Mis lecturas post covid

Mis lecturas post covid

Concentrarse para leer es una tarea a contrarreloj y a contrapelo con el mar de ruidos que inundan esta ciudad. Por las tardes suele pasar una camioneta con un altavoz que sobrepasa los decibeles de un búfer y merodea la cuadra cada tanto con una grabación monótona repite en bucle seis o cinco frutas a la venta. Cada vez estoy más convencido de que la gente no lee porque, además de la disparidad económica para adquirir libros o e-books, todo en el cotidiano está configurado para no concentrarse, todo intento de complejidad queda borrado por el tiempo, que es directamente proporcional dedicado a la concentración y paz necesarios para la lectura. Sí, llámame paranoico.

Ciudad de México, 24 de enero (MaremotoM).- Me queda ese placer y sonrisa interna de retomar una lectura este domingo que acaba. Las clases comienzan mañana y con ellas todo el frenesí académico, pero por lo pronto, alcancé de nuevo la página de un libro de Millás, en la que me había quedado antes de prestárselo a mi amiga Valentina. Cuando me lo devolvió noté con sorpresa que el separador de papel rosa (un post it) seguía en la página donde me había quedado. Recordé que me gustó mucho y lo releí, sencillamente porque Juan José Millás tiene la magia de volver encantadora lo gris y rutinario de la cotidianidad. La vida a ratos, de Millas tiene el don de sentir que la vida no se escapa en la vorágine de la inmediatez y lo efímero, que la vida cotidiana no se escurre por una cloaca grasienta y maloliente de cualquier calle, como quien desliza y desecha la línea de tiempo de una app.

Juan José Millás
Juan José Millás

En esta semanas en la que transcurre enero, como un eterno lunes nublado y en las que tuve COVID y experimenté los efectos secundarios del refuerzo de la vacuna, no había logrado concentrarme en la lectura, ni siquiera en la lectura a vuelapluma del periódico. Hoy de un tirón leí Tras bambalinas,  de Cristina Aun, que me obsequió mi amigo Marcos Daniel Aguilar, quien es el editor del libro, no le digan que me gustaría que se convirtiera en mi editor. “

Tras bambalinas, de Cristina Aun es un atrapante relato, escrito en la modalidad de capítulos breves, cual colección de cuentos cortos o mini ficción concatenados en una novela, incluso podría se un hilo de Twitter que sin pausa se lee de un jalón. Es una historia en la que convergen varias historias, cada una con su propio drama, pero quizá la principal es la del hijo de una actriz venida a menos, que en su juventud ofrece shows trasvestis bajo el seductor nombre de Honey Foxxx. Con erotismo transgresor, Cristina coloca la tormentosa relación del amante de la actriz con su hijo, por señalar un hilo narrativo central, aunque en la historia confluyan otras. Y todo ello en un relato intrigante y que se lee sin chistar.

Concentrarse para leer es una tarea a contrarreloj y a contrapelo con el mar de ruidos que inundan esta ciudad. Por las tardes suele pasar una camioneta con un altavoz que sobrepasa los decibeles de un búfer y merodea la cuadra cada tanto con una grabación monótona repite en bucle seis o cinco frutas a la venta. Cada vez estoy más convencido de que la gente no lee porque, además de la disparidad económica para adquirir libros o e-books, todo en el cotidiano está configurado para no concentrarse, todo intento de complejidad queda borrado por el tiempo, que es directamente proporcional dedicado a la concentración y paz necesarios para la lectura. Sí, llámame paranoico.

Mis lecturas post covid
Mejor literatura. Foto: Cortesía

Todas las noches a media madrugada la gata de los vecinos aúlla de soledad y frío. Responde al mitológico y desconcertante nombre de Hermes, así lo dijo alguien a bocajarro alguien de esa casa alguna vez. A decir verdad llora todo el día desde la zotehuela, haga o no frío, ahí vive. A veces sube por unas escaleras metálicas oxidadas pintadas de negro y sube a tomar el sol. Por las mañanas, una señora de edad grande sale a darle de comer; Hermes intensifica sus lamentos de frío y abandono, pero la pareja de ancianos que habita la casona no cede, igual lo dejen afuera y así ha sido desde que llegó alrededor de uno o dos años. He perdido la cuenta, como la he extraviado para el ruido y polvo del edificio que construyen enfrente de mi casa. El tiempo se ha convertido en una línea sinuosa.

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Doris Lessing en Gatos ilustres (un libro hermosamente ilustrado con dibujos de gatos) narra de su vida con los gatos en Sudáfrica y rememora una gatita que vivía afuera de una casa de campo a la que se mudó junto con otra gata de ciudad y por tanto de casa.

Se que la pareja de ancianos son de Campeche y seguramente allá los gatos viven afuera de las casas. En el pueblo de mi madre también es común ver cómo algunos gatos no son inquilinos, sino duermen en el patio o en el solar junto con algunos perros. El frío y la negrura de la noche los envuelve. No entiendo por qué Hermes no se marcha de esa casa, donde claramente no hay temor al inframundo ni por asomo. A veces la saludamos desde la ventana de mi cuarto, cuando ella tome el sol en la azotea. Es blanca como mi Luna y nos observa fijamente sin moverse, desde sus misteriosos ojos. No sé qué preguntará, estoy seguro que duda.Fernanda Trías

Leo en Mugre Rosa, de Fernanda Trías, cosas como: “¿Qué es el silencio? La pausa entre un pensamiento y el siguiente”. Esta ciudad, en la que eliges tu propio ruido para callar otros, es una búsqueda constante de silencios para pensar, para respirar, para sentir, para asimilar la vida misma. Unos adolescentes que juegan futbol gritan desaforados en el parque contiguo, juegan a ser hombres haciendo más gruesa la voz, los perros ladran lontananza como transmitiendo un mensaje con largos alcances de correo, muy lentamente el silencio va envolviendo el resto del domingo, hasta que el ruido del tren lo rompe acentuando el silencio de medianoche.

A punto de dormir, en la duermevela referí una palabra que no existe, algo así como “ich beiden”, no lo sé, me desperté angustiado. Recordé cómo una lingüista, tras superar el covid, señalaba que además de olvidar palabras, inventaba palabras, como una secuela de la enfermedad. Para tranquilizarme dije a lo mejor mi mente mezcló aleatoriamente el pronombre alemán “ich” (yo) con el apellido Biden. Sé que descifrar eso es tarea para el psicoanálisis, pero lo importante aquí es una probable distopía post covid de pérdida de la memoria, que se suma a otra que ya venía ocurriendo por la saturación de información digital. En la semana pasada me obligué a poner varios “pos it” para no olvidar actividades.

Hoy Herman Bellinghausen escribe en La Jornada: ¿andaremos poniendo etiquetas con un hisopo entintado en cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta pared, cama, cacerola como la gente de Macondo? José Arcadio Buendía, nos dice Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanca, gineo”… ¿O como en Memento, de Cristopher Nolan, escribiremos palabras y datos en nuestra piel y en stickers pegados a la pared? Todo ello sin mencionar el futuro distópico alimentado por los datos clínicos, dolores de cabeza habituales, depresión repentina. Todo ello hace titular a Bellinghausen a su artículo: Covid 19: una cruz de olvido.

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