Patti Smith

Patti Smith, escritora

Los cuatro discos, a su manera, representaban el fulgurante progreso de una música que había dejado, hacía mucho, los espacios escolares y salones de fiesta, para abrirse a los espacios abiertos, las zonas de arrebato y gestas juveniles, los escenarios que vinculan la poesía, los estimulantes, la política y el activismo por los derechos humanos, la liberación femenina y sexual, la búsqueda interior por la vía de cierto budismo trascendentalista.

Ciudad de México, 11 de julio (MaremotoM).-  En 1980 tenía 15 años, estudiaba primero de prepa y mi única ilusión era conseguir una novia que atravesara de puntas mi timidez ominosa. Pese a esto último, en octubre ya tenía un pequeño círculo de amigos y en diciembre organizaba, junto a mi hermana mayor, la posada del grupo. Fue en esas reuniones cuando nos enteramos de la muerte de John Lennon. Yo era preseleyano, taciturno y untuoso, con outfits que iban de la camiseta negra y los jeans escurridos, al vaquerito zen, formado en las filas del rockabilly, imberbe, envaselinado hasta la nuca y de sonrisa fácil.

A los Beatles les tenía cierto recelo. Los veía como un puñado de advenedizos cuyo único fin era desbancar al rey en un affaire que parecía más venganza histórica que legítima revolución cultural.

Fue Álvaro, el Escarabajo, novio de mi hermana, un chavo afianzado entre la marginación, la poesía, los libros de literatura social y el rock progresivo, quien me hizo entrar en razón con largas charlas que incluían nescafés rancios en la lonchería Casablanca, un poco de marihuana junto a las canchas de basket y el relato de sus viajes que bien podrían ser imaginarios.

Su narrativa incluía urbes palaciegas y pueblos fantasma donde corría el alcohol a la par de los cuerpos desnudos al compás de un riff de Led Zeppelin, pero también una extensa digresión sobre las bondades del rock después de Elvis, la aparición de la cultura pop y la necesidad de colectivizar los intereses de una generación que parecía aplacada, frívola e individualista.

Un día apareció con cuatro acetatos y me dio una semana para escucharlos. Todos eran ediciones originales que les mandaba un hermano de Los Ángeles o de Tijuana, no recuerdo: The Wall, de Pink Floyd; Revolver, de Los Beatles; Street Hassle, de Lou Reed y Horses, de Patti Smith.

Los cuatro discos, a su manera, representaban el fulgurante progreso de una música que había dejado, hacía mucho, los espacios escolares y salones de fiesta, para abrirse a los espacios abiertos, las zonas de arrebato y gestas juveniles, los escenarios que vinculan la poesía, los estimulantes, la política y el activismo por los derechos humanos, la liberación femenina y sexual, la búsqueda interior por la vía de cierto budismo trascendentalista.

Si bien me emocionó mucho The Wall, la factura de sus piezas ligadas, sus coros, su textura que en aquel momento me pareció tan extraña como hipnótica, fue Horses el disco que más me llamó la atención.

Se trataba, a mi entender, de una feliz anomalía del mercado musical de aquella época: una mujer esgrimiendo, en un medio dominado por hombres, una voz que arrastraba desdén, vitalidad y coraje (hablo, claro, desde una ciudad asustadiza entre su provincianismo acendrado, la barbarie de una violencia que había fijado su punto de control en Tierra Blanca y muy pocas perspectivas de futuro).

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Patti Smith
Editó Sexto Piso. Foto: Cortesía

Así que, escuchar a Patti Smith en aquel momento (o un poco después a Susi Quatro o Pat Benatar) me permitía recuperar el bosque de referentes que habían sembrado, hacía algunos años, Janis Joplin, Joni Mitchell o Joan Báez. El punk gringo, o post punk inglés era una respuesta letal a la música disco y su parafernalia.

Un movimiento que equivalía a un paisaje sobre nuestra aridez, por supuesto, tenía toda mi atención.

Muchos años después encontré un libro de poemas de Patti Smith, casi al mismo tiempo que su autobiografía Éramos unos niños.

Éramos…narra una historia de donde se desprenden muchas historias: desde el nacimiento de la cantante en Chicago y su curiosidad inicial por el arte y la literatura, en medio de una familia religiosa pero flexible, hasta la muerte del extraordinario fotógrafo Robert Mapplethorpe, su mentor y amante en los fragorosos años neoyorquinos del post beat, la sicodelia, la definición de paradigmas espirituales que irán definiendo el ánimo de los chavos después del fracaso de Vietnam. En el medio de todo esto se concretará una historia de amor, además de la consolidación de la gran manzana como uno de los centros del germen contracultural gringo. Un gran libro, sin duda, no sólo por los estremecedores pasajes que narra, sino por la cadencia de una prosa medida, poética a veces, y a veces serena, estimulada por la cercanía emocional con los hechos.

Con el tiempo conseguí más libros de Patti y me di cuenta que no eran más que las sistemáticas acotaciones de aquel primer libro. El acopio de la memoria, la autoficción al servicio de una sabiduría caudalosa, la gestión de un ideario donde todo transcurre con una lentitud temporal, como una epopeya donde la serenidad libra sus batallas más íntimas a través del desapego y las pérdidas. Se trata de una literatura experiencial pero también un generoso acopio de afectos, aficiones, pasiones y ritos que van dibujando el perfil enteramente humano de una artista genial.

Patti Smith
Editó Lumen. Foto: Cortesía

Tengo la idea fija de que Patti Smith interrumpió una legítima vocación literaria por la música, aun cuando Horses represente uno de los debuts más fulgurantes en la escena del rock. Son sus libros los que configuran a plenitud un mapa espiritual y moral, una trama dominada por la amistad, el apego profundo a las personas que delimitan su entorno, sus relaciones amorosas más trascendentes, los sitios donde ella libera a voluntad sus manes, los escritores y poetas que ama (Roberto Bolaño, Arthur Rimbaud, William Blake), su gusto por la cultura mexicana, las series policiacas, la geografía, el café o el nexo irrompible con la ciudad que la adoptó desde los tormentosos años 60 del siglo pasado.

Eso representan libros tan extraordinarios como Éramos unos niños, El año del mono o M Train: la fortaleza prohibida donde Patti recupera sus fuerzas.

Quienes seguimos a Patti Smith en Instagram nos damos cuenta que sus fotos (junto a sus posts o notas de apoyo) no son más que la representación de esa literatura que siempre transcurre en el presente, sólo para proyectarse al pasado, a una época que acaso nos tocó de frente o nos alcanzó a rosar de manera imperceptible.

Nos ofrece, también, la perspectiva de una artista que siempre está activa, siempre tiene cosas qué decir y ofrecer. Y eso es enorme.

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