Omnívoro: La dolce vita

Ciudad de México, 29 de marzo (MaremotoM).- Mi misión, cuando elegí este camino del periodismo de viajes y comida, era lograr que las personas viajaran y comieran sin moverse del sofá. Como editora, me esmeraba eligiendo quirúrgicamente las palabras que describieran los platos, los lugares; me obsesionaba la idea de que de las páginas brotaran aromas, humo de carbón, vapores, belleza, colores… quería que los lectores devoraran mis textos, haciéndolos suyos.

Pagué el precio de tanto lujo. Me acostumbré a viajar sola y a comer –hasta en los lugares más sofisticados–, con pestilente confianzudez: cerrando los ojos, disectando en la mente –y sobre el plato– uno a uno los guisos, escudriñándolos hasta el agotamiento. Preguntándolo todo, anotándolo todo. Comiendo tediosamente despacio y permaneciendo durante cuatro horas en una comida que requería dos. Y, con la mayor desfachatez, ocupando a mis anchas, una mesa grande con mi cuerpecillo de mujer petite, haciendo tras cada bocado, ruidos socarrones que uno regularmente se reserva para la alcoba. Me volví ermitaña y además, descarada.

Comer conmigo se volvió tortuoso. Cuando viajaba con grupos de periodistas, fingía ser normal sin lograrlo del todo, pero todo cambió en Italia, cuando me enamoré.

Solo sucede cada dos años que Slow Food, un movimiento cuya premisa inicial era presentar resistencia ante la apabullante Fast Food, hace en Turín un evento llamado Terra Madre, Salone del Gusto, en el que se rinde culto a los productos culinarios del mundo. Ahí, el visitante puede sumergirse -al borde del fanatismo-, entre ingredientes que van desde una papa que solo crece en determinada región, durante cierta época del año, hasta un arroz pulido cual diamante, una trufa albina con gigantismo o un plátano macho de la Chontalpa, al cual el chef ha de tratar como si fuese foie gras.

Tras tres días de información interminable, de convivir con 200,000 personas de 150 países distintos, de asistir a conferencias, cenas, catas, probar bocaditos de cualquier cosa que se me atravesara, y al borde del colapso cerebral, decidí tomarme un par de días antes de volver a México. Quería comer un plato bien grande de lo que fuera y tomar una botella de vino mientras disfrutaba el arte del dolce far niente. Me decidí por el Piamonte, donde me esperaban Barolo con sus vinos y Alba con sus trufas.

Fui a rentar un auto. Contundente exigí: quiero el más italiano que tenga. Ahhh Ferrari, Maserati, contestó fulgurante el hombrecillo de la agencia. Algo más modesto, dije tallándome los dedos. Cinquecento, murmuró decepcionado. Nahhh ese auto es mexicano, aseguré. Cuando el tipo recuperó su quijada del piso, llamó a gritos a Luiggi, el mecánico y a Mario, otro vendedor que estaba comiendo un calzone tras bambalinas. Al mostrarles que el auto se armaba en Toluca, humillados, me hicieron un triunfante descuento y yo salí feliz con mi autito color celeste. Después supe que había una armadora en Polonia, seguro que al enterarse, recordaron a la mia mamma.

Era un lunes 31 de octubre. Llegué a las 9 am a Barolo, un pueblito con dos castillos y 733 habitantes, de los que esa mañana se apersonaron, si acaso, unos 4. Todo cerrado. Caminé tomando fotos mentales de cada rincón, hasta que me topé con una tienda gourmet que estaba abriendo. Compré risotto y aceite de trufas. Mientras veía los vinos, llegó un hombre a surtir la cava. Le pregunté qué traía y me preguntó de vuelta si tenía tiempo para escucharlo o si solo estaba curioseando. No sé si suficiente, debo estar mañana a la 1 en Alba, contesté. El tipo rio. Me hizo un interrogatorio digno de la Cosa Nostra y al enterarse de mi profesión me dijo: mi bodega hoy cierra, pero vamos.

Arribamos a una casona enclavada entre colinas escarpadas a las afueras de Barolo. En la sala de degustación, el hombre descorchó un blanco increíble de uva Nascetta y al ver mi entusiasmo, seguimos con un Barbera fresco, alegre y frutal que me puso parlanchina. De pronto entre copa y copa mis tripas tronaron. Avergonzada confesé que moría de hambre. Me urge un estofado de montaña italiana, dije. El hombre descorchó un par de Barolos y aseguró: cuando volvamos una de ellas va a estar lista.

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Fuimos a una trattoria y el piamontés pidió cantidades obscenas de queso Taleggio y Cacciatore (salchicha) que devoré. El hablaba itañol y yo espaliano, con algunas intervenciones en inglés. Entendíamos lo primordial de la conversación. Luego llegaron los agnolotis de estofado de conejo con brodo vegetale. Mientras inspeccionaba el plato, reparé en la adorable irregularidad de la pasta que, al partirla, desbordó un guiso hecho sin prisa, con suave carne deshebrada y gustosa, chícharos, zanahorias, hierbas frescas; todo abrazado por una salsa espesa, envinada, pecaminosa, de esas que dejan los labios pegajosos, como para besar y no desjuntarse.

Cada uno nos comimos dos panna cottas, imposible resistirse a la perfección de la inocencia que provee, un postre carente de artificios. Ni siquiera grenetina. La cocinera lo cuajó a la vieja usanza: huevos, azúcar y crema de leche. Cedí ante el untuoso dulzor y mientras escudriñaba el cremoso postre sintiendo como se adhería a mi paladar, lo fui lavando con pudorosos traguitos de un nectarino y espeso Moscato Passito. Sin darme cuenta, ya estaba gimiendo placentera y liberadoramente. Al percatarme, volteé de inmediato a ver al hombre que me miraba sonriendo.

Me recuerdas a mi hija, me dijo. Entonces clavó la cuchara en el postre y engulló una buena dosis, haciendo uno de esos ruidos que uno se guarda para la alcoba o desde ese momento, para una trattoria piamontesa, una tarde de octubre.

Volvimos a la bodega y en una mesita dispuesta entre fragantes y enormes toneles de castaño, bebimos uno de los Barolos que había descorchado cuatro horas antes. Era perfecto y profundo. Tenía notas boscosas, de piedras mojadas y de fruta oscura y añeja. No vas a manejar ahora, aquí en la bodega tenemos una casita donde se quedan los invitados especiales. Creo que hay algo de salami y queso en el refrigerador. Mañana nosotros trabajamos muy temprano, pero tomate tu tiempo. Me entregó las llaves junto con el otro Barolo ya descorchado -su favorito- y se fue.

A la mañana siguiente, salí de la casa y me dejé envolver por la niebla espesa que se forma gracias al choque térmico entre los fríos Alpes y el cálido Mediterráneo. A lo alto, se alcanzaban a ver las terrazas de suelo arcilloso y calcáreo, en cuyas laderas se aferran viejas vides de nebbiolo. Saqué la botella de Barolo justo cuando cumplió 24 horas de abierta, tal y como me indicó el simpático italiano, regordete y cano.

Bebí lentamente aquel vino con efluvios de trufa, castillos y niebla, mientras comía pedacitos de queso Murazzano y Salame Cremona. Disfruté el dolce far niente hasta que sonó mi teléfono, avisándome que estaba a punto de perder mi reservación en el festival de la trufa de invierno, en un pequeño restaurante del pueblo de Alba.

El cinquecento celeste sacó la casta, jamás corrió tan rápido en su vida. De cualquier forma, cuando llegué al restaurante ya habían dado mi mesa. Al ver mi frustración, una mujer que había salido a fumar, me dijo que a ellos les sobraba un lugar. Así acabé en el festival de la trufa de invierno en Alba, en medio de un grupo de italianos que escudriñaban sus platos mientras hacían ruidos que hasta ese viaje, yo pensaba debían reservarse únicamente para la alcoba.

En aquella travesía me enamoré perdidamente de mí. Y desde entonces, ya sea que viaje sola o con un gran grupo, con una amiga o en pareja, nunca falta la persona más importante: esa mujer petisa pero volcánica, obsesiva pero con paupérrima administración de su tiempo, que escudriña los platos, reclama la identidad de los autos y hace sonidos obscenos cuando come algo que disfruta.

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