Paria

Paria, una aventura reflexiva que rompe con la cuarta pared

Una mosca parada en la pared, en la pared, en la pared.

Canción popular

Ciudad de México, 13 de agosto (MaremotoM).- “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada” dice Max Estrella, un poeta decadente en Luces de bohemia. El “deformador” es, ni más ni menos que don Ramón del Valle-Inclán, aunque esa deformación no sólo es propia de Madrid, sino universal, de tal suerte que lo esperpéntico va mutando a través del tiempo.

El 14 de julio de 2019 se estrenó en México, Paria, de Pablo Fuentes, una obra del llamado teatro inmersivo el cual, según Paula Pascual de la Torre, “tiene una cantidad infinita de posibilidades para hacer participar al público vs el teatro en las pequeñas salas y en los teatros oficiales de Madrid, donde la mayoría del público está sentado y es pasivo”; es decir, en este modelo de teatro hay una necesidad de inclusión, sí pues, entramos en la atmósfera desde que pisamos el teatro Galera (en Doctor Carmona y Valle 147, muy cerca de la estación del metrobús Jardín Pushkin) y nos reciben unos tipos vestidos de negro como si fuéramos de visita a la cárcel.

Desde que compramos nuestro boleto se nos indica que no miremos a los ojos al preso, nos abstengamos de pronunciar nuestro nombre frente a él, que sigamos cualquier indicación del equipo de seguridad en la sala y apaguemos nuestro teléfono móvil. Todo esto hace que nos preguntemos ¿qué pasará?, pues los custodios hablan de un patio principal y en lontananza escuchamos gritos de que es ¡la primera llamada!, después ¡la segunda!, y no quieren ver a nadie con sus celulares afuera. No sabemos qué demonios ocurrirá, pero estamos ahí, como Neo frente la pastilla roja y la azul —¿irnos o quedarnos?— y elegimos presenciar lo que desconocemos. Desde que la puerta gris se abrió somos personajes. Somos los oídos para la historia de Paria. La cuarta pared se rompe, no existe. El actor está tan nervioso como nosotros porque no sabe cómo reaccionará el público, o los otros actores, mejor dicho.

Paria
Paria, obra de teatro. Foto: Roberto Feregrino

El teatro da la impresión de ser una bodega vieja, como las que ocupan de locaciones en las películas gringas donde el secuestrador está esperando al héroe que va a rescatar a la doncella en apuros. El escenario está en el patio principal: un cubo cubierto con plástico por las cuatro caras laterales, adentro hay alguien sentado en el centro. Se da la tercera llamada para que continuemos con la inmersión.

Paria es otra cosa, no hay elementos aristotélicos cabales. No es el Esperpento de Valle-Inclán. Paria es un relato policiaco al estilo De John Connolly o Qiu Xiaolong, pero teatral, en manos de un sólo actor, Ángel López-Silva, que representa a varios personajes de una manera prodigiosa. El talento actoral se vale de muy pocos elementos en escena: el plástico que recubre su celada, un micrófono y su base, un looper para crear sonidos y voces múltiples, una silla y una peluca. Sólo eso será suficiente para enterarnos de los avatares que tuvo que librar Camilo Trujillo para llegar a la prisión de máxima seguridad en la que estamos todos, sin excepción, en la colonia Doctores.

Un elemento central en el discurso son las moscas como una metáfora de lo mortuorio, de la culpa que envuelve al criminal. Jean Chevalier apunta en su Diccionario de los símbolos que “las moscas son seres insoportables. Se multiplican sobre la podredumbre y descomposición, transportan los peores gérmenes de enfermedades y desafían toda protección: simbolizan una incesante persecución”. Esas moscas aparecerán una y otra vez para la zozobra del prisionero: la manifestación de sus demonios.

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Paria
Un elemento central en el discurso son las moscas como una metáfora de lo mortuorio, de la culpa que envuelve al criminal. Foto: Roberto Feregrino

La historia es sencilla en apariencia, Roberto Castrejón, productor de la telenovela, Cruzados de amor, contrata a Camilo como asistente, pues le genera curiosidad desde que lo ve en una casa de citas a la que también él es cliente asiduo. Nos enteramos de eso debido a una plática confesional entre ambos porque su jefe lo ha invitado a cenar en su casa de la colonia Roma y éste le dice: “Te contraté porque me dejas hablar de mí mismo hasta la muerte, pero eres demasiado complaciente, demasiado adaptable, escurridizo; flaco y gordo a la misma vez, aquí y allá sin nunca estar y eso me llevo a reflexionar sobre ti: eres un hombre dominado por el recelo, parece como si llevases doble vida”. El productor sabe que el asistente ha cometido un crimen y quiere saber cómo fue, asimismo, él confiesa que ha matado también, la diferencia es que él no siente culpa, cosa que lo lleva a una larga reflexión: “Acaso no hemos robado y mentido cuando éramos niños, pues hay muchas personas que siguen siendo niños toda su vida, gente que no puede dominar sus instintos criminales, basta con que se presente la ocasión y pam, sale el delincuente. Pero lo que no me cabe en mi cabecita de calabaza es que no te sientas libre de culpa. Si consideramos a los niños libres de responsabilidad, por qué no también al delincuente”.

El discurso es ambivalente, por un lado pensaremos que el/los asesino(s) debe(n) ser condenado(s); sin embargo, en las historias de Roberto y Camilo, productor y asistente, respectivamente, habrá ciertos resquicios donde no será tan fácil elegir si está mal o está bien, entrenamos en una encrucijada moral y el libre albedrío nos hace comentar todas las aristas de uno y otro personajes al terminar la función. No somos los mismos después de que termina la obra. Algo nos ha pasado. Lo que es un hecho es que la diferencia entre Roberto y Camilo radica en que uno tiene éxito en lo monetario y también con las mujeres, mientras que el otro sacará a flote toda su maldad porque quiere entregarse a alguna mujer y no lo consigue. Camilo, nos queda claro, al final sigue siendo un niño al que le asustan las moscas.

Cada segundo que estamos en la Galera vale la pena, reflexionamos sobre el amor, el poder, la soledad, el rechazo social. Es la década de los 80´s donde elementos significativos nos son familiares: El grupo Flans en el programa Siempre en domingo, El terremoto de 1985 y un vendedor de puerta en puerta (ya extintos por el Facebook y el internet). Esta experiencia teatral tiene vigencia hasta el 28 de agosto y podemos asistir todos los miércoles a las 20:00 o los domingos a las 18:30; no es teatro del Esperpento, porque don Ramón del Valle-Inclán no tenía los elementos con los que contamos en la actualidad, pero sin duda alguna lo vaticinaba, no tan sólo por la crítica social, sino por la denuncia artística que debe involucrar al asistente.

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