Esta bruma insensata, de Enrique Vila-Matas

RESEÑA | Esta bruma insensata, de Enrique Vila-Matas

Madrid, 17 de enero (MaremotoM).- Debemos ser los españoles los únicos seres del planeta que hablamos de comida mientras comemos y ese detalle no nos parece redundante siéndolo. Los jugos gástricos deben ejercer un peculiar e inexplicable influjo en el cerebro para que ese fenómeno se reproduzca cuando el ágape lo merece.

No es Enrique Vila-Matas el único escritor español cuyos libros giran, una y otra vez, sobre la literatura, cuyos personajes o son escritores, editores, correctores o servidores de citas como es en el caso de su último libro, pero es el único cuya deriva parecería llevarle hacia un bucle insoslayable del que consigue salir gracias a ingenio, virtuosismo e inteligencia.

Es Enrique Vila-Matas, apóstol de lo metaliterario, no solo un gran escritor sino un exquisito lector, y por ello algunos de los autores con los que se ha alimentado están en su novela que él, y yo, calificaríamos como artefacto literario.

Simon Schneider, nombre forzado que parece un pseudónimo judaizante y un homenaje a Romy Schneider (también la vena cinéfila de Enrique Vila-Matas chisporrotea por las páginas del libro), trabaja desde Cadaqués, centro del mundo para él —Cadaqués, dijo exagerando un poco, era la historia de los grandes momentos y estaba convencido de que, de haber querido, aunque fuera solo un pueblo, habría podido arrebatar a Nueva York su papel de capital del mundopara proporcionar citas —Y concluía Caven diciendo que en el interior de “We Live in The Mind” podía uno detectar la huella del mundo de maravillosas intuiciones de Georges Perec, que ya en 1965, no mucho después de publicar “Les choses”, había mostrado gran optimismo al decir que la literatura se encaminaba hacia un arte de las citas…—a un misterioso escritor llamado Rainer Gran Bros, su hermano, que ha escrito cinco novelas veloces renacido como escritor norteamericano y se oculta en Nueva York como si de Salinger —Y si alguien hubiera fotografiado su expresión en aquel momento y después la hubiera propagado por las redes sociales, sin duda la popularidad de Rainer se habría multiplicado por mil y habría superado con creces a aquella famosa imagen de Salinger, vivamente enfurecido al ser descubierto a la salida de un supermercado. — o Thomas Pynchon— …todo aquello que alguna vez había oído decir de Thomas Pynchon, como, por ejemplo, que no era un solo escritor, sino una selecta cadena de autores que se habrían ido relevando en su juego de ir traspasándose el nombre de Pynchon…—se tratara.

Ocurre con el escritor barcelonés algo muy parecido a lo que sucede con Woody Allen: acabamos de ver su última película, que no suele ser muy novedosa respecto a su anterior, y ya deseamos ver la próxima: crea adicción. Toma Enrique Vila-Matas prestado el nombre de su último artefacto literario de Raymond Queneau y hace que esa bruma insensata pivote también sobre lo que está sucediendo en Cataluña, así es que en esta ocasión el escritor barcelonés sale de su torre de marfil y se moja políticamente aunque lo haga con ironía y sirviéndose de un endemoniado sentido del humor: Era especialmente asfixiante en aquellos días la sucesión de noticias acerca de Cataluña. Aunque he de decir que yo me ahorraba la sobredosis de informaciones, porque tenía una actitud austera ante el imparable bombardeo mediático: no compraba la prensa, llevaba dos semanas sin encender el televisor-descansaba de él porque Padre lo había tenido encendido demasiadas horas en los últimos meses de su vida-y no buscaba casi nunca noticias en el móvil.

De hecho las citas, y valga la redundancia porque el oficio del protagonista es el de facilitador de citas, al procés son continúas en el libro que ha sido escrito precisamente en dicho período anómalo y que transcurre en tres fechas emblemáticas del mes de octubre: Empecé a preguntarme si no sería que la noche anterior los separatistas habían declarado la independencia y al mismo tiempo no la habían acabado de declarar. Y se lamenta del papel residual, a su juicio, de su amada Barcelona: Barcelona, la gran ciudad neurasténica, admiración de tantos forasteros, situada en un lugar muy privilegiado del Mediterráneo, parecía haberse deslizado por un innecesario sendero de aldea vietnamita. Y, en un ejercicio de hiperbolismo literario/ cinematográfico, recurre a Joseph Conrad/ Francis Ford Coppola y El corazón de las tinieblas/ Apocalipse now para resumir esa situación anómala al hilo del vuelo constante de helicópteros sobre la Ciudad Condal: El hecho fue que durante unos minutos dejaron de volar sobre el Eixample y de intentar transportarnos a aldeas remotas en el delta de un río que llevaba hasta el corazón de las tinieblas.

De hecho, lo suyo, como muchos sorprendidos por esa confrontación de unionistas y secesionistas de vodevil, es la equidistancia: …no tardé en verme rodeado de personas que agitaban banderas españolas y se dirigían al llamado Cinc d´Oros, la confluencia de Diagonal con el Paseo de Gracia, que era de donde arrancaba la manifestación por la unidad de España. Y yo no sabía dónde ponerme porque simplemente no me identificaba con ninguno de los dos proyectos políticos enfrentados.

Esta bruma insensata está trufada, como buena parte de los libros del autor de Doctor Pasavento, de referencias literarias que no pesan en absoluto. Enrique Vila-Matas se replantea el acto de escribir, cómo escribir y para qué escribir en un brillante ejercicio de literatura sobre literatura sin que esa endogamia y la ausencia de una clara línea narrativa perjudique su libro sino todo lo contrario. Las citas, su acumulación, hacen hasta que el citador padezca sobrepeso a consecuencia de ellas: Me dirigí hacia la calle Londres y, mientras subía por la cuesta de la calle Aribau, jugué a simular que iba tan saturado de citas que me había convertido en un individuo de notable peso físico que apenas podía dar un solo paso.

En unos tiempos políticos en los que se ha puesto de moda el relato (el de unos y otros), de tal modo que hasta la batalla por el relato parece ser más importante que lo que sucede realmente, Enrique Vila-Matas contrapone ficción (declaración de la República Catalana) y realidad (suspensión de esa República Catalana a los tres segundos) y reflexiona sobre ese escenario marxista (Groucho) de esos tres días cruciales del mes de octubre de 2017 (si fueran reales y no ficcionados por unos y otros) que son el escenario de fondo de Esta bruma insensata. Pero lo aplica también a la literatura a través de esa pareja de autores ocultos, a los que nadie vio, y de culto, que son Salinger y Pynchon. ¿Existieron esos autores ocultos si nadie los vio en años o son ellos mismos autoficción?

Parece abominar el escritor barcelonés a través de sus alter ego narrativos, Simon Schneider / Rainer Gran Bros, de eso precisamente, de la narrativa convencional descriptiva de los siglos XVIII y XIX, los del apogeo de la novela, y denomina precisamente lo que hace como artefacto como contraposición: Porque con los “artefactos” era como si me encontrara en casa, mientras que, cuando narraba de forma novelesca, me aburría mucho teniendo que caminar por el mundo y, en consecuencia, teniendo que describir ya no sólo la maldita mesa camilla, sino también el color de mis zapatos y las hechuras de mi mochila y los jardines portugueses que creía ver más allá de la ventana que no acertaba nunca a pronosticar las tormentas.

Sigo considerando al autor de El mal de Montano como uno de los más brillantes, inteligentes y lúcidos escritores del actual panorama literario español, alguien que exuda amor por la literatura por todos sus poros y cuyos libros pueden leerse también como amenos ensayos sobre al arte de contar. Y remata al final del libro Enrique Vila-Matas, por si quedaran dudas de la trayectoria que sigue su literatura: A veces, cuando veo que he tenido que escribir sobre un tiempo ya tan caducado, me pregunto si no será que a lo mejor, como dicen algunos, a la ficción le gusta el pasado y por eso tiende a correr el riesgo de no ser sino cosa del pasado, que es lo que solían decir los hegelianos hablando del arte en general y Borges hablando de la lluvia.

Enrique Vila-Matas, que parece llevar tiempo enterrando la novela a través de sus ejercicios metaliterarios de autoficción, no llega tan lejos como el fallecido Vicente Verdú, que las enterraba sin haberlas escrito, y sigue escribiendo para los suyos con una fidelidad absoluta y los suyos le agradecen infinitamente su juego literario que, en ese sentido, en lo lúdico, lo emparenta con Julio Cortázar. El barcelonés se divierte escribiendo, se nota, y su libro es un vaso comunicante.

Esta bruma insensata
Esta bruma insensata, de Enrique Vila-Matas. Foto: Cortesía

Fragmento de Esta bruma insensata, de Enrique Vila-Matas, con autorización de Seix Barral

Había llegado a ser un artista citador gracias precisamente a que de muy joven no lograba avanzar como lector más allá de la primera línea de los libros que me disponía a leer. La causa de tanto tropiezo estaba en que las primeras frases de las novelas o ensayos que trataba de abordar se abrían para mí a demasiadas interpretaciones distintas, lo que me impedía, dada la exuberante abundancia de sentidos, seguir leyendo. Aquellos atascos, que por suerte empecé a perder de vista hacia los dieciocho años, fueron seguramente la base de mi posterior afición a acumular citas, cuantas más mejor, una necesidad absoluta de absorber, de reunir todas las frases del mundo, un ansia incontenible de devorar cuanto se pusiera a mi alcance, de apoderarme de todo lo que, en momentos de bonanza lectora, viera yo que podía ser mío.

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En esa ansia por absorber, o por enviar a mi archivo todo tipo de frases aisladas de su contexto, seguí el dictado de los que dicen que un artista lo absorbe todo y que no hay uno solo de ellos que no esté influenciado por algún otro, que no tome de algún otro lo que pueda si le hace falta. Absorber y absorber, y ante todo huir de las malas horas y de los malos tragos: ése fue mi lema cuando empecé a lograr liberarme del problema de los atascos en las primeras frases de los libros.

De ahí que, esa tarde de hace unos años, ese último viernes de octubre de 2017, con el país de Cataluña al borde de un colapso, mi inesperado retorno al bloqueo ante una simple frase me devolviera, en un primer momento, a un drama del pasado que aún tenía de vez en cuando peligrosa incidencia en mi presente porque boicoteaba mi trabajo de traductor; de hecho, muchas veces me había impedido mejorar en el ejercicio de esa profesión, pues era algo que, al bloquear de pronto mi capacidad de leer, me perjudicaba plenamente a la hora de traducir.

Atascarme en una frase representaba siempre pasar por un momento horrible, porque yo vivía de aquello. Mi radio de acción eran las versiones al español de libros franceses y portugueses. Era el trabajo que me daba de comer y al que nunca me había acabado de acostumbrar, porque no era yo un traductor exactamente, sino un “traductor previo”, un anticipador de las dificultades del texto al “traductor estrella”, que era el que firmaba finalmente la traducción después de que yo le hubiera abierto el camino y sugerido las diversas alternativas a esas dificultades.

En cierta forma, aquel trabajo de “traductor previo” se parecía, por sus modestas hechuras, al de hokusai, que era otro de los nombres que yo daba a mi oficio de distribuidor de citas, pues, por algún motivo que se me escapaba, ese otro trabajo que yo hacía —servir citas a quien a veces yo llamaba “el autor distante”— me recordaba a las actividades de algún subalterno japonés. En cualquier caso, estaba mejor pagado —siempre dentro de las ridículas cifras miserables en las que se movía todo— mi trabajo de traductor previo que el de hokusai, que, a fin de cuentas, era un oficio tan singular que carecía incluso de gremio y, por tanto, de sindicato.

Vuelvo al punto de partida de lo que quiero contar, a esa zozobra que sentí, rozando la tragedia, aquella tarde de octubre de hace unos años cuando me pareció que podían haber regresado, encima agravados, mis tropiezos de lector. Pero cuando creí entender que podía ser un problema pasajero y que de la frase que estaba copiando y en la que me había estancado podía acabar surgiendo un gran momento epifánico —una gran revelación que tal vez se hallaba oculta en la propia frase que necesitaba completar—, recuperé algo la alegría. Y tanto fue así que hasta recobré fuerzas para ir preparándome para caminar hasta el cercano pueblo de Cadaqués a buscar —me decía yo— la frase perdida, y de paso a tratar de encontrar a la encantadora Siboney, aunque tenía complicado dar con ella si, como se decía, había desaparecido de la noche a la mañana sin despedirse de nadie.

Y mientras me preparaba, me acordé del momento supremo, de un instante feliz en mi pasado, aquel en el que el embrujo irresistible de las citas había pasado a parecerme un placer de absoluto primer orden. Aquel instante supremo había coincidido en el tiempo con el momento en que el autor distante —que, recién llegado a Nueva York, acababa de cambiarse de apellido y pasado a llamarse Rainer Bros— me cursó el primer encargo, sin que pudiéramos imaginar ni él ni yo —sobre todo yo— que acabaríamos trabajando juntos veinte años y que cobraría de él dos veces al año una cantidad tirando a ridícula, pero imprescindible para mí.

Necesitaba con urgencia unas cuantas citas literarias, había dicho el autor distante en aquella primera ocasión inolvidable en la que me contrató. Lo había dicho en un breve mensaje por carta enviado a través de un apartado de correos que pertenecía a su misteriosa editorial neoyorquina. Un mensaje tan breve como iban a ser todos los suyos a lo largo de esas dos décadas, tanto los que primero llegaron por cartas que cursaba aquella editorial, como los que después llegaron en forma de secos y muy escuetos correos electrónicos.

Necesitaba, dijo, unas cuantas frases en torno a la importancia de que los artistas tuvieran o no opiniones políticas, y confiaba en que “dado mi carácter afable, sabría encontrárselas en abundancia”. Lejos de incomodarme, aquella propuesta me animó inmensamente, porque me pareció perfecto trabajar para otro escritor en lugar de seguir insistiendo en mí mismo como narrador y en un camino que cada día veía más acabado, sobre todo después del nulo éxito que había tenido la novela que había presentado a todas las editoriales del país.

Con el encargo del autor distante viví realmente un momento supremo aquel día, y aún ahora puedo acordarme de alguna de las frases que le envié tras recurrir a mi ya entonces voluminoso archivo de citas. Una de las frases era de Anthony Burgess: “La misión del novelista no es la de predicar, sino la de mostrar lo que detecta y formular preguntas”. Me la había filtrado el propio Burgess en los buenos tiempos, cuando yo trabajaba de periodista en Barcelona y aún creía que me convertiría en un escritor con muchos lectores. Al final de mi conversación con él en el hotel Avenida Palace, tuvo a bien decirme que le sobraban doce minutos hasta que llegara el siguiente periodista y me preguntó si quería compartir un “té ceilanés”.

Fue una pregunta cargada de sentido, porque minutos antes le había preguntado por los años que había vivido en la isla de Ceilán, hoy Sri Lanka. No lo pensé dos veces y acepté entusiasmado la propuesta. Iba a ser para mí un honor, dije, compartir un té con el autor de La naranja mecánica. Pero el problema llegó cuando, queriendo mostrarme ingenioso, inventé sobre la marcha y, tras el último sorbo de té, se me ocurrió decirle que estaba trabajando en una versión de El hombre sin atributos que tendría cien páginas en lugar de dos mil.

Me miró tan sorprendido, tan estupefacto, que nunca he podido olvidarme de la cara que puso. Pensé incluso que iba a darme una paliza bien dada. Y aún recuerdo el sudor frío que me provocó aquella mirada asesina del autor de La naranja mecánica. Pero también es cierto que aprendí de lo que pasó allí, porque le había hablado de mi versión de cien páginas de El hombre sin atributos, de Robert Musil, con tal convicción que pensaba que no sólo me creería, sino que quedaría impresionado y vería que yo no era ningún tontuelo. Y sin embargo sucedió lo contrario. Con un gesto cruel me señaló la puerta de salida, una puerta giratoria en la que, de tan nervioso que me puse, quedé atrapado durante unos interminables segundos en los que temí que viniera el propio Burgess y de una contundente patada en el culo me ayudara, rompiendo madera y cristales, a salir bien rápido afuera.

Pero fue antes de quedar atrapado en aquella puerta cuando oí una frase que sería lo más memorable del día: unas palabras de Burgess que me han acompañado toda la vida, y la prueba está en que todavía hoy, en la media luz de esta mañana divina en la que me divierto sintiéndome rey del espacio infinito, me acuerdo de lo que él dijo y sigo viéndolo como algo claramente profético. Y es que quizás Burgess era un visionario, pues me adelantó con precisión las palabras que un día yo escribiría; de hecho, son las que escribo ahora:

—Los muertos siempre se equivocan al regresar a historias de su pasado.

No creo que hubiera podido predecirlo mejor. Aunque he de advertir, sin más demora, que no estoy muerto, ni mucho menos; si acaso distanciado de lo terrenal, instalado en la cálida media luz de esta mañana, lo que no evita que, dado que aún formo parte de este mundo, me acuerde muy bien de todo.

Fuente: Entretanto Magazine. Original aquí.

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