OMNÍVORO | El llamado de lo salvaje

OMNÍVORO | El llamado de lo salvaje (Parte 2)

Ciudad de México, 21 de abril (MaremotoM).- En el mundo del omnívoro profesional, no todo es miel sobre hojuelas. Quienes estamos dedicados y comprometidos a comer –literalmente- de todo, también sufrimos las consecuencias de nuestra voracidad, pero al vender nosotros, glamour y aspiraciones, esas penosas anécdotas nunca llegan a ver la luz.

Como mi pecho no es bodega, ni Maremoto Maristain una revista opresora, aquí va la historia de uno de los momentos más bochornosos en un viaje que finalmente, se volvió uno de los más memorables en mi repertorio aventurero.

El grupo con el que partiría rumbo a Sudáfrica, era la isla de Gilligan del mundo sibarita: el repostero, el restaurantero, la modelo, el argentino, la RP, los editores…

Resulta que, durante la escala en París, fuimos a comer a un restaurante fifí y pedimos cantidades obscenas de ostiones con champaña y, cual ruleta rusa, la ostra-bala me tocó a mí. No pasaron ni treinta minutos, cuando supe que me esperaban las doce horas más tortuosas jamás vividas en un avión. A medio vuelo, la sobrecargo que me vio pasar –por quinta vez– abatida, pálida, arrastrando mi cobijita y con la almohadilla bajo el brazo, dispuesta a pernoctar en el baño, me preguntó si necesitaba algo: sí –dije-, busque entre los pasajeros a un cura, quiero confesarme antes de morir.

En cuanto pisamos Ciudad del Cabo, fuimos a un restaurante en donde la horda de Gilligan engulló diversidad de manjares costeros encharcados con chardonnay, mientras yo sorbía traguitos de agua con gas, mirándolos con rencor. A la mañana siguiente, muerta de hambre, se me ocurrió desayunar un pan dulce.

El vino milagroso. Foto: Cortesía

Un camioncito nos transportaba a unos viñedos que según nuestra guía “estaban muy cerca”, cuando a medio camino el pérfido bizcocho cobró vida y, como el octavo pasajero, buscó abrirse paso a toda costa entre mis intestinos. Ante la incertidumbre de su ruta de escape, comencé a sudar frío y, discretamente, le indiqué a la RP que necesitaba hacer una escala técnica. Asintió amable y le dio mi recado al chofer.

Pasamos un McDonalds, un hotel, tres restaurantes y yo, haciendo gala de mi entrenamiento zen, trataba de meditar y autoconvencerme de que aquello no estaba pasando, mientras bajito pregunté: Querida… ¿por qué no se detiene? Pronto entendí: la RP le hablaba en inglés al hombre del volante, que únicamente hablaba afrikáans.

Justo al momento de desentrañar el misterio, tomamos carretera. Al ver puro llano, caí en desesperación. Comencé a ponerme verde, generando pánico colectivo en el vehículo. ¡Va a vomitar¡ gritó uno. ¡Si veo que vomitan, yo vomito!, aseguró la modelo. ¡Es peor, trae diarrea!, se escuchó atrás. ¡Nos va a cagar a todos y vos vas a limpiar!, sentenció el argentino al conductor, que no estaba entendiendo un carajo.

Presa del terror, el africano metió el pie a fondo y de pronto sonrió, señalando a la lejanía. En su mente creyó haber encontrado el sitio ideal para que yo liberara mis demonios: un terreno escampado con nada más que tierra y un arbusto seco y enano.

¿Quéeeeeeee?, grité ya con el alien destruyéndome por dentro. Los voy a demandaaaaarrrr. Y una vez más se soltó la anarquía y la confusión en el gallinero de Gilligan, hasta que después de varios infernales minutos, llegamos por fin a jauja: un complejo con baños amplios e impecables donde casi me quedo a vivir.

Te puede interesar:  Las mujeres en Afganistán durante el régimen talibán

Ya con paz en mi corazón y en mis tripas, arribamos a unos viñedos en Stellenbosch, el segundo asentamiento europeo más antiguo en Sudáfrica. Ahí descubrí el remedio para todos mis males: el increíble vino de pinotage, una cepa creada en 1925 gracias al afortunado romance entre la bellísima uva cinsault y la elegantísima pinot noir.

Tras tres días de dieta líquida intercalando rooibos y pinotage, me animé a ir a Cabo de Buena Esperanza. Mero en la punta del continente, donde se unen los océanos Atlántico e Indico, en medio de un vendaval pedí misericordia y como Lázaro, resucité.

Cuando aterrizamos en Hoedspruit, con destino final a Kapama, una reserva ubicada entre el Parque Nacional Kruger y Blyde River Valley, había renacido; hasta brinqué de emoción sin temor a represalias, cuando vi una comitiva de babuinos y jabalíes instalados en la pista de aterrizaje. Ni el escarnio de la turba de Gilligan, ni las secuelas del envenenamiento, hicieron mella en mí. Estaba en África y era una guerrera.

Durante dos días estuvimos en una feroz cacería fotográfica, acechando, desde un jeep descapotado y magníficamente adaptado para la misión, las mejores imágenes de los cinco grandes. Al inicio, vimos una manada de elefantes comandados por un macho de seis toneladas, una rinoceronte negra con su cría, varios búfalos pastando y un atardecer de color imposible, como el meteorito de Lovecraft.

Por la noche danzamos con los animadores, cenamos cebra -de consistencia correosa y sabor metálico- y bebimos brandy. De pronto, toque de queda. Las rejas se electrificaron y nos encerraron en las habitaciones; una manada de leones rondaba el hotel. Tratar de dormir entre rugidos lejanos y adrenalina bombeando el cuerpo, resulta adictivo.

Los leones de Sudáfrica. Foto: Cortesía

Nos levantaron de madrugada. Jack, nuestro guía, se obsesionó con encontrarlos. Los exploradores de Gilligan, estábamos deseosos y dispuestos. Willis, el rastreador, aferrado a su silla voladora, sostenida por un tubo soldado a la parrilla del jeep a manera de puntero –o de carnada, pensé aterrada–, siguió huellas y sorteó cadáveres de gacelas, pero no encontró ningún gato grande. Ya a punto de irnos derrotados a comer, Jack recibió un llamado por el radio.

Ahí está -señaló un baobab-. Nada veíamos. Nuestro Cocodrilo Dundee, hizo la seña de silencio. Ese animal salta hasta cinco metros y una sola tajada con sus garras nos dejaría inútiles –murmuró aferrándose a su rifle de dardos, sin quitar la vista del árbol. De pronto, un gruñido largo, ronco y opaco nos alertó. Ahí estaba, a nada de distancia, camuflado por salpicaduras de luz y sombra que se filtraban entre las hojas amarillentas: aquel leopardo de fulminantes ojos cetrinos, nos miraba estoico.

Una de las periodistas quedó petrificada e intentó cambiarse de lugar pero Jack le dijo con firmeza: no te muevas. Sentí la violencia de mis venas palpitando. Entendí, desde ese primigenio instinto de supervivencia, el significado de sentirse vivo.

Continuará en la próxima columna. Esta es la primera parte de una gran historia de nuestra colaboradora Fabiola de la Fuente.

Comments are closed.