Tomás Eloy Martínez

¿PERIODISTA O MENSAJERO? La máxima de Tomás Eloy Martínez

Una máxima de Tomás Eloy Martínez (1934-2010), dedicada a los periodistas, dio esta columna: Evitar el riesgo de servir como vehículo de los intereses de grupos públicos o privados. Un periodista que publica todos los boletines de prensa que le dan, sin verificarlos, debería cambiar de profesión y dedicarse a ser mensajero.

Ciudad de México, 16 de febrero (MaremotoM).- En su libro de ensayos y crónicas El roce del tiempo el escritor británico Martin Amis escribe: “La prosa discursiva, por otra parte (los ensayos y crónicas semejantes a las contenidas entre estas dos cubiertas), no puede librarse del ego y, en todo caso, siempre sería mejorable”. Más adelante, en ese mismo libro, Amis declara que deseaba ajustar cuentas con los periodistas de los tabloides ingleses que con tanto énfasis hicieron de su figura un personaje de chismes y escándalos mediáticos. Es admirable cómo Amis resolvió este conflicto: se puso a escribir periodismo. Su incursión en la industria del porno o el perfil que hace de John Travolta son dos clases magistrales de este oficio.

Los Colegios de Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México son instituciones de nivel bachillerato que preparan a sus alumnos para ingresar en los estudios profesionales. Tienen el prestigio de poseer un modelo educativo y pedagógico de vanguardia con un énfasis profuso en las humanidades y la ciencia.

Tomás Eloy Martínez
Lo que sí creo es que Tomás Eloy Martínez acierta cuando hace la analogía entre esta manera de ejercer el oficio y la actividad de un mensajero. Foto: Cortesía

Además de incorporar una búsqueda de carácter y responsabilidad social en sus alumnos: “Aprender a aprender. Aprender a hacer. Aprender  a ser”, es el lema de la institución. Lo menciono porque cuando yo estudié ahí, hace veinte años, tomé el taller de Ciencias de la comunicación. El profesor separaba la materia en dos semestres: uno teórico y otro práctico. En el semestre práctico el grupo tenía que dividirse y realizar un programa radiofónico, alguna producción televisiva  o una revista impresa. Yo y tres compañeros elegimos la opción periodística. El resto, prefirieron la imagen y el sonido. Cuando finalizó el semestre y entregamos nuestra revista (La masacuata del diablo) el profesor nos felicitó por nuestro resultado. Incluso nos invitó a exponer cómo hicimos la revista para sus alumnos de nivel licenciatura. Algo aprendí: el periodismo requiere mucha responsabilidad, sacrifico y vocación. Por eso preferí estudiar literatura.

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Años después, cuando estudiaba el doctorado, me encontré con Elisa (una excompañera del CCH). Curiosamente, ella no tomó el taller de ciencias de la comunicación pero sí estudió la licenciatura del mismo nombre. Elisa siempre tuvo una sonrisa extensa y contagiosa. Sus ojos rasgados, su cabello negro y ondulado, no habían cambiado. Lo que sí se transformó fue su voz. Ya no hablaba como la hija de dos comerciantes ambulantes. Su tono era el de una reportera de la revista Rolling Stone. Elisa se representó conmigo como escritora y reportera. Me alegré por ella y la felicité. Le pedí que algún día me enviara sus artículos para leerlos y comentarlos. Esa petición le modificó el ceño. Elisa no escribía artículos. De su bolso sacó una copia la revista y me mostró la sección de tecnología. Ahí estaba su nombre. Era la autora. Pero solamente transcribía un boletín que le enviaron las empresas que aparecían en su “reportaje”. Sus jefes decidían que así tenía que hacerlo, me explicó. Ese era su trabajo.

Nos seguimos viendo algún tiempo y me presentó a varios de sus colegas. Personas que trabajaban en otras revistas y que prácticamente hacían lo mismo: transcribir. No dejaba de pensar en la revista en que hice en mi adolescencia y cómo en aquel semestre esa aventura parecía ser lo único en mi vida y en la de mis compañeros: escribir, diagramar, corregir, establecer la línea editorial y el sin fin de cosas que implica hacer algo tan extenuante y al mismo tiempo intenso, lleno de estímulos y retos. A Elisa nunca le mencioné lo que pienso de su actividad. No tengo ninguna autoridad para hacerlo. Lo que sí creo es que Tomás Eloy Martínez acierta cuando hace la analogía entre esta manera de ejercer el oficio y la actividad de un mensajero.

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