Diego Maradona

Pensaba que no me iba a afectar. Él tan bostero, yo tan gallina.

Porque sí me afectó, porque me importaba, porque su mito era también mío. Gracias, Diego, por el fútbol, por lo imposible. Por estas lágrimas.

Ciudad de México, 25 de noviembre (MaremotoM).- Pensaba que no me iba a afectar. Él tan bostero, yo tan gallina.

Que no me iba a importar demasiado, pensaba.  El apoyo a Carlo y la remera de gracias Cavallo, sus idas y vueltas con la FIFA, con Grondona.

Que como no creía gran parte del mito –el que enfrenta a los poderosos, el de los códigos, el que no es botón– el mito, pensaba, no era mío.

Pensaba: fue un gran jugador, el mejor de todos cuantos me tocó ver, pero.

¡Pero!

Pobre, pobre de mí.

Pero, me daba el lujo de pensar.

Pero a la belleza.

Pero a la forma más acabada de ese evento hermoso que se llama fútbol.

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Pero a su creatividad plebeya.

Pero a un tipo que, como sólo lo hacen los grandes artistas, rompió la realidad y los límites de lo posible.

Y yo pensaba pero.

Hasta que llegó el día. Hoy. Uno de esos días imposibles.

Le dio un bobazo, me dijo alguien. Después: che, se murió.

Y no hubo peros ni hubo nada que pensar. Hubo este dolor íntimo y compartido por miles.

Y, entonces, mientras trataba de entender qué estaba pasando, me puse a llorar y las lágrimas fueron como la pelota al pie de un barrilete cósmico, corriendo para dejar en el camino tanto pensar y que mi corazón -el nuestro- sea un puño apretado.

Porque sí me afectó, porque me importaba, porque su mito era también mío.

Gracias, Diego, por el fútbol, por lo imposible. Por estas lágrimas.

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