Carlos Monsiváis

Monsiváis en el caos presente o leyendo Los rituales del caos

El mundo en el que Monsiváis murió hace 10 años era distinto en muchos aspectos al actual; de salir de su tumba, el escritor se toparía con una realidad todavía más viral y confusa.

Ciudad de México, 15 de octubre (MaremotoM).- La Ciudad de México es, indiscutiblemente, un espacio caótico. Sus calles albergan casas y edificios desiguales: conviven –de igual manera– una torre chueca y misteriosa y una casa perfecta, blanca y cuadrada. En cada piso de esas construcciones que reposan tranquilamente sobre un lago hay caras diversas que proyectan a través de la mirada un caos interior; caras que cuando gana el Ame o los Pumas o el Cruz Azul (los milagros pueden suceder), se suben a un vagón igualmente plural para ir a celebrar al Ángel de la Independencia. Los chilangos vivimos con el sincretismo a la fuerza y participamos en este popurrí de ideologías, fiestas, tradiciones e íconos, en este ritual del caos.

Carlos Monsiváis y sus gatos entendieron mejor que nadie los vaivenes de esta ciudad. El cronista urbano encontró en la falta de uniformidad una manera de retratar a la sociedad mexicana: a Luis Miguel, a Gloria Trevi, al vendedor de periódicos, al asalariado y a los coleccionistas de pintura virreinal. Los rituales del caos es un libro que consigue lo imposible: sintetizar a la Ciudad de México; un lugar gobernado por el consumo que satisface nuestras supersticiones contemporáneas, un lugar en el que que lo que reafirma el orden es el caos.

Carlos Monsiváis
Volver a leer este libro magnífico. Foto: Cortesía

El mundo en el que Monsiváis murió hace 10 años era distinto en muchos aspectos al actual; de salir de su tumba, el escritor se toparía con una realidad todavía más viral y confusa. No me parece que fuera una coincidencia, por cierto, el hecho de que la gran pluma de la Ciudad de México muriera en un año mundialista, pues hasta el final de sus días presumió nunca haber visto un partido de fútbol. ¿De qué se perdió Monsiváis en estos 10 años? ¿Han cambiado los rituales del caos?

Si bien el internet no era algo nuevo en 2010, durante esta década hemos sido testigos de un auge cibernético tremendo: los usuarios de redes sociales somos cada vez más y pronto llegará el día en que, si la extrema pobreza lo permite, todo mexicano será también un internauta. En un alma como la de Monsiváis –erudita e indagadora– el protagonismo que han cobrado las redes sociales causaría una plétora de sentimientos encontrados. Se enfrentarían la curiosidad por comprender esta nueva forma de cotidianidad y el amor por el lenguaje. No cabe duda de que para casi todo amante de la lengua, las redes sociales resultan –en muchas ocasiones– una ofensa. Las peleas poco constructivas, los errores (horrores) de ortografía, la falta de fineza y el desgaste idiomático como resultado del distanciamiento de la poesía pueden no agradarle en lo absoluto a un erudito; pero la trascendencia de Monsiváis no se encuentra en su erudición, sino en la curiosidad que lo llevó a describir los rituales groseros y grotescos de la sociedad mexicana y a elevarlos –sin prejuicios– al pedestal más alto de la cultura.

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Por lo tanto, considero que si bien para Carlos (el lector exhaustivo, el amante del cine y de los gatos, el genio inseguro) las redes sociales representarían los aspectos más lejanos y deplorables de la sociedad; para Monsiváis (el cronista, el curioso, el observador) serían el ritual del caos perfecto. 

Los dos elementos fundamentales que constituyen “el caos” en la Ciudad de México son, para Carlos Monsiváis, el consumo y el espectáculo (o puesto de otra manera: el consumo del espectáculo). En las redes sociales –entendidas como representaciones de la realidad– la presencia de estos dos factores es evidente. Por un lado, nos alimentamos vorazmente de datos (muchos necesarios, otros insignificantes). Una red social sin exceso de datos no es una red social. Por otra parte, la necesidad de generar estos espacios virtuales surge a partir del gusto por el espectáculo: por la sangre, por la risa, por los golpes. El fenómeno del meme (en todas sus manifestaciones) es la prueba de la manera en que se replican los vaivenes de esta ciudad caótica a través las redes sociales. El meme es la representación cultural por excelencia del espectáculo; necesitamos reírnos de nosotros mismos y de la sociedad para sentirnos vivos. Ver un video de Herly RG caracterizada como Tomás (un hombre machista e irreverente) siembra en nosotros la conciencia (el ritual) de que formamos parte de una masa llena de estos personajes; ahora los vemos en todas partes: en el súper, en la calle, en las escuelas e incluso en nuestros propios hogares. Darle “me gusta” a una publicación de Memelas de Orizaba mientras exploramos nuestro feed de Instagram es casi una obligación. Ver a un hombre con barba y con bigote representando de una manera genial a la típica coordinadora de secundaria es un espectáculo digno de nuestra atención. Al igual que en las grandes ciudades; en las redes sociales el consumo de información inquieta, enoja, alebresta a las multitudes. El espectáculo, en cambio, aquieta. Las multitudes –en palabras de Monsiváis– a través del espectáculo “admiten las disciplinas del pasmo”.  El desorden de las redes sociales, las discusiones desenfrenadas y poco constructivas, y el humor simple y burdo forman parte de ciertos rituales que los usuarios de redes sociales seguimos. ¿Qué son los likes, retweets, follows y demás sino conductas rituales? Al igual que la Ciudad de México, las redes sociales encuentran su orden a través del caos. La conexión con el otro existe –en estos tiempos pandémicos– gracias a las redes sociales y a los rituales caóticos que seguimos para permanecer en ellas, para seguir el trend por más absurdo que este sea.

Si bien Monsiváis no lo pudo ver todo, sentó las bases para que las generaciones más jóvenes analicemos la manera en que las nuevas formas de vida social funcionan, para que entendamos que por más caótico que un espacio sea (virtual o real), tiene un orden, un curso y un discurso. Cada vez que abramos un libro de Monsiváis, no solamente nos toparemos con el ingenio y el humor, sino que también con verdades incómodas, con una descripción precisa y vigente de nuestra cultura.

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