Café de Veracruz

OMNÍVORO | Del amor al odio en un solo trago

Ciudad de México, 2 de julio (MaremotoM).- Comenzaré esta columna con una fuerte confesión: yo detestaba el café.

Es terrible, lo sé, sobre todo siendo el segundo producto más comercializado del mundo después del petróleo. Vaya par de morenazos dominando al mundo.

Pero pues sí, lo odiaba. Rascándole un poco a la memoria, creo que la culpable de tal infamia fue Goya, una nana que estuvo buen tiempo con mis padres y mis hermanas antes de que yo naciera y que tras varios años de no saber de su existencia, un buen día durante mi infancia, se apareció en nuestro departamento para instalarse con todo y sus dos pequeños. Años después comprendí que estaba huyendo y protegiendo a sus hijos.

Recuerdo que su refugio con nosotros fue breve, apenas unos días, pero fueron los suficientes para que quedara marcado en mi memoria que sus hijos de tal vez unos 3 y 5 años tomaban café.

Acostumbrada a leche con chocolate en polvo, aquello me parecía de lo más exótico, sobre todo tomando en cuenta que mi padre nos lo tenía prohibido, como cuando en el siglo XVII el clero europeo lo consideraba “producto del diablo” por pecaminoso y venenoso.

Café de Veracruz
Acostumbrada a leche con chocolate en polvo, aquello me parecía de lo más exótico. Foto: Coatepec

Ahí estaba yo, curiosa como gato –cosa que no se me ha quitado ni con la edad-, observando de reojo desde la puerta de la cocina aquel ritual en el que Goya ponía a hervir agua y, con una cucharita blanca de plástico que guardaba dentro del frasco, vertía un par de dosis de polvo soluble en pequeños vasitos que los niños bebían encantados.

¿Quieres? Me preguntó. No lo pensé ni dos veces, ese oscuro y prohibido objeto del deseo debía saber a gloria pura y por ello me lo estaban negando; yo sabía desde entonces que los padres (a veces sabiamente) niegan todo lo bueno todo el tiempo.

Así yo, saboreándome aquel brebaje humeante que me acerqué lentamente al rostro, primero a la nariz y luego poco a poco a los labios para entonces… probar lo más terrible y amargo que había tomado en mi vida. Recuerdo que por decencia me aguanté el ¡guácala! Pero vi muy feo a la pobre mujer y devolviéndole el vasito le dije: ay ya me acordé, mis papás no me dejan tomar esto. Me fui con una de las decepciones más grandes de mi corta existencia y con la duda de por qué demonios los adultos y ahora estos niños, bebían litros y litros de esa ponzoña.

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Pasaron años en los que satanicé al café y me mantuve a raya. A mi padre no lo dejaba dormir por las noches, a otros tantos les crispaba los nervios, a mi casi me envenenan con él cuando pequeña. Vaya, no tenía razones para reencontrarme con el monstruo ese.

Entonces pasaron los años y como que de pronto en la oficina y en los desayunos le fui agarrando el gusto, una tacita de café por aquí, otra por allá, nada serio, nada estable…

Pero entonces, un buen día tuve que ir a hacer un reportaje sobre el café a Coatepec Veracruz, Pueblo Mágico cuya tradición cafetalera se remonta a principios de 1800, y ahí, como surgen los verdaderos romances, sin que uno los busque, sin siquiera esperarlo, me enamoré perdidamente.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Fue cerca del Cofre de Perote, en una finca muy grande y muy vieja que se encontraba casi devorada por la selva.

Café de Veracruz
Desde ahí, amanecemos juntos, cada mañana, mi café y yo. Foto: Coatepec

Primero recorrimos los cafetales entre las sombras de los enormes árboles que los cubrían casi por completo, solo dejando pasar rayos de luz en los que se quedaban estacionados los perros de rancho que nos acompañaban. Probé las cerezas, dulces, rojas. Luego vi el proceso del beneficio del café, que consiste en el despulpado, donde queda al desnudo el grano, para posteriormente ser lavado, limpiado y finalmente secado al sol. La jornada había terminado en ese punto y después de cenar temprano, como si hubieran apagado de pronto el sonido de los insectos y los pájaros, todos dormimos.

Por la mañana me despertó aquel aroma difícilmente descriptible: algo como humo, nueces pasadas por comal y tierra húmeda… Estaban tostando granos que ya habían pasado por varios soles, y el olor comenzó a llenar toda la hacienda, y luego la habitación donde me encontraba, y mis sábanas y mi pelo. Me había impregnado.

Abrí la ventana y la niebla matinal que llenaba la selva me parecía un enorme caldero humeante que me apuraba más el antojo. Cuando llegó a mi puerta una taza de arábiga recién tostado y molido, recordé por segundos aquel trauma de infancia y me estremecí, pero luego luego, con el primer trago, me di cuenta, aquel que me había acechado en mis pesadillas durante largo tiempo, era un impostor.

Desde ahí, amanecemos juntos, cada mañana, mi café y yo.

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