Celso Piña

Mi pana, el Celso Piña

Al Cachorro, mi carnal

Culiacán, Sinaloa, 22 de agosto (MaremotoM).-  “Y así estuve batallando, (decían) / ‘Celso acarrea puro mariguano, lesbiana, que puro malandro’. / Digo, ‘pérate’, yo no me iba a poner en la puerta a decir: / ¿a ver tú qué eres?, ¿eres chico bien?, pásale'”. Celso Piña.

Es viernes de algún agosto a finales de los noventa. Son las seis de la tarde en Monterrey. 40 grados a la sombra. Los ánimos, derretidos por la tarde, con el ocaso del sol empiezan a despertar. Unas tecates bien helodias, ver a la raza pa’ tirar carrilla, el Moco y el Cisticerco me acompañan, la idea de encontrar a esa morra que tanto me gusta pero que poco me pela… El Barrio Antiguo nos espera. Subimos al Ruta1, del Tec al sur y hasta el norte allá por la Uni, por el estadio de los Sultanes. Mañana juegan los Tigres y culey el que le vaya a Rayados.

Tres morritos de apenas quince años piden permiso al chofer del camión para tocar en la parte de atrás a cambio de unas monedas. Entonces empieza la magia, ese ritmo que en el Cerro de la Campana, en la Indepe y San Bernabé ya es antiguo, ya se lo saben y que acá, abajo de los cerros, ahora empieza a permear cada poro de la ciudad, cada gota de sudor, cada sueño al despertar: la guacharaca y el acordeón del Celso Piña invaden los oídos y uno no puede dejar de sentirse en el mar, al lado de un aguardiente colombiano en Valledupar, moviendo los pies sin cesar y deseando bailar al ritmo candente de La Ronda Bogotá. Entonces abres los ojos y te das cuenta que no es vallenato, que va más allá, que es medio cholo, medio colombiano, y así nace el cholombiano, mezcla de dos regiones distantes más no distintas, donde se une lo latinoamericano, el barrio bravo, donde no cabe el hip-hop ni el reggae, pero sí la cumbia rebajada y el chuntaro style. Donde ya no importa si eres de Sierra Ventana o de la Contry. Donde el sol nos quema por igual a todos y todas, donde el Río Santa Catarina sonríe al Cerro de La Silla a ritmo del acordeón.

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Auditorio Nacional.
Foto: Eniac Martínez

Nos bajamos en la carnicería, como niño en juguetería, el rojo de los estantes se antoja, se hace agua la boca, pero la lana no alcanza pa’ carne, carbón, gordas de harina, chile, tomate y cebolla y unos cuantos rib eyes, así que a lo triste, unas pinches salchichas de las rojas y todos felices porque nos alcanza para unos six’s de más.

Mientras caminamos rumbo a casa del Cachorro hablamos de Celso, del Gran Silencio, de la Tropa Colombiana, Control Machete, Ramon Ayala y Nirvana y de ir luego al Café Iguana. Por fin llegamos, pinche calor que derrite y apendeja, ya quiero abrir una chela, tocas el timbre, se abre la puerta y escuchas el sonido que viene del patio e invade el momento:

“Luna, llena mi alma de cumbia,

saca de mi la locura

y llévame a la luz y a la paz”

El Rebelde del Acordeón, Celso Piña, ya es parte de todoas. Aunque se dice que su carrera empezó años atrás, allá en las calles de la Indepe, y que luego subió a los cerros, donde los cholos lo hicieron suyo, lo encumbraron para después venerarlo en cada concierto, mientras las notas del acordeón circulaban por cada vena, por cada beso deseado, hasta llegar a la mano de uno, aferrado a la morena cintura de una morra que baila a ritmo del gavilán, simulando aspirar resistol, la gabacha resuena, todos somos Gabo García Marquez bailando en Marco, con la fresada local mientras le pide a Celso que toque la de Reina de Cumbia y le dice al oído: ‘Celso, gracias por poner muy en alto nuestro folclore musical… procura ser siempre un buen hombre’.

Si mañana…:

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