Gabriel Rodríguez Liceaga

Paraíso Perdido intensifica su interés por el cuento mexicano

La antología publicada por la editorial de Guadalajara demuestra que el cuento es un género vivo en nuestra lengua y que no pierde su prestigio.

Ciudad de México, 28 de agosto (MaremotoM).- Si bien el cuento no es el género mejor acogido por las editoriales, en México encontró aliados —por muchos años— en revistas y antologías. En el siglo XIX, debido a su extensión y a que recién se estaba formando el género en Hispanoamérica, su existencia dependía de los periódicos. Vinculado a las demandas, espacios y opciones de las revistas y suplementos culturales, el cuento moderno fue creando un mercado para este tipo de ficción. “Aunque el género sea una especie en extinción, no quiere decir que se dejen de escribir cuentos extraordinarios” afirma la escritora mexicana Rosa Beltrán en Diálogo a treinta voces, y  concluye: “por momentos, estos parecen no hallar cobijo para su publicación en libros”.

Contrario a lo que ocurría en el pasado, en los últimos años ha crecido el número de editoriales que apuestan por la publicación de antologías de cuentistas mexicanos. Durante décadas los editores se interesaron por libros de relatos de Juan José Arreola, Juan García Ponce, Carlos Fuentes, Elena Garro, Ángeles Mastretta, Ana Clavel, Fabio Morábito, entre otros, pero esto no se había convertido en una gran tendencia editorial. Hoy, a falta de suplementos culturales como los que existieron antes, el esfuerzo de algunas editoriales ha creado el contexto ideal para su recepción. No solo creció nuestra afición por los relatos o se disparó su escritura; también se llevaron a cabo iniciativas inéditas, como la publicación de la antología Sólo cuento, proyecto realizado por la Dirección de Literatura de la UNAM y coordinado por Rosa Beltrán, y, más recientemente, se suma también el esfuerzo de editoriales independientes como Dharma Books, Paraíso Perdido, Cal y Arena, Almadía, Gris Tormenta, entre otras, para ofrecer al lector una gran diversidad de estilos y técnicas narrativas.

El hambre heroica
Portada de la antología. Foto: Cortesía

Los nuevos paradigmas que se nos dictan abarcan desde el ámbito de lo político hasta lo económico, sin dejar fuera todas las formas de relacionarnos con otros y con el medio que nos rodea, de manera que es un paso natural que estos cambios buscaran su correlato en lo estético. Ante esta coyuntura, distintos autores mexicanos vislumbraron en el género un medio indispensable para expresar ciertos temas, personajes o contextos. A través de la ficción, los escritores intervienen en las discusiones sobre su realidad y sobre las crisis que los aquejan y sus personajes, en la mayoría de las ocasiones, pasan por una especie de revelación que al final hacen tomar conciencia al lector del contexto que les rodea. Pese a la diferencia de voces y estilos, la pregunta que late en el corazón de los cuentos de los nuevos narradores tiene que ver con esas nuevas formas de negociación con lo que bautizamos como “lo real”.

Estrategias parecidas encontramos en los autores que dan forma a El hambre heroica, la antología de cuento mexicano compilada por el escritor Gabriel Rodriguez Liceaga y publicada por la editorial tapatía Paraíso Perdido en 2018. En esta selección hay escritores consagrados como Liliana Blum y Julián Herbert, pero el énfasis, sobre todo, es en voces nuevas. Sean algunos nombres más conocidos como el caso de Jorge Comensal, Ave Barrera o Úrsula Fuentesberain, u otros que recién estamos descubriendo, por ejemplo, Paulette Jonguitud, Zoe Castell, Roberto Wong o Alfonso López Corral. El criterio para todos los convocados es el mismo: con sus escritos los cuentistas muestran el momento notable que vive el género en México.

El hambre heroica
El secreto de esta antología está en su variedad. Foto: Cortesía

Los cuentos incluidos en esta publicación ofrecen un panorama al lector a partir del cual se pueden extraer distintas lecturas. Una de ellas es la apuesta de Paraíso Perdido por reunir estas nuevas voces y es la prueba fehaciente de que las escrituras del cuento en el país están cada vez menos centrada en una región y son cada vez más diversas las geografías que se incluyen en las antologías. Aunque hay autores de varias partes y una buena muestra proviene de la Ciudad de México, tímidamente, el compilador eligió incluir escritores de Celaya, Puebla, Zacatecas o Chihuahua. Con esta decisión el compilador nos dice que es suficiente salir un poco de los territorios acostumbrados a dar grandes nombres literarios para descubrir que no hay lugar en México que en este momento no se esté produciendo una cuentística de alto nivel.

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El secreto de esta antología está en su variedad. Los dieciséis escritores convocados nacieron en las décadas de los 70´s, 80´s y 90´s del siglo pasado. La extensión de sus textos también es extremadamente diferente, los cuentos más cortos son de una página mientras que los más extensos son de dieciséis. Dispuestos como piezas sueltas, sin un orden aparente que los relacione entre sí, todos demuestran el grado de madurez alcanzado por la narrativa breve entre los escritores. Algunos son maravillosos trabajos por su intensidad como: Cuándo Dios tocó a mi puerta o Desagüe y otros deciden privilegiar la trama, ejemplo de estos son: o Rapiña.

En algunos casos, el acuerdo al que llega el autor con sus personajes tiene que ver con el uso de la parodia y el humor como una vuelta al origen por ejemplo en El hambre y la tristeza, de Jorge Comensal. En él, el autor de Las Mutaciones especula, con un tono de farsa, acerca de cómo se “resuelven” los “crímenes” en el Estado de México, tomando como base el Caso Paulette. Cuenta la tragedia de una familia afectada por los amargos de la burocracia y las fallas de los servicios públicos, la capacidad del escritor para mirar dichos avatares con desprendimiento lo lleva a extraer del tedio y del mal humor anécdotas divertidas, pero sobre todo críticas acerca del sistema policial.

El hambre heroica
Antonio Marts, el editor, mostrando su antología. Foto: Cortesía

En este laboratorio de formas hay registro para todos los gustos y se pueden detectar constantes temáticas que pautan nuestro tiempo. Está presente la búsqueda de identidad. En Orquídea, escrito por Ave Barrera, la narradora se cuestiona así misma: “casi siempre me da por pensar en que voy a querer convertirme yo, si es que llego a convertiré en algo”. También está presente la reelaboración de los afectos. En Cuando Dios tocó a mi puerta Liliana Blum presenta una variante de la maternidad: en su relato una joven madre tiene que pagar muy caro la muerte accidental de su pequeña hija, ahogada en la bañera. Finalmente, la preocupación por los problemas sociales es otro de los temas centrales, de ellos habla Zoe Castellhace en Rapiña.

Quizá desde un punto de vista crítico —y de manera muy humilde hacia esta antología— habrá que preguntar a Liceaga, ¿por qué no se incluyeron más escritoras? Lola Ancira, Laura Baeza, Nora de la Cruz o Itzel Guevara son, todas ellas, también excelentes cuentistas. Uno de los puntos fuertes de El hambre heroica es justamente la vigencia asombrosa de temas que ponen sobre la mesa sus autoras y para muestra están los breves relatos de  Paulette Jonguitud y Úrsula Fuentesberain. Más allá de esto, y sin restarle importancia la selección presentada que es de una calidad sorprendente, la publicación de esta compilación se puede interpretar como el síntoma de que el cuento es un género tan vivo en nuestra lengua y que no pierde su prestigio y por otro lado ratifica el lugar de Paraíso Perdido como una editorial seria y consistente que apuesta por el descubrimiento de nuevas voces y que no duda en proponer una manera diferente de observar el panorama narrativo de México.

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