Neymar Bolsonaro

Neymar y Bolsonaro: la pelota se mancha

Ciudad de México, 29 de octubre (MaremotoM).- El Arena da Baixada ardiendo en amarillo. En la mitad de la cancha, los futbolistas de Atlético Paranaense con una casaca y una inscripción: “Vamos todos juntos por amor a Brasil”. Lucho González ejerce de líder del plantel. Es octubre y hace tres meses se terminó el Mundial de Rusia 2018. No es una campaña nacionalista de una cerveza. Diez titulares y algunos suplentes llaman a votar por Jair Messias Bolsonaro contra Fernando Haddad.

Uno se diferencia. Sale con el buzo. Paulo André, defensor experimentado, después explica: “Yo no negocio mis principios”. El estadio explota de alegría. Curitiba es la capital del estado de Paraná. Desde donde el juez Sergio Moro envió el pedido de detención de Lula. El mismo distrito que, pese a que se comprobó la mala praxis judicial contra el expresidente, acaba de votar al mismo personaje como senador. Este fin de semana se juegan los dos partidos de su vida: hoy, en Guayaquil, la final de la Libertadores contra Flamengo; mañana, en el continente dentro del continente, la presidencia del país.

Jair Bolsonaro
Jair Bolsonaro, la pesadilla del poder. Foto: Cortesía

“Nosotros somos Vasco y ellos, Flamengo”, ladró Lula da Silva en un podcast. Sus colores en Río de Janeiro son los del club en Brasil que se plantó el 7 de abril de 1924 y anunció que si no le dejaban poner jugadores “negros” no participarían del campeonato.

Los otros son el Mengao, la institución con más hinchas en el mundo, una marca que posee fanáticos en todo el país. El dardo apuntaba a Rodolfo Landim. El presidente rubronegro llegó a sonar como candidato a vicepresidente de Bolsonaro. Con quien trazó una alianza en un momento límite. La pandemia estaba haciendo estragos en Brasil. El presidente tiraba hasta chistes sobre el Covid. Alentaba a salir a la calle. Incluso frente a las determinaciones de gobernadores locales. No estaban autorizados los entrenamientos, pero Flamengo se encerró en su propio predio. Autoridades de sanidad quisieron ingresar para revisar las condiciones de la actividad. No se lo permitieron. Siguió como si nada. El respaldo del Planalto lo protegía. Los cuatro grandes de San Pablo convocaron a sus hinchadas a la calle y a las redes sociales para repudiar la actitud del gigante. Al día siguiente, debió ordenarle al personal de limpieza que borrara los grafitis que decían “fascista”.

Bolsonaro es multicamiseta. Hay fotos suyas vestido de Flamengo, de Santos, de Vasco y de Botafogo. Pero es hincha de Palmeiras. El Verdao resultó una de las primeras instituciones en privatizarse luego de que el Congreso brasileño permitiera que los clubes se transformaran en sociedades anónimas.

Crefisa, un banco, se apropió de la mayor parte de las acciones del equipo conducido magistralmente por Abel Ferreira. Desde el primer día, el fútbol conformó su discurso. En 2020, tras vencer a Perú en la final de la Copa América, Dani Alves, capitán, le entregó al presidente de Brasil el trofeo para que lo levantara. No hay otro caso en la historia de un mandatario que haya alzado un título antes que los protagonistas.

Neymar
La imagen es perfecta, pero les falta una cerveza entre las piernas. Foto: Cortesía Facebook

Paranaense ha movilizado la escena de la pelota. En 2018, obtuvo su primera Copa Sudamericana. En 2021, la segunda. Ahora, desde los pies del mítico Fernandinho que regresó del Manchester City, van por destronar a Flamengo. No es poca cosa, considerando que enfrente aparece un gigante con fiebre por cómo se le escapó la edición pasada en Montevideo frente a Palmeiras. Unos días antes, justamente, los de Curitiba habían conquistado el trofeo. Frente a las cámaras, sus fanáticos le ladraban al lente: “Vamos Bolsonaro”.

El presidente no sólo armó el vínculo con lo popular de este juego desde las camisetas o desde la presencia en encuentros. El fútbol se transmite a partir de los ídolos. Acá los tuvo al servicio. Cafú, Ronaldinho y Rivaldo lo aplauden. Romario -senador por Río de Janeiro- lo respalda desde “la defensa a la familia”. El compromiso es pocas veces visto. Lucas Moura del Tottenham twitteó: “El comunismo y el nazismo son dos aberraciones. Matarán personas”. Felipe Melo planteó: “Bolsonaro representa dios, patria, familia y libertad”. Dani Alves, desde México, publicó: “Brasil arriba de todos, dios arriba de todos.

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El quiebre fue Neymar. Bolsonaro lo contuvo en su momento más dramático: estaba lesionado, silbado en PSG y acusado de violación. El fisco en Brasil lo apretaba con una importante deuda. El presidente no sólo le perdonó todo, sino que lo apoyó. Esa lealtad se paga. En los días previos a la primera vuelta, el astro publicó en las redes sociales su apoyo a la lista 22. Sus gambetas globalizadas sacudieron al planeta. Lula debió responder. Puso tres delanteros: “Lo hizo porque tiene miedo de que cuando yo gane le haga cumplir lo que debe”. Para el balotaje, el 10 de la verdeamarela cantó vale cuatro: “El primer gol que haga en el Mundial se lo dedicaré a Bolsonaro”.

Lula Da Silva
Nunca abandonó su pertenencia de amores. Foto: Cortesía

Lula posee sus respaldos. Su corazón radica en Corinthians. Club del que se hizo hincha por amor incondicional: era un adolescente que residía en Santos, en los días en que Pelé demostraba al mundo su talento y les ganaba a todos. Sin embargo, resistió casi veinte años sin festejar. El fútbol también le regaló hinchas. Su apoyo más grande fue el de Raí. El talentoso ex jugador de San Pablo y hermano del Sócrates corinthiano hizo el gesto de la L en la ceremonia de premiación del Balón de Oro. Bebeto, delantero de Brasil del 94, salió a manifestarse para pedir la salida de Bolsonaro. Juninho Pernambucano, mítico mediocampista, declaró: “Me pongo enfermo cuando veo futbolistas apoyando al fascismo”. El mediocampista agitó en una publicación: “Faltan 13 días para la elección: 13”, alusión al número de lista del PT. Algunos paños fríos acabó poniendo Richarlison: “Hoy la camiseta está usada para el lado político y eso nos hace perder identidad”. La misma mesura parte desde Tite. En 2018, en la previa del Mundial, aclaró: “Si somos campeones, yo no le llevaré la copa a nadie”.

La Copa de 2014 puso a Brasil en el epicentro del planeta. Felipao Scolari, entrenador de Paranaense en la final de hoy, era el entrenador de la Selección. La presión sobre su figura asfixiaba tanto que olvidaba su logro de técnico campeón del Mundial 2002. Dilma Rousseff, la presidenta, debió responder en conferencia de prensa si apoyaba al conductor y dio el ok. La distancia de la dirigente con el fútbol era alta. La CBF -la AFA brasileña- carecía de diálogo en esa época, circunstancia que Bolsonaro aprovechó a la perfección para reconstruir puentes y sumar apoyo. Aquel torneo complicó la imagen internacional de la líder del PT. Cada vez que aparecía en un estadio, se la chiflaba. Culminó alejándose de las canchas. Ante cada partido, una marcha latía por las calles a la vista de la prensa internacional. De la tierra de la que podían salir flores se parió barro y el 7 a 1 mandó todo al carajo.

En Brasil, la elección late por todos los escenarios. La música, la religión, el cine y la pelota. Si los deportistas que manejaron la escena -desde Federer hasta Messi- pasaron décadas sin pronunciarse sobre las grandes disputas de la sociedad, acá se rompió el cerco del compromiso. Con la camiseta que sea, todos ponen los pies sobre la fuente. La pregunta no es la votación sino el resultado. No es lo mismo llamar a votar que convocar a desconocer los números. Si Bolsonaro anda acusando al Tribunal Supremo desde el calentamiento, la historia se puede poner picante. No vaya a ser que la semana que viene haya que ponerse los guantes para atajar el peloteo de superestrellas anunciando el final de la democracia.

Fuente: Cenital / Original aquí.

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