Chai Editora

Nuestro catálogo es la biblioteca que querríamos tener en casa: Chai editora, los libros deseados

Chai es una editorial argentina fundada en el 2019 en San Javier, Córdoba. Se dedica al descubrimiento y a la traducción de narrativa contemporánea de todo el mundo. Buscan compartir los libros que les gustaría leer y que no están disponibles en castellano, seleccionados desde el placer y la experimentación. Nuestro catálogo es la biblioteca que querríamos tener en casa es el slogan de la empresa.

Ciudad de México, 29 de noviembre (MaremotoM).- La editorial Chai, cordobesa, argentina, ahora se presenta en México, con la distribución de Sexto Piso. Publicamos aquí un adelanto de Insomnio, de Marina Benjamín, como muestra de una empresa joven, con gran interés en la traducción y en difundir a escritores europeos, estadounidenses, que no conocemos del todo, pero que son absolutamente talentosos.

Insomnio es un relato que tras décadas de padecimiento y miles de noches en vela tratando de inventar técnicas y tácticas para convocar el sueño, la autora plantea un giro radical en el trato de su insomnio.

En estas memorias, se instala en el corazón del desvelo y lo habita para atravesar su dimensión de patología y de falta. Mientras recorre la penumbra de habitaciones silenciosas, sus pensamientos repasan las camas en las que no durmió, las pruebas neurólogicas, las hierbas, los gurúes y los especialistas, la desesperación, la angustia, las lecturas de Proust, Lacan, Oliver Sacks… En esa errancia y acompañada de Sherezade, Penélope y Virginia Woolf, Benjamin logra encontrarse con un estado de deseo, como si el insomnio también pudiera ser un acto de resistencia.

Chai es una editorial argentina fundada en el 2019 en San Javier, Córdoba. Se dedica al descubrimiento y a la traducción de narrativa contemporánea de todo el mundo. Buscan compartir los libros que les gustaría leer y que no están disponibles en castellano, seleccionados desde el placer y la experimentación. Nuestro catálogo es la biblioteca que querríamos tener en casa es el slogan de la empresa.

Chai Editora
Tiempo sin lluvia, de Cynan Jones. Foto: Cortesía

Otro de los libros es Tiempo sin lluvia, del galés Cynan Jones y de este libro y de otras cosas hablamos con uno de sus editores, Santiago de la Rosa.

–¿Qué es Chai?

–Chai es una editorial fundada en 2019, tiene libros de la máxima calidad posible, tratamos de cuidar mucho la traducción. Sentíamos como lectores que faltaba una editorial de traducción contemporánea. Pensábamos también que había una serie de traducciones excelentes con los que nos gustaba trabajar. Córdoba tiene una tradición editorial muy importante, Caballo negro, Nudistas, pero centradas en lo que se escribe en Córdoba.

–Siempre cuento el caso de Mircea Cartarescu, que ha encontrado a una traductora genial…¿Qué sentido tiene para ti un traductor y cómo lo eliges?

–El traductor es alguien fundamental y por eso lo ponemos en nuestras portadas. Cynan Jones pasó algo de eso que cuentas con Cartarescu. Por eso apostamos a retraducir su obra. Solemos elegir a escritores que también son traductores.

Chai Editora
El traductor es alguien fundamental y por eso lo ponemos en nuestras portadas. Foto: Cortesía

–Un pájaro cantaba como un niño que hablara solo…son frases geniales

–Es una novela rural, que tienen esas imágenes, con una poesía que se parece a Ted Hughes…Esther Cross tiene una serie de novelas rurales y nos pareció que ella podía traducir a Jones. Es una novela sobre un día de campo de Gales y es al mismo tiempo universal. Es lo que tratamos de tener en nuestros libros. Si es pertinente para nuestros lectores.

–También retrata al neoliberalismo sobre el campo

–Sí, más allá de la potencia de la naturaleza, está la gran fuerza de la dinámica económica. Es una novela que salió en pandemia y tanto en Chile como en Argentina le ha ido muy bien. También se puede leer sin ser consciente de todos los elementos.

–¿Qué pasa con Insomnio, de Marina Benjamin?

–Cuando fundamos la editorial una de las cosas que pensábamos era publicar libros para los lectores de hoy. Me parece que Insomnio tuvo otra cercanía con el lector, Marina Benjamin hace un libro excepcional que es tomarle el ritmo al insomnio. Es una autora que sufrió insomnio toda su vida. Ella lo explora con una frase poética muy precioso y un montón de escenas de la vida privada que nos sentimos acompañadas. Ella asocia el insomnio y al deseo.

Insomnio, de Marina Benjamin, con traducción de Florencia Parodi (Chai Editora)

Para Zzz, un durmiente, y Charlie, intrépido cruzador de fronteras.

¿Quién duerme por las noches? Nadie.

El niño grita en la cuna, el anciano sentado junto a su muerte, y el joven habla con su amada, le respira en la boca, la mira a los ojos. Marina Tsvietáieva, “Insomnio”.

A veces escuchas un zumbido. O una corriente espectral de aire te para los pelos de la nuca y te enfría la piel; o algo sube liviano como una pluma por la cara interna de tu antebrazo. Un sacudón repentino, tal vez solo un parpadeo, después una sensación de caer hacia arriba y ahí está. Y ahí estás tú también.

Si insistimos en definir algo en los términos de aquello que anula, ¿cómo podremos reconocer la esencia de lo que se ha perdido cuando finalmente aparezca? ¿Y cómo darnos cuenta de si ganamos algo con su presencia? Este es el problema con el insomnio.

De noche, cuando me desvelo, el mundo cobra otra tonalidad. Es más silencioso y más cercano. Empiezo a prestar atención a las texturas de las sombras. Percibo la oscuridad que se va espesando y cuelga como un paño de terciopelo sobre la noche profunda, y el tinte negro-verdoso que se observa cuando la humedad carga la atmósfera con estática. Después, la penumbra cede gentilmente anunciando el amanecer, y no se siente tanto como una insinuación de la luz, sino más como una indefinición en los bordes de la percepción. Parece como si un óptico te hubiese colocado un lente difuso sobre los ojos y luego te examinara preguntándote sobre las figuras borrosas que bailan en tu visión periférica. En mis desvelos, he llegado a comprender que hay una taxonomía de la oscuridad por descubrir, y con ella un vocabulario nocturno que podemos aprender.

En la dimensión de terciopelo de mi vida insomne soy un fantasma de pies pesados que se mueve de una habitación a otra, plomizo, fatigado, presente pero a la vez ausente. Leo durante una hora, me hago una taza de té y me quedo sentada al lado del perro. Nos miramos el uno al otro con grandes ojos vacunos y me maravillo ante esa facilidad animal para dormir. Acurrucado al lado mío en el sofá, se apaga en cuestión de minutos y queda con las piernas extendidas, como una gaita, mientras su pequeño cuerpo tibio se eleva y se hunde. Ante el más mínimo movimiento se despierta pero sin alarmarse, simplemente me dirige esos ojos marrones húmedos queriendo saber si el mundo permanece inalterado.

En noches como esas dejo un rastro para que sea descubierto al día siguiente: mis lentes para leer volteados sobre la mesa ratona, tirados ahí sin cuidado como un par de zapatos de fiesta, un libro abierto boca abajo sobre una silla, migas en la mesada de la cocina. Consumida por el cansancio, me quedo parada en la luz polvorienta del living apretándome la bata contra el cuerpo, tratando de descifrar las pistas para reconstruir los eventos de la noche anterior, pero mi mente sigue en blanco. La mise-en-scène de las estrellas matutinas se parece a la escena de un crimen. Lo único que falta es el contorno de una figura dibujado en el piso: el cuerpo ausente, despierto cuando debería estar dormido.

También hay noches claras, iluminadas por la luna, noches espeluznantes en que todo parece agudizado y me despierto de golpe con la conciencia inquieta y la mente acelerada. Presa de una manía enervante, bajo haciendo crujir las escaleras y prendo la computadora para buscar malas noticias de lugares donde reina la luz del día: la explosión de una bomba, una masacre humana, inundaciones, incendios, ataques terroristas. Desastres habituales. Me agito y me desespero, exaltada de emoción ante noticias lejanas. Me dejo retener por la noche porque estoy convencida de que el misterio secreto de nuestra existencia podría estar en sus entrañas. Busco una revelación, algún dato valioso para llevar conmigo cuando cruce la frontera entre la noche y el día.

Pero dónde buscar ese tesoro escondido en esta calesita en marcha: un recuerdo fugaz de mi hija haciendo hula hula con un aro, Earth, Wind & Fire cantando “Ah-li-ah-li-ah”, un presentimiento de abandono: ¿soy o no soy amada?

Chai Editora
Insomnio, de Marina Benjamin. Foto: Cortesía

Insomnio (sustantivo): imposibilidad habitual o incapacidad para dormir. Proviene del latín insomnium, que significa ‘sin dormir’. El lamento del insomne era conocido por Artemidoro de Daldis, uno de los más antiguos intérpretes de sueños de Occidente. En su tratado del siglo II, Oneiro- critica, Artemidoro distinguió los sueños que surgen de la experiencia de vida del soñador o la soñadora y se conjuran mediante símbolos extraídos de la materia prima de sus deseos, de aquellos sueños proféticos u oneiroi, dones que nos son enviados. Pero los griegos tenían otro término para designar la falta de sueño: agrypnotic, de agrupos, que significa ‘desvelado’ y que a su vez deriva de agrein, ‘perseguir’, y de hypnos, ‘sueño’. El insomnio, por lo tanto, no es solo un estado de falta de sueño, un asunto de negaciones. Implica la búsqueda activa del sueño. Es un estado de anhelo.

¿Qué anhelo? Me hago esta pregunta a la hora de las brujas porque de día es imposible formularla. En determinados momentos turbulentos, el anhelo es tan inmenso y hondo y contundente que se devora el mundo. Desafía la comprensión, simplemente es. Y yo soy un agujero negro, vacío de sustancia, codicioso y deseante. Estar sin dormir es desear y ser descubierto deseando.

En cualquier caso, en general anhelo que el benevolente Hypnos, el más soñador de los dioses griegos, se abalance sobre mí desparramando amapolas carmesí y me drogue hasta dejarme sumergida en un dulce sueño entumecido.

Hypnos me recuerda que la concesión del sueño viene de lo alto. Es literalmente un regalo de los dioses.

Cuando no te puedes dormir te enamoras del sueño, porque el deseo (gracias, Lacan) nace de la falta. Tal vez en este caso existe una relación inversamente proporcional entre el grado de carencia y el correspondiente grado de amor. Me pregunto cuánto amo dormir. ¿Y puedo ser correspon- dida en ese amor? Rumi, el poeta islámico medieval, aparentemente creía que la relación era recíproca. En “Leche milenaria” escribió: “por la noche todo ser humano fluye hacia ese amoroso sitio en ningún lado”. Me resulta reconfortante que podamos trasladarnos de noche más allá de las paredes de nuestro dormitorio en forma de datos o de un líquido cristalino, como si mientras nuestros cuerpos reposan, nuestros avatares fluyeran y se unieran a otros que van apareciendo continuamente. Me tranquiliza que ningún lado pueda ser un lugar amable. Sin embargo, cuando me paso de revoluciones durante las horas nocturnas, Ningún Lado no me parece particularmente amable.

Últimamente mi prime time es las 4.15 a. m. Un momento de transición, ni de noche ni de día. A las 4.15 los pájaros cantan, los zorros aúllan y, a veces, cuando los horarios rotativos de aterrizaje y despegue del Aeropuerto de Heathrow se estrellan con mi insomnio, los aviones retumban sobre el techo. A esa hora la naturaleza de la oscuridad no es tan pura como antes, se vuelve porosa en los contornos. Acostada, me agito y me revuelco como un besugo en la red, ansiosa por la forma en que la oscuridad parece estar rindiéndose a la idea de retirarse (no quiero que se retire, quiero que dure para poder dormir). Incapaz de permanecer en la misma posición por más de un par de latidos, pruebo todas: la plancha, posición fetal, panza abajo como si hubiera aterrizado en caída libre sobre el colchón. Cada una de estas posiciones es artificial en la medida en que se corresponde con la idea que tengo acerca del aspecto de la relajación. Algunas noches trato de lograrla con todo el extraño repertorio de la autoayuda. Respiro profundo   y despacio como un yogui, presionando con un puño el chakra ubicado debajo de las costillas. Intento aquietar mi pulso galopante, activado por preocupaciones que me gustaría poder extinguir con solo pensar en agua, montañas u ovejas esponjosas. Me digo soy pesada, pesada, pesada. Tanto persigo el sueño que termino vigorizada por la cacería.

Paso por todo esto siempre consciente de la figura que duerme al lado mío, un bulto quieto debajo de la manta, amontonado como una formación rocosa bajo el cielo. Espío esa masa con apariencia de sombra que está del otro lado de la cama, mi roca, mi refugio, esforzándome por detectar cualquier indicio de movimiento en la oscuridad. Llamemos a esta figura durmiente Zzz. Quiero evitar despertarlo porque sé que está agotado al punto del abatimiento, igual que yo. También sé que, si mis movimientos lo despiertan, va a gruñir y se va a mover, y a veces sin querer me da un golpe, como un gran gato metido en su guarida dando zarpazos hacia afuera. Alrededor de Zzz hay un campo de fuerza cargado de sueño, y ay de mí si lo perturbo.

Zzz y yo tenemos un historial de camas en las que hemos dormido juntos. Camas de hotel con sábanas sedosas y demasiados almohadones, camas tan viejas que terminábamos rodando hacia el medio, camas deshilachadas con los resortes rotos en departamentos que alquilábamos por poca plata, donde hacíamos pochoclo y veíamos películas de terror a través de una reja de dedos. En nuestro historial de camas en común hubo camas majestuosas y camas convenientes. Camas que brotaban de sofás, provistas por parientes felices de alojarnos durante nuestras visitas desde lejos, y camas gemelas (de parientes sin alternativas plegables) que creaban un abismo austero y prohibitivo entre nosotros y nos daban ataques de risa. Hubo colchones de la más avanzada tecnología que compramos y nos arrepentimos de comprar (especialmente esos tipo ortopédicos que en algún momento se creyó que eran mejores para la espalda pero ahora me parece que solo deberían estar en las cárceles), y camas que vimos por internet y hacían que se nos cayera la baba pero eran demasiado caras: las que están hechas de “espuma con memoria”. Zzz y yo hemos compartido innumerables camas en el transcurso de los años y a lo largo de los continentes, en estados de ánimo buenos y espantosos, y continuamos comunicándonos de noche, en código y a menudo de una manera que compensa la forma en que nos relacionamos de día.

Compartir una cama con alguien es mantener activa una conversación que se desarrolla en el lenguaje del movimiento y el espacio.

Hubo momentos en que esa conversación resplandeció. Como esas semanas que pasamos en Italia, no mucho después de conocernos. Yo me había ganado una beca de escritura de seis semanas y la extendimos con unas vacaciones, viajamos en tren hacia el sur, desde Milán y Venecia, con una parada en Florencia, camino a Roma. Ni Zzz ni yo conocíamos la ciudad dorada de Italia. Todos los días vagábamos por las antiguas calles serpenteantes hasta que nos dolían los pies, entrecerrando los ojos por el sol, asimilando triunfos y locuras arquitectónicas.

Engullimos tipos de pasta de los que nunca habíamos oído hablar, con forma de estrella, de cola de chancho, de pequeños monederos, y entramos y salimos de iglesias buscando obras de arte que habíamos visto en los libros, antes de desandar el camino a la pensione para dormir nuestra siesta de todas las tardes. Empachados de arte, helado y asombro, dormíamos con los brazos y las piernas enredadas, la respiración sincronizada, las frentes en contacto, y cuando nos levantábamos teníamos sexo medio dormidos. Semejantes conversaciones resplandecientes son difíciles de sostener en el transcurso del tiempo.

No hace falta una cama para acostarse con alguien. Pero la primera vez que Zzz y yo compartimos una, tuve insomnio. Por lo menos me abstuve de pedirle que se levantara  y se fuera para que yo tuviera una chance de dormir, un pedido que ya me había hecho perder algún que otro novio en su momento. Sospecho que esto sentó un precedente.

Igual que viajar, el insomnio es una experiencia de des- arraigo. Te arrancan del sueño como a una planta de su tierra de origen, luego te sacuden para que caiga todo vestigio de somnolencia adherido y queda la confusión   al descubierto, expuesta como terminaciones nerviosas. Dormir, en cambio, es una cuestión de gravedad. Te tira hacia abajo, te asienta en el suelo, te entierra. Mientras duermes te vuelves a conectar con el sustrato que provee nutrientes y descanso reparador.

Rubin Naiman, un psicólogo del Centro de Medicina Integral de la Universidad de Arizona, nos recuerda que cuando recurrimos a ayudas para dormir, como antifaces rellenos de gel o cubrecamas pesados, estamos buscando el efecto de “envolvernos” que contrarresta los estados de excitación experimentados durante el insomnio. He nota- do que mi hija adolescente, en su propia lucha por conciliar el sueño, se apila almohadones encima de la cabeza para lograr esa anhelada sensación de gravedad. “No se trata de dormir como en una nube. Se trata de dormir como una piedra”, dice Naiman.

Te puede interesar:  Cuando el sueño del pibe terminó

El cuerpo debe estar enraizado para poder dormir bien. Creo que esta es una lección para toda la vida. Tiene que estar puesto a tierra en su correspondiente lecho de flores, o inmóvil, hundido en el fondo del río del tiempo (por- que cuando duermes el tiempo se detiene). En su poema “Durmiendo en el bosque”, Mary Oliver habla de caer en el asombroso abrazo de la tierra, que la lleva hacia sí de manera maternal mientras ella se queda dormida en el suelo musgoso, húmedo y frío del bosque, en un letargo profundo, como una piedra en el cauce del río. Hypnos estaría orgulloso de alguien capaz de dormir así, no simplemente drogado, sino comatoso.

En las garras del insomnio me vuelvo constitucionalmente inconsolable. Malhumorada. No es solo una inquietud corporal, no es solo agitarse. Tampoco una inquietud existencial (como si fueras un pez fuera del agua), por- que el insomnio es una cuestión tanto de temperatura como de movimiento. Las noches en que me consumen las llamas de mi propio generador termocelular, la piel me pica y rezuma, irradia calor en ondas, las  sábanas se humedecen. Si se prendieran de pronto las luces, me vería reluciente. Cubierta de pies a cabeza con una capa de sudor, echaría destellos rojos como una señal de advertencia.

Según la medicina antigua, muy probablemente yo sería designada como colérica. Las características básicas de este tipo de personalidad son el calor y la sequedad, y su correspondiente humor es la bilis amarilla. Las personas de temperamento colérico tienen antojos agudos. Sí. Frecuentemente tienen ataques de hambre voraz. Sí. Son delgadas y fibrosas, y tienen venas y tendones prominentes. Sí. Tienen un metabolismo acelerado y catabólico, lo que quiere decir que generan una gran cantidad de calor. Incluso su orina puede ser ardiente. Son propensas a la ira, la impaciencia, la irritabilidad, pero también valientes y audaces. Sí. Individualistas y precursoras, les gusta liderar e ir en busca de experiencias estimulantes. Sí. Sus heces tienden a ser amarillentas (por la bilis) y emanan un olor fétido. Las personas de temperamento colérico duermen particularmente mal. Sí. De noche sufren cólicos y tensión, o tienen sueños violentos que les producen sobresal- tos y las dejan en un estado de alerta febril y feroz.

Más allá de la temperatura del cuerpo, cuando estoy insomne lo que se me prende fuego es la mente. ¿Cómo se ve una mente prendida fuego? Como un piloto de Fórmula Uno rompiendo la pista. Como un resplandeciente banco de peces inquietos que nadan como dardos, con movimientos veloces y erráticos. Como una aspiradora alimentándose del tomacorriente y dando vueltas sola por el dormitorio. Con frecuencia mi insomnio se siente así: turboalimentado. Lo que me trae de regreso a la conciencia no es una idea particular que me inquieta y provoca para que me despierte, como si fuera un dedo haciéndome cosquillas. Se siente más bien como si en mi cabeza se prendieran todas las luces a la vez, la máquina entera: van y vienen mensajes, florecen dendritas, circulan emisiones eléctricas de sinapsis por todo el cerebro, y el cerebro en sí, flotando como una especie de medusa fosforescente en las profundidades, está luminoso, despierto, vivo.

En el primer volumen de En busca del tiempo perdido, Proust toma las experiencias de insomnio como musas, describe el desconcierto en el que cae como si lo hubieran abandonado, consciente pero desprevenido, en el sueño lúcido de otro. En su perplejidad, se imagina que ha estado leyendo un libro sobre su propia vida y que sus pensamientos vienen de segunda mano, impresos. Pero luego se da cuenta de que en realidad no está en un libro sino en su cama, y no puede diferenciar los recuerdos de las fantasías. Aun así, Marcel puede imaginarse un tipo de insomnio ideal (el que desea pero no consigue), que consiste en desvelarse el tiempo suficiente como para reconocer la oscuridad inmaculada que lo envuelve justo antes de quedarse serenamente dormido.

La cuestión de qué hacer con un cerebro hiperactivo empecinado en forjar ideas y asociaciones en un estado de apagón sensorial me preocupa.

Aunque sé que el cerebro humano no es una computadora, las metáforas informáticas son difíciles de evitar porque en la cabeza noctámbula se siente algo parecido a un evento electrónico. Les doy un ejemplo. Las noches que no consigo conciliar de vuelta el sueño porque el interruptor ya está prendido, empiezo a registrar una parte de orden inferior desconocida para mi cerebro, una sala de máquinas, una glándula laboriosa ocupada en ejecutar un análisis completo del sistema que lleva horas. Por suerte, el desvelo me dio una ventana inesperada para ver sus operaciones. Paciente, sistemáticamente, este algoritmo biológico se sumerge en la unidad de almacenamiento de mis archivos mentales buscando bits de código rotos —ideas que se rehúsan a establecer enlaces, fragmentos de actividad mental y cabos sueltos— y trata de integrarlos con urgencia. Después busca duplicaciones, pensamientos que se repiten una y otra vez innecesariamente. Todos esos duplicados y restos califican como basura a eliminar junto con los recuerdos semirreconstruidos, non sequiturs, especulaciones atascadas en configuraciones inútiles y conceptos enroscados que vuelven sobre sí mismos infructuosamente, sin ir a ningún lado.

Si sé que se está llevando a cabo este diagnóstico depurativo, ¿por qué nunca me despierto a la mañana siguiente sintiéndome mentalmente renovada?

La otra noche, despierta una vez más, empecé a formular una carta para una empresa de mensajería que queda en la otra punta del planeta y que falló en la entrega de un libro que me tenía que llegar mientras estaba de viaje. La empresa me había mandado un mail diciendo que el mensajero no había podido encontrar la dirección (extranjera para mí, local para él). Entonces, en plena monomanía desvelada, me imaginé redactando una carta de furia serena. Iba a preguntarles cómo podía ser que le hubiera costado tanto localizar el lugar si incluso yo, una no nativa, una simple visitante (y encima alguien con un sentido de la ubicación notablemente malo), lo había logrado. Informaría que otros servicios de envío de libros sí habían sido capaces de encontrar la dirección. Que yo me estaba quedando en una casa repleta de editores, escritores y libreros, que todos habían pedido libros, y que se acumulaban los sobres de cartón blanco en la entrada y yo me la pasaba revisándolos y preguntándome cuándo llegaría el mío. Cuanto más contundente se volvía mi caso, más detalles quería agregarle. Me pareció que la empresa de mensajería tenía que saber que ese libro era crucial para mi investigación, y difícil de conseguir usado: ¡contaba con ellos! Cuando atinaron a enviarme una señal en un último intento de comunicarse conmigo, yo ya estaba en casa hacía días. Eso sí, durante todas las horas sin dormir que me pasé trabajando esa semana que esperaba el libro, jamás se me pasó por la cabeza contactarlos.

Más tarde se me ocurrió que tal vez había una pregunta más que debía ser planteada, una más incisiva que por qué nunca llegó el libro. La pregunta es: ¿y si la conciencia despierta es incapaz de adaptarnos adecuadamente a las necesidades de nuestro inconsciente?

Últimamente estuve probando usar tapones para los oídos para no escuchar a los pájaros. Además del silencio que generan —finalmente se enmudece el carnaval que sonaba del otro lado de la ventana—, abren un mundo interno extraño con ecos misteriosos y silencios espesos. Si escucho atentamente este registro interior, puedo sintonizar el ruido sordo y embotado de mi corazón trotando en su jaula,  y a veces detecto el sonido áspero y silbante de los fluidos corporales regurgitando, o corrientes de aire arremolinándose a través de las cañerías con forma de amonites del oído interno. Quién sabe (y a quién le importa) si se trata de un engaño de los sentidos, una forma creativa que tiene el cuerpo para llenar el vacío con algo más que la nada. Sea cual sea la causa, nos permite darle un vistazo al sensorium del insomne.

Sentirse acosada por los sonidos de la noche es una experiencia rara para alguien como yo, a quien de día le cuesta oír bien y cuyo destino genético es la sordera. Los pájaros suenan como intercomunicadores balbuceantes. Las tuberías de la calefacción hacen ruidos metálicos y se atragantan. Se filtra agua y gotea en lugares impensados que no puedo identificar. Oigo roedores —o criaturas más grandes— escabullirse y rasguñar armándose casas detrás de los zócalos y en las vigas. Este reencuentro con el oír se siente como una novedad. Me pregunto si empezaré a esperar con ansias la orquesta de la noche a medida que continúe perdiendo el oído.

Mi padre, vanidoso como era, se fue quedando cada vez más sordo con los años y simplemente se rehusó a usar un audífono. Odiaba la idea de ostentar una deficiencia. De to- dos modos, su aversión a los audífonos era parte de su más general rechazo del mundo. Prefería la presión atmosférica del interior de su cabeza tanto como prefería la realidad virtual producida por su propio proyector interno, que lanzaba imágenes en toda pared blanca. Mi padre era una máquina de soñar despierto. Mi madre, ya entrada en los ochenta, está más profundamente sorda que lo que él estuvo jamás. Hace poco gastó miles de libras en un aparato que parece un alien posado sobre su oído externo, invisible salvo para el ojo más atento. Le brotan dos antenitas de la superficie plástica, como un dispositivo espía. Pero funciona mejor que ningún otro. Me impacta que mis padres hayan tenido maneras tan distintas de navegar el mundo sin sonido: él consideraba que la sordera era una ventaja, ella se entregó al murmullo de fondo y se fue perdiendo en el zumbido del paisaje sonoro hasta que aprendió a preocuparse más por el Ser que por el Sentido.

Prefiero no oír nada antes que no oír suficiente. De hecho, hay una parte mía que rápidamente le toma el gusto a este tipo particular de adormecimiento sensorial que confieren los tapones. Al desconectar los pájaros y conectar con el espacio interior, detienen el mundo para que podamos estar más atentos a la oscuridad.

A Zzz le llegó mucho antes que a mí. Es congénitamente sordo de un oído, tiene audición monoaural. Cada estruendo, chillido, risa o rugido, inclusive ruidos que —para mí— son apenas perceptibles, como una línea de bajo en una rave a dos cuadras de distancia, se concentran en un foco preciso que le perfora el tímpano como una aguja de acupuntura. Además, la audición monofónica es no direccional: en un mundo de sonido envolvente, Zzz escucha todo como un impacto de un solo lado. Cuando lo toman por sorpresa ruidos fuertes o molestos se desconcierta y se pone a la defensiva. Confunde el portazo de un auto con un intruso, una botella que se rompe en la calle con un ataque a nuestra casa. Siento pena por Zzz a la noche, cuando los ruidos que yo percibo apenas amplificados a él le resultan insoportables, no solo fuertes sino ominpresentes. De día soy menos compasiva porque me di cuenta de que la sordera, incluso la parcial, puede ser una manera de contrabandear un poco de sueño al terreno diurno.

Por otro lado, la sordera, al igual que el sueño, puede poner- nos en sintonía con las necesidades de nuestro inconsciente.

En la colección Guggenheim de Venecia está en exhibición un cuadro del surrealista belga René Magritte que se parece a mi estado de conciencia habitual. Retrata una casa iluminada con luz artificial, rodeada de algunos árboles frondosos recortados en la oscuridad. En la planta alta relumbran un par de ventanas de forma sugerente, como ojos seductores, y te hacen imaginar dentro una escena doméstica agradable: niños corriendo por ahí antes de que llegue la hora de dormir, una mujer elegante en el baño y, como es una pintura de una época determinada, algunos personajes andróginos vestidos con chaqueta de fumar, disfrutando de un cigarro ocasional. Primero se te pasa por alto qué es lo alarmante del cuadro. Luego percibes una disonancia que inquieta, y te das cuenta de que el cielo que está por encima de la línea sombría de los árboles es celeste como la luz del día y tiene nubes blancas como el algodón. En otras palabras, el cuadro deslumbra de contradicción.

Los cuadros de Magritte de la serie “El imperio de las lu- ces” (hay al menos tres que trabajan el mismo tema) están diseñados para resultar profundamente perturbadores porque alteran un principio fundamental para organizar la vida: la separación categórica entre el día y la noche. Estos cuadros ponen el día y la noche en una clara convergencia. Nada es como debería ser. La luz del sol, que habitualmente es una fuente de claridad, crea el tipo de inquietud y confusión que asociamos con la oscuridad, porque proviene de un cielo insomne que sirve para intensificar el mundo sombrío que está debajo, y lo vuelve más inescrutable que nunca. En particular la casa —el hogar, la guarida— se vuelve críptica.

Siempre que aspiré a una casa propia, sentí como si hubiera logrado trazar un mapa de toda la extensión de ese hogar imaginario con la geometría de líneas punteadas característica de los ejercicios a lápiz en el arte de la proyección. Con sus rincones secretos y sus aberturas iluminadas, su demarcación funcional, los límites y bordes que a veces es- tán abiertos, a veces cerrados, mi casa refleja una imagen que tengo de mí misma como un lugar de varios pisos y muchas recámaras, público y también privado: un lugar de ingreso y egreso. Tal vez cuando hablamos de habitar verdaderamente una casa, nos referimos a la sensación de fluir alrededor y a través del espacio, disolviéndose así uno y lo otro.

El insomnio refuerza mi sentido de la posesión. Merodeo por mi territorio rastreando cada rasgo distintivo de esta cartografía mutua. Pero aunque lo vigile puede evaporarse, como si se hubiera vencido la renta imaginaria de mi casa. Y entonces, en vez de perderme en terrenos conocidos, con- tiguos, fluyendo libremente y en armonía con el entorno, tengo que vérmelas con rasgos que de pronto se han vuelto enormes y extraños. La oscuridad transfigura todo. Todo se tiñe de amenaza.

Parece una locura, pero hubo noches en que tuve la certeza de que mi casa estaba viva, como si sus paredes tuvieran un millón de ojos y el tejido de su estructura se estuviera expandiendo y contrayendo a mi alrededor, inhalándome y exhalándome.

Zzz dice: “La otra noche soñé que no íbamos a volver a tener sexo nunca más”. Después dice: “Cuando me desperté pensé que preferiría morir antes que anular una parte mía tan vital”. Pero tengo puestos los tapones. Tal vez debería contarle que mi sentido del yo dejó de ser sólido, que soy como un filete de lomo que ha pasado por la cuchilla y ha sido cortado en finas lonjas, pero me quedo callada. En mi mundo interior, la menopausia circula por las venas y arterias como un enjuague químico. Otro escaneo del sistema. Aguarde hasta que el programa finalice antes de reiniciar.

La noche depende del día de la misma manera que el día depende de la noche. Pero el día y la noche son yin y yang, norte y sur, ánodo y diodo. Nunca aparecen en escena a la vez, y si lo hacen, como en los cuadros de Magritte, nos desconcertamos. Salvo en el insomnio, que es un tipo macabro de intrusión.

La gran Nyx, diosa griega de la noche y madre de la oscuridad primordial, vivía en una morada asombrosamen- te sublime. Su cueva, envuelta en una niebla azul oscura, estaba a orillas del acantilado, sobre el insondable abismo del Tártaro, un lugar donde, tal como lo describe Hesíodo, “los orígenes y los límites de todo” están yuxtapuestos. Dos veces al día, al amanecer y al anochecer, Nyx se encontraba en la entrada de la cueva con su hija Hemera, diosa del día. Conversaban un rato en la galería de ébano, pero nunca entraban a la cueva al mismo tiempo. Cuando una de ellas se iba a volar por el mundo en éxtasis y el cielo se agitaba al paso de su carruaje, la otra descendía a las oscuras recámaras para esperar a que terminara su reinado opuesto.

En cuanto al ritmo de estas idas y vueltas, su incesante repetición, debemos ser muy necios para creer que cada no- che va a estar seguida de un nuevo día de forma fiable. ¿Y si estamos equivocados? ¿Y si de pronto nos encontramos atascados en un calvario nocturno interminable, la noche…

Comments are closed.