OMNÍVORO | El llamado de lo salvaje (Parte 2)

OMNÍVORO | El llamado de lo salvaje

Ciudad de México, 28 de abril (MaremotoM).-  Llegamos al comedor del campamento y armamos una bacanal. Comimos gacela, estofado de jabalí -es verdaderamente delicioso- y bebimos varias botellas de tinto regional (Sudáfrica es el noveno productor de vinos en el mundo), mientras vociferábamos nuestra odisea. Cuando terminamos la tertulia, eufóricos y envalentonados, continuamos con la última parte del safari fotográfico.

Ya en el jeep, uno de los integrantes de los vikingos de Gilligan, el restaurantero, sacó de su mochila una botella de mezcal. Ninguno le hicimos el feo.

Minutos después, los miembros de la barbarie de Gilligan, cual babuinos rabiosos, esculcábamos el jeep ante la impotencia de nuestro líder, quien veía cómo extraíamos del canasto de provisiones las botellas de Amarula (licor cremoso y dulce elaborado con marula, una famosa fruta local), que supuestamente serían para el cierre del Safari. La anarquía tribal estaba a punto de usurpar el control del vehículo, cuando Willis exclamó señalando a lo lejos: look!

León en Kapama. Foto: Cortesía

Dos leonas se dirigían hacia nosotros. Con paso calmo y observándolo todo a su alrededor, las jóvenes vigías nos inspeccionaron y, cuando se percataron de que solo éramos un grupo de mexicanos briagos y estupefactos, gruñeron en señal de aprobación. No representábamos amenaza para la manada.

Así, detrás de la colina, salieron una decena de cachorros de diversos tamaños, flanqueados por tres distinguidas emperatrices entradas en años. Los más pequeños caminaban torpes y perezosos; los mayorcitos, jugueteaban entre ellos chillando y revolcándose, mientras se mordisqueaban cuellos y orejas. Pasaron confiados, sin reparar en nuestra existencia.

En la retaguardia, otra leona joven, esbelta y avispada, resultó ser escolta de un colosal felino con melena de supernova. El único macho adulto y por lo tanto, el dominante, se aproximó con andar parsimonioso, como en cámara lenta; sin mirarnos, se detuvo y rugió terso, evidenciando con su belleza aturdidora, quién mandaba ahí.

Cuando se perdieron entre los matorrales, varios traíamos el semblante enlagrimado. Nos quedamos mudos buen rato, reparando en nuestra fortuna y en la perfección de la vida salvaje en la que el humano sobra. Sentimos la brisa templada y admiramos cómo el horizonte se entintaba de azafrán y malva, mientras el sol resbalaba lento. Jack, el joven guía de tez marfil y Willis, el rastreador piel de ébano, desdentado y de edad incalculable, también veían a lo lejos, tratando de disimular su mirar ensopado.

Willis, el rastreador piel de ébano, desdentado y de edad incalculable. Foto: Cortesía

De regreso, el rastreador cantó manso, dulce y nostálgico, una breve canción en su lengua natal.

-Sigue sin acostumbrarse a tanta belleza –me dijo el guía–. Creo que el día que un sudafricano da por hecho los atardeceres y la vida, está listo para morir.

Entonces me tradujo parte de la canción de Willis:

Out of the night that covers me,

Black as the pit from pole to pole,

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I thank whatever gods may be

For my unconquerable soul.
 
It matters not how strait te gate 
How charged with punishments the scroll
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul. 
 
En la noche que me envuelve,
negra como la noche insondable, 
doy gracias a los dioses que fueren, 
por mi alma inconquistable. 
 
No importa ya cuán angosta fue la puerta,
cuán cargado de castigos el viaje
yo soy el amo de mi destino:
yo soy el capitán de mi alma. 

 

*Invictus fue escrito en 1875 por William Ernest Henley. Fue el poema que ayudó a Nelson Mandela a mantener la fortaleza, durante los 27 años en que fue prisionero.

Al volver a nuestro alojamiento, algunos estábamos agotados, otros visiblemente eufóricos. La resaca y lo poco que me quedaba de prudencia, lograron desmarcarme de la tribu de Gilligan. Me fui a mi cuarto a mirar las gráciles gacelas saltarinas (sprinbocks) desde el balcón y a intentar vaciar en papel, algo de tanta emoción.

Soñaba plácidamente con gansos retozando entre viñedos sudafricanos, cuando me despertaron gritos, risotadas y golpecillos frenéticos que miembros de la jauría de Gilligan daban a mi puerta. Aquello se había salido de control. Escuché corretizas por los pasillos, bufidos, carcajadas y comencé a flaquear, porque la perra es brava y estos llegaron a patearle el portón.

Mi yo primigenio ansiaba unirse a los Australopitecus de Gilligan, pero el pequeñísimo Homo Sapiens que aún habitaba mi cerebro, se negaba a vivir otro infierno en el infinito vuelo de regreso. Fue difícil, pero finalmente acallé el llamado de la selva.

Cuando llegué a cenar era demasiado tarde, la marabunta de Gilligan había pasado por el buffet arrasando con casi todo. Me conformé con un poco de crema de calabaza y pollo malayo, el cual adquiere sentido cuando uno se entera, que el punch en la sosa culinaria heredada por las colonias neerlandesas y luego británicas que conquistaron Sudáfrica, fue gracias a los esclavos provenientes de Java y Malasia, quienes aportaron infinidad de especias e interesantísimos salseados.

A la mañana siguiente, tomamos un transporte a Johannesburgo y luego un avión a París, con escala de un par de horas que no dio tiempo de nada. Para ese momento, la tripulación de Gilligan se encontraba abatida. Los miembros gemían y se retorcían en el fango de los excesos. Algunos deambulaban por los pasillos del avión con su cobijita y la almohadilla bajo el brazo, buscando pernoctar en cualquiera de los baños.

Los miré con compasión y empatía, no era justo regodearse del sufrimiento ajeno.

En eso estaba cuando, de pronto, escuché el llamado de lo salvaje en mi interior y, con una sonrisa en el rostro, sembré el caos en el avión al exclamar: ¡Van a vomitar! ¡No, es peor, tienen diarrea, nos van a cagar a todos!

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