Maricela Guerrero

RESEÑA | Distancias. de los caprichos de tu corazón, de Maricela Guerrero

Esta es la reseña que hiciera Adolfo Luévano en América Negra, sobre el libro Distancias. de los caprichos de tu corazón, de Maricela Guerrero. Ustedes tal vez, sobre todo si tienen la buena suerte de no ser correctores de estilo, como yo a veces, lamentablemente, lo soy, dirán ay, y eso qué, Adolfo, no seas exagerado: un punto no hace una gran diferencia. Y la razón estará de su lado; pero aunque no sea una gran diferencia, es innegable que se trata una diferencia a fin de cuentas. Ahora mismo les explico cuál.

Ciudad de México, 31 de agosto (MaremotoM).- Supongo que el principal de mis deberes es hacerles una descripción, una breve anatomía del libro que hoy nos reúne aquí. El título, como seguramente ya lo vieron en el programa y como ya lo hemos mencionado varias veces hasta ahora, es Distancias. de los caprichos de tu corazón. Pero me temo que si no han visto por lo menos la portada del libro, no sabrán todavía que en realidad —seguramente sin querer, sin malicia de por medio— les han dado una información incorrecta.

Y es que entre Distancias y los caprichos de tu corazón hay un punto, un punto y seguido que no aparece en los programas de este noble festival. Ustedes tal vez, sobre todo si tienen la buena suerte de no ser correctores de estilo, como yo a veces, lamentablemente, lo soy, dirán ay, y eso qué, Adolfo, no seas exagerado: un punto no hace una gran diferencia. Y la razón estará de su lado; pero aunque no sea una gran diferencia, es innegable que se trata una diferencia a fin de cuentas. Ahora mismo les explico cuál.

Hace unos años, me encontraba de visita en la casa de una tía mía, muy querida. Ella tiene, como en cualquier otra casa, varias fotos familiares colgadas en las paredes de su sala. Husmeando en esa galería de ventanitas al pasado, de pronto me encontré a mí mismo en una foto, que fue tomada muchos años atrás, cuando yo apenas andaba entrando a la adolescencia. Todo iba bien, hasta que le descubrí a mi yo joven un lunar en la frente que nunca me he visto en el espejo. Enseguida me llevé la mano al lugar de la frente donde debía de estar el mentado lunar, a ver si con las yemas de los dedos conseguía verlo. Y mi tía debió de notar mi desconcierto, pues en el mismo instante me preguntó que qué estaba pasando. Yo le contesté con otra pregunta y levantándome el copete: ¿tengo ese lunar? Ella se acercó a la foto, luego me escrutó la frente y por último descolgó el retrato, lo sacó de su marco y con el pulgar humedecido con su propia saliva hizo la limpieza. Aliviada, concluyó: fue una mosca, mijo.

Maricela Guerrero
La presentación en Zacatecas. Foto: Cortesía

Discúlpenme si me he desviado más de lo indispensable. Sólo quería convencerlos –si aún hacía falta– de que un punto, por más pequeño e inofensivo que parezca, puede alterarlo todo. Esa caquita de mosca, por ejemplo, por varios segundos puso en vilo en mí la asunción de mi propio rostro. Y algo semejante debe producirnos el punto que Maricela Guerrero –ella sí deliberadamente, quizás incluso con algo malicia— ha puesto entre Distancias y de los caprichos de tu corazón. Porque ese punto multiplica los sentidos del título.

Como la parte que sigue al punto no inicia con una letra mayúscula (lo cual, por cierto, justifica en cierto modo el desliz de quienes han redactado el programa de nuestro festival), es válido entender que las distancias a las que se refiere Maricela son de los caprichos de tu corazón, quiero decir, es válido interpretar el título como si el punto no existiera. En ese camino, no es necesario bajar la velocidad; podemos, para no desacelerar, sacarle la vuelta al bachecito que representa el punto. Pero si en cambio bajamos la velocidad, si nos detenemos en el punto como es, a mi juicio, debido, entonces las distancias sólo son distancias, y el libro, además de ser sobre las distancias, también es sobre los caprichos de cierto corazón.

A este respecto, en primera instancia, antes de que uno se meta al libro, ese corazón puede ser el del lector, puede ser tu corazón caprichoso, nuestro corazón caprichoso, mi corazón caprichoso. Y también puede ser, claro, el corazón de alguien específico, alguien a quien Maricela podría estar dedicando el contenido de su libro, acaso con la certeza de que él o ella lo sabrá en cuanto se tope con él… Vaya, el solo título, como ya han de haberlo notado, no es para nada un título más, no es un título entre tantos sino tantos títulos en uno.

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Adolfo Luévano y Maricela Guerrero. Foto: Cortesía

Luego vienen, desde luego, las páginas, el libro como tal. Si éste no es el primer libro de Maricela Guerrero que leen, lo más probable es que lo abran esperando encontrar en él poemas, textos dispuestos en versos. Y eso es lo que encontrarán. El poemario –ya podemos llamarlo así– está compuesto por ocho secciones de poemas, unas más extensas que otras. Todos los poemas son, en general, breves. Pero si los separáramos para hacer con ellos grupos de poemas según su tema, quizás podríamos componer así algunos poemas más o menos extensos.

No me parece inválido ni ocioso el ejercicio, pues no pasan muchas páginas antes de que uno llegue a la idea de que el libro está contando tres o cuatro historias, nada más que Maricela lo hace alternando los pedazos de todas. Para usar un ejemplo familiar, imagínense la estructura de Pedro Páramo: más o menos así es la de Distancias… No es una comparación del todo justa, lo sé, pero sucede que Maricela es una poeta que experimenta, que juega con nuestras convenciones sobre los libros, sobre la literatura; es una autora que propone, por tanto, formas nuevas, formas distintas, y para poder entendernos con su escritura me parece útil inventar también nosotros nuestros propios mapas con cuanto tengamos a la mano. A mí se me ha ocurrido, pues, orientarme con la semejanza, en buena medida impostada, entre Distancias… y Pedro Páramo.

Ahora, también he usado la palabra historias y a decir verdad ésta no coincide con lo que Maricela dispone en su libro, pues ella no está, necesariamente, contándonos unas historias. Más bien, –como hace la poesía desde Safo, prácticamente– lo que Maricela está haciendo es construyendo unas imágenes o, si se quiere, unos cuadros, a partir de lo cuales los lectores podemos, entonces sí, suponer unas historias o, cuando menos, unas anécdotas: por ejemplo, cuando Maricela, siendo todavía muy pequeña y sobre todo inconsciente de los peligros en que se estaba metiendo, echó a andar un automóvil que, unos metros más adelante, terminó estrellándose –o chocando o impactándose– contra las escaleras de la casa de sus padres.

Maricela Guerrero
Hablamos sobre Poesía y violencia. Foto: Cortesía Maritza Buendía

Para no darle más vueltas al asunto, déjenme citar un pasaje donde la propia Maricela nos apunta el contenido de este libro suyo; dice: “alrededor de la relación con mi padre, alrededor de la relación con los autos, alrededor de la industria automotriz mexicana, alrededor de la manera de registrar distancias”. (38)

No sé a ustedes, pero a mí me tomó por sorpresa este contenido. Quiero decir: no esperaba que Maricela atendiera muchos de los sentidos de la palabra distancia y sus derivados, en especial esos sentidos que son tan ordinarios y, para alguien tan simple como un servidor, no parecen ser fuentes de inspiración poética; no esperaba que Distancias. de los caprichos de tu corazón fuera a contener poemas sobre la conducción de automóviles, por ejemplo. Yo, como millones de personas más, todos los días paso varias horas en el carro, en la carretera, y nunca se me ocurrió que con eso pudiera hacerse un poema.

Tampoco se me hubiera ocurrido que fuera posible hacerlo con una tarea de geometría, cosa que, dicho sea de paso, me pareció una buena forma de enfadar al fantasma de Platón, quien –como bien lo saben– tanto amaba a la geometría y tanto desconfiaba de los poetas. En fin. Más evidencias de que no nací para ser poeta ya no me hacen falta. Me queda claro que para ser poeta tendría que poseer esa mirada capaz de encontrarle lo poético a cualquier cosa, o bien, esas manos capaces de transformar en poesía hasta lo más insospechado. Aprovechemos, pues, la presencia de Maricela Guerrero para que nos cuente cómo es tener esa mirada y esas manos.

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