Planeta Mezcal

OMNIVORO | Planeta Mezcal

Ciudad de México, 13 de julio (MaremotoM).- Fui uno de esos individuos nacidos a finales de los setenta, a quienes en la primaria nos enseñaron que el Sistema Solar estaba comprendido por nueve planetas. Con el nuevo milenio y 30 años después de mi nacimiento, para mi gran sorpresa, Plutón dejó de ser considerado un planeta y de los nueve que teníamos nada más quedaron ocho.

Al leer la noticia, recuerdo haber pensado que pronto nos informarían algo como: “científicos de la NASA han descubierto que Oaxaca no es un estado de la República Mexicana, sino que realmente pertenece a otra Galaxia”.

La primera vez que visité Oaxaca estaba muy chica, así que como siempre he dicho: “si no me acuerdo, no pasó”. La segunda vez fue un año antes de que Plutón perdiera su identidad planetaria.

Visité Oaxaca así nomás, por puro gusto y porque todo mundo me había dicho que si quería ser una gastrónoma reputada, ese era un destino que no podía faltar en mi paladar. Fue una de las pocas veces que realmente me fui a la aventura, sin nada planeado; solo sabía que el Sol a partir del cual tenía que fincar mi sistema culinario, tenía que ser el mercado 20 de Noviembre.

Eran fechas de muertos y en los puestos, además de tamales enormes, trastes con cerros de chapulines, chocolate de metate y montañas mole, había multitudes de pan de yema con forma humanoide, con una careta de cerámica pálida que los hacía ver algo tétricos.   Así, entre panes cadavéricos y cazuelas colmadas de pócimas burbujeantes, llegué al Pasillo del Humo, una suerte de galerón estrecho, en el que a ambos costados, hay hileras de asadores cuyas brazas tateman chorizos, carne, cebollas y de pronto nopales, nomás por no dejar.

Ahí, entre la niebla cárnica, hice mi primer contacto con esta bebida ritual. “Échese un mezcalito mi güera, le doy la prueba”. Confiésome mezcalera tardía, ya que antes del episodio en la Galaxia humeante, no había probado aquel néctar de agave, que con mi taco de tasajo asado, me supo a brumosos recuerdos de amor en vidas pasadas.

Definitivamente Oaxaca huele a humo, a especias, y a copal, sobretodo en día de muertos. La resina del árbol de copal la queman con fines religiosos, espirituales y medicinales. Con el tronco, tallan los alebrijes; coloridas figuras salidas de sueños y pesadillas, producto de mascar peyote y beber mezcal.

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Caminando por las calles de la ciudad, con la ropa aún oliendo a grasa y carbón, llegué a un callejón donde un numeroso grupo de artesanos, tallaban y pintaban con detalle estas piezas apocalípticas, que a veces resultaban en artesanía, y otras en verdaderas obras de arte.

Ahí, Don Juan, el más viejo y experimentado, acariciaba con una lija una pieza de madera larga y retorcida que según me dijo, aún no sabía bien que sería. “Porque los alebrijes, el buen artesano no decide que van a ser, ellos le van mostrando poco a poco a uno en que se convertirán”.

Como me quedé parada viéndolo hipnotizada, no tuvo de otra más que invitarme a sentar y a tomar un vasito de su mezcal, porque eso sí, los oaxaqueños destilan amabilidad. “Salud” le dije. El anciano se me quedó viendo y suavemente me dijo: “Niña, con las bebidas se brinda, con el mezcal se ofrenda”.

Esa noche seguí a la comparsa, un carnaval ambulante también llamado muerteada, en el que la gente se disfraza y recorre las calles de la ciudad, bailando y cantando en honor a sus difuntos. Poco a poco, grupos enmascarados procedentes de diferentes barrios se van integrando en una gran multitud, que tiene como destino final el Panteón Municipal.

Al llegar, la fiesta se volvió más solemne y con la banda tocando “Dios nunca muere”, repartieron chocolate a los niños y mezcal a los adultos por orden jerárquico. Rechazarlo, no es una opción.

Mientras bebía sorbos de aquel candente destilado de notas ahumadas y sabor herbal, veía como los demás vertían su último trago encima de los sepulcros, para que las anímas también empaparan sus penas y se fueran más contentas.

“Cuidado niña, el mezcal saca tu verdadero yo y te lleva a lugares muy profundos”, me dijo una señora mientras me servía el tercer vasito de mezcal.

La noche transcurrió tranquila y sorbo a sorbo me fui alejando de aquel panteón, para finalmente quedarme sola, en un planeta lleno de flores. Una alfombra aterciopelada de patas de león moradas y púrpuras acariciaba mis pies, y mis ojos se deslumbraban con candiles iluminados con cempasúchiles. Todo ahí olía a humo, especias y copal.

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