FIL en Guadalajara

Recuerditos de la FIL y cómo olvidar a Ignacio Padilla

Zacatecas, 8 de diciembre (MaremotoM).- Unos diez años atrás, a inicios de diciembre, padecía unas ganas terribles de viajar a Guadalajara para asistir a la Feria Internacional del Libro. Por entonces cursaba el segundo año de la licenciatura en Letras. Llevaba, pues, más de una docena de meses hablando de libros, pensando en libros, hojeándolos en la biblioteca universitaria, en las librerías de la ciudad… También por entonces emprendí la construcción mi propia biblioteca, es decir, empecé a comprar libros con la frecuencia que me permitían mis bolsillos. Desde luego, las compras no eran tan frecuentes como deseaba: apenas un par de libros al mes, si ése había sido un mes muy bueno. Para decirlo pronto: diez años atrás ya era un miembro más de la doctrina borgeana en torno al Paraíso, según la cual éste, en caso de existir, ha de ser una enorme biblioteca.

Ya se pueden imaginar, entonces, lo dilatadas que se me ponían las pupilas cuando, sentado frente al televisor, prendado de él, veía las notas con que los noticieros o los programas especiales del Canal 22, por ejemplo, daban cuenta del desarrollo de la FIL. Hablaban de las dimensiones del lugar donde ésta se llevaba a cabo y a mí se me antojaba que todo aquello abarcaba la manzana de mi casa o, tal vez, esa manzana y la vecina juntas. Pero entonces las personas de la televisión, como si pudieran oír mis pensamientos, reforzaban su embestida diciendo que el área de la FIL era de verdad enorme. A mí no me quedaba de otra más que visualizar, sobrecogido, cuatro manzanas juntas. Todo ese espacio, encima, dedicado a los libros: ¡vaya espectáculo! Sin duda, pensaba entre suspiros, la FIL era una probadita del Paraíso aquí, en la Tierra. Y yo en casa, caray, a kilómetros de distancia.

FIL en Guadalajara
Ignacio Padilla. Foto: Cortesía

Dos años después, luego de un par de diciembres pasados en semejantes circunstancias, por fin pude asistir a la Feria Internacional del Libro. Ya tenía algunos meses viviendo en Guadalajara y desde que pisé ese comal monstruoso ansié que se llegaran los días de la FIL. No fui solo: una amiga me acompañó y, más bien, me guió, pues ésta sería su segunda o tercera ocasión en la Feria. Fue ella quien se encargó de comprar nuestros boletos con anticipación. Así nos evitó pasar un buen rato de pie, formados para llegar a las taquillas. Lo que no consiguió evitar fue extraviarnos en el camino. Su brújula nunca ha sido tan buena como sus intenciones, razón por la cual terminamos caminando más de lo necesario para llegar a lo que para mí, un tipo próximo a la bibliomanía, representaba un templo. De hecho, mientras caminábamos hacia la FIL, mientras mi amiga me ofrecía disculpas por habernos extraviado, por dentro me sentía en una suerte de ejercicio místico: yo, más que un asistente, era un peregrino.

Entramos por una puerta lateral, si no me equivoco, la puerta del estacionamiento. Eso, estoy seguro, redujo el impacto que le puede producir a uno el pisar por primera vez los pasillos alfombrados de la Feria, pues la entrada principal es la entrada: en ella se arremolinan los ríos de gente, el de la que está llegando y el de la que está yéndose; allí también, a unos cuantos pasos, uno encuentra el stand principal, de gran tamaño y decorado con especial esmero siempre, pues es el dedicado al país invitado, que en ese año era Alemania. Yo todo esto lo vi, por lo tanto, hasta que iba saliendo de la FIL, después de haber recorrido todos los pasillos, donde se ordenan los stands de los sellos editoriales o, los menos, de otras cosas, poco o nada vinculadas al mundo de los libros, como el stand del Instituto Nacional Electoral, que en aquel entonces todavía era federal y cuya presencia me pareció una absoluta rareza, una profanación incluso.

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FIL en Guadalajara
La India, invitada de lujo. Foto: FIL en Guadalajara

Llegamos tarde y, en consecuencia, recorrimos la Feria a la carrera, menos divertidos que abrumados. Me sentí decepcionado cuando descubrí que los precios eran prácticamente los mismos de las librerías. A veces hasta más elevados. En el caso del Fondo de Cultura Económica la recomendación de los propios vendedores era, para quienes como yo contaban con un descuento por ser estudiantes, hacer mis compras en la sucursal de Guadalajara, no allí, pues en la Feria ese descuento no se podía realizar… Pero no todo fue frustración y cansancio. En el stand de Penguin Random House, por ejemplo, tenían una promoción consistente en llevarte por trescientos pesos los libros que te cupieran en una cajita. A mí me cupieron dos: el que reúne todos los cuentos de Borges y el que reúne toda su poesía. Eso y la decoración de muchos stands hizo que la peregrinación valiera la pena, si bien al final estaba seguro de que había sido más feliz cuando sólo deseaba asistir a la FIL.

FIL en Guadalajara
La multitud en la FIL. Foto: FIL en Guadalajara

Volví al año siguiente, esta vez invitado por un profesor mío, para presentar un libro suyo. Por entonces estaba viviendo de nuevo en Zacatecas, de modo que tuve que viajar a Guadalajara nada más para cumplir con esa cita. Mi novio, un bibliómano en serio, me acompañó. A mí ya no me producía entusiasmo reencontrarme con ese barrio momentáneo de librerías, pero sí se me antojaba compartirlo con él, acompañarlo en su primera experiencia de la FIL. Me aseguré de hacerlo llegar por la entrada principal y de estar allí desde temprano, para recorrer toda la feria sin prisas. Cuando llegó la hora, acudimos a la sala donde tendría lugar la presentación del libro. Tuvimos muy poco público, a pesar de que el otro presentador era Ignacio Padilla, una celebridad en comparación con mi profesor y más aún en comparación conmigo. Nadie me lo presentó y, por ello, no tuve la oportunidad de cruzar con él ni siquiera un mucho gusto. Sin embargo, años después, cuando leí la noticia de su muerte tras ese accidente de carretera, me sentí tan triste como si lo hubiera saludado aquella tarde.

No sé por qué ahora la FIL y la muerte de Ignacio Padilla son recuerdos que se me aparecen juntos siempre. No debería ser así, pero quién tiene control sobre su memoria. Yo, por lo menos, no.

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