Moramay Kuri: La fotografía y la literatura en gran conjunción

Moramay Kuri es una gran editora y lo ha demostrado en varios de los lugares donde ha trabajado. Ha recibido lecciones de José de la Colina y sabe detectar donde hay un buen escrito publicable, pero me gusta verla como la gran fotógrafa que también es.

Ciudad de México, 7 de abril (MaremotoM).- Hablar de Moramay Kuri es hablar de una gran amiga, aunque siempre te invite a lugares de los que luego se olvida, te diga que te va a llamar pero no lo hace y te prometa cosas imposibles, tan propio de ella, tan impulsiva.

Pero siempre está, con su sensibilidad a flor de piel (siempre que pongo a flor de piel pienso que es un lugar recontracomún, pero me encanta), tratando de hacer mejor el mundo en que vives y contándote dramas absurdos, que para ella son tremendos (y ahora tiene una cómplice: Galia, que heredó de su madre la exageración y la simpatía).

Dirige la revista del Claustro, Inundación Castálida, con una solvencia ya conocida en Moramay y que ha dado números increíbles, por caso el dedicado a Margo Glantz, una edición histórica por tan bella y tan minuciosa.

Moramay Kuri es una gran editora y lo ha demostrado en varios de los lugares donde ha trabajado. Ha recibido lecciones de José de la Colina y sabe detectar donde hay un buen escrito publicable, pero me gusta verla como la gran fotógrafa que también es.

En 2013 hizo una muestra en el Claustro de Sor Juana llamada “Luz y muerte”, donde retrató a muchos escritores en un cementerio, un proyecto que nació el día en que ella le contó al entrañable autor guatemalteco “Tito” Monterroso lo mucho que le gustaba pasear por los camposantos.

Moramay Kuri con Horacio Castellanos Moya. Foto: Facebook

“Bueno, algún día me vas a tener que sacar fotos en el cementerio”, le dijo el autor de  El dinosaurio.

Eran 45 fotografías en blanco y negro: retratos de Fernando Savater, Alberto Ruy Sánchez, Margo Glantz, Sandra Lorenzano, David Miklos, Ana García Bergua, Luigi Amara, Enrique Vila-Matas, Carlos Fuentes (1928-2012), Salvador Elizondo (1932-2006), complementadas con un texto a cargo de Luis Alberto Ayala Blanco.

Moramay y su hija Galia, la ternura y la imaginación en herencia. Foto: Facebook

Kuri, obsesionada con los panteones, lleva ya 150 fotos hechas a escritores en los camposantos, un proyecto que ha extendido a los artistas plásticos, tomadas en los panteones de San Fernando y en el de Dolores, Veracruz, Oaxaca, Chiapas, Madrid y París.

“Decidí ser fotógrafa por gente que escribía, que estaba a mi alrededor. En Novedades trabajé con José de la Colina y empecé a trabajar con él, quien estaba obsesionado con Isadora Duncan, íbamos al panteón falso que hay en San Fernando y un día me llevé la cámara”, cuenta Moramay.

–Tu imagen parece completarse con alguna palabra, con algún texto

–¿Qué imagen no? Bueno, hay algunas que no, pero lo que me llama la atención es eso. Al principio lo que hacía era retratar a escritores que admiraba, ahora no tanto. A mí se me mezcla la edición con la fotografía. Soy editora de formación. En la revista que hago ahora hago todo. No me gusta mucho escribir lo hago. Ahí viene esta inseguridad que tengo: me gusta leer cosas extraordinarias y siento que ya está todo escrito por ahí. Nunca voy a llegar al nivel de lo que me gusta leer y por eso no escribo.

–La vocación de fotógrafa también es fuerte…

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–Sí, pero no podía vivir de eso. Tal vez si me hubiera dedicado a la fotografía a lo mejor viviría de eso. Es un drama que te paguen una fotografía. He publicado fotos en un libro donde me pagaban determinada cantidad de dinero y la foto se reproducía en los suplementos, en miles de lugares, a veces con el crédito y a veces no. Me pasó con una foto de Fernando Savater, por ejemplo. Odiaba estar cobrando, estar peleando. Por otro lado hay gente extraordinaria viviendo de eso, como Rogelio Cuéllar, Eniac Martínez, Héctor García, Ricardo Salazar, que era un extraordinario fotógrafo de escritores y se murió en la miseria. Por otro lado, ahora, en la era digital ya no me apasiona tanto la fotografía. Todo el mundo es fotógrafo ya…

Moramay Kuri con Fernando del Paso. Foto: Facebook

–Igual empieza a haber una diferencia entre la fotografía de autor y las digitales…

–¿Sí, se te hace? La gente ya no distingue esa diferencia. Yo sí me doy cuenta de esa diferencia, en los retratos, en los paisajes, en todo…pero ya no está esta magia de meter el papel en el líquido revelador y al sacarlo. Me he hecho amiga de muchos escritores por ir a sacarle fotos. Fabio Morábito, por ejemplo, un escritor que admiro mucho, escribió su libro Emilio, los chistes y la muerte y la idea se le ocurrió después de que visitáramos un cementerio. Esas cosas me parecen extraordinarias.

–¿Cómo fue la última foto a Eliseo Diego?

–Yo lo admiraba muchísimo y había hablado con Lichi, su hijo, le dije que íbamos a ir a un cementerio cuando hablé con él y me dijo que fuera el lunes a las 8. Llegué muy puntual y encontré a Eliseo Diego muy borracho, en un estado terrible. Y me dijo su hija que no podía entrar, insistí mucho hasta que me dio 10 minutos. Eliseo tenía una mirada tristísima y le dije si lo podía peinar, me dio un peine negro, lo peiné en el baño y luego lo saqué en un sillón verde horrible. A la tarde me llamó Javier García Galiano para decirme que el escritor había fallecido.

–¿Quién te hizo sufrir?

–Fue Carlos Monsiváis. Llegué y no me platicó nada, miles de gatos en su casa, lo convencí de salir al patio, las fotos son terribles y son las únicas que tengo de él. Bárbara Jacobs fue adorable, a Tito Monterroso lo quise mucho. Cuando fui a hacerle la primera entrevista, Noé me dijo algo terrible: -Te va a destrozar Monterroso, no tienes las tablas para ir a hacerle una entrevista. Me tomé dos martinis antes de ir a hacerla y cuando llegué le dije que la entrevista iba a ser horrible, que yo había leído solo dos libros de él y que por favor él hiciera buena la entrevista. A él le fascinó que le comentara eso. Le saqué fotos a Ida Vitale en casa de Álvaro Mutis y hace poco encontré los negativos, pensaba que las había perdido. A Enrique Vila-Matas lo saqué en un cementerio obligado por su mujer, que me había escuchado quejarme porque él no quería que le sacara fotos. Vino de un humor terrible, yo estaba aterrorizada, pero poco a poco se relajó.

–¿No pusiste a la venta todo tu acervo?

–Una vez tenía una urgencia y lo puse a la venta, me ofrecieron 8 mil pesos por todos mis derechos. Así que dije que no.

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