Diego Geddes

Planos para escribir

Cada vez que hago deporte fluye el pensamiento interno. En realidad, siempre estoy con el pensamiento permanente, un locutor que desarrolla teorías mientras sucede la vida cotidiana. No sé cómo explicar esto sin quedar mal con mi interlocutor de turno, pero es lo que sucede: hay un segundo plano permanente. La pregunta, ahora que lo escribo, podría ser otra: cuál es el verdadero segundo plano.

Ciudad de México, 7 de mayo (MaremotoM).- Volví a usar mucho las bicicletas de la ciudad. Volví, también, a soñar. Imágenes en colores violeta y amarillo, personas de otros tiempos. También situaciones de ahora: escenas que terminan en cortes abruptos, un estallido inminente. No sé si una cosa tiene que ver con la otra. Quizás podría ser una cuestión del cansancio físico que genera la bicicleta y que dispara imágenes en mi cabeza. O al revés, que los sueños me invitan a buscar una descarga en la actividad física, para contrarrestar la intensidad pasiva de la actividad onírica. ¿Qué es primero, el agotamiento físico o el sueño?

Cada vez que hago deporte fluye el pensamiento interno. En realidad, siempre estoy con el pensamiento permanente, un locutor que desarrolla teorías mientras sucede la vida cotidiana. No sé cómo explicar esto sin quedar mal con mi interlocutor de turno, pero es lo que sucede: hay un segundo plano permanente. La pregunta, ahora que lo escribo, podría ser otra: cuál es el verdadero segundo plano.

Leer esto me hace quedar al borde de la descortesía. De nuevo: no sé cómo explicar esto sin quedar mal.

Quizás con el ejemplo del deporte.

También ahí aparece un segundo plano pero de mi mismo. Cuando me muevo (andar en bici por la ciudad es una forma de deporte, aunque sea una forma de transporte), aparece el relato de una forma diferente, se une más con el paisaje (en el contexto que sea, urbano o más natural).

¿De qué estoy hablando? Los sueños, los planos, el cansancio, el movimiento. Son los temas pero no llego a ver cómo se relacionan.

Hace mucho que no pongo esto, un recurso que tenía olvidado. Bienvenidos al Diario de la Procrastinación.

Confinados
Tiempo para escribir Foto: Cortesía

Lo que más quisiera en el mundo es tener disciplina y voluntad: escribir todos los días un poquito, leer todos los días un poquito. Ahora estoy en un buen momento de lectura. Dejé de mirar el celular cuando me voy a dormir y leo casi todos los días 20 o 30 minutos. En realidad, debería decir: no dejé el celular, lo agarro después de esos minutos de lectura. La lectura me adormece y el celular me pone alerta. Como si necesitara irme a dormir alerta, sin transición: del alerta al sueño.

Escribir no puedo: siempre hay un plan mejor. La exigencia me paraliza. La vagancia me paraliza. La Champions League me paraliza. Todo lo que no sea escribir me paraliza.

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Un tip que podría usar, si reemplazo escribir por desgrabar.

Si escribí durante cuatro años este newsletter con una constancia sobrenatural y épica (para mis estándares) es porque lo escribo siempre los viernes a la noche. Armé una rutina. A veces a las 10 de la noche, a veces a las 2 de la mañana. Pero por ahí.

Ahora para escribir otras cosas quiero armarme de nuevas rutinas y por eso planifico al borde del absurdo: levantarme a escribir a las 6 de la mañana, en el momento en que Clemen toma una mamadera. O escribir los fines de semana: escaparme de la escena familiar para ir a trabajar. A veces me pregunto si realmente me gusta escribir.

No creo que a nadie le guste, pero sí creo que puede haber gente que se sienta a la silla y escribe sin hacerse tantas preguntas. Gente sin locutor interno.

Hoy tengo que escribir por fuera de la rutina de los viernes: tengo una cena y debo adelantar el texto.

Busco excusas: saco la basura, me voy a lavar el pelo. Busco otros planos.

Pero lo que funciona es escribir. O empezar a escribir. Tirar del hilo. Empezar a pedalear.

Con el sueño no funciona así: es sorpresa pura. ¿Será una forma de la poesía?

Mirar fotos también me ayuda: esta, por ejemplo, muestra unos barcos pesqueros en Jakarta, Indonesia. Me hace acordar a un cuento que escribí hace mucho sobre un tipo que trabaja en un estacionamiento. Un obsesivo de acomodar los autos de la mejor manera posible, que pierde la cabeza y termina atrincherado en el estacionamiento.

Creo que me cuesta escribir ficción, lo que me gusta es escribir a partir de la observación (y que puede terminar en ficción).

En la bicisenda de Virrey Ceballos ocurre una situación insólita: a la altura del edificio de la Policía Federal, por Virrey Ceballos, entre Moreno y Avenida Belgrano, la bicisenda desaparece. Es solo esa cuadra, y desaparece porque sobre el espacio en donde está la bicisenda están estacionados los camiones de la policía.

Un cartel avisa de la situación con una leyenda que advierte: “Sr. Ciclista. Descienda de la bicicleta. Vereda de convivencia con peatones”.

Parece que se los digo a ustedes pero es para mí. El Diario de la Procrastinación es un ejercicio de escritura, una actividad terapéutica contra la procrastinación.

Nos vemos la semana que viene. Gracias por los mensajes de feliz cumpleaños (fueron muchísimos!) y por los cafecitos. Son todas hermosas variantes de la compañía.

Dejo una canción de una banda que me gusta mucho. Esta en particular me hace acordar a la ventana de mi casa anterior: los lunes, cuando tenía franco, y me quedaba viendo el atardecer.

Fuente: Diarios de la procastinación / Original aquí.

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