Gabriela Wiener

Ojalá Huaco retrato también sirva como un espejo con brillo para mirarse con incomodidad: Gabriela Wiener

Un huaco retrato es una pieza de cerámica prehispánica que buscaba representar los rostros indígenas con la mayor precisión posible. Se dice que capturaba el alma de las personas, un registro que ha sobrevivido oculto en el espejo roto de los siglos.

Ciudad de México, 22 de diciembre (MaremotoM).- Hace tiempo que conozco a Gabriela Wiener. De hecho, fue la primera autora convocada por mí para inaugurar Puntos y Comas, en SinEmbargo, algo que por supuesto me llenó de críticas y regaños por parte de mis jefes. “Nadie conoce a esa peruana”, era lo menos que me decían.

Entonces hablábamos del libro Llamada perdida (Malpaso), donde cultivaba todo aquello que no debe hacer una periodista de su tamaño si es que quiere seguir el manual ortodoxo de la profesión. Siempre me cayó muy simpática (recuerdo cuando le hablé de ese proyecto dedicado a Bolaño y donde en mis inseguridades le decía: escríbelo conmigo) y siempre he leído todos sus libros, como parte de esas cronistas que trabajan mal, reciben poca paga, pero que entre los periodistas “tenemos algunos privilegios, de la prensa, redactores pajeros, artistas de la información, no somos escritores pero Dios nos libre de ser sólo periodistas”.

  Sin embargo, jamás había sido fanática de ella, esperando como espero de Martin Amis su nuevo libro, pensando por ejemplo en qué diría Jonathan Franzen del nuevo artículo que leí sobre David Foster Wallace o releyendo (siempre releyendo) a Bolaño, sobre todo en El gaucho insufrible.

Pues bien, esta nota es en gran parte para decir que amo el nuevo libro de Wiener. Se llama Huaco Retrato, está editado por Literatura Random House y que celebro tanto a esta editorial, porque su gran jefe, Andrés Ramírez, siempre parece que me dedica libros a mí (claro que no, por supuesto, pero en la imaginación celebro esas elecciones). Como Mugre Rosa, de Fernanda Trías, como este texto, Huaco Retrato, que bien califica Valeria Luiselli de “aire fresco” y que Irma Gallo afirma que “todo el mundo debería estar leyendo este trabajo”.

Gabriela Wiener
Huaco retrato es editado por Literatura Random House. Foto: Cortesía

Barajar y dar de nuevo. No creo que este libro que tanto me gustó, venga de la nada, como decía mi madre: “Esto no es producto del aire”. Ni tampoco creo –a pesar de que me encanta la inspiración, algo en lo que coincido con Pura López Colomé- en un texto inspirado donde la autora reniega de todo lo aprendido. La verdad es que acabo de descubrir a una escritora y ahora quiero volver a leer todo de ella. Leerla bajo este prisma, un color que tiene siempre que ver con el continente latinoamericano, es percibir cierto sol en nuestro horizonte. Es una protesta, sí, pero con mucha esperanza.

Huaco Retrato tiene algo del final, algo como un límite, como si todas las palabras de tu carrera derivaran en esta protesta universal.

­–Yo también siento como un fin de ciclo. Y otra gente que es lectora mía me ha comentado esa sensación de que en este libro se reúnen y sintetizan como en ningún lugar mis temas, obsesiones y como dices palabras que he estado trabajando a destajo en los últimos años, en la literatura y en sus zonas francas, de manera dispersa y que por fin encuentran sus formas definitivas donde habitar. La protesta, la crítica, la mirada íntima pero política son algunas de esas formas.

–¿Es protesta universal o es ceñirse a una misma más allá de los cánones?

– Universal no sé si llega a serlo, pero sí hay una voluntad feroz de no hablar solo de mí misma y de hacerlo de abajo a arriba, contra el poder. Nunca he hablado solo de mí misma, aunque muchas veces se me ha acusado de ser una loca del yo. Sí que he partido siempre de lo que encarno, de mi lugar en el mundo y de lo que me ha tocado por suerte o desgracia, incluso de lo que me cuestiono de mi propia historia, pero para ir hacia la conmoción por las historias de las demás y a su encuentro. He hablado de cuerpo, deseo, genero, maternidad, familia, amor, pero me alegra que haya sido el racismo y la identidad en Huaco retrato lo que haya permitido esa sensación de experiencia colectiva al leerlo. ¿Si me he ceñido, si he sido fiel a mí misma? No creo. Nunca he podido ser fiel a nada. De esa categoría impura y desleal, de la contradicción y la herida que nos atraviesan habla Huaco retrato.

Gabriela Wiener
El libro ya va por la cuarta edición. Foto: Cortesía

–¿El sexo sirve para estar de luto o sirve para la supervivencia?

– El sexo no sirve para todo. A las que pensamos en muchos momentos de nuestra vida que sí pues lo hemos pagado caro. Que la vida para mí sea una pulsión sexual no quiere decir que aunque lo buscara funcionara siempre como consuelo o tabla de salvación. A veces solo te hunde más. Aprendí mucho de la asexualidad en ese sentido, pero insisto, me gusta tener una relación erótica con la vida, desearla, seducirla, follarla. Y puede que eso sea pura y simple supervivencia.

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–Yo me he sentido huaco retrato a pesar de no estar mi cara en un museo ¿Este libro es para los que no nos hemos sometido al poder?

–No solo, es también para los que ejercen poder sabiéndolo o no, beneficiándose del régimen sabiéndolo o no. Recuerdo mucho de mi niñez esa canción que cantaba Amparo Ochoa Maldición de Malinche, cuando dice “Y hoy les seguimos cambiando Oro por cuentas de vidrio Y damos nuestra riqueza Por sus espejos con brillo”. Los colonos se llevaron el oro y nos dejaron los espejos en los que llevamos mirándonos hace 500 años. Es interesante ver lo poco que se han mirado ellos. Cuando hablas de la historia de la colonización de América en España siempre te responden que los descendientes de los conquistadores somos nosotros y no ellos. Y entre el humo del autoengaño y esa fakenews llamada mestizaje han dormido sus consciencias durante siglos. No, no es así, hablemos de esto, abramos el melón de la historia, conversemos de las heridas que dejan la violencia racista y colonial en nuestros cuerpos hasta hoy. Ojalá Huaco retrato también sirva como un espejo con brillo para mirarse con incomodidad.

–¿O el poder ha intentado atraparnos y en una casa de hierro, donde entra un ratón, nos escapamos?

– Jajaja uy, te pones trascendental, no sé qué decir. El poder no solo está fuera, también está dentro de nosotros. Hay que leer a Orwell: Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo. Algunos animales son más iguales que otros. No hay escapatoria.

–¿Toda tu vida está escrita: desde tu abuelo hasta tu padre, debías escribir?

–No toda pero parece sí que es una especie de destino. El Charles escribía. Mi padre escribía. Mi abuelo escribe. Mi madre. Mi hijo. Mis tíos. Mi marido y mi mujer. La escritura es lo único verdaderamente democrático de este mundo. Hay que defenderla por eso.

–¿Cómo ves Perú hoy?

–Veo un país experimentando plena y conscientemente todos sus conflictos abiertos y dolorosas contradicciones, su irresuelta historia colonial de racismo, machismo y desigualdad. Necesitábamos que pasara lo que está pasando. Aunque sea un proceso traumático tenemos que ver cómo se mueven las placas tectónicas del sistema. Y quedarnos con lo importante, con lo que podamos arrancarle de las manos al neoliberalismo. Quiero pensar que saldremos distintos, que sacaremos aprendizaje de este momento histórico y que este será un paso para encaminarnos hacia algo verdaderamente subversivo y liberador.

–Me imagino que habrás hablado de tu no venida a Guadalajara, pero me gustaría una declaración tuya a propósito de la discriminación contra el feminismo, contra ti.

–Los feminismos que me interesan no defienden ni solo causas individuales ni solo la opresión de género. Me siento parte de un proceso crítico de cuestionamiento y autocuestionamiento de privilegios. Más allá de las formas machas y descuidadas en que se mantuvieron unos nombres y se sacaron otros, Perú en Guadalajara ha servido para seguir pensando en todo lo pendiente a cerca de las desigualdades en Cultura y la necesidad brutal de políticas de verdad inclusivas y transformadoras en el Perú.

Sinopsis de la novela: Un huaco retrato es una pieza de cerámica prehispánica que buscaba representar los rostros indígenas con la mayor precisión posible. Se dice que capturaba el alma de las personas, un registro que ha sobrevivido oculto en el espejo roto de los siglos.

Estamos en 1878 y el explorador judío-austriaco Charles Wiener se prepara para ser reconocido por la comunidad académica en la Exposición Universal de París, una gran feria de “progresos tecnológicos” que cuenta entre sus atracciones con un zoo humano, culmen del racismo científico y del proyecto imperialista europeo. Wiener ha estado cerca de descubrir Machu Picchu, ha escrito un libro sobre el Perú, se ha llevado cerca de cuatro mil huacos y también un niño.

Ciento cincuenta años después, la protagonista de esta historia recorre el museo que acoge la colección Wiener para reconocerse en los rostros de los huacos que su tatarabuelo expolió. Sin más equipaje que la pérdida ni otro mapa que sus heridas abiertas, las íntimas y las históricas, persigue las huellas del patriarca familiar y las de la bastardía de su propia estirpe -que es la de muchos-, la búsqueda identitaria de nuestro tiempo: un archipiélago de abandonos, celos, culpas, racismo, vestigios fantasmales ocultos en las familias y la deconstrucción de un deseo tercamente anclado en un pensamiento colonial. Hay temblor y resistencia en estas páginas escritas con el aliento de quien recoge los pedazos de algo que se rompió hace tiempo, esperando que todo vuelva a encajar.

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