Eduardo Antonio Parra

Recorrer el laberinto como se recorre una botella, Laberinto, de Eduardo Antonio Parra

“Campanadas, dijo y sus manos golpearon dos veces la superficie de la mesa. Es lo primero que se me viene de aquella noche”. (Eduardo Antonio Parra)

Ciudad de México, 23 de noviembre (MaremotoM).- ¿Cuánto tiempo le habrá llevado a Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965), decidir que su novela se llamara con semejante símbolo?

La fascinación que genera un laberinto, a mi parecer, es por la angustia que guarda en sus sobrias y altas paredes. Hay un miedo controlado, hay una muerte latente en su interior, aunque haya laberintos sin paredes como lo expresó Borges en su cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”.

El laberinto también son las vísceras de un animal hambriento que acaba de engullirnos.

La vida, lugar común, es un laberinto lleno de posibilidades para girar a uno u otro lado o regresar sobre los pasos. La trama es qué sucederá si logras salir.

Eduardo Antonio Parra
Laberinto, una novela maravillosa sobre el miedo y la búsqueda. Foto: Cortesía

Hay escritores que nombran y hay escritores que señalan, pero también hay escritores que, como Eduardo Antonio Parra, hacen ambas cosas al mismo tiempo a través de un lenguaje que es ventana y cuchillo. En su literatura no hay medias tintas y casi nunca nadie queda parado, ni sus lectores.

Laberinto (Random House, 2020), la reciente obra de Eduardo Antonio Parra, es la crónica de una muerte anunciada. Es el regreso a (o la salida de) Ítaca, el viaje de Teseo tratando de no encontrarse con el minotauro hambriento, ese Teseo que podría ser cualquiera de nosotros (aquí es donde la novela logra señalar) y que vive en el corazón del Edén (y aquí es donde nombra y bautiza) porque entonces los que destruyen al Éden son ángeles caídos.

Parra logra con habilidad sumergirnos en una guerra sin tregua desde una cantina perdida en el norte de México, a través de Teseo configurado por dos personajes que recuerdan la noche en que llovió fuego, cuando el minotauro de mil pies y cabezas quedó libre y se cruzó con los cristianos del Edén y los despedazó, semejante a una plaga de langostas que devora tanto carne como cemento y fierro.

Destaco que en Laberinto no hay héroes, porque esos están en otra parte, solo sobrevivientes que usan las muletas del ron y la cerveza para recorrer los derroteros intrínsecos, oscuros y calientes llamados Pueblo. Ron para el maestro y entrenador de futbol de secundaria que se resguardará del fuego, como un soldado que no quiere pelear en plena campal y cerveza para el joven que esa noche envejecerá y verá la muerte a cada paso bajo esa lluvia de cuchillos.

Y así como llegó la tromba, al final se alcanza una aparente calma. Uno va del relámpago al silencio, del trueno al árbol quieto, como si no hubiera pasado nada o casi nada, porque ahí están las cicatrices para no olvidar.

Te puede interesar:  “La literatura, arma para abatir el miedo”, John Boyne

Hago hincapié en el tornado en forma de demonio o el demonio en forma de miedo y pobreza (nombrar y señalar) que alcanza su destrucción mayor cuando devora lo que más se ama, como lo que le pasó a Norma, la novia del joven protagonista a mitad de la batalla.

Vuelo al punto: Del estertor a la quietud para que la cucaracha resurja y busque lo perdido entre los cuerpos de los otros, esos que pelearon para un dios colérico sin rostro pero con mil bocas, porque lo que importa son esos dos hablando durante el vaivén del trago, ese trago que si se acaba entonces deberán afrontar la noche donde las heridas siguen doliendo, como costra que si se mueve dolerá y caerá la gota de sangre…, así que mejor no salir y nadar en la memoria entre los retazos de cuerpos de quienes ganaron o perdieron porque, lo sabemos, es lo mismo.

¿Hay narco en Laberinto? Digamos que hay más dolor que otra cosa, el antes y el después del narco. Laberinto es el día D a la vieja usanza, un paréntesis de sangre para justificar el ron y la cerveza en una cantina triste donde los personajes se confiesan el uno al otro. Un amalgamiento de voces y tiempos como es el laberinto del ahora.

Ahora mismo recuerdo balas, ahora mismo bebo, ahora mismo la mesera coquetea conmigo, ahora mismo me duele el pasado y el presente.

Eduardo Antonio Parra
Es una cuestión hipnótica, pero al mismo tiempo muy agotadora. Foto: MaremotoM

Amarga fiesta del México que me tocó vivir, imaginando a Parra con un cigarro frente a su computadora, a media luz pensando en las bondades del ron y la burbuja de la cerveza, dando nombres a la borrachera, antojado de un trago, pensando: luego de esta palabra claro que me sirvo un tequila, pensando que esa lluvia de clavos que escribe, ahora mismo se vive y no se acaba, mirando por la ventana una ciudad inundada en un líquido invisible de aullidos y ladridos de perros y sabe que la tromba solo tomará un descanso, para luego bufar con más fuerza y seguir destruyendo a la par del tiempo la memoria.

Desde la oscuridad de la cantina, pasando por la oscuridad del lenguaje hasta llegar a la oscuridad del Edén, ese donde vivo yo, como tú y que si no has sentido la furia de un dios, seguro, que como en el desierto, a lo lejos alguna vez viste la fuerza del relámpago contra la tierra.

Gracias, Parra, por el miedo y el alcohol en forma de letras para seguir con el brindis, para hablar de lo que estamos viviendo. Salud por el futuro aunque no nos guste.

Comments are closed.