Luis Enrique Ramírez

PUNTOS SUSPENSIVOS | Rayitos

Han asesinado a mi amigo Luis Enrique Ramírez, periodista talentoso, inteligente y sensible, además de gran ser humano. Mi forma de recordarlo son estos apuntes de una amistad y mutua querencia.

Ciudad de México, 9 de mayo (MaremotoM).- Son más de las tres de la tarde. Cumplo con la manía de entrar a Facebook en busca de las noticias más recientes del día. Lo primero que leo me deja en shock. El titular es de Ríodoce,  periódico semanal de Sinaloa: “Asesinan al periodista Luis Enrique Ramírez en Culiacán”.   ¿Queeé?

La noticia llega como un golpe seco en la boca del estómago; me hace perder el equilibrio emocional; olvido el hambre.

Me voy a Twitter donde una sucesión de post  ya ofrecen las primeras versiones periodísticas.  Me hundo en la información. Hablan de tu muerte, mi buen amigo, cometida con gran violencia y de la localización de tu cuerpo embolsado en un camino de terracería en Culiacán, Sinaloa. Nada más se dice.

Carajo, carajo. Qué tragedia. Duele y mucho. Duele la pérdida del amigo; duele la realidad.

En una de esas reacciones incomprensibles, corro a la biblioteca en busca de dos libros que simbolizan nuestra larga amistad; en busca de lo que tu escritura, “Rayito”, puede transmitirme de ti; como si esas páginas tuvieran el poder, la magia, de devolverte a la vida­

Siento urgencia. Me desespera no localizar La ingobernable. Encuentros y desencuentros con Elena Garro, escritora cuya vida y obra investigaste con obsesión y pasión. Encuentro La muela del juicio, volumen de la colección Periodismo Cultural, editado por el otrora Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, que reúne algunas de las entrevistas que publicaste en diversos diarios: Noroeste de Sinaloa, El Financiero, El Nacional y La Jornada.

Imposible no llorar y reír a la vez con tu dedicatoria:

Para María Elena Matadamas y Adolfo Martínez Solórzano, con agradecimiento por los momentos brindados –siempre gratos- en el espacio de privilegio de su casa. Por la confianza, por su simpatía y por las carcajadas contagiosas de esa mujer bajada del cielo que es María Elena”

De quien espera seguir siendo su amigo.

Luis Enrique Ramírez 12/dic/94

Sin salir de la conmoción siento necesidad de escribir, de escribirte amigo, para dar salida a mis cavilaciones, para dejar ir el dolor, la impotencia y el coraje.

¿Recuerdas “Rayito” cuando nos conocimos?  Eran tiempos de juventud, de amor y entrega a la camiseta –el periodismo cultural- y de múltiples batallas periodísticas; cuando el departamento que habitábamos Adolfo y yo en la calle de Río Usuri, en la colonia Cuauhtémoc, se convirtió en nuestra guarida, para simplemente echar café o convivir con otros colegas sin que faltaran la música y bebidas espirituosas.

Época de compañerismo y complicidad con Elda Maceda (qepd), Ernesto Hernández “Garfield”,   Manuel  “Manolete” Alonso (qepd), Leo Eduardo Mendoza “El Gordo”, Cinthia Palacios y algunos más que de pronto se sumaban, aunque lo cierto es que nunca llegamos a ser legión; sólo un pequeño grupo de colegas de las distintas secciones de El Universal  y uno que otro “agregado cultural”.

Una de tus grandes virtudes fue ser gran conversador, inteligente, puntilloso, con mucha chispa, lo que hacía muy divertidas esas típicas reuniones entre periodistas, donde las interminables conversaciones sobre los temas de siempre -los problemas del país y del medio cultural, el menosprecio hacia la información cultural en los distintos medios de comunicación-  estaban aderezadas con chismes y anécdotas de nuestras particulares filias y fobias y hasta sobre devaneos propios y ajenos.

Para todos eras Luis Enrique; para mí “Rayo” o “Rayito”, aunque he olvidado cómo fue que adquiriste tal apodo o quién te bautizó. ¿Sería por cómo corrías cuando se hacía tarde para llegar a tiempo a los eventos o por la manera en que, con sólo dos dedos tundías el teclado de la computadora ante el apremio de los cierres de edición?

No hay fotografía que registre los momentos juntos,  pero mi memoria conserva la imagen de cuando  te conocí: un norteño hermoso, bien acicalado, que acostumbraba a llevar el suéter amarrado al cuello; alto, delgado, moreno, con unos bellos ojos negros observantes; un tanto cuanto solitario, callado y hosco sólo en apariencia; con una sonrisa descrita como “seráfica y luciferina”  por Elena Poniatowska, en la semblanza en la que te retrata a cabalidad desde el título mismo: El reportero metiche.

¿Te acuerdas de cuando compartimos redacción en tu paso fugaz por la sección de espectáculos de El Universal? Pasabas por una etapa de desempleo cuando Ernesto Hernández, el editor, te propuso hacer entrevistas de largo aliento –más allá de la frivolidad y los chismes- a personajes de la farándula. Te encantó la idea, aunque duró poco, pues te sobrevino uno de tantos episodios de depresión, desapareciste por varios días y ya no hubo trabajo para ti.

Pero nuestra amistad venía de tiempo atrás, de cuando como reporteros de cultura (tú, primero en El Financiero, bajo la coordinación de Víctor Roura y luego en La Jornada, dirigida por Braulio Peralta; yo, en el Novedades y más tarde en  El Universal) coincidíamos de manera constante en eventos culturales y artísticos y como enviados a grandes festivales en distintas entidades, en particular el Festival Internacional Cervantino en Guanajuato, donde la dinámica estresante  de  cada día escribiendo notas, haciendo entrevistas, cubriendo conferencias, yendo de espectáculo en espectáculo hasta altas horas de la noche, se compensaba con nuestros momentos de simpleza absoluta y del deporte favorito de “echar chal”.

Mientras yo disfrutaba de tu sentido del humor, de tu acento norteño y  tus carcajadas francas; tú alentabas mi forma de ser atrabancada y lenguaraz, riendo a carcajadas por el uso constante dichos y refranes aprendidos de mi padre y reprendiéndome con  un exclamativo ¡Matadamas! Sí, era un juego; nuestro juego.

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Siempre admiré tu facilidad para entrevistar a todo tipo de personajes, de la cultura y el arte, de la farándula y de la política. Eran diálogos que parecían simples, sencillos, casuales. Muy al estilo de Poniatowska, aplicabas un tono de candor/ingenuidad a la voz para lanzar, en el momento oportuno, comentarios que llevaban “jiribilla”, del tipo “te creíamos muerta Chavela” (Vargas) o preguntas como ¿no cree que en general los juicios a su administración le son adversos?” (a José López Portillo, expresidente) que mostraban que habías hecho la tarea, que habías investigado y estudiado al personaje. Siempre gocé de tu escritura, de la forma de narrar tus entrevistas y  de vestir los diálogos con descripciones de contexto.

Transformamos la amistad en hermandad con la convivencia, al grado de tener –como dijiste un día- un “código de comunicación”, basado en el intercambio de miradas y expresiones. Bastaba con vernos al rostro para adivinar nuestros pensamientos.

Batallaste atormentado por tus demonios; tus episodios depresivos se traducían en ausencias repentinas y desapariciones por semanas. ¿Cuántas crisis te llevaron a tocar fondo? En una de ellas regresaste a Culiacán y ya no nos volvimos a ver, aunque teníamos noticias el uno del otro a través de las redes sociales.

Recuerdo la sorpresa que me provocó saberte columnista político, en un contexto de incremento de la violencia por el crimen organizado y la polarización política.

Comencé a buscar tu columna El Ancla en El Debate. No dejaba de lamentar tu renuncia al periodismo cultural y tu paso a la información dura, a los asuntos sobre la violencia, la corrupción, la injusticia, etc.  También me asomaba a los contenidos de tu portal Fuentes Fidedignas. En Sinaloa ya se hablaba de ti como el columnista estrella, el más influyente, pero también de las amenazas que te obligaron a abandonar un tiempo Culiacán.

Pasaron años antes de reencontrarnos en Facebook y de ponernos al día sobre nuestras vidas; aunque bien que sabías los detalles de mi conversión a periodista emprendedora y yo de tu reinvención profesional y lo que llamabas tu encuentro con Dios.  Aunque suene raro, éramos otros pero seguíamos siendo los mismos.  A pesar de la distancia, percibí que el cariño y afecto permanecían inalterables.

“Me he metido en uno que otro lío porque cambié de giro a la política y en esto de repente se sueltan los demonios, pero bueno, he aprendido a capotearlos; por desgracia el periodismo cultural aquí en mi tierra es inexistente”, me escribiste en diciembre de 2017.

Te sentí contento en tu nueva faceta como columnista político; evité expresar los temores ante la vulnerabilidad y los riesgos que enfrentan los periodistas, particularmente de los Estados.

Mi buen amigo, hasta ahora nada se ha dicho que permita entender por qué y quienes te arrebataron la vida con tanta violencia. Incluso, las versiones que corren tienen matices.

¿Cómo puede ser que hoy tu familia y amigos te estén velando en tu tierra?

Pienso en el ser humano que conocí: noble, sensible, buen tipo, generoso, amante de los gatos –que es decirlo todo-. Tengo mi propio duelo; en el aislamiento, he pasado del dolor a la indignación.

No me he apartado de las redes sociales. Veo cómo la información sobre tu asesinato le da vuelta al mundo y se mantiene entre los trending topics.  Tus fotografías dominan los contenidos de portales informativos y medios de comunicación de Culiacán, pero también nacionales y hasta extranjeros. Muchas declaraciones, esquelas, pronunciamientos de organizaciones gremiales que exigen al gobernador de Sinaloa y a las fiscalías estatal y federal, esclarecer los hechos y castigar a los culpables.

Yo sólo pienso en cómo fueron los últimos momentos de tu vida y en lo que debiste sufrir. Me desgarra el sólo imaginar la bestialidad/brutalidad de tus agresores y   de las huellas de violencia que dejaron en tu cuerpo, según los reportes de las autoridades.

Me emputa que haya sinvergüenzas capitalizando ya tu muerte para fines que nada tienen que ver con la defensa de la libertad de expresión.

Desde ayer, varios medios de comunicación, impresos y digitales, comenzaron a rescatar y circular datos de tu trayectoria en el periodismo cultural:  tu paso por las redacciones de medios locales y nacionales; los reconocimientos a tu trabajo (premios Pablo de Villavicencio de la Universidad Autónoma de Sinaloa, de Periodismo del Festival Cultural de Sinaloa, Nacional de Periodismo Juvenil José Pagés Llergo del CREA); hablan de cuando te trasladaste a vivir  a la Ciudad de México en 1988, de los medios en los que trabajaste  y destacan la amistad y cercanía que mantuviste con escritores como Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska.

Lo más duro es ver cómo te has convertido en un número, el nueve, en las terroríficas estadísticas de periodistas asesinados en lo que va del año, aunque suman 30 las registradas ya en este sexenio. Por eso las marchas, por eso los desplegados exigiendo ¡Justicia!

Pienso en tu mamá, pienso en tu familia.

¿Por qué alguien tiene que morir por desempeñar la profesión que ama? ¿Cómo pueden una sociedad y un gobierno proteger a los periodistas de la vulnerabilidad en que coloca el desempeño del trabajo? ¿Por qué no comenzar por exigir a los mismos medios de comunicación condiciones dignas de trabajo; garantías mínimas de protección y seguridad para quienes exponen su integridad física por los temas que abordan? ¿Cuántos periodistas en este país siguen sin ganar ni el mínimo por lo que escriben, ni tampoco cuentan con seguridad social a pesar de que arriesgan la vida todos los días? ¿Llegaremos a saber, “Rayito”, quiénes y por qué te mataron?

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