Santiago Morro García

Nada tiene que ver el futbol

Coincido plenamente en la impiedad de la alta competencia, en el generalizado desdén hacia las aportaciones que vayan más allá de la preparación estrictamente remitida a las destrezas técnicas, físicas y demás.

Ciudad de México, 12 de febrero (MaremotoM).- Después de leer bastante acerca del desdichado desenlace de Santiago Morro García (y en algunos casos textos agudos, valiosos) comparto una humilde observación cimentada en mis años de abrevar en el universo de la psicología, de la psicología social, de la psicoterapia y de la específica investigación de un tema de semejante complejidad.

Coincido plenamente en la impiedad de la alta competencia, en el generalizado desdén hacia las aportaciones que vayan más allá de la preparación estrictamente remitida a las destrezas técnicas, físicas y demás.

Suscribo, aun cuando me sabe una verdad de Perogrullo, aquello de que los futbolistas “también son seres humanos”.

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Ahora, deducir que un muchacho de 30 años sin aparentes tragedias a la vista, tome la extrema decisión que tomó el Morro por los avatares y los maltratos del fútbol profesional, supone una explicación carente de sustancia.

Según interpreto, abundan las miradas posadas en los aparentes factores desencadenantes que sufrió el Morro y huelgan miradas al factor disposicional que pulsa en el proceso evolutivo del suicida.

Y esa disposición que llegado un punto borra de un plumazo la energía vital (en buen romance, “las ganas de vivir”) sí que suele pulsar en aguas brumosas y a menudo misteriosas, pero que en todo caso nada tienen que ver con el mundo y el submundo de la pelota número 5.

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