José de la Colina

Por ti soy editora, por ti vi todo Buñuel, por ti admiré a Astaire, por ti comí endivias por primera vez…

Adiós a José de la Colina, adiós a una inteligencia irónica e hilarante

Ciudad de México, 5 de noviembre (MaremotoM).- Querido Pepe: hace rato llegué de tu funeral, te esperamos todos arriba hasta que te subieron pero, como dijo Ana, ése ya no eres tú. Me dieron ganas de tomarte de las manos como la última vez. Tenías puesto un saco que era muy tú pero una corbata que no se parecía para nada. Estaba ahí todo el Titanic, aquel Semanario donde nos formamos todos: Herrera, Ana, Alicia, José Luis Martínez, Juan José, Miranda, González Torres, la pulga, Paulina Lavista, Orestes, De Mauleón, Alfredo Núñez Alfredo, tus hermanos, idénticos a ti y tu hijo al que no me atreví a mirar a los ojos. No estaba María. Me pregunto qué será de ella. Te prometo que no la dejaremos sola. De regreso, con el corazón estrujadísimo, me acordaba de cómo llegué al Semanario y me quedé ahí 12 años, del miedo que me daba que gritaras, de las complicidades los jueves que nos quedábamos solos a formar el número ahí junto a los del News, me acordaba de cómo visitábamos la tumba de Isadora Duncan y de cómo la adorabas, de cómo me decías, un poco de verdad y un poco jugando, que me querías solamente porque mi padre era andaluz, de cómo me formaste, eso sí, a fuerza de gritos y regaños.

Por ti soy editora, por ti vi todo Buñuel, por ti admiré a Astaire, por ti comí endivias por primera vez y por ti, por ti, tomé fotos y vi el mundo de otra forma. En aquella época del Semanario, cuando los colaboradores entregaban todo a máquina, y yo capturaba en la computadora, casi me matas cuando cambié certeza por cerveza en un Asterisco de Ana, y me acuerdo de cómo llamabas a las dos en punto a María y le decías: Hola mi amor, ¿ha llegado la niña del colegio?, refiriéndote a Gema Amanda a la que cuidaste y educaste toda la vida.

Amabas a Botero y a Catherine Z Jones y a Celine y a Miret y a Montaña. Nombraste Acerina a tu compu porque era una Acer y a todos nosotros nos pareció genial, nos presentaste al maravilloso Tomás Pérez Turrent y me enseñaste a editar los larguísimos cuentos del gran López Paéz, saber qué cortar, me decías.

Tenías un gato que no me acuerdo cómo se llamaba y todos los viernes íbamos al Palacio a la Tertulia del Sema. Yo tenía 21 años. Me dijo Carlos que te moriste viendo una peli, ¿cómo más te podrías haber muerto? Moriste tan en paz, que Berta no supo si estabas vivo cuando me llamó esta tarde llorando. La última vez que fuimos a tu casa nos dijiste a Ana y a mí que esperabas ganarte el Premio Cervantes y las dos creímos que sí, que te lo merecías. Te llevaré en el corazón siempre, querido maestro (eso lo serás tú, me hubieses dicho si me hubieras oído). Ay querido Pepe, me he quedado tan triste. Ya nos abrazaremos algún día otra vez. Te quiero. Mora

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