De cacao, tiempo y amate

OMNÍVORO | De cacao, tiempo y amate

Ciudad de México, 14 de agosto (MaremotoM).- La luz se deshilacha entre las hojas. Bajo los cacaotales, el clima es diferente que en los portales de la hacienda.

Aquí dentro no pega la luz de lleno; no se sabe si es de mañana o de tarde.

Alguna vez leí que en Júpiter, un año dura casi doce años. No entendí cómo era posible; debía ir a otro planeta para saberlo. Entonces me trajiste a La Chontalpa.

Es primavera en Tabasco. Las melenas pelirrojas de los flamboyanes enardecen las carreteras y secuestran las miradas. Ya metida en la umbría, con mis ojos de vuelta en sus cuencas, intentando ajustarse a las sombras, recordé las copas de aquellos árboles donde quedó enredado el sol.

Ahora sí traje botas. Ayer, las hormigas de fuego me enteraron a la brava: por más que el calor estruje, no se usan sandalias en los humedales. Dentro de diez años, para no olvidarlo, seguirán en mis empeines las marcas de sus látigos ardientes.

Los huecos asomados entre las hojas pardas que cubren el suelo, dejan ver una tierra obsidiana. Allí todo lo alimenta a todo. La negrura no ve sus límites; a saber si tiene.

El cacao no sabe andar solo, tiene árboles acompañantes. Ya sean de servicio, como las guabas y los poroporos que le hacen sombra; los laureles, guanacastes, cedros y caobas que le dan madera valiosa a su campesino para tenerlo contento, o bien frutales, como los mamoncillos, los aguacates y las sidras, que le nutren el entorno.

En la Chontalpa todo huele a mucho. Los arrugados troncos de los árboles acólitos, lagrimean resinas alcanforadas. Sus hojas exhalan diversos tonos de verde. Las frutas suicidas se dejan ir al inframundo. En el suelo, el calor las acaricia amoroso, hinchándolas de placer hasta que el ajuar sede y la carne se vence, entregándose en un orgasmo de olorosa fermentación. Barra libre para una bacanal de bichos terrenales.

El campesino me da un trozo de corteza. Muérdela –ordena. Lo hago.

En la Chontalpa todo sabe a todo. Sabe a postre –le digo. Es canela.

Los tres vamos bien callados. No hay cómo competirle al cuchicheo de los insectos y al parlotear de las zenaidas, las columbas y los elanios azules. En la Chontalpa, hasta el silencio es escandaloso.

Siento soledad en la tripa. Mi cordón de plata se deshilvanó del tuyo y la ansiedad que me causa tu repentina ausencia, me saca a rastras de mi narcótico planeta.

Volteo de un lado a otro y alcanzo a verte: inmóvil, atento. Hombre busca enlistarse en ejército de soldados de madera.

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Corro hacia ti, no me importa perder al campesino que nos guía en medio de tanta espesura. Me salgo de la brecha internándome de lleno en el trópico; mi andar se hace pesado sobre la gruesa alfombra de hojarasca que cruje al paso.

Shhhhhh –dices suave sin voltear a verme– está comiendo.

Agudizo la vista en búsqueda de algún devorador. Un zopilote, una boa, una horda de hormigas marabunta engullendo algún mamífero de medio pelo. Nada.

Dándome por vencida y ante el temor de sonar estúpida, como constantemente me sucede contigo, pregunto: ¿Quién está comiendo? El árbol –respondes.

Fijo la vista hacia donde señala tu mirada y observo algo de lo más raro. Un tronco de color elástico envuelve a otro, ya seco y marchito.

–¿Alguna vez te conté mi teoría del tiempo y el amate? –preguntaste.

–No.

–El amate es un depredador –dijiste suave y despacio–. Como un tigre o un tiburón. Sólo que lo hace a su ritmo, a su tiempo.

-Qué más –pedí con voracidad.

–Una ballena parece ir en cámara lenta cuando salta fuera del agua, mientras una mosca de la fruta vive en un torrente, pues su existencia dura solo unas horas. Ni una ni la otra reparan en nuestra existencia, probablemente la mosca ni siquiera sea capaz de vernos. Así el amate –continuaste– no lleva prisa, tiene cientos de años para engullirse a aquel desdichado.

Reparé en la presa. Al ritmo que va su verdugo, ella tal vez ni siquiera sea capaz de darse cuenta: hacer el amor al ritmo de su amate, significa la muerte. Él quizás no lo sabe, tal vez ni siquiera es capaz de verla.

Entonces pensé en Júpiter y en cómo en la Chontalpa, un año también pueden ser casi doce años. Y luego te observé, callado, inmerso en aquel viejo árbol. Enamorado quizás. Embelesado sin duda.

Me dejé envolver por tu amante también. Sentí su respiración, su paciencia y en una visión vipasana entendí: no es que no me ames. Lo haces a tu tiempo, al ritmo de Júpiter, de la Chontalpa y del amate. Y yo, fugaz, no soy capaz de verlo o sentirlo y, estoy muriendo. Y tu no me ves.

Ese día bajé la velocidad, alenté mi tiempo de amarte; lo extendí lo más que pude, un par de años o, casi veinticuatro. Cuando llegué a tu ritmo, por un instante te amé más que nunca en una felicidad consumidora. Me vencí entregándome toda. Luego, morí.

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