Podríamos preguntarnos: “¿Quién construyó Notre Dame, corazón de París?”.

Ciudad de México, 17 de abril (MaremotoM).- Me cuesta trabajo creer que en estos momentos esté ardiendo la catedral de Notre Dame, una de las iglesias góticas más antiguas de Europa y emblema cardial de la ciudad de París y, por ende, de la Francia entera. A pesar de que siempre pensé, siguiendo a los anarquistas, que la “iglesia que ilumina es la que arde” (Kropotkin) y que pienso, junto con Walter Benjamin, que “todo documento de cultura es un documento de barbarie”, no dejo de sentir pena por esta catástrofe.

Hace cinco años estuve en el punto cero de París, en la Plaza de Notre Dame y recuerdo que solo vi por fuera la Catedral porque había un mar de gente para entrar. Nosotros moríamos de hambre, así que nos fuimos en busca de un buen menú (que resultó ser afrancesadamente exquisito) con el juramento de regresar, cosa que no sucedió jamás.

No pude más que impresionarme por la monumental belleza de la fachada del templo. Iba con unos amigos, América y Olivier, una mexicana y un francés que se habían casado recientemente y me estaban alojando muy cerca de la Torre Eiffel. El joven marido Olivier (que por cierto dio clases de malabares en el circo volador en Iztacalco en la CDMX y cuatro años atrás era un personaje salido del cómic de Axterix y Obelix y decía más albures y groserías que yo en español chilango, hasta que América le pidió cortarse la gran barba de druida a cambio del matrimonio, transformándolo en un limpio francés “godine-s”, para que consiguiera un trabajo decente y no tuviera una existencia azarosa de malabarista) nos daba una charla sobre historias en torno a la catedral de Notre Dame, cuando nos interrumpió un antipático compatriota que se decía perdido pero que después de la comida que compartimos con él, porque con habilidad de sanguijuela se nos pegó como lapa arruinando la charla de sobremesa (acababa de ser lo de Ayotzinapa y estábamos furiosos y el pendejo justificaba al Estado casi como si fuera Héctor Aguilar Camín), llegamos a la conclusión de que era un oreja de la embajada mexicana. Así de intrusivo e insoportable era el tipo, no podía ser otra cosa que un soplón porque su personalidad lo delataba en todo momento.

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Ese día sentí una especie de frustración por no entrar a ese santuario Gótico de París que yo relacionaba desde la juventud con Cuasimodo, el héroe de Víctor Hugo en Nuestra señora de París. Fue una pena no entrar pero así es el viaje de mochilero y hay que tolerar permanentemente la frustración porque siempre dejas un lugar para ver otro y el tiempo no deja de hacer su trabajo. Nosotros ese día (y gracias al compatriota intruso) nos convertirnos, sin saberlo, en personajes del Libro de Manuel, de Julio Cortázar.

No dejo de sentir una gran pena por el incendio de ese milagro arquitectónico erigido por miles y miles de trabajadores medievales con su sangre pues, parafraseando a Brecht, podríamos preguntarnos: “¿Quién construyó Notre Dame, corazón de París?”.

Es una lástima que este documento de cultura y de barbarie (medieval, imperial, colonial y emblema del capitalismo- francés que fue testigo de la Revolución, la Comuna o las Vanguardias) arda en un voraz y pálido fuego a plena luz del día, sin esperar siquiera a que caiga la noche, para que nuestra señora de París y las gárgolas que la flanquean griten con toda su fuerza su terrible agonía.

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