Chile

Mi pequeño pedazo del mundo es Chile

Ciudad de México, 5 de febrero (MaremotoM).- Como cualquiera, vivo empeñado en mi testarudez, ufanándome de una identidad que no comprendo ni conozco… De acuerdo, dirán que peor es nada. Pero no me basta. Mi pequeño pedazo del mundo es Chile. Me debo a los chilenos, a sus quejas y remordimientos, que son los míos también. Desde que tengo uso de razón vengo escuchando que es una nación vacía. O sea, unas cuantas décadas. Quizás antes fue distinto. No lo sé. Las habladurías siempre son interesadas. La historiografía dice que a veces, por un breve instante, algo quiere aflorar y rápidamente es reprimido. El pueblo estaría ausente desde su origen… ¡Tonterías! Los aprovechadores quieren convencerme de eso y de otras cosas peores. Es una cantinela que nunca, ni siquiera cuando era un bebé, logró convencerme. Como si no hubiera habido un golpe de Estado en 1973. Con echarle un vistazo a ese tiempo, uno se da cuenta de que este país jamás estuvo deshabitado.

Doblé por Irarrázaval y me dirigí hacia Vicuña Mackenna, absorto, con una frustración más profunda que mis pensamientos. Al llegar allá me percaté de los grupos de jóvenes, de los gases lacrimógenos, de los incendios. Fingí alarma, ¡qué había ocurrido!, pero en realidad no sentía culpa. La destrucción y la violencia tenían un sentido transparente, como la conciencia cuando no encuentra obstáculos para su raciocinio. Chile es un país oprimido por donde se le mire y, sin embargo, la ansiada igualdad parecía al alcance de la mano. Arribé a Plaza Italia, desplazándome entre columnas de encapuchados y haciéndole el quite a la policía. No había autos ni buses, los postes del alumbrado público revelaban las hogueras en las entradas del Metro. Con una agilidad poco común en mí, crucé la Alameda huyendo de un Guanaco y sus pestilentes chorros de agua. Pero al otro lado no tuve suerte: el Zorrillo me arrojó una nube de gas y los ojos me ardieron, chocando con las personas que me rodeaban. Casi caí de bruces, sin poder respirar, pero un buen samaritano me tomó de un brazo, conduciéndome media cuadra más allá. Después una muchacha me roció la cara con un líquido refrescante y de a poco recuperé el aliento, aunque la pupila derecha me siguió doliendo.

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Con echarle un vistazo a ese tiempo, uno se da cuenta de que este país jamás estuvo deshabitado. Foto: Cortesía

Allí sentado en la vereda, con mi convulso resuello, quise cumplir un deseo: contemplar el espíritu humano. Pero no sabía si era real o un cuento de hadas. Suponía que estaba dentro y fuera de la gente, surgiendo desde una sola raíz y luego, como un salón de espejos, envolvía a todo el mundo. Podría ser el hombrecillo que inexplicablemente vendía abanicos en medio de la protesta. O la joven bailarina haciendo piruetas en el paso de cebra. Sin embargo, con el paso del tiempo, me quedó claro que nunca lo vería con mis propios ojos. Tuve la seguridad de que existía, era como una cascada dentro mi torso, un torbellino que exigía venganza… Luego supe que mi sensación fue una fantasía, aunque el rencor era verdadero. El espíritu no me pertenecía, era de los otros, de la multitud y de cada uno por separado; pero estaba fuera de todos nosotros.

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