Gómez Cruz y Blanca Guerra, dirigidos por Antonio Eceiza, sin embargo, carece de esa fuerza enigmática y ocurrente que tiene el libro. En esta ocasión los anuncios y espectaculares están por todos lados, incluidos en las redes sociales; una película que la crítica ha aceptado muy bien: Rafael Aviña ha dicho que “Sebastián del Amo reactualiza con bizarro humor y violencia, la divertida novela negra de Rafael Bernal, sin abandonar su gusto por los relatos de recreación de época de un México ingenuo, popular y cinéfilo. Vale mucho la pena”. Jorge Ayala blanco, por su parte, expresa que “por fin se ve un Cine Negro bien armado, con estilo, y personajes ni de papel ni de cartón, sino sólidos y apasionantes.” La única certeza que tenemos es que el libro ha apasionado a un importante sector que vuelve a él porque es universal.

El complot mongol se publicó por primera vez en 1969 e inauguró el género de novela negra en nuestro país. Actualmente contamos con los más variados escritores en este género que le deben a Rafael Bernal muchas de sus páginas como Paco Ignacio Taibo II, Élmer Mendoza, Bernardo Fernández Bef, Hilario Peña, Imanol Caneyada, Iván Farías y un largo etcétera.

El complot Mongol se presentó en el Festival de Cine de Guadalajara. Foto: Cortesía

La novela nos muestra a Filiberto García, un matón a sueldo que trabaja por encargos y que otrora sirvió a la Revolución Mexicana junto al General Merchena, es “del mero Yurécuaro, Michoacán, hijo de la Charanda y de padre desconocido y si no les gustó, vayan todos, absolutamente todos y chinguen a su madre”. Es convocado por el Coronel y el señor Rosendo del Valle para que les ayude en una investigación delicada, pues todo parece indicar que el presidente de los Estados Unidos sufrirá un atentado por parte de los chinos de Mongolia Exterior. Es un rumor que debe ser investigado para ofrecer la seguridad de ambos mandatarios: el visitante y el anfitrión. García deberá trabajar en equipo —“Como si fuera un partido de futbol. Me pasa la pistola por la izquierda, tiro a la derecha y gol”— con un agente americano de nombre Richard P. Graves y otro ruso, Iván M. Laski, aunque estos estén más preocupados por seguirse a sí mismos que involucrarse en el caso. La encomienda también se le ofrece a Filiberto, porque es muy asiduo al barrio, conoce a los chinos, sabe de sus asuntos de juegos y fumaderos de opio aunque nunca ha dicho ni una palabra. Los respeta y lo respetan. A partir de entonces tendrá tres días para investigar si esos rumores son verdaderos o no.

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Una característica de la novela es que Filiberto García tiene monólogos interiores en los que explota por dentro para mantenerse ecuánime por fuera, de ahí tatos pinches como: “¡Pinches gringos!”, “¡Pinches chales!”, “Pero Martita está muy buena ¡pinches viejas!”, “¡Pinches rusos!”, “¡Pinche pasado!”, “¡Pinche intriga internacional!”, que serán el remate a sus lucubraciones sobre el caso que le fue encomendado y no parece tener ni pies ni cabeza. El México al que se acostumbró Filiberto García no existe más, en sus diálogos internos sabe que “Antes se necesitaban huevos y ora se necesita título”, antes bastaba con matar así, sin más, y bajo las normas de del Valle —que representa al presente— es de “mucha instrucción”. Por lo bajo hay un final a la Revolución Mexicana frente a la nueva policía que no requiere de lealtad, sino del cumplimiento cabal de unas leyes que para García no son otra cosa que “una de esas cosas que están allí para los pendejos”. Hay una crítica acompañada de un cuestionamiento genuino sobre la fidelidad al gobierno.

Aunado a esto, hay dos personajes que serán vitales para la novela: Martita y El Licenciado. La primera es una china —seducida por García— que trabaja en la tienda del chino Liu; el segundo, es un abogado de poca monta, pero con muchos contactos y aficionado a la bebida. Martita hará que Filiberto se cuestione sobre su hombría, ya que comienza a ser muy atento con ella, algo que nunca había hecho con nadie. El Licenciado se convierte en su aliado, en sus oídos, y comparte con él información concerniente a algunos de los villanos contra los que tiene que lidiar: Luciano Manrique o el Sapo.

Bárbara Mori (con el look totalmente cambiado para la película) y Damián Alcázar. Foto: Cortesía

El complot es una gran puerta por la que entramos como invitados a recorrer las calles, los lugares del Centro Histórico (el Sanborns de La fragua, el Café París, Palacio de Hierro, la cantina de la Ópera, Café Cantón, Arcos de Belén, un hotel en la calle de Mina, etcétera), contemplamos el trabajo de Filiberto y la verdad de la intriga: Rosendo del Valle y el General Miraflores confabulan para atentar contra el presidente, no de Estados Unidos, sino el de México, para que el primero se alce en el poder, y García los desenmascara.

Al final, este militar que sirvió a la Revolución Mexicana terminará solo, como sólo puede quedar alguien que se dedica a estos menesteres. Terminará cansado, en soledad, remitiéndonos a esa figura novelada por Juan Rulfo, el cacique del pueblo de Comala, desmoronándose metafóricamente; García dirá “Me están pesando las manos. Me duelen, como muchas muertes juntas. Tengo ganas de sentarme aquí en la banqueta…” La pesadez de Filiberto es, pues, una metáfora de la vida que conforme avanza nos hace más pesados los brazos, decaemos, pero debemos continuar caminando, trabajando, soñando o escribiendo. ¡Pinche Rafael Bernal!

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