Nick Hornby

RESEÑA | Alguien como tú, de Nick Hornby

Así que esta, Alguien como tú, es una más de su producción y es probable que al principio digamos que no es LA novela, pero es algo profundamente británico, Hornby siempre tiene la lucidez para relatar lo que le pasa alrededor y con ello llevarnos a la reflexión profunda.

Ciudad de México, 24 de enero (MaremotoM).- En el catálogo de Anagrama las novelas del inglés (del Arsenal) Nick Hornby se suceden una tras otras. Se ha puesto desde hace tiempo como un novelista al uso, donde muchas de sus historias van al cine (¿cómo olvidar Alta fidelidad, con un deslumbrante John Cusack o About a boy, donde aprendimos a amar a Hugh Grant?).

Así que esta, Alguien como tú, es una más de su producción y es probable que al principio digamos que no es LA novela, pero es algo profundamente británico, Hornby siempre tiene la lucidez para relatar lo que le pasa alrededor y con ello llevarnos a la reflexión profunda.

Esta es una historia de amor en el Brexit. Los dos temas para las viejas generaciones. Votaron quedar y creen todavía en el amor. Las nuevas, los “recién nacidos”, parecen guiarse por otros sueños y comprender algo que los viejos no entienden, pero al final estos jóvenes que se la pasan mejor “viendo películas de Netflix” viven tan a prisa y persiguiendo motivaciones ilógicas, como el de ser DJ, ser vistos en Instagram por 100 millones de personas, que al final son lo mismo.

Votar salir o quedarse. Votar por las dos. Había entonces unos sueños con más nutrición, estas nuevas generaciones son un poco como la del 60 sin las ideologías: viven hoy, viven ahora. El tema de la vocación también aparece en Hornby, cuando son los intelectuales los que “discriminan” al resto y entonces no saben cómo saldrá la votación del Brexit.

Lucy: mujer blanca, 42 años, separada, con dos hijos y un exmarido en proceso de desintoxicación por varias adicciones, profesora de literatura y jefa de departamento en un colegio de un barrio multiétnico, culta y con amigos sofisticados, cree positivamente que todo el inglés decidirá quedarse y ser parte de la comunidad europea.

Sin embargo, Joseph: hombre negro, 22 años, hijo de un matrimonio roto: la madre enfermera en un hospital público y el padre trabajador de la construcción en paro; pluriempleado –dependiente de carnicería, entrenador de fútbol juvenil, auxiliar en un centro deportivo– y con el sueño de hacer carrera como DJ, no sabe cuál será el resultado y estando de acuerdo con ambas posiciones, vota sí y no en la elección.

En el medio, los viejos recontraviejos que casi todos votan no, en un proceso donde Lucy, totalmente enamorada de Joseph, comienza a pensar si le gusta tanto sus amigos, su forma de vida, sus lecturas o su teatro.

No hay nada más que eso. Por supuesto, la narrativa de Nick que va construyendo una historia en la que parece que el lector está involucrado. En ese sentido, se parece mucho a J. K. Rowling, cuando en Una vacante imprevista (Salamandra) trata temas como la violencia familiar, la autolesión, el sexo inseguro entre adolescentes, el alcoholismo, la drogadicción, el tabaquismo y el acoso escolar, para realizar una radiografía de la Inglaterra contemporánea con mucha lupa y mucho corazón.

Hay un punto en donde Nick Hornby hace cierta reivindicación del largo gobierno de  Margaret Thatcher, hablando precisamente de las casas de obra social compradas a pocas libras, tal vez para hacernos ver –como lo hace en Alguien como tú– que la vida sigue más allá del liberalismo, del puto Brexit y de “vamos a ver dónde llegamos”, como pide Lucy, una mujer adorable.

Nick Hornby
Editado por Anagrama. Foto: Cortesía

    

Adelanto de Alguien como tú, de Nick Hornby, con autorización de Anagrama

Si tuviéramos que evaluar a las personas no solo por su inteligencia y educación, por su trabajo y el poder que tienen, sino también por su bondad y coraje, su imaginación y sensibilidad, su amabilidad y generosidad, no existirían las clases. ¿Quién podría decir que un científico es superior a un portero con admirables cualidades como padre, o un funcionario con una inusual capacidad para obtener premios a un camionero excepcionalmente dotado para el cultivo de rosas? MICHAEL YOUNG, El ascenso de la meritocracia.

Primera parte

Primavera de 2016

1

¿Cómo podría una decidir de forma objetiva qué es lo que más detestaba en el mundo? Sin duda dependía de lo cerca que tuvieras lo odiado en determinado momento, de si lo estabas haciendo o escuchando o comiéndotelo en ese preciso momento. Ella detestaba tener que enseñar Agatha Christie al último curso, detestaba a cualquier ministro de Educación conservador, detestaba oír a su hijo menor ensayando con la trompeta, detestaba cualquier receta con hígado, la visión de la sangre, los reality shows televisivos, la música grime y los conceptos abstractos de uso habitual: pobreza global, guerra, epidemias, inminente colapso del planeta y demás. Pero nada de eso le afectaba directamente a ella, con la excepción del colapso del planeta, e incluso eso de momento era tan solo inminente. De modo que se podía permitir no pensar en ninguno de estos dramas la mayor parte del tiempo. En este preciso momento, a las 11.15 de una fría mañana de sábado, lo que más detestaba en el mundo era hacer cola en el exterior de la carnicería teniendo que escuchar a Emma Baker, que no paraba de hablar de sexo.

Llevaba un buen rato tratando de alejarse de Emma, pero lo hacía con unos movimientos tan imperceptibles que sospechaba, desolada, que a este ritmo le llevaría cuatro o cinco años conseguirlo. Se habían conocido cuando sus respectivos hijos eran pequeños e iban a la misma guardería; hubo invitaciones a cenas, que fueron correspondidas y dieron lugar a nuevas invitaciones. En aquel entonces, los hijos de ambas eran muy parecidos. Todavía no habían desarrollado en serio una personalidad y los padres aún no habían decidido en qué tipo de personas se iban a convertir. Emma y su marido habían elegido una escuela privada para los suyos y, en consecuencia, a los hijos de Lucy les parecían insufribles. La interacción social entre ellos se acabó interrumpiendo, pero era inevitable cruzarse porque seguían viviendo cerca y haciendo las compras en los mismos sitios.

Había un momento concreto de lo de hacer cola que detestaba: cuando estabas ya ante la puerta, que se mantenía cerrada en invierno, y debías decidir si en el interior había sitio suficiente. Si entrabas antes de tiempo, quedabas aplastada contra alguien y corrías el riesgo de provocar muecas de desprecio entre los que sospechaban que te intentabas colar; pero si tardabas demasiado, alguien de detrás podía soltarte un bocinazo, metafóricamente hablando, por tu indecisión. Se produciría una amable invitación, un «¿Quiere…?» o un «Creo que ya puede entrar». Era como detenerse en un cruce en el que era mejor pasar con decisión. Sin embargo, no le importaba que le dieran bocinazos mientras conducía. Estaba separada del resto de los conductores por una capa de cristal y metal, y además desaparecían en un instante y no los volvías a ver jamás. En cambio, esta gente de la cola eran sus vecinos. Se veía obligada a convivir con sus empujones y muestras de rechazo cada sábado. Obviamente, podría haber optado por ir a un súper, pero entonces estaría contribuyendo a dejar morir al comercio de proximidad.

Y en cualquier caso, esta carnicería era demasiado buena, de modo que estaba dispuesta a pagar el coste extra. Sus hijos no comían ni pescado ni verdura, y había decidido a regañadientes que probablemente debía tomar cartas en el asunto para que no ingirieran antibióticos, hormonas y otros aditivos que contiene la carne más barata y que podía acabar convirtiéndolos en el futuro en levantadoras de pesas de la Europa del Este. (Si, a pesar de todo, un buen día decidían convertirse en levantadoras de pesas de la Europa del Este, ella aceptaría estoicamente su decisión y los apoyaría. Pero no quería imponerles ese destino.) Paul ayudaba a financiar el entusiasmo cárnico de los niños. No racaneaba con el dinero. Se sentía culpable por todo. Se quedaba la cantidad suficiente para ir tirando, pero le pasaba todo el resto.

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De todos modos, todavía debían faltar unos diez minutos para llegar al peliagudo momento de decidirse a entrar o no entrar. El precio y la calidad de la carne resultaban atractivos para los vecinos de este barrio londinense, por lo que se formaban largas colas y los clientes se tomaban su tiempo una vez que conseguían entrar. Emma Baker estaba dando rienda suelta a su obsesión con el sexo aquí y ahora, y a ella esto la irritaba sobremanera.

– ¿Sabes qué? Te envidio –le dijo Emma.

Lucy no le respondió. El laconismo era su única arma. Visto desde fuera era probable que pareciese inútil, porque Emma no iba a dejar de soltarle el rollo, pero cualquier tentativa de responderle daría como resultado un chorreo imparable.

– Vas a acostarte con alguien con el que nunca te has acostado.

A Lucy esto no le parecía especialmente envidiable, en el sentido de que, si llegaba a suceder, no era algo que pudiera considerar un logro. Era, después de todo, un futuro abierto a la mayoría de las personas sin discapacidades de este mundo, que podían o no aprovechar la oportunidad si se les presentaba. Pero la actual soltería de Lucy provocaba que Emma sacase una y otra vez este tema. Para Emma, que llevaba un montón de años casada con un hombre cuya ineptitud en la cama y en todos los demás aspectos de la vida ella no hacía esfuerzo alguno por ocultar o matizar, el divorcio significaba sexo, lo cual a Lucy le parecía paradójico y/o absurdo, dado que según su experiencia hasta el momento significaba nada de sexo. En otras palabras, la soltería de Lucy le proporcionaba a Emma una pantalla en la que proyectar sus inagotables fantasías.

– ¿Qué es lo que buscas en un hombre?

En la realidad o en la mente de Lucy, la cola avanzaba más lenta que nunca.

– Nada, no busco nada.

– ¿Y entonces cuál es el propósito de lo de esta noche?

– No tiene ningún propósito.

Sus respuestas explicaban una minúscula parte de una historia muy larga. De hecho, las palabras «nada», «no» y «propósito» podrían haber sido pescadas al azar de una historia muy larga por algún tipo de artista textual para darles un sentido irónico en contraste con las verdaderas intenciones del narrador.

– Higiene –soltó de pronto Lucy.

– ¿Qué?

– Eso es lo que busco.

– Venga ya, chica. Puedes aspirar a algo más.

– La higiene es importante.

– ¿No buscas a un tío guapo? ¿O divertido? ¿O que sea bueno en la cama? ¿Alguien que no tenga nunca un gatillazo? ¿Alguien al que le encante hacer sexo oral?

Detrás de ellas, alguien soltó una risita. Dado que en estos momentos el resto de la cola permanecía en silencio, era bastante probable que la causante de las risitas hubiera sido Emma.

– No.

De nuevo, una respuesta seca que no decía la verdad, ni total ni parcialmente.

– Vaya, pues eso es lo que buscaría yo.

– Estoy descubriendo más cosas de las que querría sobre David.

– Al menos es limpio. La mayor parte del tiempo huele como James Bond.

– Bueno, ahí lo tienes. No posee ninguna de las virtudes que dices buscar en un hombre, y sin embargo sigues con él.

Ahora que lo pensaba –y la verdad es que no había pensado en ello hasta principios de esa semana–, la higiene era más importante que cualquier otra cualidad en la que pudiera pensar. Imaginemos que Emma pudiera conseguir una potencial pareja que poseyese cada uno de los rasgos de carácter y atributos que ella deseaba, o al menos aquellos que a Lucy podían ocurrírsele entonces, allí mismo, en la cola de la carnicería, cuando no sabía ni qué decir. Imaginemos que a este hombre improbable le encantasen las flores frescas y las películas de Asghar Farhadi, que prefiriese la ciudad al campo, que leyese novelas –buenas novelas, no novelas sobre terroristas y submarinos–, que, sí, de acuerdo, le encantase tanto dar como recibir sexo oral, que fuese cariñoso con los hijos de ella, que fuera alto, moreno, apuesto, solvente, inteligente, liberal, estimulante.

Pues bien, pongamos que este tío aparece para llevársela a cenar a algún sitio tranquilo, elegante y de moda, y ella nota de inmediato que el tipo apesta. Vaya, pues ahí se acabaría la historia, ¿no? Ya nada podría arreglar la situación. Una mala higiene lo fastidiaba todo. Igual que la falta de tacto, tener antecedentes por violencia doméstica, o incluso que haya simples rumores al respecto, o defender puntos de vista inaceptables sobre temas raciales. Oh, y también estar enganchado al alcohol o a las drogas, aunque eso último ya no había ni que plantearlo, visto todo lo que había sufrido Lucy. La ausencia de aspectos negativos era mucho más relevante que la presencia de cualquier aspecto positivo.

Lucy se percató con desasosiego de que se estaban aproximando a la puerta. Podía ver que allí dentro reinaba el caos. Había una doble cola que ahora llegaba hasta el fondo de la tienda, de modo que no se trataba tan solo de encontrar espacio suficiente para entrar. Justo en la puerta estaban los de la mitad de la cola, que giraba en forma de U, de manera que para ponerse al final había que abrirse paso entre la multitud –y es que aquello ya se parecía más a una multitud que a una cola–, con el consiguiente agobio tanto para el que empujaba como para el que sufría los empujones.

– Creo que vamos a poder entrar las dos –dijo Emma.

– Apenas hay sitio para una –advirtió Lucy.

– Vamos.

– No, por favor.

– Me parece que ya pueden entrar –les apremió la mujer que tenían detrás.

– Justo le estaba diciendo a mi amiga que no –replicó Lucy cortante.

Salió una pareja cargada con bolsas blancas de plástico que hacían ruido al moverse y que contenían trozos de carne sanguinolenta que, si consumían durante los próximos siete días, les provocaría enfermedades cardiacas y cáncer de estómago, con lo que la semana siguiente la cola sería más corta.

Emma abrió la puerta y entró.

– Has dejado que pase antes que tú –dijo la mujer que tenían detrás.

Lucy no se había percatado.

– Y ahora ella está dentro y tú no.

Sin duda, en todo esto debía haber agazapada alguna metáfora.

Nick Hornby (Maidenhead, 1957), licenciado por la Universidad de Cambridge, ha ejercido de profesor, periodista y guionista. En Anagrama se han recuperado sus tres extraordinarios primeros libros, Fiebre en las gradas, Alta fidelidad y Un gran chico. Luego se ha ido publicando su obra posterior: Cómo ser buenos, 31 canciones, En picado, Todo por una chica, Juliet, desnuda y Funny Girl.

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