Los zombis y la inteligencia

¡Que muera la inteligencia! ¡Que vivan los zombis!

Ciudad de México, 14 de agosto (MaremotoM).- Hace ya 44 años de que George A. Romero dirigió La Noche de los Muertos Vivientes, una película de culto que sirvió de referencia para crear, en innumerables zagas, zombis cada vez más ágiles, voraces y hasta chistosos.

Los zombis han dejado paulatinamente sus dominios de ultratumba, para atracar Hollywood, invadir las redes sociales y aparecer, de tanto en tanto, putrefactos, en las calles de las ciudades, convocados por clubs de fans a través de la web.

No sólo eso: el zombi ha pasado de ser el muerto resucitado del culto vudú, a ser una cruda metáfora del pulso político de los tiempos que corren.

Una turba de harapientos sangrantes con ojitos de huevo cocido deambulan los últimos años por las calles del centro histórico de la Ciudad de México, en lo que se ha llamado el “Zombie Walk”.

La última vez, los zombis que aquí se reunieron llegaron a 15 mil y amenazan con multiplicarse.

Mientras los movimientos con reivindicaciones sociales que toman las calles de la ciudad, apenas pueden reunir unos cuantos miles de personas y están muchas veces fragmentados y son discontinuos, el movimiento zombi parece estar viviendo su época dorada. La toma de las calles por los zombis con menoscabo de la movilización social son dos caras de la misma moneda.

Algunos dicen insistentemente que estamos ante el fin de las ideologías, el fin de la historia o de los grandes relatos, irremediablemente sometidos a la economía de mercado y a la implantación universal de la democracia. El dominio del pensamiento único implicaría el abandono de los grandes paradigmas críticos del siglo XX, como el marxismo, a favor de un universalismo que desdeña la noción de ideología para sustituirla con la de “gustos” o “preferencias”.

Si el mermado impulso de la movilización ciudadana es el reflejo de la incapacidad de reinventar, agravada por la crisis de representatividad política y la criminalización de la protesta, la ideología zombi es la declaración en voz alta de la resignación.

El movimiento zombi es la claudicación a expandir los horizontes de la crítica y la política, es la sumisión a las teorías del fin, el reconocimiento implícito del triunfo de las teorías “post” y la moda, sobre el pensamiento y la ideología. El movimiento zombi se abandona, no a la práctica mágica, porque no busca la voluntad de poder ni el dominio sobre nada, sino a una suerte de religión sin dios, inmanente, más allá del dominio del hombre. La dependencia y la entrega del zombi y su rechazo a la búsqueda de sentido, son desalentadores síntomas ideológicos y culturales.

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El movimiento zombi es la antítesis del goce que se vive en las marchas de protesta, no existe un sentido de cooperación, ni conversación, ni canto, ni danza; carece de un proyecto, de trabajo conjunto y sobre todo, de una declaración de principios morales, o si se quiere, de un mito fundacional; es el vacío como totalidad.

El movimiento zombi y las marchas de los movimientos sociales tienen reminiscencias del carnaval de la Europa medieval, son una fiesta del cuerpo y los sentidos, una temporalidad inventada para usar máscaras, llenarse de colores, trasmutar en la sensualidad exaltada que empuja a la lógica del tocar, de estar juntos voluptuosa y permisivamente.

Sin embargo, los carnavales de origen europeo y aquellos de la América europeizada, también son una ocasión para la búsqueda del tiempo mítico y sacro, una dimensión diferente al tiempo profano que expresa el deseo de alcanzar la inmutabilidad y la eternidad olvidando los afanes mundanos.

El carnaval es un asunto de la comunidad y el caos que lo gobierna es parte del ciclo ritual “construcción-destrucción-reconstrucción”. No es casual que los movimientos sociales contemporáneos, particularmente aquellos nacidos a finales del siglo XX, adoptaran una modalidad carnavalezca en sus expresiones callejeras, reconociendo implícitamente una vocación transformadora.

En términos que usaría un activista, el carnaval es la oportunidad de compartir una experiencia común a contrapelo de la noción individualista del capitalismo. En el carnaval cada uno se expresa como quiere a través de la propia iniciativa creativa sin dejar de sentirse parte de un todo.

El carnaval también implica la recuperación del uso del cuerpo y el gozo del uso de la acción directa.

La subversión, la violencia inusitada y la revolución a que incita el carnaval, son por naturaleza efímeros; el carnaval perpetuo se convierte en terror, pero más terrorífico resulta imaginar despeñarse al vacío de la ideología zombi.

La articulación de un discurso colectivo por sobre lo fragmentario, las narrativas particulares y las declaraciones a “título personal” puede ayudar a reinventar una manera de pensar el mundo o siquiera la dinámica de los movimientos.

Ante la euforia explosiva y creativa del carnaval, los movimientos sociales, deben construir una contraparte programática y estratégica, reinventar los ricos universos teóricos legados del siglo XX que hoy los pensamientos “post” y los zombis se empeñan en relegar como curiosidades obsoletas de la academia.

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