Hospital Juárez del Centro

Notas etnográficas el Hospital Juárez del Centro o cómo la espera es un deporte de alto rendimiento

Ciudad de México, 16 de mayo (MaremotoM).- Esperar una consulta en el hospital público es un deporte de alto rendimiento. No es novedad que aunque te citen temprano, puede pasar al menos dos horas para que por fin te atiendan.

Preví aquel numerito de larga espera en un asiento que termina por aplanarte las nalgas, así que me llevé unos libros para evitarme escuchar conversaciones ajenas o esquivar miradas involuntarias. Apenas me acomodo, noto que un señor habla en voz alta, da una plática sobre alcoholismo, pongo atención a cómo lo cuenta y pienso que podría ser un ‘estandopero’, pero tiene más dotes de vendedor de pócimas y bálsamos en un mercado público. Nadie lo ve directamente, todos están en lo suyo, sentados rígidamente en los asientos metálicos.

Un enfermero, un poco más obseso que yo, me avisa que me tomará los signos vitales: presión arterial, la frecuencia cardiaca y respiratoria. Al fondo de la sala de espera se escucha aún la voz del señor del grupo doble A: “si tienes fe, aférrate a ella porque ya no tienes alcohol, ni droga” dice con una voz fuerte.

El enfermero me confiesa que estuvo en un Doble A. No sé por qué me lo dice. Guardo silencio y agrega: “pero mi madrecita me hizo ver y salir, porque de chico yo tomaba mucho”. Le veo discretamente, debe rondar sus cincuenta años. Los cincuentones en la literatura de Goethe y Henry James son deprimentes, aunque Alfonso Quijano lindaba los cincuenta cuando se convirtió en Don Quijote, recuerdo que escribe Fernando Iwasaki en su libro “El laberinto de los cincuenta’, libro que comencé ayer mientras iba rumbo a casa de mi papá.

Observo que en el consultorio donde me toman los signos, hay un cártel de Promoción de la Salud sobre tabaquismo, me pregunto por qué no está en los pasillos donde más personas `podrían’ leerlo. -Te tocan las alitas- le dice una colega al enfermero ex alcohólico, quien me indica que espere mi turno, él se queda platicando con otras enfermeras. ¿Eso será la ‘cotorreada de la oficina’? a la que se refiere una canción grupera. En la sala el señor del doble A continua su perorata que a estas alturas ya toma un forma de sermón.
Me siento cerca de la puerta del consultorio de la dermatóloga Boeta, por algún momento pensé que podría ser pariente del intérprete principal de la serie de Luis Miguel, ¡coño Mickey le falta una n para ser pariente de Diego! Con dificultad me sumerjo en la lectura de un artículo de Arturo Warman, que viene en un canónico libro llamado “De eso que llaman antropología mexicana”. Ya pasaron cerca de dos horas, tiempo suficiente para terminar la lectura a contra concentración.

Me llama la atención que Arturo Warman titule su recuento y critica de la antropología mexicana como “Todos los santos, todos los difuntos”‚ en alusión a dos fechas festivas de crucial importancia cultural para México. No obstante, ni se nombra a todos los que construyeron la antropología mexicana, en algunos casos se les alude cifradamente y tampoco se nombra a los entonces incipientes antropólogos modernos. Warman deja en este texto un ofrenda que recuerda sus contribuciones, pero principalmente una crítica voraz a la antropología que sirvió al poder, que busco el integracionismo, la asimilación, el blanqueamiento y el desdibujamiento de los pueblos indígenas.

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Veo entrar y salir pacientes y mi turno no llega. Tomo otro libro, el de Fernando Iwasaki. Me sumerjo entre antojables recomendaciones literarias y anécdotas de escritores y revelaciones personales del autor. Que si Nabokov escribió “Curso de literatura europea”, cuando era un don nadie, y que es un libro escrito con profunda pasión destinado a fomentar el placer de leer. Que a Borges no le enorgullecía los libros que había escrito, sino los que había leído; que el autor de “El Aleph” enfureció cuando Verónica Ocampo le pidió que su pusiera una peluca parecida a la melena de John Lennon. Por fin, el enfermero ex doble A me llama.

Entro al consultorio de la Dra. Boeta, quien absorta en la lectura no me devuelve el saludo. Espero a que levante si mirada de mi expediente clínico. Me pide de nuevo mi edad, pregunta si tengo seguro social. La noto tensa, debo ser su paciente número 25. Anota los datos en una vieja Olivetti. Me revisa la cara, para lo cual ordena que me quite los lentes; y no advierte mejoría en mi tratamiento. Lo veo a usted muy mal, a mi parece que exagera y que a lo mejor mi playera no le caído nada bien. En ella se ve un estampado de Al Pacino disparando con furia una metralleta. No estoy seguro que halla visto Scarface, aunque a lo mejor si, la doctora debe rondar los cincuenta.

Escribe casi de manera autómata, el silencio apenas es interrumpido por el eco de los golpes metálicos en la máquina de escribir. Prescribe un nuevo tratamiento, lo lee rápidamente y con seriedad autorizada sin mirarme a los ojos. Apenas me despide, la Dra. Boeta descubre su mirada, me dirige una sonrisa larga y que me parece algo ensayada, creo que trata de subsanar la notoria tensión y hace un esfuerzo por ser gentil, aunque es claro que el cansancio se le nota a esas alturas de la consulta. Yo me voy con mi cara cortada y un nuevo tratamiento que en farmacia no debe bajar de los mil pesos, algo así como lo que hubiera costado ir a una consulta privada con una dermatóloga que si sea pariente de Diego Boneta, ¡coño Mickey!

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