Por qué no me enorgullece ver una indígena mexicana en la portada de “Vogue” (o candidata al Oscar)

En la portada de enero del 2019 de Vogue, la revista de moda más importante del mundo, apareció Yalitza Aparicio; de inmediato se alzaron las voces que celebraban el triunfo global de la mexicanidad y de lo indígena.

Ciudad de México, 19 de marzo (MaremotoM).- Aún no se disipan los ecos de las últimas ovaciones de la película de Alfonso Cuarón (a la que tituló igual a una película inmortal del inmortal Federico Fellini), cuando ya nuevos premios se vislumbran para gozo, no sólo de cinéfilos, sino también de críticos, filósofos, indigenistas, progresistas y patriotas de raleas varias, todos muy orondos con el pecho hinchado de orgullo nacional.

Y entonces, como para equilibrar el preciosismo de las imágenes ante una historia que más bien se queda corta, aparecen “periodistas” que nos hablan del “renacimiento del neorrealismo italiano”, arquitectos que descubren la esencia protagónica de la casa barrial, luchadores sociales seguros de la intención reivindicadora hacia las trabajadoras domésticas, cineastas famosos que descifran el significado del aguita que barre “Cleo” y hasta por YouTube circula la biografía del perrito rescatado que aparece en el filme (que no tarda en ser convertida en una historia de superación canina).

Aquí hay que hacerse de piel dura, porque los ataques de los devotos ofendidos contra quienes pensamos que esta película no es una “obra de arte”, es más virulento que el que recibiríamos por ofender a sus propias mamacitas; en general, somos sumariamente degradados con las gachas etiquetas  de “envidiosos”, “malinchistas” y “amargados” (amargado y envidioso a veces, malinchista nunca), por ello, apelando a las licencias que me da ser un Don Nadie en el mundo del cine, voy a decir lo que se me da la gana.

Más allá de los rasgos ideológicos y méritos narrativos de esta película (asuntos que merecen un texto aparte), es muy interesante su mitificación y el significado idealizado que se ha construido a través de sus varias lecturas, una de ellas, es la que se hace de la aparición de Yalitza Aparicio en la portada de Vogue o de su postulación al Oscar como “mejor actriz”.

Se ha dicho que estas candidaturas representan una “reivindicación indígena”, una merecida mención al esfuerzo de los nunca reconocidos, la inclusión de los históricamente marginados. Estas presunciones ya se hacían con motivo de la participación de la indígena mixteca en la película: ”trata de hacer conciencias sobre la inequidad del trabajo doméstico”, revela la opresión cotidiana contra las trabajadoras del hogar”, decían. Hay quienes, como yo, piensan que no hay intención reivindicativa en el papel de Cleo, sino, en el mejor de los casos, anécdotas que retratan prejuicios de una manera edulcorada; el director está en su derecho de hacerlo (algunos opinarían lo contrario), pero entre eso y suponer un discurso “justiciero”, hay un gigantesco abismo.

Una portada “muy Vogue”. Foto: Humberto Aguirre

La película decíamos, merece otro texto. Estábamos con la portada de Vogue, la candidatura al Oscar y su vocación reivindicativa para las indígenas mixtecas de México. En la narrativa gubernamental postrevolucionaria la construcción visual de “lo indígena” se gestó en la confluencia de múltiples actores: cineastas, pintores, fotógrafos, escultores y los gobiernos en turno, moldearon la representación indígena de acuerdo a las necesidades del mercado y del discurso ideológico político de la época; la iconografía que retrata a la mujer de entonces es muy abundante, desde las itsmeñas de Einsteinstein en Que Viva México, hasta las sobrecogedoras esculturas de Oliverio Martínez en los monumentos postrevolucionarios; sin embargo, la representación visual de la mujer indígena que ha nutrido el potente imaginario nacionalista que perdura hasta nuestros días, en raras ocasiones ha tenido como artífices a las propias mujeres indígenas. No se trata de procesos de autorrepresentación, sino, muy al contrario, son representaciones hechas por otros para legitimizar o fortalecer discursos dominantes.

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La construcción visual de la protagonista de Cuarón en la revista Vogue, cabe en esta categoría. Siendo sujetos históricamente marginados, las voces indígenas, en un ejercicio de autorrepresentación, supondrían en el mejor de los casos, la visibilización de experiencias de un grupo o la contribución a la denuncia de una siempre postergada justicia social y económica.  No es el caso.

En la portada de enero del 2019 de Vogue, la revista de moda más importante del mundo, apareció Yalitza Aparicio; de inmediato se alzaron las voces que celebraban el triunfo global de la mexicanidad y de lo indígena.

La publicación, que ha sido criticada más de una vez por su “insensibilidad racial” y que no presentara en su portada a una mujer afrobrasileña sino hasta 2011, encarna la narrativa aspiracional de la mujer occidental burguesa. Si la señorita Aparicio comparte esas aspiraciones es muy su gusto, pero lo que olvida su club de fans, es que lo que celebran es una postura que pertenece a la esfera privada y no es, en ningun caso, una aspiración intrínseca ni a los mexicanos, ni a los indígenas. De hecho, existen grupos autóctonos de este país que se oponen explícitamente a los diseños patriarcales del ser mujer diseminados desde la moda y la publicidad, a través de ejercicios plenos de autorrepresentación  (tal es el caso de la película Tejiendo Mar y Viento. La Vida de una Familia Ikood, 1987).

La portada de Vogue no habla de integración sino de alienación; puede decirse sin duda, que se trata del enmascaramiento de una identidad que pone un velo a la comprensión de los conflictos indígenas y sus prácticas de resistencia. La burda retórica que pondera un falso multiculturalismo de vocación integradora, paradójicamente nos muestra su cara más excluyente al celebrar sólo la imagen  de lo indígena aceptable, de lo no conflictivo o  no problemático.

La celebridad de espectáculo es perfectamente compatible con el carácter del “buen salvaje”. Es por eso que no veremos nunca a Ahed Tamimi en la portada de Vogue o a una película como Gaza (recientemente galardonada en los Premios Goya) en la noche de gala del Oscar.

A propósito del premio cinematográfico “más importante del mundo” vale decir lo mismo que sobre la portada de Vogue, teniendo en cuenta para explicar su súbita celebración de lo indígena el contexto de Hollywood de los últimos años: a raíz del escándalo de presuntos abusos sexuales, la Academia se “hizo feminista”, a raíz de la poca representatividad negra en las premiaciones se ha vuelto más incluyente y frente al discurso racista de Trump ha venido de perlas la candidatura de una mexicana indígena.

No está de más aclarar nuevamente al club de fans, que no hago eco del racismo cavernícola de actorcillos telenoveleros. Lo que digo es que la imagen de “lo indígena” que Hollywood glorifica a través del espectáculo, sirve para fabricar un imaginario que contribuye a satisfacer una agenda política y sus decisiones no necesariamente obedecen, al reconocer con una nominación o premiación, a quién es la mejor actriz o actor.

Se ha señalado ya muchas veces que los proyectos y la agenda de los actores dominantes se moldean de manera importante a través del espectáculo. Pienso que como consumidores, debemos hacer un espacio para reflexiones como ésta y evitar la perpetuación de dinámicas reproductoras y verdaderamente invisibilizadoras, lo cual es un racismo pasivo.

One Comment

  1. Totalmente de acuerdo. Siempre me dio la impresión de que Yalitza es un producto muy bien creado, pero un producto. Y que ella es la ejecutora de ese producto, insisto, muy buena ejecutora, pero que se resultado iba a ser el mismo si en lugar de Yalitza hubiera sido cualquier otra actriz con sus mismas características.