David Foenkinos

RESEÑA | Dos hermanas, de David Foenkinos o la revisión de La educación sentimental, de Flaubert

En Dos hermanas, la nueva novela de David Foenkinos (Francia, 1974) es probablemente una historia que busque en esas rivalidades un soporte, algo que sostenga ese mal que causa la tragedia por un lado y por otro deje a la novela sin final, al menos no un final que a uno lo deje cómodo.

Ciudad de México, 12 de julio (MaremotoM).- Si uno ve Mujercitas en clave de hermanas, veremos que no siempre se llevan bien. Bueno, hay alguna que en cierto momento uno podría matarla o mandarla a callar. Las hermanas no son precisamente un dechado de pasa tú después de ti, al contrario, las rivalidades muchas veces son más que el lazo de sangre y aparece la tragedia o la enemistad permanente.

En Dos hermanas, la nueva novela de David Foenkinos (Francia, 1974) es probablemente una historia que busque en esas rivalidades un soporte, algo que sostenga ese mal que causa la tragedia por un lado y por otro deje a la novela sin final, al menos no un final que a uno lo deje cómodo.

Como en sus novelas anteriores (La delicadeza y Hacia la belleza, entre ellas), David va contando su cuento y llega adonde tiene que llegar y luego nos pide a los lectores completar la última línea. Probablemente ese sistema narrativo en el que el autor no se hace totalmente responsable de lo que acaba de pasar, nos deje con la boca abierta, tratando de ver exactamente dónde se torció todo.

Agathe y Mathilde son dos hermanas guapas, con diferentes actividades, una está casada con Fréderic y tiene una niña, Lili (a quien su tía adora) y a la otra la acaba de dejar Étienne, quien ha ido al regazo de una ex novia que ha vuelto de Australia.

Esa tormenta que se hace ciclón, cuando un novio te deja (a todas en algún momento nos dejarán, es como esa máxima popular) no revela tanto la calidad del amor, sino la clase de persona que eres cuando ya no cuentas con tu vida ideal.

David Foenkinos
David Foenkinos con Audrey Tautou, protagonista de La delicadeza. Foto: Cortesía Facebook

¿Qué es el sufrimiento?

¿El sufrimiento puede llevarte a la tragedia misma? ¿El sufrimiento, el dolor, puede soltar tu lengua, tu agresividad y convertirte a ti, en una “buena persona” en alguien absolutamente monstruoso?

Lo terrible de Dos hermanas es que en la apariencia nada se ve. Mathilde no es sincera cuando habla, salvo cuando insulta, se atiene a las consecuencias y luego todo su pensamiento va tornándose negro, espacial, como si ella fuera atrapada por ese lado oscuro de la vida.

Cuando va en busca de la psicóloga que vive en su piso, por ejemplo, y consigue recetas para tomar somníferos, para “atenuar: hacer menor o hacer parecer menor la intensidad, violencia o gravedad de una cosa…”, la ve como alguien que se encarga de los que están mal, pero a la segunda vez que va la convierte en alguien ajeno al dolor, en una persona que no hará nada por ella.

“El desamor es un invento de los amargados”, se dice mientras todavía está cuerda. Trata de inventar algo que arreglará su situación y ve a Étienne arrepentido volviendo a su casa. Pero no es así, su ilusión se vuelve una condena.

La psicóloga le había dicho que estaba viviendo una “mala racha”. ¿Qué es eso de poner su hondo sufrimiento en algo común, en algo que siempre pasa en la vida?

Es curioso, Mathilde no sólo no va a hacer tratamiento psiquiátrico, sino que nunca piensa en tantas mujeres que han sido abandonadas. Para ella su dolor es el único mundo y comienza a odiar a todos los que “viven felices”.

Empieza a perder la relatividad de la vida, esas cosas que siempre tienen el lado oscuro y claro, ese cierto escepticismo que te hace vivir a costa incluso del pesar; todo se convierte en una bruma que por otro lado te ubica mirándole las cosas a Agathe, a tu hermana, sus prendas interiores, las cartas que le enviaba su marido: “Tenéis una relación preciosa. No me había dado cuenta hasta ahora. Qué cosas bonitas te escribía Fréderic…”

Mathilde está, cómo no, hundida en La educación sentimental, de Gustave Flaubert, esa novela psicológica de la desilusión, diría George Lukás, que ella da en el Instituto de Escuela Secundaria donde trabaja.

La historia termina muy mal. Por ahí, en la última línea del cuento seguro que ella se iría a algún lado, a empezar otra vida en otro lugar. Es lo que digo con conocimiento de causa.

Ella, en cambio se dice: “El verdadero problema eran los libros. Mathilde había leído demasiado. Quien ha leído demasiado no puede ser feliz. Todas las desgracias venían de la literatura. Envidiaba la escasa cultura literaria de su hermana: envidiaba esa vida en la que Flaubert no era más que un incierto recuerdo escolar”.

Lo que dice David Foenkinos (continuando un poco La educación sentimental) es que la vida burguesa tarde o temprano se hará añicos.

David Foenkinos
Dos hermanas, de Alfaguara. Foto: Cortesía

Fragmento de Dos hermanas, de David Foenkinos, con autorización de Alfaguara.

1

Al principio del todo, Mathilde le notó a Étienne algo raro en la cara. Así fue como empezó la cosa, de forma casi anodina; ¿no es eso lo propio de todas las tragedias?

2

Si le hubieran pedido que concretase ese «algo», Mathilde habría mencionado que Étienne tenía una nube en la cara, aunque sin saber muy bien en realidad qué quería decir con eso. Hay muchos tipos de nubes: la imagen resulta imprecisa. ¿Qué es lo que le nota a Étienne? ¿Tan solo un mal humor pasajero o el preludio de una fuerte tormenta? Más vale preguntárselo.

—¿Estás bien, amor mío?

—No, ahora mismo no me siento bien.

Lo conocía desde hacía cinco años, los mismos que llevaba locamente enamorada de él. Nunca lo había oído hablar así, expresar con tanta frialdad que se encontraba mal. Se quedó desconcertada, sin saber qué responderle. Mathilde había hecho la pregunta sin pensar, de esa forma intrascendente en que siempre les estamos preguntando a los demás qué tal están, casi sin esperar respuesta. Así que no andaba desencaminada. Llevaba días notando a Étienne raro, como ausente de sí mismo. Sabía que el trabajo lo tenía agobiado, que había un jefe nuevo que lo estaba presionando de forma intolerable; pero, bueno, estaba acostumbrado al maltrato laboral. Había vivido situaciones violentas y nunca se las había llevado, al terminar la jornada, a la vida conyugal. Tanto es así que Mathilde siempre había admirado esa increíble capacidad suya para desconectar. Cómo le pegaba esa expresión. A Étienne le encantaba segmentar su vida. Por primera vez, Mathilde se preguntó dónde encajaba ella. ¿En qué segmento? Tenía como un mal pálpito. El de haber caído en una zona no afectiva; algo así como un erial que anticipa el rechazo.

3

Étienne estuvo taciturno casi todo el tiempo después de cenar, sin querer dar detalles del porqué. Un suplicio para Mathilde. Se decía que lo correcto era respetar su decisión; que a veces también ella se sentía mal y sin ganas de hablar. De hecho, esa era una de las cosas que tenían en común: el silencio les cicatrizaba las heridas.

Debía hacer un esfuerzo para dejarlo a su aire, rumiando lo que lo tenía tan preocupado u obsesionado, y limitarse a ser una presencia benigna. Entregarse a fondo para que él pudiese leerle en la mirada: «Aquí me tienes para lo que necesites». Pero Étienne acababa de apagar la luz del dormitorio; aunque le pasó a Mathilde la mano por la espalda antes de darse la vuelta en la cama. A ella aquel gesto le resultó desapasionado, por no decir platónico. Quiso volver a encender la luz, decirle que no conseguiría de ninguna manera conciliar el sueño después de semejante sobremesa, pero le fue imposible articular palabra. Para tranquilizarse, decidió viajar hacia los recuerdos de ambos. Se encaminó mentalmente a las imágenes del último verano. Habían pasado dos semanas en Croacia, incluidos varios días en una isla casi desierta. En pleno paraíso, habían contemplado la posibilidad de casarse pronto. Étienne estaba listo para tener hijos. Todo era muy hermoso y muy intenso; como el amago de algo eterno.

4

A la mañana siguiente, Étienne seguía sin ganas de hablar. Se marchó a trabajar un poco antes que de costumbre, y antes de salir del piso volvió a pasarle a Mathilde la mano por la espalda. Otra vez ese gesto automático; y a ella le pareció ahora que se lo hacía como por pena. Mathilde le había dedicado una sonrisa que esperaba que resultase radiante, pero ¡él había vuelto tan deprisa la cabeza! Cuando se quedó sola, le apeteció un cigarrillo, pero no tenía. Estuvo un momento quieta, delante de la mesa del desayuno que había dispuesto con esmero. Le había añadido unos toques de discreta belleza, pensando que si hermoseaba las cosas todo iría mejor quizá. Los ojos de Étienne no lo notaron, no se fijó en esos pocos pétalos de rosa que salpicaban la mesa. Ese era un rasgo recurrente del carácter de Mathilde, esa forma de querer ser positiva y benigna; cuántas veces Étienne se había despertado maravillado de compartir sus días con una mujer así…

5

Mathilde no había llegado nunca tarde al liceo, tenía fama de ser una profesora concienzuda, que quería a sus alumnos «como si fueran sus propios hijos». Eso lo había dicho tal cual el padre de un alumno, en una junta de evaluación. Como de costumbre, llegó puntual al centro escolar del extrarradio parisino. Se quedó un minuto en el coche, mentalizándose de que tenía que librarse de la desazón antes de enfrentarse a la vida social. Pero las palabras de Étienne la tenían obsesionada; era solo una frase, de acuerdo, pero en su mente adquiría las proporciones de una novela rusa. Se observó en el retrovisor; curiosamente, tardó unos segundos en reconocerse.

Cuando por fin salió del coche, se cruzó con el señor Berthier en el aparcamiento. El director era un hombre alto y delgado, como esos que caen del cielo en los cuadros de Magritte. Le tenía a Mathilde un aprecio particular, y cuando al concluir el curso anterior quiso contratarla un centro privado parisino, hizo cuanto estuvo en su mano para que se quedara; al final Mathilde rechazó aquella oferta que parecía muy ventajosa. Por fidelidad, por el apego que les tenía a sus alumnos, y seguramente también porque valoraba que le fuera tan propicio el hombre con el que se cruzaba ahora. No obstante, cuando este le dirigió la palabra, fingió que se había dejado algo olvidado en el coche. Una excusa para no tener que caminar unos metros a su lado. Esa primera conversación matutina la superaba.

6

Cuando estuvo en el aula, delante de sus alumnos, Mathilde se sintió con ánimos para sacudirse de encima el disgusto; aunque, bien pensado, no, puede que no estuviese disgustada, sino más bien preocupada.

Antes que nada, cruzó unas palabras con Mateo, cuyos resultados escolares habían caído en picado desde el divorcio de sus padres. Siempre tenía con él algún detalle para animarlo, y a veces se quedaba un rato más por las tardes, ayudándole a comprender mejor los textos literarios. Cabía creer que estaba dando frutos porque en los últimos días Mateo progresaba a ojos vistas. Quizá la forma de actuar de Mathilde fuera a cambiarle el destino; aún era pronto para saberlo.

Te puede interesar:  Miguel de la Cruz, el mejor periodista de todos

En la hora de literatura estaban estudiando un pasaje de La educación sentimental. Todos los años, a Mathilde le gustaba compartir la pasión que sentía por esa novela; en su opinión, era el libro más hermoso de Flaubert. Se acordaba de haberlo estudiado en el liceo y de cómo le había cambiado la vida: a partir de ese momento ya no pudo vivir sino en compañía de la literatura. Así fue como nació su vocación. Empezó a leer el famoso instante en que Frédéric Moreau ve por primera vez a la señora Arnoux; es el nacimiento de una pasión. Flaubert describe así el sentimiento extático del joven: «Fue como una aparición». Pero, al pronunciar esa frase, Mathilde sufrió un lapsus y enunció: «Fue como una desaparición».

7

Durante la pausa para comer, encendió el móvil. Había dejado de mirarlo adrede entre clase y clase para aumentar las posibilidades de encontrarse con un mensaje. Esperó un rato, a veces en el centro fallaba la cobertura, pero no pasó nada. Aquel vacío en la pantalla le dolió en lo más hondo.[1]

Sabine, la compañera con la que mejor se llevaba, aunque no como para afirmar que fueran amigas, la estaba esperando para ir al comedor. La dos mujeres solían comer juntas; conversaciones entre pasajeras del mismo trabajo. Mathilde le hizo con la mano una seña que quería decir: «No me esperes». O que quería decir: «Enseguida estoy contigo». O que quería decir: «Hoy no tengo hambre». Nunca se sabe del todo lo que quiere decir una mano. Aun así, Sabine entendió que le tocaba comer sola.

Mathilde se quedó un ratito en el pasillo, mirando el móvil. Estaba tremendamente resentida con Étienne por abandonarla así en el silencio. Solían llamarse o, al menos, escribirse mensajes varias veces al día; y más si se habían despedido de malas. Ella había respetado su malestar, pero llega un momento en que, por amor o por educación, tanto da, no es de recibo dejar que el otro siga sin entender nada. Estaba tremendamente resentida y aun así no necesitó más de un minuto para animarse y escribir: «Amor mío, no dejo de pensar en ti. Espero que hoy te encuentres algo mejor. No te olvides de que aquí me tienes. Me muero de ganas de verte esta noche». Por la tarde encendió el teléfono después de cada clase, pero seguía sin llegarle nada, ni la mínima respuesta; la misma agresividad en forma de ausencia.

8

Esa misma noche, Étienne por fin le puso palabras a lo que le andaba rondando. Dijo bastante ansioso: «Voy a dejar el piso». Mathilde no acababa de entenderlo. Resultaba enrevesado o torpe. ¿Por qué no decir: «Voy a dejarte»? Hablaba del piso como para concretar esa situación que no lograba definir. Las rupturas siempre están empantanadas de vaguedades, de cosas que no se dicen, y a menudo de mentiras que se dicen para no herir. Fue ella la que tuvo que insistir para que fuera más preciso, para que encontrara las palabras de la sentencia que iba a condenarla.

—¿Qué quieres decir? ¿Quieres que vivamos en dos casas?

—No, no es eso.

—Entonces ¿qué? Étienne, por favor, dime algo.

—Es que me cuesta mucho.

—Me puedes contar lo que sea.

—No sé yo.

—Claro que sí.

—Te dejo. Lo nuestro se ha acabado.

Mathilde se quedó atónita. No tuvo fuerzas, al menos al principio, para decir ni una palabra. Étienne se le acercó, para volver a hacer el maldito gesto de pasarle la mano por la espalda; de modo que sí que se lo hacía por pena. Lo rechazó con brusquedad y luego balbució:

—No puede ser. No puede ser. No puede ser.

—Lo siento.

—Este verano… estuvimos hablando de… Querías que nos casáramos.

—Ya lo sé.

—¿Qué ha pasado?

—Nada. Así es como lo veo ahora. Es lo que hay.

—Pero nadie tiene derecho a dejar de querer así por las buenas. No puede ser.

—…

—Danos una oportunidad, por favor te lo pido.

—Ya lo he decidido. Voy a quedarme en casa de mi primo mientras encuentro otro piso. Tú te puedes quedar aquí.

—¡Quedarme aquí! ¡Quedarme aquí! —estalló, por fin, Mathilde—. ¡Pero si eso es imposible! Aquí estás por todas partes. Por todas partes. Por todas. Aquí me moriré. ¿Te crees que voy a poder dormir en nuestra cama sin ti? ¿Eso crees?

—No lo sé. Lo que no quiero es complicarte la vida, nada más.

—¿No me digas? ¿Te importa lo que yo siento? ¿De verdad? ¡Pues explícamelo!

—No es por ti…

—Ah, no, no me vengas con tópicos de mierda. ¡Eso sí que no!

Entonces se desplomó en el sofá, como retorcida de dolor. A Étienne lo dejó paralizado verla así; la cara de sufrimiento de Mathilde parecía casi inhumana. Acabó por acercarse; ella volvió a rechazarlo, aunque no le quedaban fuerzas. Era como si su cuerpo en realidad ya no existiera. Al cabo de un minuto, o puede que más —era difícil medir el tiempo—, le pidió que se fuera, que se fuera en el acto, sí, vete, vete ya; repetía una y otra vez esa intimación, como una letanía morbosa. Étienne la miró una última vez, directamente a los ojos, y se resolvió a dejar el piso.

Al cabo de un rato, cuando Mathilde se dio cuenta de que de verdad estaba sola, le envió un mensaje: «Te lo suplico, no lo hagas, me voy a morir».

9

Más tarde, entrando ya la noche, mientras seguía postrada en el sofá, pensó: «No tiene que saberlo nadie». Obedecía a una lógica extraña: «Si no lo sabe nadie, es como si no existiera». Estaba pensando en el liceo. De ninguna manera ni Sabine ni nadie podían enterarse de lo que acababa de pasar. De cara al resto del mundo, Étienne casi la había pedido en matrimonio el verano anterior en Croacia, así que iban a casarse. Le mandó numerosos mensajes a lo largo de la noche, que iban desde la petición de explicaciones hasta la súplica. Ninguno recibió respuesta, y a Mathilde le entraron ganas de tirarse por la ventana.

A eso de las doce, bajó a un bar a beber vino. Nunca se había imaginado que algún día acabaría así, con esa necesidad irrefrenable de emborracharse para erosionar la índole intolerable del dolor. Un hombre se puso a hablar con ella; pensó que podía acostarse con él puesto que ahora estaba sola. Bueno, acostarse no, pero sí brindarse sin motivo alguno, salvo quizá el de ensuciarse, huir o morir. Al final subió otra vez a casa, la borrachera no la había liberado. El dolor que se adueñaba de ella le daba a su cuerpo una agudeza sin mella. El castigo que se avecinaba iba a ser el de la lucidez más ácida.

10

La mañana llegó como una prolongación de la noche, es más: con el color de otra noche.

11

Mathilde se dio una ducha muy larga, como si al lavarse, al frotarse enérgicamente el cuerpo con jabón, pudiese borrar lo que acababa de ocurrirle. Decidió tirar la ropa a la basura (un arrebato). No quería volver a ver nunca más lo que llevaba puesto el día en que Étienne la dejó. Ejecutó todas esas acciones de forma mecánica y hasta algo violenta, como una guerrera. Pero estaba sola en ese combate que debía entablar: no tenía a nadie enfrente, atacaba a un ejército de sombras.

12

Al salir del coche en el aparcamiento del centro escolar, se cruzó con el director; como cada día, de hecho. En el núcleo de la vida que se desmorona, todo permanece inmutable, en un ballet que no obedece a las tragedias de cada cual. El señor Berthier tenía la misma cara que otras muchas mañanas y soltaba con una sonrisa las gratas trivialidades rutinarias. Mathilde se prestó al juego del «muy bien, ¿y usted?». Se dio cuenta de lo fácil que resultaba no ser una misma; se había imaginado que todo el mundo le vería el desamparo en la cara. Ni mucho menos; el señor Berthier, como todos los demás figurantes de aquel día, no iba a notarle nada fuera de lo normal. Lo cual le haría sentirse aún peor. Claro está, no quería dejar que se le trasluciese nada de lo que sentía, pero ese baile de disfraces generalizado iba a meterla de golpe en la evidencia de que, pase lo que pase, estamos irremediablemente solos.

13

Al igual que el día anterior, Mateo la estaba esperando delante del aula. Le alargó un paquete.

—¿Para mí? —preguntó Mathilde, aunque resultaba obvio.

—Sí, mis padres querían darle las gracias.

—¿Por qué?

—Por todo lo que ha hecho por mí.

—Tampoco ha sido tanto.

—No diga eso, profesora. Me ha apoyado y se ha portado muy bien conmigo.

—…

—¿No va a abrir el regalo?

—Sí…

Mathilde rasgó con cuidado el papel de envolver, como si no quisiera estropearlo. Dentro encontró un marco dorado.

—Espero que le guste. Fui a elegirlo ayer con mi madre. Puede poner la foto que quiera.

—…

—¿Le gusta?

—Sí. Gracias, Mateo. Estoy abrumada… —dijo Mathilde, notando que se emocionaba.

Miró atentamente el marco vacío y la carga simbólica se le reveló de golpe. Esa era su vida, su nueva vida. Un marco sin nada dentro. Era como una ironía atroz del destino. Se echó a llorar, con lágrimas intensas, todas las lágrimas que llevaba reprimiendo desde el día anterior. Mientras había estado bajo los efectos de la conmoción, los ojos no se le habían humedecido. Y hete aquí que el sufrimiento brotaba al encontrarse con un regalo trivial. Mateo, perplejo, acabó por balbucir: «Solo es un marco…». Mathilde le dio las gracias tratando de serenarse. Pero su rostro parecía un reino autónomo e inundado, que anegaba un …

David Foenkinos
David Foenkinos. Cortesía Facebook

David Foenkinos nació en París en 1974. Licenciado en Letras por la Universidad de la Sorbona, recibió también una sólida formación como músico de jazz. Entre sus novelas, acogidas con entusiasmo por los lectores y la crítica en todo el mundo y traducidas a muchos idiomas, destacan El potencial erótico de mi mujer (Premio Roger-Nimier 2004), En caso de felicidad (2004), Los recuerdos (2011), Estoy mucho mejor (2013) y, sobre todo, La delicadeza (2009). Merecedora de diez galardones, entre ellos el de los Lectores de Le Télégramme, el An Avel y el 7ème Art, también fue finalista de los premios literarios más prestigiosos en Francia, como el Goncourt, el Renaudot, el Médicis, el Fémina o el Interallié, y posteriormente fue llevada al cine por el propio autor y su hermano Stéphane. En 2010, Foenkinos, melómano y fan incondicional de John Lennon, decidió publicar una singular biografía novelada: Lennon (2014). En 2015 fue galardonado con los prestigiosos premios Renaudot y Goncourt des Lyceéns por Charlotte, un libro único que rescató del olvido a la pintora Charlotte Salomon. Tras el éxito de La biblioteca de libros rechazados, que está siendo adaptada al cine, Hacia la belleza es su última novela.

Comments are closed.