El confinamiento y la literatura

BIENAL VARGAS LLOSA: No se acostumbren a la muerte de los otros, porque entonces pierdes la guerra…

Anoche tuvo lugar una mesa muy divertida y sinceramente algo que esperábamos: que los escritores se sacaran esa cosa tan de intelectual para los medios que tienen y se abrieran como si fueran una rosa, para contar lo triste y desolados que se han sentido en este confinamiento.

Ciudad de México, 25 de septiembre (MaremotoM).- En la Bienal Vargas Llosa nadie sabe cómo saludarse. Con cubrebocas o sin. Con barbijo o sin. Anoche, la encargada de programación de la Feria Internacional de Guadalajara hizo un cóctel. “Vamos poquitos”, fue la invitación casi en secreto de Laura Niembro, porque la noche anterior Rosa Beltrán y algunas otras escritoras mexicanas habían considerado una reunión de la noche un poco “temeraria”. Por un lado los españoles, que no llevan barbijo; los argentinos que han tardado en venir por eso de “la cuarentena” y que los aviones dicen una cosa y al minuto dicen otra y los mexicanos, los anfitriones, en una de sus primeras salidas a “esas tonterías que hablamos los escritores cuando nos encontramos, pero qué bien que nos hacen” -Rosa Beltrán dixit- sin saber usar el cubrebocas o no, de acuerdo al encuentro.

Lo cierto es que mientras el jurado delibera, entre zooms y la defensa de sus posiciones, con una Presidenta Leila Guerriero que tiene que escuchar a todos los miembros, las mesas transcurren en esta Cuarta Bienal Vargas Llosa, con un titular muy hidalgo, que a pesar de que usa bastón y que ya tiene 85 años, se mantiene firme en su voz y en sus convicciones y sin duda muy satisfecho de recibir los halagos de sus pares.

Gabriela Cabezón Cámara
Gabriela Cabezón Cámara, muy divertida y amena. Foto: Cortesía

Anoche tuvo lugar una mesa muy divertida y sinceramente algo que esperábamos: que los escritores se sacaran esa cosa tan de intelectual para los medios que tienen y se abrieran como si fueran una rosa, para contar lo triste y desolados que se han sentido en este confinamiento.

La mesa, coordinada por una divertida y nerviosa Ana García Bergua (esa escritora que de tan amable no puedes creer que luego escriba sobre situaciones horrorosas en sus maravillosos libros), que comenzó confundiendo a los dos “rivales” Juan Gabriel Vázquez, que lo presentó como peruano y a Santiago Roncagliolo, un colombiano moderno. Los dos tienen la misma edad, son un poco “pintones” en la literatura (un sitio donde no hay muy buenos mozos, hay que decirlo) y marcha tras marcha aparecen en los mismos concursos, ferias internacionales y los “hay festivals” de todo el mundo.

En el medio, una divertida, dulcísima, Gabriela Cabezón Cámara, la autora de Las aventuras de la China Iron y de La virgen cabeza, entre otras, que funcionó como una verdadera secretaria de turismo de la Argentina, hablando maravillas del paisaje de la zona Delta, del río Paraná y del poeta entrerriano Juanele. “Todos de una belleza loca”, dijo.

El día estaba siendo muy triste. Las lágrimas asomaban todo el tiempo por el reciente e inesperado fallecimiento del poeta tapatío Ángel Ortuño, las grabadoras estaban abiertas, el aire del coronavirus parecía amilanarse frente a tanta parsimonia. Los cuatro apuntados a la mesa iban a hablar del Confinamiento y la literatura. 

Santiago Roncagliolo
Santiago Roncagliolo aprendió la palabra teporocho en el confinamiento. Foto: Cortesía

Santiago Roncagliolo, como hablador involuntario, abrió la partida contando que cuando se decretó el confinamiento todo su trabajo se vino abajo y cuando estaba bastante desesperado por no poder salir de su vida lo llamaron para escribir una serie mexicana, basada en los libros de Bernardo Esquinca. “Yo acepté porque en ese momento hubiera aceptado cualquier cosa, solo para poder escribir. El nivel de realidad de un mexicano está en otra dimensión que el nuestro”, apuntó.

Contó como una fantasía a esos pederastas que torturan a una periodista, algo que por supuesto aquí ocurrió realmente con Lydia Cacho y el “gober precioso”. Escribiendo en chilango, el peruano descubrió “teporocho” y el sentido de la realidad mexicana lo contagió. “México se convirtió en ese terreno donde comenzamos a transformarnos”.

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“No mames, güey, qué chingón” era mi lengua en esos tiempos. “Uno cuando habla se mimetiza un poco en ellos y comienza a ser ellos”, explicó el escritor de la reciente Y líbranos del mal.

“Un equipo de guionistas es como una democracia latinoamericana, pero a diferencia de esta, tiene que funcionar”, expresó.

Escuchado con mucha atención por su compañeros, le tocó el turno a Gabriela, quien contó que ella decidió irse a vivir a una pequeña casita que tiene en una zona rural de Argentina. Se dijo que era genial porque iba a terminar una novela. “Hay algo del confinamiento no voluntario que nos parte el cerebro. Tengo la cabeza quebrada en pedacitos y le costaba a cada pedacito hacer contacto con el otro”, contó con gran honestidad la escritora.

Tuvo coronavirus en Colombia, luego de viajar a Portugal. Foto: Cortesía

“En mi país sucedió que hay un lugar muy hermoso que se llama Delta del Paraná. Es un acuífero  magnífico, es un lugar donde ser feliz es muy fácil. Hay un poema de Juanele donde dice en un verso “no supe a quién agradecer tanta gracia”. Lo cierto es que el lugar fue prendido fuego. La cosa se ponía más opresiva y espeluznante. Lo que hace interesante a la literatura es que es muchísimo más que el individuo que la está escribiendo. Es mucho más interesante leer un libro de alguien, que charlar con esa persona. Pasa algo que es mucho más grande que el autor, que es mucho más libre. ¿Qué es lo que pasa con este momento creativo que te da tanta libertad? ¡Te da libertad de vos misma!”, dijo Gabriela.

“Hay algo en lo que escribimos durante el confinamiento que es individual, pero es también colectivo. La pandemia me ahorcó un final de novela y que recién ahora que estamos saliendo de la pandemia y yo aprendí a decir que no se está liberando”, agregó.

El escritor ya no es una antena o un catalizador de todas las cosas que aparecen en la obra, preguntó Ana García Bergua, autora de la novela que ganó el Premio Sor Juana, La bomba de San José.

Ana garcía Bergua
Ana García Bergua, la moderadora de la charla. Foto: Cortesía

Juan Gabriel Vázquez, finalista de la Bienal con su obra Volver la vista atrás, estuvo de acuerdo al decir que su novela “es fruto del confinamiento, de la pandemia”. “Yo llegué a Colombia con 20 páginas escritas de esa novela que tenía pensado escribir hace 7 años. Cuando regresé, luego de un viaje a Portugal, volví contagiado del coronavirus. Para mí fue un momento de profunda incertidumbre. No sé qué mecanismo mental hizo que en ese momento de caos personal, pero comencé a ordenar una vida ajena que me ayudó a organizar el desorden de mi propia vida”, explicó.

“Luego está el hecho curioso de que la novela hablaba sobre confinamientos mentales, la relación que tenemos con la ideología, que yo veía de manera metafórica en la relación que teníamos con el virus. Esto es una guerra, decía por entonces el presidente francés Macron. Hablar del virus con las palabras y con el léxico de una guerra que empezamos a aceptar los muertos, lo que nos deshumaniza”, agregó.

“No se acostumbres a la muerte de los otros, porque entonces pierdes la guerra”, parafraseó a Albert Camus, en su libro La peste.

Frente a lo cual, el debate lo planteó Gabriela Cabezón Cámara, diciendo que estaba precisamente en México, donde la sangre no para, que somos latinoamericanos, que la muerte está por todos lados y que “nadie va a pensar en los 7 millones que se mueren por la polución”.

El debate siguió por unos cuantos minutos más, convirtiéndose en una charla muy animada para el público, en el Conjunto Santander de Artes Escénicas, donde hay entre otras cosas una Cineteca, una gran Biblioteca y una sala de Espectáculos que lleva el nombre de Plácido Domingo.

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