Ignacio del Valle

RESEÑA | Coronado, de Ignacio del Valle

Coronado es una novela intensa y trepidante que lanza una mirada realista, compleja y conmiserativa tanto hacia aquellos conquistadores, calaña violenta de personajes siniestros extraviados por un norte de México (hoy sur de Estados Unidos) convertido en territorio mítico.

Ciudad de México, 10 de febrero (MaremotoM).- Una novela como la contundente y magnífica Coronado, de Ignacio del Valle (Oviedo, Asturias, 1971), nunca deja de ser una propuesta polémica por la cantidad de temas que abre a discusión sobre nuestra historia de España y América. Sobre todo, porque estamos ante una obra palpitante, que sumerge al lector de manera vívida en una quimera heroica y predestinada al fracaso, pero también a cierta gloria que envuelve las misiones suicidas que sólo pueden terminar en derrota. La épica narrada por Del Valle sobre Francisco Vázquez de Coronado, quien buscaba las siete ciudades de oro de Cíbola, es un capítulo destacable de aquella empresa colectiva de descubrimientos americanos.

Hoy corren malos tiempos para la memoria de los conquistadores españoles. En la España de hoy, tan eurocéntrica y ajena a América Latina, los conquistadores de antaño son vistos como plétora de parias emigrados a aquellas tierras donde hoy viven sus díscolos parientes lejanos, con quienes los españoles sostienen poca, mala, o ninguna relación. Los conquistadores, olvidada la maquinaria ideológica que puso en marcha el franquismo, hoy parecen sociópatas que hicieron de las américas su festín de carne y de sangre, seres primitivos y salvajes que, bajo la excusa de la evangelización y de la cruz, sembraron de odio y de muerte el vergel americano mientras buscaban saciar su hambre de oro.

A esto contribuye la indigencia intelectual de políticos, promotores culturales y representantes de distintos colectivos, así como la sistemática poda que los estudios humanísticos sufren en escuelas y universidades, lo cual nos aleja cada vez más del pensamiento complejo, tan escaso en la moderna educación. De este extremismo nacen los actos de furia contra monumentos, como la decapitación de una estatua de Cristóbal Colón en Boston; en otro acto de ignorancia incomprensible, estas acciones alcanzaron al propio Miguel de Cervantes en el parque Golden Gate de San Francisco, a quien motejaron como Bastard! en pintura roja como supuesto representante de un abominable espíritu imperial español.

Por esto nunca deja de resultar meritorio que novelistas o cineastas emprendan la labor de hacernos ver con nuestros ojos a aquellos personajes de trabuco y capacete. En el cine tenemos producciones modernas de sólida factura, como Cabeza de Vaca (Nicolás Echevarría, l991) o la excelente Oro (A. Díaz Yanes, 2017) e incluso algunos capítulos de la serie española El ministerio del tiempo (2015) que nos presentan personajes con claroscuros emocionales, y en novela ahora nos llega Coronado, excelente descensus ad inferos. Ignacio del Valle, destacado autor de novela negra histórica con la saga de Arturo Andrade, que transcurre en el siniestro periodo del franquismo conocido como autarquía, se decanta en esta ocasión por la novela histórica pura, asaz negra y roja al mismo tiempo.

La editorial Edhasa publicita Coronado como “nueva crónica de Indias como una forma de expresar que la novela se distancia de los viejos modelos para presentar una recreación humana, más compleja y ecuánime en el balance de glorias y desgracias que tanto españoles como poblaciones indígenas soportaron en aquel “encuentro de dos mundos”, como se llamó en célebre eufemismo durante las celebraciones del V Centenario en 1992.

En buena medida, el cisma que se produce entre los hechos, sus protagonistas y nosotros tiene que ver con el cambio de la percepción de la virtus masculina (cualidad por antonomasia del vir o varón: la hombría o valentía) que se produjo a lo largo del siglo XX y que culmina de alguna manera en nuestros días. Si Homero afirmaba en la Ilíada (VI 447) que en la guerra el hombre conseguía la gloria, hoy ya no podemos creer que la virtus o heroísmo nos ayude a crecer moralmente. Al contrario, entre las muchas bondades que el feminismo ha traído a nuestras vidas no sólo debemos contar los derechos adquiridos por las mujeres, sino que las mujeres hayan venido a salvarnos a los hombres de la pesada carga de tener que demostrar nuestra hombría constantemente, nuestra virtus, y que, de la misma manera que por ósmosis buena parte de las mujeres se ha masculinizado por un proceso puramente imitativo, también los hombres nos hayamos feminizado por el mismo proceso de ósmosis, de lo que podemos inferir que la nueva masculinidad está llena de mujeridad y en una nueva escala de valores.

Ignacio del Valle
Una edición de Edhasa. Foto: Cortesía

Esta es una de las razones por las cuales la estrategia de Ignacio del Valle, como viene siendo natural en la novela histórica, es conceder el protagonismo del relato no al mismo Francisco Vázquez de Coronado, sino al narrador testigo de los hechos del conquistador, Fray Tomás de Urquiza: un franciscano que narra el periplo de Coronado desde su senecta conciencia en Ciudad de México. Tomás no es el gran héroe, sino, como lo llamó el erudito Georg Lukács, el héroe medio, aquel con quien el lector medio puede también identificarse y con quien, como es natural, Del Valle puede permitirse excesos ideológicos y libertades argumentales que en un personaje real como Coronado, “nacido para la grandeza retórica de los monumentos” (p. 118) no le permitiría con esa comodidad narrativa, abierta de posibilidades, que todo creador de novelas ansía. El franciscano Tomás de Urquiza, hombre de carácter afable y bondadoso en líneas generales, conoció la vida tabernaria y disoluta en sus años mozos, y, como el santificado Agustín de Hipona, tuvo tiempo de arrepentirse para moralizar después de haber vivido. Tomás encarna nuestra virtus masculina, pero sólo un poco, pues no olvida en ningún momento que su misión en la tierra es la de rendir pleitesía a la virtus cristiana. Así, dentro de la virtus del hombre feminizado y sensual, Tomás se enamora de la hermosa india Iyali, con quien descubre las mieles de Dios en la tierra, pero también la tragedia de verla morir y convertirse en objeto de idealización y también de un onanismo cargado, si no de culpa, sí de ausencia de consuelo. En una obra coral tan dura, densa y bronca como ésta, la singular historia de amor entre Tomás e Iyali,  ubicada hacia la mitad de la novela, es el único remanso de dulzura, belleza y paz que nos permite Ignacio del Valle en la larga jornada andariega de nuestros denostados caballeros españoles que buscaban Cíbola como perros sin dueño con la lengua fuera.

Porque, claro, no era posible que todos ellos se debieran a una virtus cristiana que es la de la Parusía o segunda venida de Cristo: “Un reino de paz que duraría mil años” (p. 80). La misión cristiana, el deseo de hallar un mundo nuevo de redención, debía llevarse a cabo, indefectiblemente, no sólo a través de la palabra de Jesús, sino del brazo de Marte, de ahí que la violencia hiciera su aparición en la historia del continente junto con su exacerbado catolicismo. Vemos cristianismo extremo vinculado por primera vez con crueldad extrema, de ahí que cuando Tomás se queja de estar alejándose de Dios para llenar el mundo de herejes, fray Ceferino zanje su quejumbroso discurso apelando, precisamente, a que “esos excesos son los excesos de Dios, y Dios nunca se equivoca (…). No es el amor, sino el miedo, lo que logrará que nos impongamos, lo que protegerá la viña de la Iglesia” (p. 227). Del Valle vuelve a este tema de manera recurrente: Existe una necesidad humana por dominar y abusar (272), y la llegada de la Parusía y la construcción del reino de Dios sólo puede hacerse por medio de la violencia para evangelizar, dejando para más adelante construir “la relación paternal” como la del Dios del Antiguo Testamento con sus súbditos: “Dios ha elevado a España por encima de todos los reinos de la tierra para ejecutar su Providencia en este Nuevo Mundo que será el fin del mundo” (278).

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Ignacio del Valle
Coronado es una novela intensa y trepidante que lanza una mirada realista, compleja y conmiserativa tanto hacia aquellos conquistadores. Foto: Cortesía

Coronado es una novela intensa y trepidante que lanza una mirada realista, compleja y conmiserativa tanto hacia aquellos conquistadores, calaña violenta de personajes siniestros extraviados por un norte de México (hoy sur de Estados Unidos) convertido en territorio mítico, un universo maravilloso por conquistar lleno de leyendas fantásticas e inverosímiles donde Coronado y sus hombres vagan febril e inútilmente en busca del mito de Cíbola: “la fabulosa e insana palabra que guió a Coronado al infierno” (p. 17).

Porque sobre todo está el deseo de oro, y detrás sólo el material del que se forjan los sueños. Cíbola es una tierra imaginaria que, al final, como es característico de toda empresa condenada al fracaso, representa el autoconocimiento que deja todo viaje como misión humana: “No era el oro ni la plata lo que nos deparaban estas llanuras, porque Cíbola no era una ciudad  física, sino la posibilidad misma del autoconocimiento, la facultad para mirar en nuestro interior, con concentración y lucidez, y extraer nuevos hombres y nuevas conciencias” (p. 414).

La sangre abunda en la descripción desgarrada de esta quimera de Coronado en su búsqueda de las ciudades de oro, de ahí que la violencia de Ignacio del Valle evoque más la fantasía heroica y la moderna crónica de Indias que la narración que nos dejaron hombres de aquella época como Bernal Díaz del Castillo o Hernán Cortés. Desde este punto de vista, el barroquismo de Ignacio del Valle se convierte en ornamental hasta el paroxismo, al ser capaz de construir páginas que son verdaderos pasajes de violencia telúrica, porque las luchas entre españoles e indígenas fueron una sucesión de escaramuzas y batallas campales donde se enfrentaban no sólo grupos humanos, sino cosmogonías distintas que Del Valle describe con unas sólidas recreaciones de violencia desgarradora, alucinada: el episodio del ataque de la hacienda en Talpa (pp. 29-32) por parte de los indígenas, donde la violencia alcanza cúlmenes expresivos; o cuando el mismo novelista evoca la terrible crueldad de Nuño Beltrán de Guzmán, conquistador de Michoacán (p. 36); o de Hernando de Soto (pp. 367-8), cuyo colofón encierra la visión naturalista con que, a caballo pasado, debemos mirar la historia además de para extraer provechosas lecciones de lo que no debería repetirse: “Hernando formaba parte de esos hombres maravillosos y extraños, inclementes, fieros, que saben que lo que hacemos está hecho y eso es lo que somos y no hay lugar para el arrepentimiento” (p. 368).

Ya muy cerca del final (pp. 453-4) fray Tomás reflexiona sobre cómo aquellos hombres y acciones acabaron por conformar el México del futuro, que es el de hoy, y en esas palabras parecemos escuchar la conciencia del autor de la novela, que no es moralizante ni consolatoria,  pero sí muy realista:

Mexicanos. Ahora esa palabra está en boca del mundo. Antes solo designaba los tenochcas, pero ahora sirve para todos, otomíes, zapotecas, mayas, chichimecas, totonacas, tlaxcaltecas, purépechas, olmecas, mixtecas… Quizá los mexicas se sientan ofendidos, Danielillo, pero es la palabra que mejor define la nueva raza que se está creando, y tú, querido niño, eres uno de ellos. Solo tienes que recordar que es inútil maquillar a los muertos, y que vuestra historia no será un progreso lineal, sino una serie sinuosa y discontinua de olvidos y recuperaciones y que, al final, no tiene por qué salir bien. Pero, sobre todo, recuerda a ciencia cierta que nadie sabe si un desastre lleva dentro la gloria posterior o viceversa (p. 453).

La historia es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, afirmaba Macbeth. El pesimismo shakesperiano, tan salutífero para las conciencias despiertas, es fundamental para entender la novela histórica y la misma historia humana. Otra frase común es que la historia la cuentan los vencedores. No siempre es verdad, pero los vencedores tienen los altavoces y los medios, redactan los libros de texto. En estos tiempos de caos informativo, de griterío y de historia mal contada, no viene de más acogerse de nuevo a la reflexión que sobre el relato histórico nos invita a hacer Ignacio del Valle, y recordar que la realidad no existe, ni ha existido nunca, vivimos en un mundo que fluye eternamente. Estamos educados en la ficción, como explica el conquistador y cronista Pedro de Castañeda Nájera, que dos décadas después escribiría sobre todos estos hechos:

Quizá la ficción sea más real que la realidad misma, porque trazamos nuestros propios mapas, los imponemos en esa realidad inabarcable. Creo que [los grandes historiadores del pasado] han creado una realidad coherente con ellos mismos, que dedicaron lo más valioso de sí mismos a contar su realidad, y que sí son dignos de confianza por ello. Todas las perversidades y maravillas que escribieron estaban en su cabeza, eran íntimas con ellos y con su tiempo. Pero, sobre todo, lo contaron como eran ellos, los griegos como griegos, los romanos como romanos, no dejaron que otros contasen los relatos en su lugar. Por eso los españoles deben relatar su pasado como españoles y no permitir que lo hagan los ingleses o los holandeses. Porque no triunfan los hombres, sino el relato de los hechos, y lo que nosotros contemos acabará siendo tan poderoso como la verdad misma (p. 314).

La mala conciencia que a los españoles asalta al evocar el pasado imperial, bien moldeada también, para nuestro perjuicio, por la leyenda negra contada por ingleses y holandeses, parece hoy superada por la visión americana de España como Madre Patria, expresión tan común y recurrente, madre al fin y al cabo, a quien se le debe buena parte de lo bueno y de lo malo que hoy caracteriza a los países de América Latina, donde ya no duele España. El “sheriffato” gringo que lleva décadas cultivando la injerencia en el devenir de esos pueblos es hoy condena para muchos de ellos, pero también esperanza. El pasado es sólo madre, pero también patria, palabra resbaladiza y arriesgada de usar donde las haya. Creo que Ignacio del Valle contribuye con Coronado a proyectar una visión temperamental e instructiva de la historia para reflexionarla, en vez de sumarnos a una corriente populista de ignorancia y desprecio que impide precisamente ver los hechos como fueron y, en consecuencia, contemplar los peligros congénitos de Nuestra América como realmente son.

Ignacio del Valle, Coronado. Editorial Edhasa. Barcelona, 2019. 474 pp.

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