Salvador Elizondo

Nostalgia, escritura y transgresión: Elsinore. Un cuaderno, de Salvador Elizondo

Este inicio y este desenlace resumen su proceso creativo: a partir de una percepción solipsista y nebulosa —soñar que se escribe— el viejo autor de Farabeuf se propuso condensar las imágenes de su nostalgia —la California de la posguerra, tan cinematográfica, repleta de vida, música, mujeres glamorosas y vampiros de Hollywood—.

Ciudad de México, 14 de agosto (MaremotoM).- Celebro de inicio que Ediciones Era haya reeditado Elsinore, de Salvador Elizondo. Un “librito” (como lo llamaba su autor) inusual e irreverente que ha sido poco aprovechado por el público y por la crítica literaria.

Un libro, que, además, me ha enseñado mucho. Varias veces he sostenido, quizás a la ligera, que Elizondo fue mi maestro, aunque en sentido literal sólo fui su alumno por una semana, en noviembre de 2001, cuando él impartió en Coyoacán un seminario memorable por el franco humor del ponente y por la amable erudición con que nos compartió sus lecturas predilectas. Entonces yo empezaba a escribir mi tesis de doctorado sobre su “poética de la transgresión”, y tenía muchas preguntas qué hacerle. Pero su humor me intimidó y preferí callar, asombrado por sus digresiones verbales, una habilidad que constituye la primera virtud de Elsinore: su oralidad, su don para hacerse oír a través de los mudos signos impresos.

Publicada en 1988, Elsinore fue su última novela. Para cualquier persona que la lea por primera vez, le resultará difícil creer que fue escrita por el autor de Farabeuf, su opera prima, laureada en 1965 con el premio Villaurrutia. Frente a la grave y quirúrgica violencia de Farabeuf —una novela emblemática de la “Generación de Medio Siglo”—, la leve y alevosa picardía de Elsinore sorprende por su ligereza, su jovial y simulada simplicidad. Sin embargo, para el lector experimentado de Elizondo serán más significativas sus afinidades: por un lado, la certidumbre de que el mundo solamente existe en tanto es percibido, lo cual otorga un carácter de “realidad” a las imágenes soñadas y, por el otro, el uso de la “invocación” como recurso poético para volver real lo ausente.

Ciertamente, Salvador Elizondo tenía en alta estima a Elsinore. Así lo hizo saber en la feria del libro de Frankfurt de 1995, a donde asistió junto con José Agustín, Fernando del Paso, Sergio Pitol y otros narradores mexicanos. Fastidiado de que le preguntaran sobre sus viejos libros, Elizondo desvió la atención hacia su novela más reciente y su relación con el problema del lenguaje en México:

“Yo hace como dos o tres años escribí otro librito, una novela pequeña que se llama Elsinore. Elsinore (…) es el nombre de un pequeño pueblo de California, donde yo fui a la escuela militar, cosa que era común en el orden de la educación en México, que se mandaba a los jóvenes a estudiar a los Estados Unidos para que aprendieran inglés (…) Entonces, en California, donde estaba ese pueblo, Elsinore, y donde yo iba a la escuela en tiempos de la guerra, una escuela militar, había muchas lenguas que se mezclaban: había el inglés, había lo que entonces se llamaba “el pocho”, que es el español que hablan los mexicanos radicados en Los Ángeles, el habla además militar o cuartelaria, muy en boga en ese momento por la guerra (…) Entonces yo traté de construir un pequeño libro narrando mis aventuras en esa escuela, en el que no uso ya el español “legal”, digamos, sino que me valgo de todas esas lenguas que se hablan, inclusive mezclándolas, como lo hacían por ejemplo los pochos, o los braseros que aprendían unas cuantas palabras de inglés. Entonces yo traté en ese librito de poner todo lo que pasa en inglés, en inglés, y todo lo que pasa en español, en español, utilizando también las mezclas del pocho y de modificaciones que se introducían normalmente por el uso de una lengua extranjera. Ese considero yo que ha sido mi mejor libro”.

Elsinore, según su propio autor, tiene una intención casi “metalingüística”: crear un nuevo lenguaje —un spanglish muy personal— a partir de la mezcla de distintas hablas, cultas y coloquiales, no para evocar sus aventuras juveniles, sino para invocarlas: para hacerlas reales sobre la página. De ese modo inventa un español “infractor” para narrarnos las travesuras de un joven mexicano que es internado en una escuela militar, regida por leyes muy estrictas que el protagonista se dedicará sin remordimientos a infringir: fuma a escondidas sin permiso, revende whisky a los trabajadores de la escuela, presta dinero a sus compañeros con avarientos intereses, o bien les alquila su edición de Psychopathia Sexualis, el inquietante tratado del psiquiatra Richard Krafft-Ebing. Esta vocación infractora, precisamente, lo empujará a desafiar una venerada tradición de Elsinore: la invicta seguridad de sus instalaciones, de las cuales “nunca, desde que se había fundado en 1930, ningún cadete había conseguido escapar”.

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Elsinore
Elsinore, la presentación. Foto: Cortesía

Elsinore contiene, como se ve, los ingredientes necesarios para convertirse en una Bildungsroman, al estilo de Retrato del artista adolescente de Joyce o Las desventuras del joven Törless, de Robert Musil, pero sin el drama ni la seriedad que caracteriza a estas obras canónicas. Por su energía dionisíaca, la noveleta de Elizondo tiene más afinidades con De perfil de José Agustín o con El guardián en el centeno de Salinger —como bien lo ha señalado Adolfo Castañón. Al igual que Holden Caufield, el protagonista de Elsinore abandona sus compromisos escolares para emprender una vigorosa travesía por el lado nocturno de la vida urbana, dispuesto a dilapidar en las calles su exceso de energía vital. Son inolvidables las descripciones de la vida nocturna, las funciones de cine para adultos, o el espectáculo de Luscious Laverne, esa vieja regordeta y de bellos ojos, que finge un falso strip-tease en un siniestro y lastimoso teatro.

Más allá de esas afinidades, Elsinore es única porque considera la actividad onírica como metáfora de la vida y de la escritura: como proceso mental que asimila la experiencia no para reflejarla, sino para transformarla creativamente. “Estoy soñando que escribo este relato”, confiesa el narrador desde la primera línea, como si así nos preparara para una puesta en abismo, una muñeca rusa narrativa: el sueño dentro del sueño dentro del sueño, como ocurre con la escena más sensual del libro: la que comienza cuando Salvador dormita en el interior de un autobús y sueña que visita a Mrs Simpson, su maestra de danza. Ella lo recibe en su domicilio casi desnuda, vestida en paños ínfimos, y con toda naturalidad le solicita a Salvador que le ponga crema en la espalda:

En silencio, como quién se dispone a realizar un rito tribal, hundí al mano en el tarro de Max Factor y comencé a acariciar ese cuerpo que como un inmenso mar de oro contenía las islas de turquesa de su mirada. Se reclinó sobre el couch en una postura que años después supe que se llamaba la del hermafrodita de Villa Borghese. En esa posición comencé a untarle la crema de Max Factor en la espalda. A manos llenas. Nunca había visto, tocado, aspirado un efluvio cosmético-paradisiaco tan sublimado, tan abismal, tan divinamente de mi gusto (…) Como por error se me pasó la mano debajo del calzoncito minúsculo y sin quitarla del Paraíso donde la había puesto le dije que había venido a decirle que la amaba y que quería casarme con ella.

Podrán los lectores poner en duda la “veracidad” de esta escena picante, pues incluso en su Autobiografía precoz Elizondo confesó que le interesaba más suscitar un efecto literario que transcribir confesiones personales. Si pensamos que la escena es un sueño dentro de otro, su verosimilitud psicológica se fundamenta en su irrefutable irrealidad. Elsinore no es sino un sueño metamorfoseado en cuaderno: un objeto material que puede ser guardado, leído, subrayado o releído. En ese sentido, el comienzo y el final de Elsinore son claves: si al principio afirmó que soñaba que escribía este relato, concluye al final con un enunciado tan lacónico como sibilino: «Era yo muy feliz entonces. Ahora me parece un sueño agotado, igual que la memoria, la escritura, la inspiración, la tinta y el cuaderno».

Este inicio y este desenlace resumen su proceso creativo: a partir de una percepción solipsista y nebulosa —soñar que se escribe— el viejo autor de Farabeuf se propuso condensar las imágenes de su nostalgia —la California de la posguerra, tan cinematográfica, repleta de vida, música, mujeres glamorosas y vampiros de Hollywood—, hasta cometer un crimen venial pero perfecto: gracias al habla “ilegal” que inventó a propósito, Elizondo pudo rejuvenecer para que los lectores nos convirtamos en felices cómplices de sus diabluras y sus ensueños.

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