Félix Nadar

NOVEDADES | Cuando era fotógrafo, de Félix Nadar

Ciudad de México, 23 de febrero (MaremotoM).- Cuando era fotógrafo, las memorias de la reconocida figura del siglo XIX Félix Tournachon Nadar, ofrece un imprescindible testimonio de los primeros años de la fotografía, que ha interesado a numerosos pensadores de la imagen, de Walter Benjamin a Rosalind Krauss.

En las catorce viñetas, verdaderas fotografías en prosa que conforman este libro, Nadar narra, entre otras, sus experimentaciones con el servicio postal aéreo durante el Sitio de París, el terror de Balzac por ser fotografiado, el impacto masivo de la imagen en un célebre caso de homicidio, su descenso a las catacumbas y cloacas de París –momento en el que por primera vez utiliza la luz artificial-, y su ascenso en globo aerostático –durante el cual realizó las primeras tomas aéreas de la historia-. Del mismo modo que en sus fotografías, el lector de Nadar hallará en sus memorias la impronta de una época extinta que aún ilumina la nuestra.

Además de una serie de ilustraciones fotográficas, esta edición incluye una introducción del renombrado especialista de la fotografía Eduardo Cadava (Universidad de Princeton) y editó CantaMares. Distribuido por Colofón.

Cuando era fotógrafo
Cuando era fotógrafo, de Félix Nadar. Foto: Cortesía

Balzac y el daguerrotipo

Entonces, no es de sorprender si al inicio [de la fotografía] la admiración misma pareció incierta y más bien permanecía inquieta, como estupefacta. Se necesitó tiempo para que el Animal universal le sacara partido y se acercara al Monstruo.

Ante el daguerrotipo, fue “de lo pequeño a lo grande”, como lo enuncia el dicho popular, y el ignorante o el iletrado no fueron los únicos en experimentar esa duda desconfiada, casi supersticiosa. Entre las más bellas mentes, más de una se contagió del síndrome del primer rechazo.

Para no citar sino una de las más elevadas mentes, Balzac se sintió incómodo ante el nuevo prodigio: no podía deshacerse de una vaga aprensión respecto a la operación daguerriana.

A toda costa en aquella época, había encontrado una explicación propia, un poco rayando en las hipótesis fantásticas al estilo de Cardan. Creo acordarme bien haberlo visto enunciar con todo detalle su teoría particular en un rincón de la inmensidad de su obra. No dispongo del tiempo para buscarla, pero mi recuerdo se precisa muy nítidamente gracias a la exposición prolija que me hizo en un encuentro y que me reiteró en otra ocasión. En efecto, parecía que era algo que lo obsesionaba, en el pequeño apartamento tapizado de violeta que ocupaba en la esquina de la calle Richelieu y del bulevar: aquel edificio, célebre como casa de juego durante la Restauración, llevaba aún en aquella época el nombre de palacete Frascati.

Así, según Balzac, cada cuerpo de la naturaleza se encuentra compuesto de series de espectros, en capas superpuestas hasta el infinito, semejantes a infinitesimales películas foliáceas, siguiendo todas las perspectivas a partir de las cuales la óptica percibe los cuerpos.

Puesto que el hombre nunca podría crear —es decir, a partir de una aparición, de lo impalpable, constituir una cosa sólida, o de la nada hacer una cosa—, entonces, al aplicársela, cada operación daguerriana tomaba de improviso, desprendía y retenía una de las capas del cuerpo presentado.

De ahí que, para dicho cuerpo, y con cada operación sucesiva, perdiera de manera evidente uno de sus espectros, es decir, una parte de su esencia constitutiva.

¿Había una pérdida absoluta, definitiva, o se trataba de una pérdida parcial que se reparaba consecutivamente en el misterio de un renacimiento más o menos instantáneo de la materia espectral? Supongo que, una vez que había comenzado, Balzac no era hombre que pudiera detenerse en el camino, y que debía avanzar hasta el final de su hipótesis. Pero este segundo punto no lo abordamos entre nosotros.

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¿El terror de Balzac ante el daguerrotipo era sincero o fingido? De haber sido sincero, al perder, Balzac no habría sino ganado, pues sus amplitudes abdominales entre otras le hubiesen permitido prodigar sus “espectros” sin contar. En todo caso, eso no le impidió posar al menos una vez para ese daguerrotipo único que tenía yo en mi posesión, después de Gavarni y Silvy, y que hoy se encuentra con M. Spoelberg de Lovenjoul.

Pretender que su terror era simulado, sería delicado, aunque no debemos olvidar, empero, que el deseo de sorprender fue durante muy largo tiempo el pecado común de nuestras mentes de élite. Tales originalidades, tan reales y de muy buena ley, parecen gozar tanto con el placer de ataviarse de manera paradójica ante nosotros que debimos encontrar una denominación a tal enfermedad del cerebro o, “la pose” que los románticos afectados, tuberculosos, de aire falta, transmitieron perfectamente intacta, primero bajo la apariencia ingenua y brutal de los real naturalistas, después hasta la presente rigidez, el porte asustado y como cerrado a triple vuelta de nuestros decantes actuales, singularísimos y egocéntricos.

Como fuese, Balzac no tuvo que ir muy lejos para encontrar dos fieles de su nueva doctrina. Entre sus más allegados, Gozlan, desde su prudencia, se apartó enseguida; pero el buen Théolphile Gautier y el no menos excelente Gérard de Nerval siguieron de inmediato a los Espectros.

Toda tesis fuera de las verosimilitudes no podía sino placerle al “impecable” Théo, al poeta delicado y encantador, que se mecía en su vaga somnolencia oriental: La imagen del hombre se proscribe por cierto en los países del sol naciente. En cuanto al dulce Gérard, montado par siempre en la Quimera, lo habían atrapado por adelantado: para el iniciado de ISIS, el íntimo de la reina de Saba y de la duquesa de Longueville, todo sueño era bienvenido…

Pero mientras seguían hablando de espectros, tanto uno como otros muy despreocupadamente figuraron entre los primeros en pasar delante de nuestro objetivo.

No sabría decir cuánto tiempo el trío cabalista resistió ante la explicación completamente física del misterio daguerriano, que pronto pasó al ámbito de lo banal. Parece que con nuestro sanedrín ocurrió como con todas las cosas y que después de una primera y muy viva agitación, se terminó por dejar atrás bastante rápido. Así como llegaron, así debían partir los Espectros.

Por otra parte, nunca más fue cuestión en ningún otro encuentro ni visita de los dos amigos en mi estudio.

Gaspar-Félix Tournachon, fotógrafo francés, nació en París en 1820. Estudió medicina en Lyon.   Fue caricaturista y participó con numerosos artículos y dibujos en la prensa de la época. Escribió novelas, ensayos, sátiras y fundó las revistas La Revue ComiqueLe Petit Journal pour Rire y Paris Photographe. Su ingenio y mordacidad le hicieron obtener el sobrenombre de Nadar, que deriva de  “Tourne à dard” (dard significa aguijón). En 1841 firmó el primer artículo con dicho seudónimo. Fue alrededor de esa época cuando comenzó a interesarse por la fotografía y abrió un estudio de retrato en 1853 junto con su hermano Adrien Tournachon en la calle de Saint-Lazare.

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