RESEÑA | Blackout, de Alejandra Olson: imagen y palabra

Ciudad de México, 4 de septiembre (MaremotoM).-“Antes que nada, la música vive del ritmo”, apunta Norbert Dufourcq en su libro Breve historia de la música y como es tan vieja como el hombre, por eso forma parte de su desarrollo; me atrevería a decir, incluso, que es casi imposible que el ser humano viva sin música y palabras. Alejandra Olson (Distrito Federal), acaba de publicar su poemario Blackout (2019), editado por Periferia de Escribidores Forasteros y en gran parte el leitmotiv que lo constituye es la música.

Blackout es una suerte de canto que se rompió al caer al piso, unos bits que se estrellaron irremediablemente y debemos recoger así, como pedazos de imágenes que nos presentan letras e información binaria para descubrir lo poético en cada una de las palabras rotas, quebradas (como parece estarlo el yo lírico en muchas ocasiones donde no quiere ser partícipe de la realidad y por ello recurre a la música), y mudar de estado: “su música es libre, e incluso un poco loca”, “encuentros con la música/ el tiempo”, “con la guitarra deja de pensar”, “como ir de fiesta musical/ alrededor de la razón”, sólo por mencionar algunos de los versos que refieren a este arte en la plaquette.

Alejandra Olson - Blackout
Blackout es una suerte de canto que se rompió al caer al piso. Foto: Roberto Feregrino

El ritmo de Blackout nos da la bienvenida ni más ni menos que con el maestro David Bowie en un epígrafe de la canción de “Blackout”, de 1977 incluida en Heroes, la cual habla sobre una mujer que camina por el pasado y ha dejado de sonreír a causa de estar “enjaulada”; afuera las panteras acechan, sin embargo, existe la posibilidad de una segunda oportunidad después del “Blackout”. Esto nos adentra en el universo de Alejandra Olson entre el sonido y la imagen: su poesía se nutre de imágenes verbales, es cierto, no obstante, también hay imágenes incluidas en el poemario, las cuales se traducen en palabras esenciales para comprender el libro acebrado —creación de Melissa Torres Robledo— que tenemos entre las manos de apenas 41 páginas. En ocasiones da la impresión de ser un diario, una bitácora o un libro de viajes musicales, intervenido por una artista con 4 imágenes insertas en él.

I Imagen

En Blackout existe una dupla inseparable: imagen y palabra, porque en ellas se va tejiendo una suerte de enmascaramiento poético en el que no vemos lo que es directamente, sino lo que la poeta ha querido dejar en nuestro campo visual y lo atestigüemos en pequeñas dosis.

La primera es de Groundislava, una fotografía en blanco y negro de Jasper Patterson, el músico, pero está intervenida por rayas de plumón lila, como si se quisiera eliminar algo del texto más que resaltarlo, como si esa imagen de él no le satisficiera del todo o quisiera resaltar algo censurándolo, así es como decide trazar la imagen con rayas verticales y horizontales, de tal suerte que se pierde la imagen del músico en la que únicamente se ven sus lentes, una figura oscura que podría ser cualquiera y un pequeño texto que reza así: “Groundislava será el resultado”. En efecto, es el resultado que Olson ha querido que sea, pero un resultado extraño, amorfo, raro, que no nos dará ninguna claridad al inicio, pero sí a medida que nuestra lectura avance, pues entenderemos la intención de esas piezas del rompecabezas que se ha gestado para los lectores.

En una segunda imagen, todavía más extraña, aparece un ave de color blanco que bien podría ser un pelícano en pleno vuelo y se encuentra en un cuadro, el cual no alcanzamos a distinguir con claridad, porque la intervención crea la ilusión de que en la parte de atrás se ha marcado algo horizontalmente con plumón negro, lo cual impide que veamos con nitidez la imagen. Aunado a esto, en la parte de abajo del ave, hay unas líneas negras tachando letras, pero descubriendo otras como para eliminar un enunciado y crear versos: “un cerdo gigante representa la crisis financiera. Violencia y destrucción heredadas por las guerras”. Es decir, en un texto meramente informativo, aparece la creación. Se cincela para descubrir. Un hallazgo poético en lo trivial.

Alejandra Olson - Blackout
En Blackout existe una dupla inseparable: imagen y palabra. Foto: Roberto Feregrino

La tercera imagen, la más cortazariana en el sentido del juego y las instrucciones, es la “Guía de cómo leer un poema”. Es un mapa cual si fuera una calle con cuadritos que representan las casas, luego números en color verde que señalan los versos, letras en mayúsculas de color morado que señalan las estrofas y letras rojas en minúsculas que nos dan el sentido de la lectura. Pareciera que estamos en La vuelta al día en ochenta mundos, Último round o Rayuela, de Julio Cortázar, de las que Olson sin duda abreva para jugar con las imágenes e ironizar su ars poetica.

La última imagen es un texto de Alejandro González Castillo y se titula “Mujercitos. El manifiesto de los salvajes delicados” y Alejandra lo transforma con un plumón de color rojo tapando letras como quien no tiene nada qué hacer un día y decide pintarle bigotes a Niurka, o un moco y barba de tres días a Daniel Bisogno en una revista de TV novelas, pero ella tiene una intención a pesar de que parezca que no, la imagen es importantísima para la poeta, en tanto le da sentido a la palabra. Parece como si no quisiera que tengamos un acercamiento directo, no quiere ser vista y debe crearse a sí misma con otras ideas o vestiduras: “Hombres y mujeres persisten en virtud de un disfraz recurrente. Pero la máscara se lleva debajo de la piel” afirma George Steiner; no obstante, en el no querer mostrarse directamente, se halla a sí misma, a sus fantasmas y termina (des)cubriéndose.

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Óscar Masotta, señala que “En una civilización de masas el público no está en contacto directo con los hechos culturales, sino que se informa de ellos a través de los medios de comunicación”, es por ello que recurrimos a crear nuestra propia experiencia cultural con base en lo que nos ocurre; es decir, mostrárnoslo a nosotros mismos porque no creemos que a alguien más le pueda interesar nuestra experiencia interna, por ello necesitamos vaciarla como el caso de Olson, que nos entrega un poco de su trabajo en proceso, la base de lo que terminó siendo Blackout.

Alejandra Olson - Blackout
Instrucciones para leer una poesía. Foto: Roberto Feregrino

II Palabra

La palabra en Alejandra Olson tiene ritmo: crea imágenes concernientes a músicos o poetas que nos van multiplicando cada uno de los poemas en los que hemos decidido meter las narices. Se multiplican, insisto, porque nos hacen partícipes de algún referente musical o poético y los poemas cobran una arquitectura distinta.  En “Groundislava”, por ejemplo, habla sobre el músico oriundo de LA California —sólo que ahora no en imagen sino en palabra, porque Groundislava es el resultado— quien se distinguió por los sonidos extraños, pero al mismo tiempo invita a un auto análisis del lector y a cuestionarnos “qué nos hace felices”, cuando la realidad en el poema es que es un chico con talento para mezclar ritmos y tiene toda la disposición para divertirse. Está contento en estos tiempos de crisis financieras, calamidades poéticas y francachelas artísticas. ¿Qué demonios nos puede mover a la diversión? Para Olson el ejemplo es Groundislava.

En “Features The Maccabees el soundtrack de una vida” juega con la idea de música en un poema o, mejor dicho, en un soundtrack que nos lleva a los inicios de esta banda inglesa donde aparece un Dylan, que bien puede hacernos pensar en el baterista Robert Dylan Thomas o en el premio nobel, Bob Dylan, lo cierto es que en seis estrofas muestra la importancia de la creación, aunque esto implique soledad; la excusa perfecta para encontrarse con la música de su primer EP de 2004 You make noise, i meke sandwiches o su primer álbum de 2007: Colour it in y poco a poco irse ganando el respeto de sus iguales y del público. Música, música, siempre la música.

“Vándalo” es un enmascaramiento —otra vez— mientras critica todo lo visible gracias a las redes sociales, lo cual queremos que se muestre, que se viva por el otro desde un teléfono celular o una pantalla de computadora, el vándalo de Blackout es el que se revela en visiones nocturnas y desconfía de Facebook. (Me pregunto si este acto vandálico será comparable al del escritor que debe buscar a hurtadillas el momento propicio para la escritura como un acto de liberación, me preguntó si un acto de rebeldía será escribir versos durante la noche mientras los demás duermen para no incomodarlos, me pregunto si escribir es consecuencia de la inminente crisis financiera que se traduce en la necesidad de existir mediante [y en] las palabras porque en la realidad que nos circunda algo no está del todo bien, me pregunto si todo esto es lo que Cervantes intentó explicar con la locura del Caballero de la Triste Figura y no tenemos otra alternativa que ser vándalos siguiendo lo que nuestros deseos quieran aunque algunos de los que nos rodean piensen que se vive en una burbuja.) Este ser “Ilegal/ irreal/ gana nombre en la calle:/ vándalo/ es:/ vandálico/ antibélico/ pro-working class/ compulsivo/ multitécnico”.

El poema “Gloom” remite al grupo británico de rock alternativo Radiohead, la banda preferida de la poeta, refiere el accidente que sufrió Tom York, vocalista de la banda, en 1987 en el auto que iba con su novia y él resultó ileso mientras que ella tuvo que ser hospitalizada. En el poema se vislumbra este momento de dolor, pero al mismo tiempo está acompañado del espíritu creativo de York; es decir, del artista. Ahora bien, no sólo es la anécdota, se intercala con la voz del yo lírico que parece apropiarse de ese suceso para explicarse a sí mismo, porque la música le permite: “Viajar a otros lugares/ Sin tener que moverte/ Mandas tu cabeza/ A otro lado”.

Juan García Ponce decía que “Los cuadros están presentes para atestiguar sobre la forma que tomaba la mirada en diferentes momentos del tiempo y por eso sólo podemos verlos aceptando su capacidad para enriquecer nuestra propia mirada. La pintura nos dice continuamente, crea un silencioso rumor incesante, en el que nos expresan las diferentes maneras mediante las que el hombre se ha encontrado a sí mismo en relación con su forma de experimentar y por tanto de expresar sus propias reacciones y sentimientos ante el hecho de estar en el mundo”, creo esta reflexión es perfectamente aplicable tanto a la poesía como a la música, pues enriquece, no sólo la mirada, sino todos los sentidos.

El desdoblamiento que ha urdido la poeta es insoslayable, disfrutamos Blackout al mismo tiempo que somos partícipes de él. Siempre recuerdo con agrado aquello que decía Erik Castillo, uno de los melómanos más certeros que he conocido: “son los 5 minutos más maravillosos para el que escucha y para el que interpreta”. Ahora que leo Blackout descubro que esos 5 minutos son constantes en la vida de Alejandra Olson, no porque quiera evadir su realidad, sino porque sencillamente cada sonido, guitarra, acorde, voz, percusión, le brindarán la posibilidad de moverse de lugar con los sentidos y la imaginación para crear otra realidad: la realidad artística. La palabra, el sonido y la música son básicos para entender una zona importantísima del mundo olsiano.

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