“Quise describir el dolor de la gente, que también es el mío”: Luis Jorge Boone

“Le tuve miedo a ese pensamiento. A ser el hijo del hombre ratón. El hijo de la mujer alimaña. La prole de los indeseados.”, escribe Luis Jorge Boone en Toda la soledad del centro de la tierra. Acaso su novela más abierta, casi como una novela obligatoria.

Ciudad de México, 21 de marzo (MaremotoM).- Hay algo distinto en esta nueva novela de Luis Jorge Boone (Monclova, 1977). Todo el mundo lo comenta, como si después de tanto escribir, algo hubiera hecho mella en su espíritu, un rodear y rodear hacia el centro y de pronto una narrativa –tal vez algo de crónica- explota en el horizonte.

Es difícil que el escritor acepte estos juicios, pero Toda la soledad del centro de la tierra (Alfaguara) trae un salto cualitativo del narrador, del poeta, del que siempre escribe y siempre busca. Cuenta la historia de un niño que camina por una ruta oscura, dispuesto a encontrar a sus padres y en realidad encuentra a los desaparecidos del pueblo. Por aquí y por allá, esos seres fantasmales a lo Juan Rulfo que hacen la caminada, destacan las leyendas y la abuela Librada.

“En esta novela tan breve como intensa, a medio camino entre la poesía y la narrativa, la ficción y el testimonio real, Luis Jorge Boone teje con extraordinaria sensibilidad una trama donde el desamparo, la orfandad de la infancia y el luto humano se interrogan por la proporción de alma que sobrevive a la crueldad que el hombre ejerce contra el hombre mismo”, dice la editorial.

Es probable que el luto humano sobreviva al libro, pero hay un alma desnuda que es de quien escribió la historia, que pone las cosas en su sitio. Una gran novela.

Toda la soledad del centro de la tierra parece un cuento de ciencia ficción. Cuando uno lee la novela pensamos en esos que dicen que la tierra es hueca

–Sí, es cierto. La verdad es que esa imagen del pozo, de la tierra hueca, de los túneles, donde puede vivir gente o de que ahí están las cosas que olvidamos es parte de cierto folclore infantil. Me tocó porque en el Desierto de Coahuila tiene esos pozos sin fondos, nunca terminas de caer y se vuelve una pesadilla para que nunca te acerques a ellos. Yo me quise acercar a esa metáfora porque representa el olvido, la desaparición y que entre más se acerque al mundo de los adultos se vuelve una metáfora más tenebrosa.

–En la infancia está la abuela Librada, ¿te remitió a alguien de tu familia?

–Yo vengo de una familia de mujeres que fueron las jefas, las que mantenían unidos a los parientes; los hombres se fueron. Ese personaje (el de la abuela) es muy violento, pero también es una mujer que vive sus propias orfandades, es una matriarca, una jefa, un poco a la fuerza. A mí la abuela es un personaje que me gusta mucho, a pesar de ser dura, ella también carga su propio dolor y allí es donde decimos que entre niños y adultos no hay mucha diferencia, sólo que algunos lo asumen y otros no.

–¿Cuándo empezaste a relacionar tu niñez, tu folclore, con el narco?

–Hay cosas que suceden en el país y que no nos dábamos cuenta. Los pueblos arrasados en Veracruz, en Tamaulipas, de pueblos arrasados en donde la gente perdió la vida, el rostro…a pesar de que no ubiqué la novela en un espacio, si puse las circunstancias actuales. Tenemos algunos años de saber muchas cosas, hubo una guerra, sabemos cuándo empezó, cuándo se salió el control, quiénes están involucrados, la parte que tiene Estados Unidos en esto. Lo que dije fue desarrollar esa historia más que nada para describir el dolor de la gente.

–Por otro lado, es cierto que este libro tiene una savia nueva, como una intensidad terrible

–En realidad yo sabía que era un libro diferente, me estaba metiendo en un tema inédito. La escritura siempre es un acto político, la estética es una ética, pero en un momento que pasé por Allende, sin saber exactamente lo que había sucedido, pensé que la ficción debía ocuparse de eso. Es un libro que escribí muy rápido, pues no había manera de extenderlo mucho porque la historia estaba en mí y sabía lo que quería decirle al lector. Fue un libro que me dejó muy dolorido, hubo momentos mientras lo escribía que me decía: ¿para qué me metí en esto?, pero luego te acuerdas, darle luz, enfocar en esto.

Lee el primer capítulo en MaremotoM. Foto: PRH

–Tu libro, el de Mariano Monge, el de Fernanda Melchor, demuestran que está muerta la narcoliteratura. Ustedes comienzan a hablar de las víctimas

–Creo que durante muchos años nos decían que aquí no pasaba nada, que México estaba a todo dar, que vamos para arriba y lo creíamos por una necesidad, porque no había signos tan terribles, ha habido muchas situaciones que nos han llevado a descubrir cosas de las que antes no nos enterábamos. El ejercicio del periodismo cambió muchísimo en los últimos 15 años, antes la información era oficial y la sociedad civil le comenzó a hacer caso a otras voces. Sí esperaba que hubiera una generación nueva que pudiera contar, hay que haberlo vivido desde chico, con otra idea. Hay novelas como La Mara, de Rafael Ramírez Heredia, pero yo quería que hubiera una generación actual. Con gente como Emiliano Monge, como Fernanda Melchor, Antonio Ortuño, Julián Herbert…

–Daniel Sada hablaba del humor y de la ironía, ¿cómo están esos dos valores en tu literatura?

–Daniel Sada fue para mí uno de los autores que me enseñaron a ver el paisaje, la gente, de la región centro de Coahuila, él escribía sobre esos lugares donde yo vivía. Yo decía que tenía que irme lejos para poder escribir y cuando leí a Sada, cuando leí a McCarthy, con su Trilogía de la frontera, dije: –No me tengo que ir lejos, aquí está. Hay una visión de la violencia, del lenguaje, de la ironía, para mí Daniel es una mis grandes referencias. Siempre lo tuve como un maestro. Lo hemos leído poco, todavía no le hemos dado el lugar que merece.

Todo la soledad del centro de la tierra está dedicada a todos los mexicanos, ¿te parece?

–Sí. Uno tiene muchas etapas cuando uno escribe, siempre estamos escribiendo para alguien. En este caso estaba pensando en alguien que no conozco, pensaba en todos nosotros en forma individual, ese dolor compartido, cuando tenemos un pariente en la cárcel, cuando vemos impunes a los que cometieron el delito, ese dolor que es colectivo, pensaba en todos, en ese coro que aparece hablando todo el tiempo en la novela. Pensaba que ese dolor que siente el lector, yo lo sentí también y no hay que olvidarlo. Es mi libro más abierto, con una conciencia social, pero va por ahí.

Fragmento de Toda la soledad del centro de la tierra, de Luis Jorge Boone, con autorización de Alfaguara.

Seis mujeres en la casa. Siete, contando a la abuela. Los papás de mis primos, todos, estaban lejos, chambeando en el otro lado, de mojados. Sirviendo hamburguesas a los gringos, decían en la casa. Barriendo pisos. Limpiando baños. Hundidos en la mierda. Da igual, mientras no dejen de mandar billetes. Hundidos en la mierda y Güela Librada se reía de sus yernos. Las que a veces lloraban eran sus hijas de ella, las escuchábamos, sobre todo por las noches.

El tema era de a fuerza cuando la abuela se encontraba su botella de tequila. O una cervecita. O lo que bien cayera. Nada ostentoso, una cuba, un vampiro, bebidas de jodidos, decía ella, que ni muy curtidos que estuviéramos todas de la garganta, afirmaba, aunque en realidad ella era la única que empinaba el codo.

Se ponía a cantar. Contaba que en la casa de sus papás, los bisabuelos, siempre había música, que seguido ponían el tocadiscos y su papá sacaba a bailar a su mamá, un bolero, un vals, una redova, a sacudir la tierra del talón, decían, risa y risa, pero despacio, bailaban despacito, con una elegancia que no vieras, afirmaba Güela Librada, orgullosa del porte de sus papaces, sonriendo bonito, porque entonces le salía algo de niña, como si sólo con ellos, y ahora en su recuerdo, pudiera sentir algo de ternura. Cantaba como apagándose, pero con harto sentimiento.

Algo te pasa, pero ya no eres la misma, de un tiempo acá yo te he notado diferente.

No se equivoca el corazón cuando presientemque sin motivo se le deja de querer.

Pero ya entrada en la noche y en los tragos, se le metía el diablo. Le brotaban todas las cuentas pendientes que tenía con la vida. Ahora creo que exageraba las cosas; se magnificaban a través del alcohol y del encono que a lo mejor siempre sentía y siempre callaba, pero que ahora le salía.

Que si había perdido su casita, la que era de sus padres y en la que había crecido, allá en Estación Carranza, su herencia; la perdió cuando el abuelo Arnulfo se trajo a la abuela al rancho. Los hermanos de su papá, los pinches tíos, se quedaron con todo. Y el rancho también lo perdió, se volvió hosco, decía que nadie lo podía ayudar y fue como si se derrumbara. Ni cómo volver, decía, ya ni para qué. Pensaba que esta vida iba a valer todas las penas y que nunca puedes perder lo que más quieres, pero eso fue lo que pasó. No, no valía la pena, se daba cuenta ahora, tarde.

Los hombres son la plaga del mundo, decía.

Ay, mamá, ya va a empezar, la amonestaban, tímidas, como no queriendo, temerosas pero disimuladas, sus hijas.

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¿Y papá? La confrontaban un poco, sin perder distancia, sin mirarla directo, clavados los ojos en lo que les tuviera ocupadas las manos y la cabeza. Platos sucios, un tejido, un botón arrancado, la telenovela de las nueve.

Si de una cosa estaba contenta era de nunca haber parido ni a un solo pelao. Aunque con eso me ganara la inquina de Arnulfo, que dizque con eso le maté el rancho y el apellido. Mis polainas.

Pero si bien que lo lloró cuando lo enterraron. Me acuerdo perfecto. Todas nos acordamos. Le peleaban a la memoria del abuelo, la defendían sabiendo que iban a perder, y que en el fondo no importaba.

Güela Librada suspiraba, empinaba el codo y contestaba lo mismo de siempre:

Mis hijas, óiganme bien: yo descansé cuando a ese hombre lo bajaron a la tierra.

Ay, mamá, y ahora sí el escándalo empezaba a colorearles las palabras, los ojos revoloteaban, parpadeaban con incredulidad, de las agujas de tejer a la boca torcida de la vieja, de los actores atornillados en un beso al ceño fruncido de su mera madre, del cenicero lleno a la botella vacía.

Por eso hoy quiero sin rodeos hablar contigo y sin temor me digas qué es lo que te pasa si mi presencia ya no te es indispensable en un segundo de tu vida yo me voy.

La abuela se levantaba, tambaleante. Una de sus hijas, a veces la menor de su manada de mujeres, la sostenía del brazo y se la llevaba a acostar, jalándola despacito, evitando que se cayera, balanceando el cuerpo marchito y esquelético que hacía mucho le había dado la vida.

Güela Librada contaba que el abuelo Arnulfo la había visto cuando ella era muy jovencita, en el patio de su casa, en Estación Carranza, mientras él pasaba en su caballo, y que le gustó, y volvió dos tres veces a verla desde lejos, y un día como al mes se presentó con el padre a pedirle la mano de la hija. Parecía que ese era el único pecado que había cometido su papá, entregársela a ese hombre, tan tiernita, tan ignorante de las cosas de la vida, y su mamá no había hecho nada para detenerlo. En otros momentos, el abuelo Arnulfo era un hombre derecho, trabajador, dedicado, sin vicios mortales. Pero a veces se transformaba en un cabrón alevoso, egoísta y distante, como por arte de magia, como si los recuerdos se voltearan al revés.

Decía todas estas cosas, creo yo, a la distancia, cuando a la vida se le secan los colores y se vuelve un puro sufrimiento al que le salen cada vez más ramas, tantas que tapan al sol y dan una sombra que nunca se termina. Cuando a nadie le queda nada más que dolor.

Desde que soy viuda cuándo me has visto llorar, retaba a su familia con palabras que se arrastraban detrás de ella, en su camino a la cama.

Aviéntame, si es que ya en tu vida yo no valgo nada,

si de mi cariño ya estás decepcionada,

ya no tiene caso, para qué fingir.

Aviéntame, eso es preferible a seguir mintiendo,

sácame esta duda que me está comiendo

porque ya con ella no puedo vivir.

Los hombres son la plaga de este pinche mundo. Apréndanse eso, pendejas.

Siempre terminaba así: que el abuelo no era la monedita de oro que creían, pero que tuvo la amabilidad de morirse no muy tarde. Su defecto era ser un palo, seco por dentro y por fuera.

El día que le tocaba descansar, le pedía a Güela Librada que le cantara, pero sin instrumentos, sin guitarra, las canciones no le sabían, todo se oía muy triste, y ella nada más lo hacía un rato, para darle gusto, y se callaba. No le llegaba nada, decía.

Cuándo chingados me ha visto ninguna de ustedes triste, a ver.

De aparato de música, ni hablar, esas madres no entraban en la casa de ese hombre, y chíngome yo. Como siempre. Ni para qué vivir la vida, si todos los caminos nos llevan al mismo pozo.

A ver, díganme cuándo cabrones me han visto llorar.

Somos mudos, le decíamos a cada gente que venía a preguntarnos.

Si venían, bien que sabíamos que era por puro morbo.

Porque eso era. Ni modo que fuera preocupación por el prójimo, hambre de justicia, caridad, tantitito así de madre.

Era morbo.

Hasta eso, no mucha gente.

Unos cuantos curiosos.

Batos sin quehacer; vagos con ganas de saber el chisme.

Que por qué tanta destrucción.

Tanto echar al suelo las casas; por qué tanto silencio, como si el aire se empozara sobre los techos.

Por qué el olor a muerte.

Somos mudos, nomás eso les decíamos.

Pero si los estamos oyendo hablar.

Pues ya ve.

Nos la contaron muchas veces, esa historia del pozo sin fondo en medio del desierto. Siempre cambiaban el nombre del rancho que quedaba más cerca. Las sirenas, El taconazo, La aulladora, Los vergeles. Puro nombre mentiroso, decía Güela Librada, y una vez yo le pregunté que entonces cuál nombre estaba bueno, ¿había uno que dijera la verdad? Ella me respondió:

Suficiente es con que le quieran poner cercas al desierto. Olvídate, Chaparro, que clarito lo oigo reírse desde el fondo de su garganta reseca cada vez que algún ranchero le quiere poner nombre.

Los muchachos y yo estábamos seguros de que Güela Librada se avionaba, que casi todo salía de su imaginación y de esa alma suya tan vieja. Aunque juraba y perjuraba que el abuelo Arnulfo era el que se lo había contado tantas veces, quitándole y poniéndole, pero también que el meollo del asunto era el mismo siempre, y por eso ella se sentía con la autoridad necesaria para meterle de su cosecha.

A los tantos kilómetros por la carretera 57, a veces a los ocho y a veces a los ochenta, unos días rumbo al norte y otros al sur, se abría una brecha que como podía estar a la izquierda también podía aparecer a la derecha, oculta tras la gobernadora o los mezquites, así que había que poner atención, o bien la entrada estaba tan a la vista que el abuelo Arnulfo bajaba la velocidad desde mucho antes, pisaba el freno de su vieja camioneta, en la que acarreaba desde hacía treinta años costales de grano, animales de granja, toneles de agua y animales de la familia, apenas veía aparecer la salidita a los ranchos de la zona.

Había que agarrar terracería, a veces una hora, a veces dos, una vez fue toda la noche. Había que aguantarse las sacudidas del vejestorio sobre las piedras, de la camioneta, no las del abuelo, las de la taca-taca, como le decíamos al mueble, no las del peón que les iba a dar de comer a los marranos del rancho de los Arredondo, los Interial o de los nietos del viejo Kalimán, que dejó regada a su descendencia por todo el estado.

Era una chinga. Las piedras, los pozos, lo angosto del camino, el polvo que no dejaba ver y ahogaba gacho. Había que trepar las dos ruedas izquierdas del mueble a las hierbas que crecían al costado de la ruta para dejar pasar al otro cada vez que dos vehículos se encontraban. A veces había mucho tráfico en el camino de tierra, a veces nadie lo cruzaba en días, aparte del abuelo.

El pozo siempre era el mismo. Estaba en medio de un terreno de cuarenta hectáreas en el que no había nada. El puro peladero y uno que otro pinchurriento mezquite. El pozo estaba dentro de una casa que en realidad era sólo un cuarto grande, con ventanas altas, con los vidrios todos rotos de las pedradas miedosas de la gente vecina, quizá de los niños que no aguantaban la cercanía del pozo, y con eso se vengaban de las pesadillas que los despertaban llorando en la noche. Era un cuarto con las entradas sin puerta, el puro hueco y la penumbra al fondo de todo. La boca del pozo tenía el tamaño de un carro. La caída no tenía fondo.

No hablábamos nosotros. Hablaba el miedo.

Qué nos van a hacer. A todos o nomás a los demás.

A nosotras las mujeres. A nosotros los niños.

A nosotros los ancianos.

Y bien que sabíamos.

Era eso lo que nos dejaba sin voz, y por eso era el miedo el que hablaba.

Luego, cuando todo terminó, queríamos hablar, decirle a alguien todas las cosas que habían sucedido.

Pero el miedo es difícil de callar.

El miedo no quiere guardar silencio.

Lo más fácil es dejarlo, que sea él el que hable, que diga lo que debe decirse, porque nosotros nos quedamos vacíos.

Es más, no sabemos si esto de ahorita lo decimo nosotros, o es el miedo el que habla, todavía.

A lo mejor nunca se va a callar, tanto así de voz tiene, tanto así grita sin esa boca que se le abre en medio de su pecho oscuro, el miedo, el pinche miedo, el puto miedo.

El abuelo pasaba por la casa del pozo todos los días, de madrugada. Era joven. El abuelo no envejeció nunca. Dejó de ser un señor y se volvió fantasma, no pasó por la chochez. Se quedó solo de sí mismo y dejó de estar en cualquier parte. Cuando se dio cuenta de que se había quedado sin sus tierras, cuando tuvo que enfrentar la triste realidad de que no tenía ningún hijo que lo ayudara y que por eso las había perdido todas, que ahora debía trabajar para gente más pendeja que él pero con más suerte, o más conectes o más algo, se amargó, se amargó de a madre, …

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