David Toscana

RESEÑA | El ejército iluminado, de David Toscana

¿Y si Ignacio Matus gana el maratón olímpico en otro sitio del mundo y nadie está ahí para atestiguarlo? ¿Si un mezquite cae en medio del semidesierto pero nadie lo escucha…?

Ciudad de México, 4 de septiembre (MaremotoM).- Hay obras que se van leyendo mejor conforme pasa el tiempo. Pareciera que los años las enriquecen como a un buen mezcalito, o como a una casa que se va llenando de historias. Al alejarse de la inmediatez que vinculaba algunos posibles referentes de la obra, en el momento de su publicación, a situaciones y personas específicas —y, por lo tanto, restringía la interpretación— estos mismos elementos van tomando sentido dentro de un sistema más amplio de símbolos y significados y entonces resulta que la obra está tratando algo más profundo y, tal vez, atemporal: está poniendo el dedo en la llaga de algún patrón que se repite, conscientemente o no, dentro de la historia humana. Un patrón que puede ser un anhelo, una esperanza, un miedo, un acto de fe y que, por lo mismo, se antoja incoherente y risible fuera del marco ideológico donde tenía sentido.

Esto pasa con las novelas de Toscana. Se leen mejor conforme pasa el tiempo.

Los árboles de lo inmediato —esos huisaches y mezquites del ahora— ya no ocultan el bosque o, mejor dicho, ese paisaje inabarcable del semidesierto.

El ejército iluminado
El ejército iluminado, novela de Toscana recientemente reeditada por La Pereza en EE.UU. Foto: Cortesía

Y eso pasa con El ejército iluminado, novela de Toscana recientemente reeditada por La Pereza en EE.UU.

El ejército iluminado cuenta dos historias paralelas. Por un lado, hay un personaje llamado Igancio Matus que sueña con ser maratonista y entrena duro, corriendo solo por las calles de un México antiguo o ayudado y acompañado pos sus amigos que lo siguen a caballo y en automóvil. Sueña con ser maratonista porque anhela la gloria del triunfo olímpico y la fama mundial. Sus rivales son un estadounidense múltiples veces galardonado y el ferrocarril… porque para darse ánimos y correr más recio, a veces lo hace sobre las vías del tren y con el tren bufando a sus espaldas, ahí, en el tramo final donde ya el cansancio está a punto de vencerlo y siente que las piernas le flaquean, que está a punto de caer exhausto. Y el corredor es bueno en lo que hace, tendría oportunidad de ser un medallista, sólo que el Comité Olímpico Mexicano jamás lo manda a competir. Entonces él decide hacerlo desde México. A la misma hora en que se da el disparo de inicio del maratón de las olimpíadas de París de 1924, Ignacio Matus comienza a correr por las calles de Monterrey. Es el mundo anterior a las redes sociales, un mundo donde la gente no va notificando urbi et orbi si comió unas enchiladas o acaba de terminar de ver una película, donde nadie postea en tiempo real que acaba de ver una araña en su almohada, que cayó una bomba en Ucrania o el atuendo que escogió para ir a sus clases en la universidad. Es, en resumen, un mundo donde los tiempos paralelos no confluyen en un grupo de computadoras que los replican en pantallas alrededor del planeta… hasta hacerlos desaparecer en medio de trivialidades.

Te puede interesar:  El llanto de Trino

¿Y si Ignacio Matus gana el maratón olímpico en otro sitio del mundo y nadie está ahí para atestiguarlo? ¿Si un mezquite cae en medio del semidesierto pero nadie lo escucha..?

Por otro lado está la historia que da título al libro: un ejército iluminado se prepara y avanza para reconquistar Texas, para resarcir el daño hecho a la patria por la guerra de 1836 y devolverle a México la gloria perdida. El ejército iluminado está compuesto por un puñado de niños que sueña también con un destino ilustre y es comandado por el mismísimo Ignacio Matus, quien aparte de maratonista también es maestro de historia. ¿Es una “épica de los vencidos”? Aquí el tiempo, alienado por la distancia física en el caso del maratón hasta desaparecerlo —pues en la Historia con mayúscula sólo ocurre aquello que fue registrado—, es condensado por la coincidencia geográfica: los niños del ejército iluminado sienten que el agravio de 1836 se los cometieron a ellos mismos, no a sus tatarabuelos o, incluso, a un grupo de personas con las que no tienen la más mínima relación salvo que se les ha llamado también “mexicanos”.

Así, en una historia el tiempo se rompe en múltiples tiempos de innumerables lugares que están destinados al olvido. Y en la otra historia el lapso de más de un siglo se agolpa en un solo sitio y un anhelo. Y la misma venganza se cierne sobre las dos: hay que ganarle al gringo en el maratón, hay que ganarle al gringo en la guerra, un gringo es todos los gringos, un latinoamericano es todos los latinoamericanos desde que había pterodáctilos. “El dos de octubre de 1968 no se olvidará, y dentro de algunos años entrará en los libros de texto y no tendrán que echar a los profesores que hablen de la guerra”.

Más aún, Toscana es heredero de esa tradición cervantina donde los personajes son ligera o abrumadoramente idiotas. Son “idiotas” tanto en el sentido contemporáneo de la palabra (“1. tonto o corto de entendimiento, 2. engreído sin fundamentos”) como en el sentido etimológico: su idea del mundo es única y propia, es diferente de raíz, y actúan en el mundo a partir de ahí como si todo tuviera que girar alrededor de ellos. De modo que todas las acciones de los personajes son perfectamente lógicas desde sí mismos pero se antojan incoherentes y harto risibles desde fuera. Así, la lectura sobre un tipo corriendo un maratón bajo el calor regiomontano e imaginándose en París, y un grupo de niños atacando un rancho que juran que es el fuerte de El Álamo, es un deleite.

Comments are closed.