Paula Hawkins

Paula Hawkins: “Me interesan las mujeres outsiders que no hacen lo que la sociedad les pide”

En una entrevista exclusiva, la escritora bestseller revela por qué prefiere contar historias de personajes que habitan en los márgenes de las comunidades. De qué manera la memoria y la soledad juegan un rol central en su flamante thriller, A fuego lento.

Por Martina Putruele

Ciudad de México, 16 de octubre (MaremotoM).- Toda la gente solitaria, ¿de dónde viene? A veces, de Zimbabue. Paula Hawkins se sentía sola. Lacerantemente sola. Tenía 17 años y se había mudado de su natal Zimbabue, con sus sabanas y su sol radiante, a la húmeda y gélida Londres. No conocía a nadie, no tenía amigos. Le llevaría un largo tiempo acostumbrarse y asimilar el shock cultural, el nuevo estilo de vida que nada tenía que ver con el mundo que conocía hasta ese momento. Muchos años después, ya una escritora bestseller gracias a uno de los grandes sucesos literarios de ventas de los últimos tiempos, Hawkins se seguía sintiendo una outsider.

“Creo que esa experiencia de ser una forastera fue muy instructiva en convertirme en una novelista”, reconoce durante una entrevista por zoom. “Los novelistas suelen ser personas que se sientan al margen y observan qué está pasando. Definitivamente de dónde soy y mudarme de un país a otro tuvieron mucho que ver con quién soy hoy”.

La muchedumbre esconde la soledad más desgarradora. Hawkins sabe muy bien que para sentirse aislada, una persona no necesariamente tiene que vivir en el medio de un páramo desierto. A menudo, los más abandonados se esconden en los pliegues de la sociedad; acurrucados en el bullicio de la desalmada urbanidad: “En las ciudades grandes como Londres ves gente sola todo el tiempo. Gente que vive justo en el corazón de la ciudad y que no habla con nadie. Cuando comencé a escribir mi último libro, volvía a casa un día con mi pareja y una señora grande nos preguntó si podíamos ayudarla a cambiar un foco de luz. Había estado esperando en la puerta de su casa que pase alguien, y eso me pareció algo muy triste. Es uno de esos momentos en lo que te pones a pensar cuántas personas solitarias hay alrededor tuyo”.

Hawkins siempre quiso contar historias. Su padre era un académico y periodista y estaba acostumbrada desde pequeña a escuchar los relatos y aventuras de aquellos reporteros, corresponsales y viajeros que se reunían en su hogar. Ya a una temprana edad escribía ficción, pero sus novelas siempre quedaban inconclusas. Al finalizar sus estudios en la Universidad de Oxford, optó por el camino más práctico y siguió los pasos de su padre: comenzó a trabajar como periodista especializada en finanzas para The Times y hasta escribió un libro de consejos financieros para mujeres, The Money Goddess.

Luego de publicar cuatro novelas rom-com bajo el seudónimo de Amy Silver, Hawkins se sentía frustrada. El género no le gustaba y tenía cada vez menos dinero en su cuenta bancaria. Además, su último libro por encargo había sido un fracaso.

Pero un día llegó Rachel. Un personaje de una mujer alcohólica y devastada que en realidad ya había creado para otra novela pero que no se había animado a usar por su tan obvio poco atractivo. Pero ahora había otros elementos. De pronto pensó en un tren, un viaje en tren rutinario, una escena. Voyeurismo. Un crimen. Una memoria poco confiable. Y el resto es historia.

La chica del tren vendió más de 27 millones de copias en 50 países desde que se publicó en el 2015, catapultando a Hawkins a la cima de los rankings de venta: ocupó el primer lugar de la lista del New York Times por 13 semanas seguidas y continuó en el listado durante cien semanas. Los derechos para adaptar la obra al cine fueron adquiridos incluso antes de su publicación. La película, protagonizada por Emily Blunt, se estrenó en octubre del 2016 y recaudó 173, 2 millones de dólares a nivel global. En el 2017 publicó Escrito en el agua que, a pesar de venderse bien, no logró cautivar a la crítica como la había hecho su novela debut.

A fuego lento (Planeta) es su tercera novela. El descubrimiento del cuerpo de un joven brutalmente asesinado en una casa flotante desencadena sospechas sobre tres mujeres que cargan con un pasado complicado y que, por diferentes razones, viven con resentimiento. Con un thriller atrapante contado desde la perspectiva de diferentes personajes, Hawkins indaga en cómo llegamos a convertirnos en las personas que somos, y cómo elegimos a qué aferrarnos para curar nuestras heridas. Sus personajes, cada uno a su manera, sufren de esa soledad apabullante que tanto desgarró a Hawkins durante años.

Paula Hawkins
A fuego lento (Planeta) es su tercera novela. Foto: Cortesía

“Empecé a escribirlo en el 2018, pero mientras avanzaba llegó la pandemia y la gente comenzó a encerrarse y la soledad se puso al frente; empecé a notarla más. Obviamente la gente que vive sola durante este año y medio sufrió mucho porque los aislaron de las estructuras de apoyo que tenían. En el Reino Unido hay muchos más programas ahora para ayudar a que la gente se conecte con los otros. Y supongo que esto es parte de cómo nuestra sociedad cambió. Ya no vivimos en estructuras familiares tradicionales. La gente vive muchos años más y quizás sobreviva mucho tiempo más después de que una pareja haya ya muerto. Pero sin duda vivimos en una sociedad mucho más solitaria”.

Con una enorme biblioteca de fondo (¿qué más sino?), Paula Hawkins charla desde su departamento en Londres. La entrevista se realiza a mediados de julio y la ciudad inglesa está abriéndose un poco a las restricciones, pero la autora no cree que la gira promocional de su nueva novela vaya a ser muy extensa. Algunos eventos serán presenciales, como festivales, pero la mayoría, en formato virtual. Como todos, Hawkins comenzó a valorar cosas de la vida pre-pandémica de las que antes se quejaba: “Los tours son muy cansadores. Volar a distintas ciudades todos los días es demasiado. Pero conoces mucha gente y muchos lugares que de otra manera no conocerías. Ahora lo extraño”.

-Comenzó su carrera como periodista de finanzas. Escribió “chick lit” bajo un seudónimo. Y luego llegó La chica del tren, que fue un éxito rotundo. ¿Fue difícil encontrar su voz?

-Sí, creo que me llevó un tiempo. Como mencionaste, primero trabajé como periodista pero siempre quise escribir ficción, ésa era mi aspiración. Después escribí cuatro libros bajo un seudónimo y tenía esta sensación extraña y constante de que había algo que no estaba del todo bien, que esto no era para mí y que no había encontrado el lugar al que quería ir.

Pero empecé a pensar en el personaje de Rachel, y en una persona que tiene unos problemas particulares. En el momento en el que empecé a escribir sobre ella supe que iba a funcionar y que se sentía bien contar su historia. Así que sí, me ha tomado un tiempo pero ahora creo que me he encontrado en este género.

-¿De qué manera su experiencia como periodista la ayudó a desarrollar sus herramientas o métodos para dedicarse a la escritura de novelas policiales?

-Hay muchas cosas geniales de un periodista desde el punto de vista de un novelista. Te enseña disciplina, más allá de otras cosas. Bueno tú sabes, pero tienes un plazo de entrega y tienes que llegar y hacerlo. Tienes que tener motivación propia. También poder editarte a ti mismo y quitar lo que no es necesario, estructurar de un modo la trama para captar la atención del lector. Mi lenguaje es limpio y claro, y eso viene de mi experiencia periodística. Menos palabras e ir al punto. Decir lo que quieres decir. Pero lo más importante es que no es algo preciado para mí, es un trabajo, es lo que siempre hice. Y si no trabajas, no te van a pagar.

Paula Hawkins
Primero trabajé como periodista pero siempre quise escribir ficción. Foto: Cortesía facebook

-Nació y se crió en Zimbabue antes de mudarse al Reino Unido a los 17 años. ¿Cree que esa experiencia ha influenciado su escritura?

-Sí, de una forma sí porque creo que siempre estuve interesada en contar historias porque mi padre es un académico pero también un periodista y conocía muchos periodistas y siempre estaban en casa, gente que viajaba por todo el mundo y que tenía historias muy interesantes para contar. Pero también mudarme de Zimbabue a Londres fue un shock cultural enorme. Vivir en Londres era muy diferente. Me tomó un tiempo largo acostumbrarme a la vida en Inglaterra. Creo que esa experiencia de ser una forastera fue muy instructiva en convertirme en una novelista, porque los novelistas suelen ser personas que se sientan al margen y observan qué está pasando. Así que sí, definitivamente de dónde soy y mudarme de un país a otro tuvieron mucho que ver. Esa sensación de que no perteneces es algo que sienten los novelistas en general.

-La protagonista poco confiable o que sufre “gaslighting” (NdR: una forma sutil de manipulación que hace que la víctima se cuestione su propia realidad) se volvió bastante popular nuevamente como herramienta narrativa después de su libro. ¿Por qué cree que intriga tanto a la gente hoy en día esta forma de violencia psicológica?

-Bueno, como dices, no es un concepto nuevo. Gaslight, la película, fue hecha en la década del 40, pero creo que nos intriga mucho el daño que puede hacerse en un ambiente doméstico que no es necesariamente el daño más obvio. No es violencia doméstica, que claro que es un tema en el libro, pero principalmente de lo que hablamos no es alguien pegándole a otro, sino que es alguien socavando la autoestima del otro, convenciéndolo de que no ve lo que cree que ve. Hoy se habla cada vez más de ese tipo de abuso que es más sutil. La gente sabe que hay más de una forma de dañar a alguien en un matrimonio o en cualquier tipo de relación. Definitivamente se convirtió en un tema del que estamos más atentos y del que hablamos más.

Creo ciertamente que los juicios sobre las mujeres se hacen de una manera diferente que en los hombres y a pesar de todo el progreso que logramos, la apariencia de una mujer sigue siendo un factor más importante en cómo la sociedad la juzga que en el caso de los hombres.

-Con respecto a sus personajes femeninos, mujeres que son vistas por otros como feas, gordas, viejas o incluso locas, ¿cree que las mujeres son juzgadas con más dureza que los hombres por sus comportamientos debido a cómo las ven?

Te puede interesar:  “La naturaleza de la FIL es presencial y lo digital es su ventana al mundo”: Raúl Padilla López.

-Creo ciertamente que los juicios sobre las mujeres se hacen de una manera diferente que en los hombres y a pesar de todo el progreso que logramos, la apariencia de una mujer sigue siendo un factor más importante en cómo la sociedad la juzga que en el caso de los hombres. Los medios hablan de cómo las mujeres se visten o se ven mucho más que cómo se visten o ven los hombres. Por otro lado, el enojo de una mujer es visto como ridículo, mientras que el enojo de un hombre se ve como poderoso o amenazante. Hay diferencias. Las mujeres que pasan una cierta edad son vistas como tontas o ridículas o directamente son invisibles. Nadie las nota. Así que sí, hay diferencias en cómo los medios, la sociedad y las redes sociales tratan a las mujeres. Y en situaciones familiares o en cómo los padres educan a sus hijos, a las mujeres las culpan por ser malas madres; en cambio no se espera que un hombre se comporte de una manera diferente.

-¿Y piensa que la literatura durante mucho tiempo ha perpetuado los estereotipos femeninos? ¿Especialmente los thrillers y las novelas policiales?

-Ciertamente hay novelas policiales que han perpetuado esos estereotipos y que han jugado con roles de género muy tradicionales. Pero ya hace tiempo que las mejores novelas de este género son las que desafían estos roles. Aunque, si ves por ejemplo algunas películas, thrillers de los 80, e incluso en los 90, ahora hay cuestiones que las ves y resultan bastante shockeantes. Mirar hacia atrás es extraordinario. Ciertamente, sí se ven algunos recursos comunes de las películas de terror: este género está muy interesado en el miedo de las mujeres. El miedo de las mujeres es algo que está fetichizado en este tipo de cine. A los hombres también los matan pero no es algo en lo que se dilata de la misma manera. La literatura, el cine y la cultura en general han contribuido con esta percepción, pero también creo que las cosas han cambiado, ojalá, para mejor.

-¿Cuál fue su intención al crear estos personajes en A fuego lento, que son, en su mayoría, gente que se ha quedado al margen de la sociedad?

-Bueno, yo me he sentido una outsider en varias etapas de mi vida, y me interesan las mujeres que no necesariamente hacen las cosas que la sociedad les pide. A las mujeres se les pide ser lindas, agradables, sociales y maternales. Y hay mujeres que no son capaces de ser así o hacer esas cosas. Algunas no quieren. Me interesa saber cómo son sus vidas si no son así, qué te dicen si no entras en el molde, en cómo la vida resulta… Y eso es porque yo me veo reflejada en algunas de esas personas.

-La memoria es un tema recurrente en sus novelas que ahora se explora una vez más en A fuego lento…

-La memoria es cómo nos entendemos a nosotros y al mundo que nos rodea. Literalmente es cómo nos contamos historias a nosotros mismos, y cómo entendemos nuestras personalidades. Y, sin embargo, los recuerdos son muy poco confiables, creemos que lo son pero no lo son. Es muy interesante explorar, en mi opinión, las ideas que creamos y las historias que nos contamos sobre nosotros mismos. En cierto grado, no son reales, son fragmentos de nuestra imaginación. Son construcciones. Me interesa siempre ese momento en el que te das cuenta de que aquello que creías recordar perfectamente en realidad ocurrió de otra manera.

-Leí que cada vez que uno recuerda algo, lo está editando en su cabeza, entonces cada vez que recordamos algo es una memoria editada y estamos cambiándola de nuevo…

-Sí y puede terminar en un lugar muy diferente del que empezó, es como la narrativa. Es contar historias sobre nosotros mismos, y por eso para mí está muy relacionada con la ficción.

-Y también es un mecanismo por el cual podemos lidiar con ciertas realidades.

-Absolutamente. Mi segundo libro, Escrito en el agua, trataba mucho sobre editar la memoria de las personas para ayudarlas a vivir, porque recordar ciertas cosas cómo realmente pasaron sería muy doloroso.

-¿Cuál es su método a la hora de escribir un libro? ¿Por dónde comienza?

En general tengo una idea, suele ser sobre un personaje. Luego pienso mucho en ese personaje y trato de comprender qué historia quiero contar con él. Eso me lleva mucho tiempo. Y a veces, como en esta novela, escribí parte de la historia de Laura para que mi mente empezara a funcionar correctamente. Así que no tengo un método claro, pero suele ser un personaje o una locación. En este libro fue el canal y la casa flotante, y en La chica del tren fue el tren. Tengo una idea vaga de dónde quiero que ocurra la historia.

-Hay autores que son muy protectores de su trabajo cuando se realiza la versión cinematográfica de su obra. En cambio, cuando se llevó La chica del tren a la pantalla grande, usted prefirió ceder todo el control. ¿Por qué?

-Depende de cada uno. Si uno quiere tener algo de control sobre una película, entonces tiene que involucrarse por completo, escribir el guión, ser un productor ejecutivo, estar metido en todas las etapas porque así es como el cine funciona, es un gran esfuerzo colaborativo. Tienes que asumir que algunas cosas no van a poder estar bajo tu control. En mi caso, no me interesaba, y creo que todavía no me gustaría adaptar mi propio trabajo. Lo que tienes que entender es que cuando vendes tu novela a una compañía cinematográfica ellos van a hacer su versión y debes aceptar que estás cediendo el control. Entonces tienes que tener muy en claro esto en tu mente para lograr estar cómodo. Es una versión más, nadie te está quitando nada.

-Ha dicho anteriormente que La historia secreta de Donna Tartt le abrió los ojos a la posibilidad del thriller psicológico. ¿Qué otros escritores u obras influyeron en su estilo?

-Podría hablar todo el día de esto. Las personas a las que suelo referirme son Kate Atkinson o Pat Barker. En esta novela menciono a muchas de las autoras que me influenciaron mucho como Shirley Jackson o Patricia Highsmith. Barbara Vine. Puse a muchas en los estantes de este libro, porque creo que en los últimos años pensé mucho en la lectura y la escritura, así que era importante para mí. Y la lista crece porque leo mucho. Leo mucha ficción y muchas novelas policiales. Pero también no ficción. Estuve leyendo muchas memorias.

-En su opinión, ¿todavía persiste esta noción de que los bestsellers son una categoría inferior dentro de la literatura?

-Sí, creo que esas distinciones ocurren en todos los tipos de arte. Tienes los blockbusters y las películas art house, la ficción comercial y la literaria. Y hay muy buenas obras dentro de la ficción de género. Cormac Mccarthy escribe westerns pero creo que no desencajaría en lo más mínimo en una lista del Booker. O autores de ciencia ficción como Margaret Atwood -El cuento de la criada era una obra de distopía-. Entiendo por qué hacemos estas distinciones pero no creo que necesariamente sea un indicador de la calidad porque hay muchas novelas literarias que no son muy buenas y hay muchas que son maravillosas y brillantes; difíciles y fantásticas. Y desafiantes. Pero no siempre. Y hay escritores como Laura Lippman que escribe libros increíbles y muy bien elaborados que muchos autores de la llamada “alta literatura” ni podrían soñar escribir. Así que creo que hay cosas buenas en todas partes y simplemente hay que saber buscar.

-¿Existe una sensación de extrema presión -ahora que ya va por su tercer libro- tras haber escrito algo tan exitoso como La chica del tren? En términos de “¿cómo puedo superar esto?”.

-Creo que la presión es diferente con cada libro. Cuando estaba escribiendo La chica del tren no tenía dinero y estaba preocupada de ser un “fracaso”. Y después de publicarlo, y de vender tantos ejemplares, fue difícil volver a concentrarme y escribir un segundo libro porque estaba de gira constantemente y hablaba de La chica del tren todo el tiempo. Y esta vez tuve también otro tipo de presión porque la recepción de Escrito en el agua no había sido tan buena como me hubiera gustado y me sentía como que había perdido un poco el rumbo. Entonces siempre hay presiones diferentes y hay que saber usar esa presión de la mejor manera porque creo que sentirse incómoda es necesario para escribir, sentir que tienes que expresar algo. Si me sintiera cómoda todo el tiempo probablemente no podría escribir nada.

Fuente: Infobae Cultura / Original aquí.

Comments are closed.